INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
 

 

William Villa estudió en Bogotá en la Universidad Nacional.

-Siempre tuve la curiosidad de entender el significado de la batea de oro que desde chiquito veía en mi casa, en Ibagué-.

Así, directamente con una sonrisa cautelosa respondió William la pregunta de por qué había escogido la carrera de antropología.

-Hay razones intelectuales y razones del subconsciente, pero a la edad que tomé la decisión uno va motivado más por las segundas -añadió.

Alto, delgado, de maneras suaves y frugales seguía siendo el individuo serio y reservado que sus compañeros de estudio recordaban, pero que no habían vuelto a ver durante años. Desde 1980, se había ido a trabajar como profesor de universidad en el Chocó, y más tarde en proyectos de estudio y asesoría con organizaciones internacionales.

En los primeros días de octubre de 1982, la fiesta de san Francisco de Asís en Quibdó estaba a punto de terminar. Después de haberla presenciado con el interés de un investigador social, William caminó hasta el barrio Pandeyuca. Quería ver a doña Mariquita Caicedo quien pese a sus sesenta y tantos años, seguía siendo adalid de las fiestas de ese santo que para los chocoanos es san Pacho. Con gusto le aceptó un vaso del último guarapo con el que por esa época del año, ella agasajaba a quienes fueran a visitarla.

Conversaron sobre las historias de la carrera primera. Allí habían vivido los blancos hasta cuando los incendios empezaron a cambiar el trazo de la urbe que crecía y separaba a los negros de los blancos y de los mestizos. En fin, sobre el santo, el carnaval y toda esa historia regional que a William nunca le habían contado en la universidad.

Se había propuesto conseguir en el Chocó los materiales para su trabajo de grado. Sin embargo, jamás se imaginó que pudiera ser tan descomunal el impacto que le ocasionaran el área y su gente.

-Al llegar al Chocó -dijo William-, padecí el choque cultural más grande de mi vida. Allí ya no era negro, sino paisa. Pero yo me veía a mí mismo como negro. Mi padre era negro, parte de un tronco de mineros que habían llegado a Risaralda. Además, yo era pensado como negro. En mi familia era el más oscuro de todos y cariñosamente me llamaban negro. El choque fue tener mi imagen y luego de llegar allí, verla destruida. Lo que a mí me pasó es que... bueno, el Chocó es otro mundo, pero yo me preguntaba y, ¿por qué en la universidad no nos han hablado de eso?

Claro que se sabe que en el departamento de Antropología se han discutido con solemnidad "la formación del Estado nacional y las minorías étnicas" que para la mayoría de profesores siguen siendo las sociedades indígenas. Se ha enseñado una etnohistoria en donde los negros colombianos no aparecen. Ni como minorías étnicas, ni como mayorías de alguna clase social. A lo sumo, se les ha mencionado como esclavos. En fin, una antropología en donde aún los antropólogos negros y sus escritos han sido suprimidos.

Si después de años de dejar de ser estudiante William hacía hincapié en este tema, probablemente aún existían huellas de su desencanto con el programa de estudio. Así lo había dicho en su excelente ensayo Carnaval, Política y Religión (Fiestas en el Chocó), entregado a las autoridades universitarias en 1984.

"No pensaba que de pronto me encontraría en otra nación, había estudiado antropología y la historia de la antropología en Colombia que allí enseñaban no hacía referencia alguna a la contribución grande de Rogerio Velásquez con sus investigaciones sobre la región del Pacífico".

Efectivamente, Rogerio Velásquez, el primer antropólogo chocoano graduado en 1950, había descrito en 1957 la fiesta de san Francisco en Quibdó cuya épica legendaria como la de otros santos, ha pasado de boca en boca en la tradición oral. Solo que la suya cuenta con una documentación histórica que puede consultar en archivos. En los folios de 1648, se lee que el santo llegó con cuatro indios intérpretes y guías de un par de franciscanos: Fray Matías Abad y el hermano Jacinto Hurtado. Salieron de Cartagena con el apoyo del gobernador Pedro Zapata de Mendoza. Con la pretensión de "pacificar" a los indios y allanar la ruta del oro en el Chocó. Pero los intereses de Fray Matías iban más allá de lo espiritual. Antes de ser limosnero en el Convento de Cartagena, había sido minero en Mariquita.

Por supuesto que los frailes no lograron su cometido tan fácilmente como se lo creyeron en Cartagena, pero sí convencieron a un grupo de indios para levantar una especie de iglesia para el santo, a orillas del Atrato. Luego de terminada, concertaron con ellos la preparación de unos festejos el 4 de octubre del mismo año. Para los frailes significaría la entronización de san Francisco en la comarca. ¿Y para los indios? Lo único que se sabe es que éstos con un jefe a la cabeza, llegaron con quince de sus embarcaciones, bogas, bebidas y una cantidad de pescado para una comilona. Hombres, mujeres y niños ataviados en coloridos ornamentos corporales, ocuparon catorce canoas y en la que destinaron a los frailes, éstos acomodaron a san Francisco. Aunque el grupo de citaraes se divirtió de lo lindo con su jefe a la cabeza, que hacía sonar una campanilla y dirigía la danza de las canoas en la mitad del río, ello no significó la sumisión indígena. Eso sí, parece que produjo la primera noticia documentada sobre la tradición de las actuales balsadas de santos en el litoral Pacífico.

Por el contrario, los esfuerzos de los misioneros para obligar a los indios a asentarse en pueblos alrededor de una iglesia provocaron indignación y violencia. Tanto que Fray Matías murió asesinado al año de estar en el Atrato. Y en 1669 hubo una masacre de 4 de los 12 misioneros que insistían en reducirlos a poblados, hasta que en 1684 los indios quemaron y abandonaron Citará, que después sería Quibdó. Seis años después, cuando nuevos aventureros en busca de oro llegaron con cuadrillas de esclavos y curas seglares, el santo fue acogido por la población negra de mineros convirtiéndose en san Pacho.

Sentado en un taburete, sobre la acera, recargado contra la pared de la casa de Mariquita, William con su visible temperamento tranquilo barajaba sus pensamientos. Una lluvia torrencial al medio día había vaciado las calles llenas de gente. Miraba las espiras de vapor que se levantaban dondequiera que los rayos tibios del sol pegaban en la calzada de tierra y arena. Volvía a sentir la fascinación que horas antes había experimentado al ver grandes mariposas como de papel celofán rosado, suspendidas sobre la estatua de san Francisco. De repente irrumpían la música de la tambora, la requinta, los platillos y el clarinete. Y luego saltaban encima de los rezos de la multitud.

Las calles del puerto estaban saturadas de un ambiente profano y sagrado. Vapores del baile de la noche anterior y olores a santidad crecían a medida que se iniciaba la procesión con cirios y flores. Los adoradores del santo vestidos con el hábito carmelito, se arremolinaban en la puerta de la catedral y extasiados iniciaban el paseo. Otros se unían a la procesión con manojos de velas como ofrendas. Pero los más gozaban el placer místico de la romería al compás de la chirimía y bajo sus sombrillas que atajaban los penetrantes rayos del sol, antes del aguacero del mediodía.

 

 

Los santos pasean en canoas que amarradas unas a otras forman balsadas. Los devotos a los santos también peregrinan por los ríos en balsas de trozas de madera. En Istmina, río San Juan. Foto: Cortesía J. M. Múnera.

 

 

San José se fue pa'l monte / a labrar cuna y batea. María quedó cosiendo / pañales sobre la mesa. Arrullando a la virgen en diciembre 1987. guapi, Cauca Foto: N.S. de Friedemann.

 

 

En procesión. Barbacoas, Nariño. Foto: R.J. Duncan 1972.

 

 

En el velorio a un santo. Río Güelmambí, Nariño 1972. Foto: R. J. Duncan.

 

 

Cruz del Carmen Banguera es Jesús de Nazareno. Semana Santa en Coteje, Cauca 1988. Foto: N.S. de Friedemann

 

 

Pilatos. Semana Santa en Coteje, Cauca 1988. Foto Greta Friedemann

 

 

Altar de santos. Iglesia de Coteje, Cauca 1988. Foto: Greta Friedemann

 

 

En Semana Santa con vestidos nuevos y peinados de caracol  y riñón. Guapi, Cauca 1988. Foto: N.S. de Friedemann

 

 

Monseñor Alberto Lee, Prefecto apostólico de Guapi. Domingo de Ramos. Semana Santa 1988. Foto: N.S. de Friedemann

 

 

A Pilatos y a las ánimas que descienden del purgatorio, los niños los espantan con la estridencia de sus pitos o churos. Semana Santa en Coteje, Cauca. Foto: N. S. de Friedemann 1988.

 

El santo llevado en hombros vestía la túnica de la humildad franciscana, amarrada su cintura y su pobreza con un magnífico cordón grueso tejido en hilos de oro de 24 quilates, obsequio de los mineros pobres de los ríos chocoanos. Así anduvo debajo de arcos y sobre altares en los doce barrios del populoso Quibdó. Como si con ello quisiera evocar el tiempo antiguo cuando navegaba en canoas de caserío en caserío a lo largo del Atrato.

La voz animada de Mariquita regresando desde la cocina deshizo el cúmulo de brillantes imágenes que William veía entre las volutas de vapor que continuaban levantándose del piso.

-¿Viste la cara que traía el santo? Uno sabe cómo será el año entrante... si su rostro aparece iluminado, si viene sonriente, entonces vendrá un año bueno...

El levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los párpados arrugados y el brillo risueño de las pupilas de la vieja Mariquita. En su expresión reconoció el fulgor místico del semblante de los adoradores de san Pacho. De aquellos con quienes el santo tenía establecida una relación de intercambio de favores y milagros por promesas, plegarias, velas y regalos de oro. Lo había percibido en su peregrinaje de investigación a lo largo de los ríos chocoanos en las fiestas de tantos santos navegantes. Sobre el río San Juan en las balsadas de la Virgen de la Pobreza que residía en Tadó, en las balsadas de la Virgen de las Mercedes con asiento en Istmina, en el río Condoto en las celebraciones de Nuestra Señora del Rosario o en las del Ecce Homo en Raspadura, entre el Atrato y el San Juan. Pero también había oído de los ritos acuáticos de Santa Bárbara en el río Timbiquí y en el Guapi de las balsadas con la Virgen Inmaculada. Más hacia el sur, los paseos en canoa del Señor del Mar por los canales y los brazos del río Patía, así como de las peregrinaciones en canoas y las danzas de la Virgen de Atocha en el río Telembí y afluentes como el Güelmambí. Y a todos estos santos también se les llama familiar mente: La Mercedes, La Atochita, Antoñito.

Desde luego que al comparar cada una de esas celebraciones con la otra y con todas las demás, salía a flote la experiencia espiritual de la sociedad negra y sus manifestaciones en un lenguaje compartido. El gesto, la poesía de los arrullos y las décimas, el golpe de los tambores y la danza que son formas de conversación con los santos en todo el litoral Pacífico.

Figuras religiosas, estas del catolicismo e impuestas desde tiempos coloniales por los amos, pero detrás de las cuales posiblemente se habrían refugiado quien sabe qué personajes del lejanísimo pasado religioso africano.

William descubría el sello de una alianza entre los devotos y el santo. Según su opinión, éste al dejarse moldear por las formas institucionales y religiosas de los negros, por el ritmo musical y por la afición teatral, se había vuelto mulato, además de cambiar el apelativo Asís por el de Quibdó. ¿Acaso esta estrategia sería la que adoptaron los santos católicos frente al pensamiento religioso africano de los esclavos?

O más bien, las deidades africanas en el litoral Pacífico como en Cuba y en Brasil, para sobrevivir ¿se pusieron la máscara de los santos para proteger a sus devotos? Porque a Changó, por ejemplo, se le encuentra detrás de Santa Bárbara. Y Orula u Orumila, el viejo lleno de secretos y de poderes de adivinación del panteón Yoruba en Cuba, tuvo que disfrazarse con los atuendos y las esencias del poder de san Francisco de Asís, a quien allá aún le cantan:

Después que yo hice todo
lo que san Francisco habló
noté que cambió mi suerte
todo el mal se me quitó
después que yo me hice ese ebó
todo el mal se me quitó
con san Francisco y Changó
todo el mal se me quitó...

De todos modos, a William no le quedaba duda de que en Quibdó la práctica protectora de san Pacho es indiscutible. Durante el terrible incendio que consumió las casas de la carrera primera y cuando el fuego como un monstruo satánico enviaba sus coletazos en todas direcciones, las gentes de los barrios aterrorizadas echaron mano de la imagen de san Pacho, para defenderse. Del mismo san Pacho que en las fiestas llevan a pasear por la noche hasta la catedral y por la mañana regresan al barrio, mientras se alista el desayuno franciscano tradicional: pastel de arroz con cerdo, chocolate y pan.

Lo extraordinario es que Mariquita revivía cada minuto de la candelada y seguía relatando:

-Con todas las imágenes de san Pacho de todos los barrios la gente formó una especie de barricada alrededor de la carrera primera, frente al Atrato. Allá las llamas devoraban las casas de los blancos, pese a que ellos también habían llevado al sitio del incendio la imagen grande de san Francisco que permanece en la catedral.

Hoy por hoy, el milagro que san Pacho hizo a los barrios de los negros es palpable. Sus casas se salvaron del fuego. La historia conmueve más porque en Quibdó aseguran que el santo sintió en carne propia el siniestro, tanto que esa noche lo vieron llorar.

La tarde se oscureció. Las horas pasaron velozmente. Mariquita sí sabía historia. Aún la del almendro que existía en el Parque Centenario y que albergaba bandadas de golondrinas hasta cuando a alguien se le ocurrió talarlo, y éstas buscaron refugio en la torre de la catedral. Ahora William entendía el vuelo de fuga de las golondrinas el tres de septiembre, víspera del comienzo de la fiesta de san Pacho: Frente a la catedral, los tambores convocaban al santo y a la gente a la fiesta, con una percusión tan potente que el tam tam en su camino al firmamento despertó a las golondrinas. Dos años después de haber entrevistado a Mariquita, William Villa al escribir el primer párrafo de su ensayo declararía con una certeza apabullante:

-¡Esa noche aprendí a mirar el santo!

 

Referencias

 

Barnet 1961, Caicedo 1977, Friedemann 1966-69, 1974b, 1982, 1988a, Friedemann y Arocha 1982, Martin 1983, Motta González 1986, Naranjo 1986, Sharp 1976, Velásquez 1960, Villa 1984.

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