INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
Un fraile que sí sabe
 

 

Sabe Dios cuánta gente habrá tenido la oportunidad de viajar por los ríos que a Helcías Martán Góngora, el poeta del mar, le inspiraron poemas como

Naya y Micay
cantando van
siempre a la mar
Timbiquí,
Saija
y Guajuí
van a dar
oro al mar

Bubuey
Tapaje
Iscuandé
también
le dan
su amor
al mar

Tan sólo tú río Guapi
por la orilla de Chamón
regresas en cada sueño
al delta del corazón.

De todos modos, para llegar a Coteje, un poblado sobre el río de su mismo nombre, que es afluente del Timbiquí, hay que recorrer ríos de la poesía de Martán Góngora. Una vez en las aguas del Guapi, debe navegarse hasta la costa del océano, para luego entrar por una de las bocanas del Timbiquí y empezar a subir sus aguas y sus piedras hasta encontrar el sitio a varias horas de canoa.

- ¿Pa onde van?, nos preguntó un viejo desde la orilla cuando vio que Silvio Ocoró, Efrén Perea y Edison Carabalí, los tres palanqueros, empujaban la canoa, de la cual Argenis Castellanos, Nelly Pérez, Greta mi hija y yo que ahí viajábamos, habíamos tenido que salir porque las aguas eran escasas y las grandes piedras impedían que la embarcación avanzara normalmente con el impulso del motor.

-Para Coteje a la semana santa, le respondimos.

-Ay, ¡Virgen del Carmen! -dijo el hombre.

Después de haber tenido que saltar trece veces de la canoa, volviéndonos a meter en ella otras tantas, de atravesar pasos bajos de la corriente con el agua hasta el cuello y con miedo por todo el cuerpo, de recorrer largos trechos de playas de piedras duras y quién sabe qué más, entendimos la invocación de horas antes a la Virgen. Y también las notas del Padre Bernardo Merizalde del Carmen en su libro de 1921, sobre la costa del Pacífico donde anota "los peligros de la navegación a causa de la impetuosa corriente de este río, que aunque se hace en embarcaciones menores y con bogas muy duchos para subir y bajar saltos y chorros, aún así y todo se lamentan frecuentes desgracias".

Ese miércoles santo salimos a las doce del día de Santa Bárbara de Timbiquí, debajo de un sol inclemente. Y, finalmente, llegamos a Coteje, a las 6 de la tarde, bajo un aguacero torrencial.

No habíamos acabado de subir a la casa donde viviríamos durante los días de la semana santa, cuando oímos el tropel de una marcha y el ritmo de consignas repetidas en voces masculinas.

ayayay qué pasó
una rana me picó
¿Te dolió?
No me dolió
Cuando salga del cuartel
a mi casa voy a dar
a mi novia un abrazo
y a mi suegra un balazo.

Era uno de los grupos de la liturgia teatral que veríamos de ahí en adelante: la milicia. Dos columnas de jóvenes adultos y adolescentes armados de escopetas de verdad y machetes de mentira labrados en madera, recorrían las calles buscando a Jesús de Nazareno. El toque de cununos encabezaba la marcha. Al pie de la misma numerosos niñitos pitando en canutos de guadua y pitos hechos en palma de totora. Y, al día siguiente por la noche, se les uniría la matraca tallada en madera y en forma de pez.

¡"Vengan a la cena"! ¡Ya comienza la cena!, gritaba la milicia uniformada con camiseta de color amarillo oro, pantalones y botas de caucho. Sudorosos, jadeantes recorrían el pueblo. En la iglesia, debajo de grandes ramas de guamo que proyectaban sombras sobre el mantel blanco de la mesa, se sentaron los apóstoles. Sus túnicas blancas contrastaban con el traje celeste de Jesús, adornado de encajes.

- ¿Será que yo soy el que lo traicionaré?, le dijo uno de los apóstoles a Jesús.

En ese momento, la milicia irrumpió estrepitosamente en la iglesia. Los apóstoles y Jesús se levantaron e iniciaron su salida de la iglesia en medio de cirios, velas y antorchas colocadas en el piso de las escalinatas. Iban al Monte de los Olivos, aunque algunas personas comentaron que iban a otra cena. En realidad, el episodio que se preparaba era el prendimiento de Jesús. En la colina, lejos de la iglesia, los apóstoles se arrodillaron y besaron la tierra. Se incorporaron y Judas señaló a Jesús. Entonces, la milicia arremetió brutalmente por entre la multitud. La gente se arremolinó en torno a Jesús. Los milicianos se abrieron paso a la fuerza y lo prendieron en medio de la gritería general. Tan pronto como emprendieron el descenso del monte hacia el poblado, el remolino se convirtió en turba desaforada que alzaba los brazos gritando unos a otros: ¡Lo cogieron! ¡Lo cogieron!

La milicia entonces cambió su consigna por

¡Viva que lo cogimos
a Jesús de Nazareno
por pícaro y traicionero!

siendo la respuesta:

¡Viva que lo cogimos
por pícaro y traicionero
a Jesús de Nazareno!

Lo que allí en Coteje se representaba era una semana santa fuera de la guía de la iglesia católica. ¿Y por qué razón?, pues en Guapi lo que se contaba era el conflicto entre un sacerdote y el pueblo de Coteje, a consecuencia del cual ningún religioso podía arrimar allí desde hacía varios años. La historia me acordó lo que yo misma había visto hacía apenas tres meses en el mismo río Timbiquí, pero en santa Bárbara, la cabecera municipal. Allí en diciembre, la gran fiesta a la Virgen tenía la tradición de pasearla en el río montada en una balsa de canoas, debajo de arcos de flores, de música de tambores y guasás. Y de ofrecerle una luminaria de velas y fuegos artificiales en una estructura de guadua frente a la iglesia. Una fiesta muy especial, pues, además, su santa patrona es santa Bárbara, la abogada de las tempestades y de los relámpagos. La misma que, por ejemplo, en Cuba o en Brasil representa a Changó, la deidad africana del trueno, la centella y el rayo.

Pero en Santa Bárbara, el cura párroco Carlos Zúñiga le había montado al pueblo su oposición a la tradición aduciendo derroche de dinero en pólvora y en bebida durante la fiesta callejera. El argumento era que los fondos y el esfuerzo deberían dedicarse a obras en la iglesia. Y lo que allí sucedió es que la población reaccionó con el silencio. No salió a la calle con sus arrullos a la Virgen, ni con los conunos. Ni preparó balsada. Y cuando, coincidencialmente, en esos mismos días de diciembre el prefecto apostólico con sede en Guapi, Monseñor Alberto Lee llegó para celebrar los 25 años de ejercicio profesional del cura Zúñiga, los altoparlantes de la iglesia y las campanas se cansaron durante dos días de invitar a la gran misa con diáconos y ropajes en honor al párroco.

La población continuó muda y permaneció inmóvil. El prefecto vestido en sus blancas y brillantes galas y en el vacío de la iglesia, no pudo más que lamentarse a la hora del sermón así:

-En esta cabecera municipal, un pequeño grupo de jóvenes de la juventud franciscana, algunos representantes de las organizaciones piadosas de la comunidad, dos o tres personas amigas escasamente alcanzan a representar a la población de Santa Bárbara de Timbiquí; esta celebración de unas bodas de plata sacerdotales en el marco de la población entre la frialdad y la indiferencia de la comunidad son la realidad por la que tenemos que estar siempre reclamando, porque tenemos que cumplir con la tarea que el Señor nos ha encomendado Tenemos que hablar y anunciar el reino de Dios en su realidad total, aun cuando no guste, aunque resulte antipático, aunque para muchos sea insoportable, aunque no esté de moda...

- ¿Por qué no viene el sacerdote? -le pregunté en Coteje, en la semana santa, a Cruz del Carmen Banguera, quien ha desempeñado el papel de Jesucristo durante varios años. Siempre con una peluca negra, sus túnicas celestes y blancas y una sonrisa de enormes dientes peninos, que sólo se nubla el viernes santo cuando el telón azul se descorre en la iglesia y él aparece crucificado en la mitad de los dos ladrones.

-Es que los papas no dejaron pasar al cura. No sabía tanto. Entonces, lo mandaron a regresar para estudiar más. Y no ha venido más -dijo Cruz del Carmen con un tono convincente.

Claro que lo que estábamos viendo en Coteje no era excepcional, porque a muchos poblados los sacerdotes no llegaban o iban de vez en cuando. Y las gentes armaban sus celebraciones con su música, su saber tradicional y aquél otro aprendido en el rito cristiano. Con la riqueza gestual y el habla regional. Y bajo la autoridad renovada de los viejos de la comunidad.

Vicente Valencia, un fraile moderno que llegó hace poco a la Prefectura de Guapi, después de haber guiado la semana santa en Calle Larga sobre el río Napí, contó que Poncio Pilatos usaba allá una máscara de madera de balso pintada con colores amarillo, rosado y arena.

Ah, le comenté a mi regreso a Guapi. Eso es nada, yo vi cinco Pilatos en Coteje. Estaban vestidos de harapos, costales sombreros viejos, una especie de faldellín de fibras vegetales, una pipa que vomitaba fuego y un hacha con la que cada uno amenazaba a la gente. Tenían la cara refregada con greda amarilla como la de los trabajos mineros. Y, además, líneas de carbón que semejaban arrugas en la cara.

-¿Y qué hacían? -preguntó Fray Vicente.

Pues salieron de la sacristía en la iglesia cuando Cristo expiró y luego corrieron enloquecidos por el poblado haciendo morisquetas en medio del terror divertido de los chicos y las carcajadas festivas de los grandes. Lo único que los apaciguaba eran los pitos de los adolescentes, que casi los ensordecían y los obligaban a huir.

Detrás de sus anteojos Fray Vicente, que había hecho una tesis de estudio sobre la cultura de los guapireños, oía asombrado la narración sobre los Pilatos y sus juegos en plena iglesia Entonces, empecé a decirle que detrás de esos Pilatos posiblemente estaban los diablitos negros, que no son demonios católicos, sino representación de antiguos antepasados africanos. Que desde el siglo XVI en Sevilla hacían parte de las fiestas del Corpus Christi y que llegaron a América en los autos sacramentales de la iglesia católica, pero como equipaje oculto de los africanos.

Ahí fue cuando Fray Vicente abrió más los ojos.

No obstante, seguí contándole que en Santa María, otro sitio minero en el río Sesé en su confluencia sobre el Timbiquí, volvía a aparecer Pilatos o Bato. Don Justino Sinisterra, el mayordomo de la iglesia desde 1932 y ahora anciano, lo había visto siempre.

-Es un monstruo del monte, descalzo, que se viste con un poco de ramas y se cuelga hojas de maíz en los puños -dijo. Y su esposa añadió:

-Pilatos tiene una máscara de calabazo que asusta a los niños no solo en la semana santa, sino el 25 de diciembre y el 6 de enero.

¡Cuente! ¡Cuente más!, decía el fraile, aún después de un par de horas de oír sobre la cultura de los africanos en Africa y la de sus parientes en el litoral y en otros sitios de América. Por supuesto, pensé… curas como Fray Vicente no sólo podrían viajar por los ríos de la poesía de Martán Góngora, sino llegar hasta Coteje en tiempo de semana santa.

 

Referencias

 

Friedemann 1966-69, 1986, 1986a, 1988a, 1988c, Martán Góngora 1980, Mbiti 1970, Merizalde del Carmen 1921, Valencia 1987.

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