Cagüingas, susungas y chancacas
El 13 de diciembre de 1979 por la noche, el agua empezó a caer
como candela encima de las casas de Ensenada, un caserío en la
bocana del río Iscuandé en el departamento de Nariño. Era como si
el mar se hubiera convertido en bombas que estallaban. Cuando el
pescador Levi Estupiñán le gritó a su mujer Olivia Arroyo que
bajara de la casa, ya ella había saltado de la cama asustada por el
ruido que oía y había arrastrado con ella a los hijos grandes y
chicos. Corran, corran!, decía Levi mientras se oía el chasquido
del agua. Las olas se acercaban una tras otra ya reventadas. Y
Olivia vio mientras corría cómo una de éstas alcanzó la casa cerca
a la de ellos.
Papá, mamá e hijos se salvaron pero el maremoto les tumbó la
casa, se llevó los dos motores, las redes, la canoa y también la
marrana y las gallinas de Olivia. Cuando salieron del monte donde
se escondieron hasta el otro día, la vida les había cambiado.
Compañeros de pesca habían desaparecido o habían muerto
apachurrados debajo de su propia casa. Y Levi, su mujer y sus hijos
no tenían ni dónde dormir ni qué hacer. Caminaron despacio.
Buscaron el sitio donde hasta el día anterior se alzaba su casa
sobre pilotes de guayacán. Detrás estaba la azotea, una especie de
jardín elevado de hierbas aromáticas que crecían en toda clase de
ollas y de tarros, sobre un tendido de guadua parado en chanclones
de mangle rojo. Quedaban apenas unas cuantas tronchadas y
volteadas.
Olivia le pareció que toda su casa había caído de rodillas y sus
ojos inundados de amargura no le dejaron ver nada nada más. Cuando
horas más tarde un par de lanchas de auxilio arrimaron a la playa,
ella, su marido y los hijos sin decir palabra se acurrucaron uno
junto al otro en la embarcación más grande. Guapi que está apenas a
unos 40 minutos en motor de la bocana del Iscuandé les serviría de
refugio. Unos parientes les ayudaron.
Han pasado nueve años. Aída Estupiñán, una de las hijas grandes
de Olivia y de Levi está encargada de cuidar los hermanitos. Cuando
regresan de la escuela tienen que trabajar amarrando cantidades de
mates o calabacitos llenos de conserva de sidra y de guayaba. Es lo
mismo que casi como juego hacían los que ahora son grandes cuando
eran chicos en Ensenada. Y salían a vender dulces en la playa.
Después de varias semanas de pánico, lo que Levi hizo fue
regresar al sitio del desastre y tratar de recuperar lo que
pudiera. Algunas maderas de la casa, entre ellas la viga madre, que
era herencia de su casa paterna. También la paila para cocinar la
miel de caña, la susunga para colarla y la cagüinga para menearla
con el coco rallado para las chancacas y con la sidra o la carne de
guayaba para los matecitos. Igualmente aprovechó el viaje para ir a
mirar el terreno y a ver qué podía hacer con lo que había quedado
de su siembro de caña de azúcar. Cuando de regreso en Guapi le
entregó a Olivia los utensilios del dulce, ella tomó la decisión de
prepararlo y venderlo para conseguir el plátano y el arroz de la
comida diaria.
-Mucha gente ha levantado familia con chancaca en vuelta en hoja
de plátano y con mate, explica Aída Estupiñán que ahora tiene 24
años.
Es cierto. Además, en las esquinas de Guapi hay mujeres que
montan su caseta con fogón de madera y una paila encima y ahí
preparan cocadas que son panecillos de coco y miel de caña. Y lo
mismo que en las calles de Barbacoas, Quibdó o Buenaventura
jovencitas esculturales caminan con bateas de madera sobre sus
cabezas ofreciendo los dulces.
Aída no guarda secretos sobre la preparación de las conservas.
La de sidra cuya fruta proviene del río Iscuandé es así:
Se taja en rodajas la sidra. Se echa en un canasto y luego éste
bien amarrado se fondea en el río y con una piedra adentro para que
se mantenga en el agua. Esto para quitarle el amargo. A los 15 días
si la sidra ya está simple, se saca y se masajea en una batea y
luego se la mete en una paila con miel de azúcar. La miel ha tenido
que colarse bien con la susunga que es un calabazo con huequitos,
pegado a un mango, como en la forma de una cuchara. Ahí es cuando
encima del fuego la sidra y la miel tienen que menearse con la
cagüinga o pala, hasta que empunte o sea que espese.
Mientras tanto, se han preparado los calabazos o mates para
empacar la conserva. La fruta del calabazo que crece en la región
se abre, se le vacía el interior, se deja secar al sol y luego se
corta en formas redondas imitando platos con un diámetro tan
pequeño como de tres centímetros. Cuando se vierte la conserva en
el mate y se la cubre con un pedazo de hoja de plátano seca, viene
el trabajo de los niños. Ponen el mate entre sus rodillas y lo
amarran cuidadosamente con una pajilla muy delgada de tetera que se
saca de una palma.
La historia de la familia Estupiñán, desde luego que no es
excepcional en el litoral Pacífico. Allí un caso de estos es
parecido o igual a cientos de otros. El desastre ocasionado por
aguas dulces o saladas, o por la llegada o el retiro de empresas
explotadoras de la fauna del mar o de la selva, de madera, oro o
palmitos y en el futuro quizás de petróleo, ha sido constante en la
vida de sus habitantes, a lo largo de varios siglos. Tan constante
como las alternativas de adaptación para sobrevivir que por su
cuenta y riesgo inventan sus gentes.
No obstante, sus problemas cotidianos motivan pocas soluciones
en ámbitos gubernamentales. Más bien uno encuentra en la academia
de las universidades anotaciones lingüísticas en torno por ejemplo
al origen de palabras como cagüinga y susunga en la culinaria del
Valle del Cauca. Que se proponen derivadas del quechua cahuina y
susuyna y posible mente llegadas con los yanaconas o sirvientes
incas que acompañaban a los conquistadores o a los funcionarios
españoles que venían del Perú. Ello, sin darle importancia a la
creatividad y a las vivencias de sus gentes. Sin mirar por ejemplo,
la talla magnífica en el mango de la cagüinga que generalmente se
labra en madera de mangle. Talla ésta similar a la de otros objetos
como la batea de moro o las guasás, instrumentos musicales con los
que las mujeres participan en arrullos a la Virgen y en otros ritos
de la cultura negra del litoral, como el currulao.
Lo que sí es de notar es que no todas las víctimas de un
desastre como el del maremoto de 1979, después de ocho años de
luchar para sobrevivir han tenido la suerte de los Estupiñán. En
1987 la CVC una organización regional les prestó dinero para
reponer uno de los motores que esa noche decembrina se llevó el
mar. Ahora Olivia y Levi viajan con frecuencia a la bocana del
Iscuandé donde crece la caña de azúcar y a los lugares donde
consiguen la sidra, los cocos y los calabazos. Y sus chancacas de
coco y mates de conservas se venden por miles en los mercados de
Buenaventura y Guapi.
Referencias
Barney Cabrera 1979, Friedemann l986b, Friedemann y Arocha 1986,
Lloreda 1977, VillapolI 1977.