Un fraile que sí sabe
Sabe Dios cuánta gente habrá tenido la oportunidad de viajar por
los ríos que a Helcías Martán Góngora, el poeta del mar, le
inspiraron poemas como
Naya y Micay
cantando van
siempre a la mar
Timbiquí,
Saija
y Guajuí
van a dar
oro al mar
Bubuey
Tapaje
Iscuandé
también
le dan
su amor
al mar
Tan sólo tú río Guapi
por la orilla de Chamón
regresas en cada sueño
al delta del corazón.
De todos modos, para llegar a Coteje, un poblado sobre el río de
su mismo nombre, que es afluente del Timbiquí, hay que recorrer
ríos de la poesía de Martán Góngora. Una vez en las aguas del
Guapi, debe navegarse hasta la costa del océano, para luego entrar
por una de las bocanas del Timbiquí y empezar a subir sus aguas y
sus piedras hasta encontrar el sitio a varias horas de canoa.
- ¿Pa onde van?, nos preguntó un viejo desde la orilla cuando
vio que Silvio Ocoró, Efrén Perea y Edison Carabalí, los tres
palanqueros, empujaban la canoa, de la cual Argenis Castellanos,
Nelly Pérez, Greta mi hija y yo que ahí viajábamos, habíamos tenido
que salir porque las aguas eran escasas y las grandes piedras
impedían que la embarcación avanzara normalmente con el impulso del
motor.
-Para Coteje a la semana santa, le respondimos.
-Ay, ¡Virgen del Carmen! -dijo el hombre.
Después de haber tenido que saltar trece veces de la canoa,
volviéndonos a meter en ella otras tantas, de atravesar pasos bajos
de la corriente con el agua hasta el cuello y con miedo por todo el
cuerpo, de recorrer largos trechos de playas de piedras duras y
quién sabe qué más, entendimos la invocación de horas antes a la
Virgen. Y también las notas del Padre Bernardo Merizalde del Carmen
en su libro de 1921, sobre la costa del Pacífico donde anota "los
peligros de la navegación a causa de la impetuosa corriente de este
río, que aunque se hace en embarcaciones menores y con bogas muy
duchos para subir y bajar saltos y chorros, aún así y todo se
lamentan frecuentes desgracias".
Ese miércoles santo salimos a las doce del día de Santa Bárbara
de Timbiquí, debajo de un sol inclemente. Y, finalmente, llegamos a
Coteje, a las 6 de la tarde, bajo un aguacero torrencial.
No habíamos acabado de subir a la casa donde viviríamos durante
los días de la semana santa, cuando oímos el tropel de una marcha y
el ritmo de consignas repetidas en voces masculinas.
ayayay qué pasó
una rana me picó
¿Te dolió?
No me dolió
Cuando salga del cuartel
a mi casa voy a dar
a mi novia un abrazo
y a mi suegra un balazo.
Era uno de los grupos de la liturgia teatral que veríamos de ahí
en adelante: la milicia. Dos columnas de jóvenes adultos y
adolescentes armados de escopetas de verdad y machetes de mentira
labrados en madera, recorrían las calles buscando a Jesús de
Nazareno. El toque de cununos encabezaba la marcha. Al pie de la
misma numerosos niñitos pitando en canutos de guadua y pitos hechos
en palma de totora. Y, al día siguiente por la noche, se les uniría
la matraca tallada en madera y en forma de pez.
¡"Vengan a la cena"! ¡Ya comienza la cena!, gritaba la milicia
uniformada con camiseta de color amarillo oro, pantalones y botas
de caucho. Sudorosos, jadeantes recorrían el pueblo. En la iglesia,
debajo de grandes ramas de guamo que proyectaban sombras sobre el
mantel blanco de la mesa, se sentaron los apóstoles. Sus túnicas
blancas contrastaban con el traje celeste de Jesús, adornado de
encajes.
- ¿Será que yo soy el que lo traicionaré?, le dijo uno de los
apóstoles a Jesús.
En ese momento, la milicia irrumpió estrepitosamente en la
iglesia. Los apóstoles y Jesús se levantaron e iniciaron su salida
de la iglesia en medio de cirios, velas y antorchas colocadas en el
piso de las escalinatas. Iban al Monte de los Olivos, aunque
algunas personas comentaron que iban a otra cena. En realidad, el
episodio que se preparaba era el prendimiento de Jesús. En la
colina, lejos de la iglesia, los apóstoles se arrodillaron y
besaron la tierra. Se incorporaron y Judas señaló a Jesús.
Entonces, la milicia arremetió brutalmente por entre la multitud.
La gente se arremolinó en torno a Jesús. Los milicianos se abrieron
paso a la fuerza y lo prendieron en medio de la gritería general.
Tan pronto como emprendieron el descenso del monte hacia el
poblado, el remolino se convirtió en turba desaforada que alzaba
los brazos gritando unos a otros: ¡Lo cogieron! ¡Lo cogieron!
La milicia entonces cambió su consigna por
¡Viva que lo cogimos
a Jesús de Nazareno
por pícaro y traicionero!
siendo la respuesta:
¡Viva que lo cogimos
por pícaro y traicionero
a Jesús de Nazareno!
Lo que allí en Coteje se representaba era una semana santa fuera
de la guía de la iglesia católica. ¿Y por qué razón?, pues en Guapi
lo que se contaba era el conflicto entre un sacerdote y el pueblo
de Coteje, a consecuencia del cual ningún religioso podía arrimar
allí desde hacía varios años. La historia me acordó lo que yo misma
había visto hacía apenas tres meses en el mismo río Timbiquí, pero
en santa Bárbara, la cabecera municipal. Allí en diciembre, la gran
fiesta a la Virgen tenía la tradición de pasearla en el río montada
en una balsa de canoas, debajo de arcos de flores, de música de
tambores y guasás. Y de ofrecerle una luminaria de velas y fuegos
artificiales en una estructura de guadua frente a la iglesia. Una
fiesta muy especial, pues, además, su santa patrona es santa
Bárbara, la abogada de las tempestades y de los relámpagos. La
misma que, por ejemplo, en Cuba o en Brasil representa a Changó, la
deidad africana del trueno, la centella y el rayo.
Pero en Santa Bárbara, el cura párroco Carlos Zúñiga le había
montado al pueblo su oposición a la tradición aduciendo derroche de
dinero en pólvora y en bebida durante la fiesta callejera. El
argumento era que los fondos y el esfuerzo deberían dedicarse a
obras en la iglesia. Y lo que allí sucedió es que la población
reaccionó con el silencio. No salió a la calle con sus arrullos a
la Virgen, ni con los conunos. Ni preparó balsada. Y cuando,
coincidencialmente, en esos mismos días de diciembre el prefecto
apostólico con sede en Guapi, Monseñor Alberto Lee llegó para
celebrar los 25 años de ejercicio profesional del cura Zúñiga, los
altoparlantes de la iglesia y las campanas se cansaron durante dos
días de invitar a la gran misa con diáconos y ropajes en honor al
párroco.
La población continuó muda y permaneció inmóvil. El prefecto
vestido en sus blancas y brillantes galas y en el vacío de la
iglesia, no pudo más que lamentarse a la hora del sermón así:
-En esta cabecera municipal, un pequeño grupo de jóvenes de la
juventud franciscana, algunos representantes de las organizaciones
piadosas de la comunidad, dos o tres personas amigas escasamente
alcanzan a representar a la población de Santa Bárbara de Timbiquí;
esta celebración de unas bodas de plata sacerdotales en el marco de
la población entre la frialdad y la indiferencia de la comunidad
son la realidad por la que tenemos que estar siempre reclamando,
porque tenemos que cumplir con la tarea que el Señor nos ha
encomendado Tenemos que hablar y anunciar el reino de Dios en su
realidad total, aun cuando no guste, aunque resulte antipático,
aunque para muchos sea insoportable, aunque no esté de moda...
- ¿Por qué no viene el sacerdote? -le pregunté en Coteje, en la
semana santa, a Cruz del Carmen Banguera, quien ha desempeñado el
papel de Jesucristo durante varios años. Siempre con una peluca
negra, sus túnicas celestes y blancas y una sonrisa de enormes
dientes peninos, que sólo se nubla el viernes santo cuando el telón
azul se descorre en la iglesia y él aparece crucificado en la mitad
de los dos ladrones.
-Es que los papas no dejaron pasar al cura. No sabía tanto.
Entonces, lo mandaron a regresar para estudiar más. Y no ha venido
más -dijo Cruz del Carmen con un tono convincente.
Claro que lo que estábamos viendo en Coteje no era excepcional,
porque a muchos poblados los sacerdotes no llegaban o iban de vez
en cuando. Y las gentes armaban sus celebraciones con su música, su
saber tradicional y aquél otro aprendido en el rito cristiano. Con
la riqueza gestual y el habla regional. Y bajo la autoridad
renovada de los viejos de la comunidad.
Vicente Valencia, un fraile moderno que llegó hace poco a la
Prefectura de Guapi, después de haber guiado la semana santa en
Calle Larga sobre el río Napí, contó que Poncio Pilatos usaba allá
una máscara de madera de balso pintada con colores amarillo, rosado
y arena.
Ah, le comenté a mi regreso a Guapi. Eso es nada, yo vi cinco
Pilatos en Coteje. Estaban vestidos de harapos, costales sombreros
viejos, una especie de faldellín de fibras vegetales, una pipa que
vomitaba fuego y un hacha con la que cada uno amenazaba a la gente.
Tenían la cara refregada con greda amarilla como la de los trabajos
mineros. Y, además, líneas de carbón que semejaban arrugas en la
cara.
-¿Y qué hacían? -preguntó Fray Vicente.
Pues salieron de la sacristía en la iglesia cuando Cristo expiró
y luego corrieron enloquecidos por el poblado haciendo morisquetas
en medio del terror divertido de los chicos y las carcajadas
festivas de los grandes. Lo único que los apaciguaba eran los pitos
de los adolescentes, que casi los ensordecían y los obligaban a
huir.
Detrás de sus anteojos Fray Vicente, que había hecho una tesis
de estudio sobre la cultura de los guapireños, oía asombrado la
narración sobre los Pilatos y sus juegos en plena iglesia Entonces,
empecé a decirle que detrás de esos Pilatos posiblemente estaban
los diablitos negros, que no son demonios católicos, sino
representación de antiguos antepasados africanos. Que desde el
siglo XVI en Sevilla hacían parte de las fiestas del Corpus Christi
y que llegaron a América en los autos sacramentales de la iglesia
católica, pero como equipaje oculto de los africanos.
Ahí fue cuando Fray Vicente abrió más los ojos.
No obstante, seguí contándole que en Santa María, otro sitio
minero en el río Sesé en su confluencia sobre el Timbiquí, volvía a
aparecer Pilatos o Bato. Don Justino Sinisterra, el mayordomo de la
iglesia desde 1932 y ahora anciano, lo había visto siempre.
-Es un monstruo del monte, descalzo, que se viste con un poco de
ramas y se cuelga hojas de maíz en los puños -dijo. Y su esposa
añadió:
-Pilatos tiene una máscara de calabazo que asusta a los niños no
solo en la semana santa, sino el 25 de diciembre y el 6 de
enero.
¡Cuente! ¡Cuente más!, decía el fraile, aún después de un par de
horas de oír sobre la cultura de los africanos en Africa y la de
sus parientes en el litoral y en otros sitios de América. Por
supuesto, pensé… curas como Fray Vicente no sólo podrían
viajar por los ríos de la poesía de Martán Góngora, sino llegar
hasta Coteje en tiempo de semana santa.
Referencias
Friedemann 1966-69, 1986, 1986a, 1988a, 1988c, Martán Góngora
1980, Mbiti 1970, Merizalde del Carmen 1921, Valencia 1987.