De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
William Villa estudió en Bogotá en la Universidad Nacional.
-Siempre tuve la curiosidad de entender el significado de la
batea de oro que desde chiquito veía en mi casa, en Ibagué-.
Así, directamente con una sonrisa cautelosa respondió William la
pregunta de por qué había escogido la carrera de antropología.
-Hay razones intelectuales y razones del subconsciente, pero a
la edad que tomé la decisión uno va motivado más por las segundas
-añadió.
Alto, delgado, de maneras suaves y frugales seguía siendo el
individuo serio y reservado que sus compañeros de estudio
recordaban, pero que no habían vuelto a ver durante años. Desde
1980, se había ido a trabajar como profesor de universidad en el
Chocó, y más tarde en proyectos de estudio y asesoría con
organizaciones internacionales.
En los primeros días de octubre de 1982, la fiesta de san
Francisco de Asís en Quibdó estaba a punto de terminar. Después de
haberla presenciado con el interés de un investigador social,
William caminó hasta el barrio Pandeyuca. Quería ver a doña
Mariquita Caicedo quien pese a sus sesenta y tantos años, seguía
siendo adalid de las fiestas de ese santo que para los chocoanos es
san Pacho. Con gusto le aceptó un vaso del último guarapo con el
que por esa época del año, ella agasajaba a quienes fueran a
visitarla.
Conversaron sobre las historias de la carrera primera. Allí
habían vivido los blancos hasta cuando los incendios empezaron a
cambiar el trazo de la urbe que crecía y separaba a los negros de
los blancos y de los mestizos. En fin, sobre el santo, el carnaval
y toda esa historia regional que a William nunca le habían contado
en la universidad.
Se había propuesto conseguir en el Chocó los materiales para su
trabajo de grado. Sin embargo, jamás se imaginó que pudiera ser tan
descomunal el impacto que le ocasionaran el área y su gente.
-Al llegar al Chocó -dijo William-, padecí el choque cultural
más grande de mi vida. Allí ya no era negro, sino paisa. Pero yo me
veía a mí mismo como negro. Mi padre era negro, parte de un tronco
de mineros que habían llegado a Risaralda. Además, yo era pensado
como negro. En mi familia era el más oscuro de todos y
cariñosamente me llamaban negro. El choque fue tener mi imagen y
luego de llegar allí, verla destruida. Lo que a mí me pasó es
que... bueno, el Chocó es otro mundo, pero yo me preguntaba y, ¿por
qué en la universidad no nos han hablado de eso?
Claro que se sabe que en el departamento de Antropología se han
discutido con solemnidad "la formación del Estado nacional y las
minorías étnicas" que para la mayoría de profesores siguen siendo
las sociedades indígenas. Se ha enseñado una etnohistoria en donde
los negros colombianos no aparecen. Ni como minorías étnicas, ni
como mayorías de alguna clase social. A lo sumo, se les ha
mencionado como esclavos. En fin, una antropología en donde aún los
antropólogos negros y sus escritos han sido suprimidos.
Si después de años de dejar de ser estudiante William hacía
hincapié en este tema, probablemente aún existían huellas de su
desencanto con el programa de estudio. Así lo había dicho en su
excelente ensayo Carnaval, Política y Religión (Fiestas en el
Chocó), entregado a las autoridades universitarias en 1984.
"No pensaba que de pronto me encontraría en otra nación, había
estudiado antropología y la historia de la antropología en Colombia
que allí enseñaban no hacía referencia alguna a la contribución
grande de Rogerio Velásquez con sus investigaciones sobre la región
del Pacífico".
Efectivamente, Rogerio Velásquez, el primer antropólogo chocoano
graduado en 1950, había descrito en 1957 la fiesta de san Francisco
en Quibdó cuya épica legendaria como la de otros santos, ha pasado
de boca en boca en la tradición oral. Solo que la suya cuenta con
una documentación histórica que puede consultar en archivos. En los
folios de 1648, se lee que el santo llegó con cuatro indios
intérpretes y guías de un par de franciscanos: Fray Matías Abad y
el hermano Jacinto Hurtado. Salieron de Cartagena con el apoyo del
gobernador Pedro Zapata de Mendoza. Con la pretensión de
"pacificar" a los indios y allanar la ruta del oro en el Chocó.
Pero los intereses de Fray Matías iban más allá de lo espiritual.
Antes de ser limosnero en el Convento de Cartagena, había sido
minero en Mariquita.
Por supuesto que los frailes no lograron su cometido tan
fácilmente como se lo creyeron en Cartagena, pero sí convencieron a
un grupo de indios para levantar una especie de iglesia para el
santo, a orillas del Atrato. Luego de terminada, concertaron con
ellos la preparación de unos festejos el 4 de octubre del mismo
año. Para los frailes significaría la entronización de san
Francisco en la comarca. ¿Y para los indios? Lo único que se sabe
es que éstos con un jefe a la cabeza, llegaron con quince de sus
embarcaciones, bogas, bebidas y una cantidad de pescado para una
comilona. Hombres, mujeres y niños ataviados en coloridos
ornamentos corporales, ocuparon catorce canoas y en la que
destinaron a los frailes, éstos acomodaron a san Francisco. Aunque
el grupo de citaraes se divirtió de lo lindo con su jefe a la
cabeza, que hacía sonar una campanilla y dirigía la danza de las
canoas en la mitad del río, ello no significó la sumisión indígena.
Eso sí, parece que produjo la primera noticia documentada sobre la
tradición de las actuales balsadas de santos en el litoral
Pacífico.
Por el contrario, los esfuerzos de los misioneros para obligar a
los indios a asentarse en pueblos alrededor de una iglesia
provocaron indignación y violencia. Tanto que Fray Matías murió
asesinado al año de estar en el Atrato. Y en 1669 hubo una masacre
de 4 de los 12 misioneros que insistían en reducirlos a poblados,
hasta que en 1684 los indios quemaron y abandonaron Citará, que
después sería Quibdó. Seis años después, cuando nuevos aventureros
en busca de oro llegaron con cuadrillas de esclavos y curas
seglares, el santo fue acogido por la población negra de mineros
convirtiéndose en san Pacho.
Sentado en un taburete, sobre la acera, recargado contra la
pared de la casa de Mariquita, William con su visible temperamento
tranquilo barajaba sus pensamientos. Una lluvia torrencial al medio
día había vaciado las calles llenas de gente. Miraba las espiras de
vapor que se levantaban dondequiera que los rayos tibios del sol
pegaban en la calzada de tierra y arena. Volvía a sentir la
fascinación que horas antes había experimentado al ver grandes
mariposas como de papel celofán rosado, suspendidas sobre la
estatua de san Francisco. De repente irrumpían la música de la
tambora, la requinta, los platillos y el clarinete. Y luego
saltaban encima de los rezos de la multitud.
Las calles del puerto estaban saturadas de un ambiente profano y
sagrado. Vapores del baile de la noche anterior y olores a santidad
crecían a medida que se iniciaba la procesión con cirios y flores.
Los adoradores del santo vestidos con el hábito carmelito, se
arremolinaban en la puerta de la catedral y extasiados iniciaban el
paseo. Otros se unían a la procesión con manojos de velas como
ofrendas. Pero los más gozaban el placer místico de la romería al
compás de la chirimía y bajo sus sombrillas que atajaban los
penetrantes rayos del sol, antes del aguacero del mediodía.
|
|
|
Los santos pasean en canoas que amarradas unas a otras forman
balsadas. Los devotos a los santos también peregrinan por los ríos
en balsas de trozas de madera. En Istmina, río San Juan. Foto:
Cortesía J. M. Múnera.
|
|
|
|
San José se fue pa'l monte / a labrar cuna y batea. María quedó
cosiendo / pañales sobre la mesa. Arrullando a la virgen en
diciembre 1987. guapi, Cauca Foto: N.S. de Friedemann.
|
|
|
|
En procesión. Barbacoas, Nariño. Foto: R.J. Duncan 1972.
|
|
|
|
En el velorio a un santo. Río Güelmambí, Nariño 1972. Foto: R.
J. Duncan.
|
|
|
|
Cruz del Carmen Banguera es Jesús de Nazareno. Semana Santa en
Coteje, Cauca 1988. Foto: N.S. de Friedemann
|
|
|
|
Pilatos. Semana Santa en Coteje, Cauca 1988. Foto Greta
Friedemann
|
|
|
|
Altar de santos. Iglesia de Coteje, Cauca 1988. Foto: Greta
Friedemann
|
|
|
|
En Semana Santa con vestidos nuevos y peinados de caracol y
riñón. Guapi, Cauca 1988. Foto: N.S. de Friedemann
|
|
|
|
Monseñor Alberto Lee, Prefecto apostólico de Guapi. Domingo de
Ramos. Semana Santa 1988. Foto: N.S. de Friedemann
|
|
|
|
A Pilatos y a las ánimas que descienden del purgatorio, los
niños los espantan con la estridencia de sus pitos o churos. Semana
Santa en Coteje, Cauca. Foto: N. S. de Friedemann 1988.
|
El santo llevado en hombros vestía la túnica de la humildad
franciscana, amarrada su cintura y su pobreza con un magnífico
cordón grueso tejido en hilos de oro de 24 quilates, obsequio de
los mineros pobres de los ríos chocoanos. Así anduvo debajo de
arcos y sobre altares en los doce barrios del populoso Quibdó. Como
si con ello quisiera evocar el tiempo antiguo cuando navegaba en
canoas de caserío en caserío a lo largo del Atrato.
La voz animada de Mariquita regresando desde la cocina deshizo
el cúmulo de brillantes imágenes que William veía entre las volutas
de vapor que continuaban levantándose del piso.
-¿Viste la cara que traía el santo? Uno sabe cómo será el año
entrante... si su rostro aparece iluminado, si viene sonriente,
entonces vendrá un año bueno...
El levantó la cabeza y sus ojos se encontraron con los párpados
arrugados y el brillo risueño de las pupilas de la vieja Mariquita.
En su expresión reconoció el fulgor místico del semblante de los
adoradores de san Pacho. De aquellos con quienes el santo tenía
establecida una relación de intercambio de favores y milagros por
promesas, plegarias, velas y regalos de oro. Lo había percibido en
su peregrinaje de investigación a lo largo de los ríos chocoanos en
las fiestas de tantos santos navegantes. Sobre el río San Juan en
las balsadas de la Virgen de la Pobreza que residía en Tadó, en las
balsadas de la Virgen de las Mercedes con asiento en Istmina, en el
río Condoto en las celebraciones de Nuestra Señora del Rosario o en
las del Ecce Homo en Raspadura, entre el Atrato y el San Juan. Pero
también había oído de los ritos acuáticos de Santa Bárbara en el
río Timbiquí y en el Guapi de las balsadas con la Virgen
Inmaculada. Más hacia el sur, los paseos en canoa del Señor del Mar
por los canales y los brazos del río Patía, así como de las
peregrinaciones en canoas y las danzas de la Virgen de Atocha en el
río Telembí y afluentes como el Güelmambí. Y a todos estos santos
también se les llama familiar mente: La Mercedes, La Atochita,
Antoñito.
Desde luego que al comparar cada una de esas celebraciones con
la otra y con todas las demás, salía a flote la experiencia
espiritual de la sociedad negra y sus manifestaciones en un
lenguaje compartido. El gesto, la poesía de los arrullos y las
décimas, el golpe de los tambores y la danza que son formas de
conversación con los santos en todo el litoral Pacífico.
Figuras religiosas, estas del catolicismo e impuestas desde
tiempos coloniales por los amos, pero detrás de las cuales
posiblemente se habrían refugiado quien sabe qué personajes del
lejanísimo pasado religioso africano.
William descubría el sello de una alianza entre los devotos y el
santo. Según su opinión, éste al dejarse moldear por las formas
institucionales y religiosas de los negros, por el ritmo musical y
por la afición teatral, se había vuelto mulato, además de cambiar
el apelativo Asís por el de Quibdó. ¿Acaso esta estrategia sería la
que adoptaron los santos católicos frente al pensamiento religioso
africano de los esclavos?
O más bien, las deidades africanas en el litoral Pacífico como
en Cuba y en Brasil, para sobrevivir ¿se pusieron la máscara de los
santos para proteger a sus devotos? Porque a Changó, por ejemplo,
se le encuentra detrás de Santa Bárbara. Y Orula u Orumila, el
viejo lleno de secretos y de poderes de adivinación del panteón
Yoruba en Cuba, tuvo que disfrazarse con los atuendos y las
esencias del poder de san Francisco de Asís, a quien allá aún le
cantan:
Después que yo hice todo
lo que san Francisco habló
noté que cambió mi suerte
todo el mal se me quitó
después que yo me hice ese ebó
todo el mal se me quitó
con san Francisco y Changó
todo el mal se me quitó...
De todos modos, a William no le quedaba duda de que en Quibdó la
práctica protectora de san Pacho es indiscutible. Durante el
terrible incendio que consumió las casas de la carrera primera y
cuando el fuego como un monstruo satánico enviaba sus coletazos en
todas direcciones, las gentes de los barrios aterrorizadas echaron
mano de la imagen de san Pacho, para defenderse. Del mismo san
Pacho que en las fiestas llevan a pasear por la noche hasta la
catedral y por la mañana regresan al barrio, mientras se alista el
desayuno franciscano tradicional: pastel de arroz con cerdo,
chocolate y pan.
Lo extraordinario es que Mariquita revivía cada minuto de la
candelada y seguía relatando:
-Con todas las imágenes de san Pacho de todos los barrios la
gente formó una especie de barricada alrededor de la carrera
primera, frente al Atrato. Allá las llamas devoraban las casas de
los blancos, pese a que ellos también habían llevado al sitio del
incendio la imagen grande de san Francisco que permanece en la
catedral.
Hoy por hoy, el milagro que san Pacho hizo a los barrios de los
negros es palpable. Sus casas se salvaron del fuego. La historia
conmueve más porque en Quibdó aseguran que el santo sintió en carne
propia el siniestro, tanto que esa noche lo vieron llorar.
La tarde se oscureció. Las horas pasaron velozmente. Mariquita
sí sabía historia. Aún la del almendro que existía en el Parque
Centenario y que albergaba bandadas de golondrinas hasta cuando a
alguien se le ocurrió talarlo, y éstas buscaron refugio en la torre
de la catedral. Ahora William entendía el vuelo de fuga de las
golondrinas el tres de septiembre, víspera del comienzo de la
fiesta de san Pacho: Frente a la catedral, los tambores convocaban
al santo y a la gente a la fiesta, con una percusión tan potente
que el tam tam en su camino al firmamento despertó a las
golondrinas. Dos años después de haber entrevistado a Mariquita,
William Villa al escribir el primer párrafo de su ensayo declararía
con una certeza apabullante:
-¡Esa noche aprendí a mirar el santo!
Referencias
Barnet 1961, Caicedo 1977, Friedemann 1966-69, 1974b, 1982,
1988a, Friedemann y Arocha 1982, Martin 1983, Motta González 1986,
Naranjo 1986, Sharp 1976, Velásquez 1960, Villa 1984.