INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
Cagüingas, susungas y chancacas
 

 

El 13 de diciembre de 1979 por la noche, el agua empezó a caer como candela encima de las casas de Ensenada, un caserío en la bocana del río Iscuandé en el departamento de Nariño. Era como si el mar se hubiera convertido en bombas que estallaban. Cuando el pescador Levi Estupiñán le gritó a su mujer Olivia Arroyo que bajara de la casa, ya ella había saltado de la cama asustada por el ruido que oía y había arrastrado con ella a los hijos grandes y chicos. Corran, corran!, decía Levi mientras se oía el chasquido del agua. Las olas se acercaban una tras otra ya reventadas. Y Olivia vio mientras corría cómo una de éstas alcanzó la casa cerca a la de ellos.

Papá, mamá e hijos se salvaron pero el maremoto les tumbó la casa, se llevó los dos motores, las redes, la canoa y también la marrana y las gallinas de Olivia. Cuando salieron del monte donde se escondieron hasta el otro día, la vida les había cambiado. Compañeros de pesca habían desaparecido o habían muerto apachurrados debajo de su propia casa. Y Levi, su mujer y sus hijos no tenían ni dónde dormir ni qué hacer. Caminaron despacio. Buscaron el sitio donde hasta el día anterior se alzaba su casa sobre pilotes de guayacán. Detrás estaba la azotea, una especie de jardín elevado de hierbas aromáticas que crecían en toda clase de ollas y de tarros, sobre un tendido de guadua parado en chanclones de mangle rojo. Quedaban apenas unas cuantas tronchadas y volteadas.  

Olivia le pareció que toda su casa había caído de rodillas y sus ojos inundados de amargura no le dejaron ver nada nada más. Cuando horas más tarde un par de lanchas de auxilio arrimaron a la playa, ella, su marido y los hijos sin decir palabra se acurrucaron uno junto al otro en la embarcación más grande. Guapi que está apenas a unos 40 minutos en motor de la bocana del Iscuandé les serviría de refugio. Unos parientes les ayudaron.

Han pasado nueve años. Aída Estupiñán, una de las hijas grandes de Olivia y de Levi está encargada de cuidar los hermanitos. Cuando regresan de la escuela tienen que trabajar amarrando cantidades de mates o calabacitos llenos de conserva de sidra y de guayaba. Es lo mismo que casi como juego hacían los que ahora son grandes cuando eran chicos en Ensenada. Y salían a vender dulces en la playa.

Después de varias semanas de pánico, lo que Levi hizo fue regresar al sitio del desastre y tratar de recuperar lo que pudiera. Algunas maderas de la casa, entre ellas la viga madre, que era herencia de su casa paterna. También la paila para cocinar la miel de caña, la susunga para colarla y la cagüinga para menearla con el coco rallado para las chancacas y con la sidra o la carne de guayaba para los matecitos. Igualmente aprovechó el viaje para ir a mirar el terreno y a ver qué podía hacer con lo que había quedado de su siembro de caña de azúcar. Cuando de regreso en Guapi le entregó a Olivia los utensilios del dulce, ella tomó la decisión de prepararlo y venderlo para conseguir el plátano y el arroz de la comida diaria.

-Mucha gente ha levantado familia con chancaca en vuelta en hoja de plátano y con mate, explica Aída Estupiñán que ahora tiene 24 años.

Es cierto. Además, en las esquinas de Guapi hay mujeres que montan su caseta con fogón de madera y una paila encima y ahí preparan cocadas que son panecillos de coco y miel de caña. Y lo mismo que en las calles de Barbacoas, Quibdó o Buenaventura jovencitas esculturales caminan con bateas de madera sobre sus cabezas ofreciendo los dulces.

Aída no guarda secretos sobre la preparación de las conservas. La de sidra cuya fruta proviene del río Iscuandé es así:

Se taja en rodajas la sidra. Se echa en un canasto y luego éste bien amarrado se fondea en el río y con una piedra adentro para que se mantenga en el agua. Esto para quitarle el amargo. A los 15 días si la sidra ya está simple, se saca y se masajea en una batea y luego se la mete en una paila con miel de azúcar. La miel ha tenido que colarse bien con la susunga que es un calabazo con huequitos, pegado a un mango, como en la forma de una cuchara. Ahí es cuando encima del fuego la sidra y la miel tienen que menearse con la cagüinga o pala, hasta que empunte o sea que espese.

Mientras tanto, se han preparado los calabazos o mates para empacar la conserva. La fruta del calabazo que crece en la región se abre, se le vacía el interior, se deja secar al sol y luego se corta en formas redondas imitando platos con un diámetro tan pequeño como de tres centímetros. Cuando se vierte la conserva en el mate y se la cubre con un pedazo de hoja de plátano seca, viene el trabajo de los niños. Ponen el mate entre sus rodillas y lo amarran cuidadosamente con una pajilla muy delgada de tetera que se saca de una palma.

La historia de la familia Estupiñán, desde luego que no es excepcional en el litoral Pacífico. Allí un caso de estos es parecido o igual a cientos de otros. El desastre ocasionado por aguas dulces o saladas, o por la llegada o el retiro de empresas explotadoras de la fauna del mar o de la selva, de madera, oro o palmitos y en el futuro quizás de petróleo, ha sido constante en la vida de sus habitantes, a lo largo de varios siglos. Tan constante como las alternativas de adaptación para sobrevivir que por su cuenta y riesgo inventan sus gentes.

No obstante, sus problemas cotidianos motivan pocas soluciones en ámbitos gubernamentales. Más bien uno encuentra en la academia de las universidades anotaciones lingüísticas en torno por ejemplo al origen de palabras como cagüinga y susunga en la culinaria del Valle del Cauca. Que se proponen derivadas del quechua cahuina y susuyna y posible mente llegadas con los yanaconas o sirvientes incas que acompañaban a los conquistadores o a los funcionarios españoles que venían del Perú. Ello, sin darle importancia a la creatividad y a las vivencias de sus gentes. Sin mirar por ejemplo, la talla magnífica en el mango de la cagüinga que generalmente se labra en madera de mangle. Talla ésta similar a la de otros objetos como la batea de moro o las guasás, instrumentos musicales con los que las mujeres participan en arrullos a la Virgen y en otros ritos de la cultura negra del litoral, como el currulao.

Lo que sí es de notar es que no todas las víctimas de un desastre como el del maremoto de 1979, después de ocho años de luchar para sobrevivir han tenido la suerte de los Estupiñán. En 1987 la CVC una organización regional les prestó dinero para reponer uno de los motores que esa noche decembrina se llevó el mar. Ahora Olivia y Levi viajan con frecuencia a la bocana del Iscuandé donde crece la caña de azúcar y a los lugares donde consiguen la sidra, los cocos y los calabazos. Y sus chancacas de coco y mates de conservas se venden por miles en los mercados de Buenaventura y Guapi.

 

Referencias

 

Barney Cabrera 1979, Friedemann l986b, Friedemann y Arocha 1986, Lloreda 1977, VillapolI 1977.

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