Cuando los canaletes roncan
En el litoral Pacífico hubo un tiempo cuando el papá del hombre
iba donde el padre de la muchacha a pedirla en matrimonio. Los
viejos hacían los arreglos y a la hora que tocaba decían:
- ¡Qué vos te casás con fulano o fulana de tal!
Y todavía cuentan que las niñas nacidas en el seno de familias
acomodadas eran pedidas en matrimonio desde la propia cuna. El
padre del prometido, a veces todavía un infante, viajaba hasta la
casa de los padres de ella y durante la visita, entre risas y
chanzas, formulaba un acuerdo casi inviolable:
-Esta niña es pa'mi hijo.
Claro que estas uniones eran más frecuentes entre quienes, en
lugares como Guapi, llaman gente de las orillas de los ríos:
mineros o pescadores o cultivadores de pequeños terrenos. Viven en
caseríos dispersos que miran hacia las aguas del río, y viajan
hacia los mercados de los puertos grandes, llevan do sus potrillos
y canoas, a vender plátanos, cocos, naranjas, pescados o sus
polvillos de oro.
-Eso de casarme así, con pedimento y sin nunca haber hablado con
el novio, a mí no me tocó -dijo Misiá María Norberta de Caicedo,
ahora viuda de más de sesenta años. Con una apariencia de abuela
del mundo, enorme de cuerpo y vestida casi siempre de negro y
blanco, vive desde niña en una casona de dos pisos con balcones de
filigrana en madera.
Nunca deja pasar una oportunidad para soltar carcajadas
estrepitosas y echar cuentos sobre las glorias pasadas de Guapi,
cuando el pequeño puerto era capital de la antigua provincia del
Micay y luego del Distrito de Guapi, cabecera de circuito judicial,
de Registro y Notaría, y ¡hoy considerado ciudad!
Al evocar la fábrica de cigarros, la importación de sombreros
italianos Consonnis o la lujuria que hacia 1938 ciertas familias
mostraban por las alhajas, Misiá María Norberta en realidad
pretendía recalcar la diferencia social entre la gente del puerto
urbanizado y la que vive a lo largo de los ríos, donde crecen la
caña de azúcar, los frutales, el arroz y las selvas de maderas.
Así, al insistir en las diferentes costumbres matrimoniales
aclaró:
-Cuando éramos jóvenes, los que vivíamos en Guapi lo que
hacíamos era esperar a la luna llena para reunirnos los novios a
jugar chigualito. Recuerdo a Liborito Caicedo, novio de una sobrina
de Anatulia Angulo, a Ignacio Pinillo y a tantos otros. La mayoría
éramos de la calle Palanquero. Entonces dejábamos que oscureciera y
a escondidas íbamos a arrancar rascadera, que es como una papa, tan
harinosa como la papa- china. Poníamos un perol, la cocinábamos y
ahí teníamos qué comer toda la noche mientras jugábamos el chigualo
de la yuca o el de la gallina ciega. Lo de arrancar rascadera a las
escondidas, era porque nos daba vergüenza que a los de Guapi nos
vieran hacer lo mismo que a la gente de las orillas, que venían y
también se la llevaban para sus fiestas allá al otro lado.
-Pues a mí sí me tocó el pedimento -dijo Eugenia Vallecilla otro
día cuando le pregunté por las tradiciones del matrimonio en la
costa del Pacífico.
Alta, con un porte arrogante, la mujer de unos cincuenta años,
tejía montones de pajilla para hacer bolsas y sombreros por encargo
de Artesanías de Colombia, la empresa gubernamental. Ella y su
marido Luis Alberto Camacho, eran oriundos de un río en las
inmediaciones de El Charco, en el litoral nariñense y llevaban
treinta años de casados.
-Que, ¿por qué estamos viviendo ahora en Guapi en esta casa a
medio construir? ¡Pues por el terremoto! Quedamos como allá en la
calle, sin casa, sin marranos, sin vacas, sin nada.
Años atrás, su pedimento para casarse desde luego había tenido
mucho que ver con la situación económica de ambas familias. Gozaban
de posesión de tierras y tenían cultivos, redes para pesca de
camarón, embarcaciones y animales desde hacía muchos años. De
suerte que a nadie le causó sorpresa cuando el futuro suegro de
Eugenia Vallecilla le avisó a los padres de ella que iría a pedirla
para esposa de su hijo. Años antes, recién nacida Eugenia, el
abuelo de su futuro marido había exclamado al verla: "Esta niña es
pa'mi nieto Luis Alberto".
-La noche anterior al día del pedimento -prosiguió Eugenia-, el
aguacero había caído a chorros. Pero la siguiente mañana, fue un
domingo de sol. El papá de Luis Alberto, éste y sus hermanos que
vivían en la otra orilla del río lo cruzaron en una canoa grande y
subieron a la casa de los Vallecilla con la ofrenda para Eugenia:
un paraguas negro, tres cortes de tela para vestidos, unas
enaguas...
Eugenia hizo una pausa y sonrió añadiendo "y también me trajeron
una banqueta, calada en madera de chachajo, para la canoa y un
canalete labrado en palo de garza y pintado de azul cielo".
Desde el sábado por la tarde, la joven Eugenia, su mamá, su
abuela y sus hermanas habían estado en la cocina ayudando a
preparar el sancocho de gallina y el arroz para la visita
anunciada. Pero siguiendo la costumbre, ninguna de las mujeres se
sentó en la sala frente al río donde el papá de Eugenia y el de
Luis Alberto y todos los demás hombres hablaron, comieron y
bebieron tapetusa o aguardiente.
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Canoas, potros y potrillos se labran en cedro, chanchazo,
chagualo. Río Güelmambí, Nariño. Foto N. S. de Friedemann
1969.
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Comadre Juana María, la que vive en el copete, ponele cuidado a
tu hija, que ya ronca el canalete. Foto: Friedemann 1974.
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Las mareñas bogan sentadas en banquetas finamente caladas. En
el mercado de agua ofrecen toyo, o tiburón, bagre, róbalo, sábalo,
piangua, tortuga; fresco, seco, ahumando. Litoral Pacífico. Foto N.
S. de Friedemann 1987.
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Cortejo nupcial acuático. Río Guapi, Cauca. 1982. Foto:
cortesía de Liana Patricia Martán
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Al atardecer, cuando los enormes árboles al borde del río habían
dejado de reflejarse en las aguas, el grupo de hombres encabezado
por el futuro suegro de Eugenia bajó la escalera de la casa en
dirección a la canoa y con la promesa de regresar al cabo de un año
para celebrar el matrimonio. Las aguas eran veloces. Saltaron en la
embarcación. Uno de ellos se hizo cargo de la pilota y otro de la
proa. Mientras tanto, Eugenia y el resto de las mujeres desde el
balcón atisbaron los canaletes que alcanzaban a chorrear hilitos
plateados al salir del río y volver a entrar con fuerza en las
aguas, hasta cuando se perdieron en la sombra.
Eugenia nunca había hablado con Luis Alberto aunque sabía quién
era y lo veía en el río cuando ella remaba hasta El Charco en un
potrillo, sentada en la banqueta de su mamá. Si los dos potrillos
se cruzaban, él la miraba. Ella le contestaba levantándose el ala
del sombrero de un lado. Además, hacía roncar el canalete: al
meterlo entre las aguas para bogar, lo giraba provocando pompas
espumosas que al estrellarse unas contra otras rítmicamente creaban
acentos melódicos. Era tal el filustre y la elegancia de cada
jovencita como Eugenia, que río y canalete se convertían en música
de amor.
Con estas señas se tramaban amoríos y cortejos prenupciales que
en los ríos del litoral empiezan temprano en la vida de los
jóvenes. Así lo dicen cantos como éste:
Comadre Juana María
la que vive en el copete
ponele cuidao a tu hija
que ya ronca el canalete
O el que cuenta las intenciones del hombre:
Criele criele son
Mañana me voy pa Guapi
Con mi potrillo a vendé
a buscame una guapireña
que me sepa respondé
Ay oio pango pangoré
ay, la más bonita se me fue.
Después de estar pedida, Eugenia andaba sobre el río al igual
que otras muchachas, sentada en su banqueta calada, luciendo su
enorme sombrero de pajilla tetera y canturreando sola al son de su
canalete de garza en el agua.
Misiá María Norberta de Caicedo en uno de sus cuentos y en medio
de risotadas y recuerdos de juventud, contó que con otras muchachas
de Guapi, ella se divertía mirando llegar al mercado a las
jovencitas de los ríos. Apostaban a quien distinguiera primero a
aquellas que estuvieran pedidas para matrimonio.
-Esa está pedida, esa otra también, ¡mirále la banqueta nueva y
el canalete azul con el letrero que dice Recuerdo!
Luis Alberto regresó de El Cuerval, el sitio a donde se fue a
trabajar durante un año. Y volvió a cumplir con su promesa de
matrimonio.
La mamá de Eugenia le mandó coser un vestido blanco de tul y
viajó a Guapi para comprarle una corona de flores, el velo para la
cabeza y unos guantes de seda. Luis Alberto alistó un sastre azul
oscuro y corbata. El día de la ceremonia en la iglesia de El
Charco, los novios y los familiares llegaron al puerto en una balsa
que de antemano habían preparado. Igualita a la que durante tantos
años se le ha hecho a la Virgen Inmaculada el 7 de diciembre en la
fiesta de la Balsada, pero más pequeña. Con cuatro canoas, una
junto a la otra y unidas con un entable de madera tangaré que sirve
de piso como escenario de teatro, son muchos los que pueden
viajar.
Para el matrimonio de Luis Alberto y Eugenia hasta los músicos
cupieron. Los novios llevaban sus paraguas abiertos y los
familiares batían banderitas blancas. Después de la bendición del
cura en la iglesia, todos volvieron al embarcadero y se montaron en
la balsa con destino al lugar del río donde se alzaba la casa de la
familia de la novia. Allí, la balsa, igual que en la balsada de la
Virgen a quien le cantan alabanzas hizo una danza de cuatro vueltas
sobre el agua. Así Eugenia se despedía de su casa. La balsa
entonces tomó el rumbo de la casa del padre de Luis Alberto. Al
descender una lluvia de arroz les cayó a los que llegaban y Eugenia
subió a la casa y se asomó al balcón. Abajo habían quedado los
hombres mayores alistando su turno de competencia para recitar sus
décimas en honor a Eugenia, en ese instante símbolo del papel
medular que la mujer desempeña en la familia. Y con esto empezó la
fiesta. Comieron marrano, bebieron chapil y bailaron al son de la
guitarra y las maracas, de los conunos y de los cantos. Tres días
se extendieron los regocijos. En los caseríos del río sus
habitantes durante meses y meses recordaron la alegría. Luis
Alberto y Eugenia han tenido muchos años de casados, cuatro hijos y
el terremoto de 1979.
Referencias
Martán Bonilla 1988, Merizalde del Carmen 1921, Vanguardia
1938.