Rocío Colorado en Las Flores
Goyita Alegría Colorado vivía en 1987 con sus hijos y su cuarto
marido en el barrio Las Flores en Guapi. Apenas tenía treinta y dos
años y ya había levantado su casa de madera con su propio esfuerzo.
Poco a poco había conseguido el palomulato para las columnas,
después jiguarastrojo y anime para los pisos y paredes. En fin, aun
la poca ayuda que le dieron los papás de sus hijos le sirvió de
mucho. Goyita era además un miembro activo del grupo de artesanas
que trabajaba en cestería y que tenían una cooperativa respaldada
por un préstamo de la Corporación del Valle del Cauca (CVC). Grupo
que también manejaba un local en el edificio del aeropuerto de
Guapi donde se vendían productos de artesanía: la cestería de las
mujeres, las chancacas y los mates de sidra, las cocadas de coco,
las marimbas, tambores y guasás.
Argenis Castellanos, una caleña vivaz, promotora de la CVC,
pensó que a mí me gustaría conocer a Goyita. El barrio Las Flores
que se construyó encima de lo que era el antiguo cementerio,
empieza a unas cuatro cuadras de distancia de donde termina la
iglesia del poblado sobre la plaza principal. Está compuesto por
casas más bien pequeñas hechas de distintas maderas a lo largo de
un camino irregular en su trazo y lleno de montículos de barro
apisonado por el transitar de sus habitantes. El esfuerzo de
jardines diminutos entre casa y casa y las flores de las
enredaderas le daban razón al nombre del lugar. Esencias de la
ruralidad de los caseríos a la orilla de los ríos podían percibirse
en la rutina de las gentes de Las Flores que frente a su casa
compartían la vida: los niños jugando y variados oficios caseros
realizándose al borde del camino. A la vista en las salas abiertas
de par en par estaban los bolsos, las cestas, las pajillas y las
trenzas con las que trabajan mujeres y niños.
Donde Goyita, al entrar vimos su máquina de coser y una
profusión de objetos de cestería terminados y a medio acabar.
Sentada en el piso, en un rincón y tejiendo pajillas estaba Rocío,
su hijita de cuatro años. Mayra Alejandra de un año pegada al seno
de Goyita y Luis Alberto de dos, llorando agarrado de la pierna de
su hermanita Francia de once años.
-Aquí se comienza a tejer desde chiquito nos aclaró Goyita para
responder al asombro que nos causaba ver a Rocío trabajando.
Fátima, la hija mayor, una quinceañera alegre cruzó la sala en
ese momento. Traía una enorme batea y un rallo de madera sobre su
cabeza. Regresaba de lavar ropa en la muralla, el sitio que además
es el embarcadero de canoas y lanchas. Allá se reúnen a lavar y a
bañarse a diario y a mañana y tarde mujeres y niños. Y también
jóvenes y adultos. Aunque Guapi es un municipio con 25.000
habitantes, el acueducto es tan reducido como la luz que llega
pocas horas en el día y a pocas casas.
Fátima, fuera de ir a la escuela y a cumplir con tareas caseras,
ya podía considerarse como una artesana. No en vano, Goyita había
compuesto una canción donde la mencionaba:
Fátima tejé los bolsos
y yo tejo carterita
pa cuando lleguen turistas
no se vaya la platica.
Hablaba con entusiasmo de su trabajo y explicaba los pormenores
de la cestería. Describiendo los distintos tipos de trenza
entretejía detalles de su propia vida desde los tres años cuando
fue a dar al orfanato no porque no tuviera mamá, sino por la
pobreza.
-A los quince años cuando salí en embarazo de la primera hija
aprendí a hacer sombrero con tetera y estera con totora. Uno bajaba
a vender al Charco y acá en Guapi lo vendía en el mismo pueblo.
Claro que últimamente una actividad artesanal como la del barrio
Las Flores era promovida por Artesanías de Colombia a través de
quien permanece en Guapi, la antropóloga Sofia Ariza, estudiando la
técnica de la cestería y bregando por establecer una producción
permanente de nuevos productos basados en el tejido tradicional de
pajillas de la vena del chocolatillo y del amargo. La tradición de
la cual había arrancado el diseño de nuevos objetos era la del
sombrero. Que sigue existiendo, pero que también ha cambiado.
Porque actualmente se los tejen con unas enormes alas que se
semienrollan a lado y lado por encima de las orejas. Así, hombres y
mujeres parecen lucir en vez de sombreros, pedazos de nubes
coloreados con tintes alegres.
Hasta hace un cuarto de siglo las viejas acostumbraban a hacer
los sombreros con hojas de castaño o pajillas de palmas que tejían
y luego cosían con bejucos o con la misma palma. Ahora pegan las
trenzas de pajillas en máquinas de coser, y a causa de que las
palmas presentan signos de agotamiento, en la región las artesanas
tienen que esperar a que los indios que viven en sitios retirados
adentro en el monte, traigan las pajillas. Con razón Goyita incluyó
en su canción un par de versos, así:
Compra la paja Goya
porque se va a terminá
andá a decile a tu mama
que guarde la plata lista
que va a llegá unas pajas
pero que va a ser poquita.
Y uno más en donde cuenta su preocupación de
Cuando se mueran los cholos
un poco vamo a sentir
porque no hay como nosotros vivir.
Efectivamente, Goyita hace parte de una generación que ha
sobrevivido con el trabajo de la cestería.
-Ay Señor Dios con qué voy a comer mis hijos y a estudiarlos
-dijo sonriendo, al preguntarle si ella hacía toda esa variedad de
objetos para sostener la familia.
- ¿Y su marido?
-Cuando el marido no coge nada de la pesca, pues yo tengo que
ayudar. Antes, con lo que ahorraba compraba las vigas y las tablas
para la casa... Seguía hablando de su trabajo. Repetía que los
rollos de pajitas venían del Saija pero ahora tenían que esperar a
los indios del Guajuí. Que cada rollo tiene 12 pajitas de una braza
cada una.
¿Y los nombres del tejido?
Bastantes. El que consiste en pasar las pajas una por encima y
otra por debajo se llama esterilla. Y se vuelve esteriliado cuando
el tejido se hace con tiras ya tejidas en trenza de tres pajas o
palos. Las trenzas a su vez tienen diversos nombres de acuerdo con
la técnica. La de tres palos es la más fácil. Es la de los niños,
la que estaba haciendo Rocío. Pero hay trenza pico que es de cuatro
palos, calada o enrejada con seis palos, trenza lisa de 7, 9 y 11
palos y trenza crespa o bordera Con razón Sofia Ariza había escrito
un informe de más de 100 páginas sobre toda la intrincada técnica
de esta artesanía. No obstante, Rocío con sus cuatro años, en su
traje amarillo, tejiendo las tres pajillas, es la imagen que tengo
presente en el litoral Pacífico.
Tres meses después cuando regresé a Guapi, antes de irme a
Coteje, un poblado minero en la confluencia del río del mismo
nombre sobre el Timbiquí, me encaminé al barrio Las Flores para
saludar a Goyita y a sus hijos. Las vecinas me dijeron que estaba
viviendo con unos parientes de Antonio Camacho, su marido.
Cuando finalmente la encontré, me miró y empezó a sollozar.
-Estoy haciendo mi casa otra vez. Se cantió con tanta gente que
subió cuando murió Rocio el 27 de febrero.
- ¿Se le cayó la casa?
-Sí. Y Rocío se me ahogó donde las muchachas van a lavar y a
"bañar". Se fue solita y no nos dimos cuenta. La encontramos en el
fondo de la muralla.
Referencias
Ariza 1987, Perea 1986.