INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
Cuando los canaletes roncan
 

 

En el litoral Pacífico hubo un tiempo cuando el papá del hombre iba donde el padre de la muchacha a pedirla en matrimonio. Los viejos hacían los arreglos y a la hora que tocaba decían:

- ¡Qué vos te casás con fulano o fulana de tal!

Y todavía cuentan que las niñas nacidas en el seno de familias acomodadas eran pedidas en matrimonio desde la propia cuna. El padre del prometido, a veces todavía un infante, viajaba hasta la casa de los padres de ella y durante la visita, entre risas y chanzas, formulaba un acuerdo casi inviolable:

-Esta niña es pa'mi hijo.

Claro que estas uniones eran más frecuentes entre quienes, en lugares como Guapi, llaman gente de las orillas de los ríos: mineros o pescadores o cultivadores de pequeños terrenos. Viven en caseríos dispersos que miran hacia las aguas del río, y viajan hacia los mercados de los puertos grandes, llevan do sus potrillos y canoas, a vender plátanos, cocos, naranjas, pescados o sus polvillos de oro.

-Eso de casarme así, con pedimento y sin nunca haber hablado con el novio, a mí no me tocó -dijo Misiá María Norberta de Caicedo, ahora viuda de más de sesenta años. Con una apariencia de abuela del mundo, enorme de cuerpo y vestida casi siempre de negro y blanco, vive desde niña en una casona de dos pisos con balcones de filigrana en madera.

Nunca deja pasar una oportunidad para soltar carcajadas estrepitosas y echar cuentos sobre las glorias pasadas de Guapi, cuando el pequeño puerto era capital de la antigua provincia del Micay y luego del Distrito de Guapi, cabecera de circuito judicial, de Registro y Notaría, y ¡hoy considerado ciudad!

Al evocar la fábrica de cigarros, la importación de sombreros italianos Consonnis o la lujuria que hacia 1938 ciertas familias mostraban por las alhajas, Misiá María Norberta en realidad pretendía recalcar la diferencia social entre la gente del puerto urbanizado y la que vive a lo largo de los ríos, donde crecen la caña de azúcar, los frutales, el arroz y las selvas de maderas.

Así, al insistir en las diferentes costumbres matrimoniales aclaró:

-Cuando éramos jóvenes, los que vivíamos en Guapi lo que hacíamos era esperar a la luna llena para reunirnos los novios a jugar chigualito. Recuerdo a Liborito Caicedo, novio de una sobrina de Anatulia Angulo, a Ignacio Pinillo y a tantos otros. La mayoría éramos de la calle Palanquero. Entonces dejábamos que oscureciera y a escondidas íbamos a arrancar rascadera, que es como una papa, tan harinosa como la papa- china. Poníamos un perol, la cocinábamos y ahí teníamos qué comer toda la noche mientras jugábamos el chigualo de la yuca o el de la gallina ciega. Lo de arrancar rascadera a las escondidas, era porque nos daba vergüenza que a los de Guapi nos vieran hacer lo mismo que a la gente de las orillas, que venían y también se la llevaban para sus fiestas allá al otro lado.

-Pues a mí sí me tocó el pedimento -dijo Eugenia Vallecilla otro día cuando le pregunté por las tradiciones del matrimonio en la costa del Pacífico.

Alta, con un porte arrogante, la mujer de unos cincuenta años, tejía montones de pajilla para hacer bolsas y sombreros por encargo de Artesanías de Colombia, la empresa gubernamental. Ella y su marido Luis Alberto Camacho, eran oriundos de un río en las inmediaciones de El Charco, en el litoral nariñense y llevaban treinta años de casados.

-Que, ¿por qué estamos viviendo ahora en Guapi en esta casa a medio construir? ¡Pues por el terremoto! Quedamos como allá en la calle, sin casa, sin marranos, sin vacas, sin nada.

Años atrás, su pedimento para casarse desde luego había tenido mucho que ver con la situación económica de ambas familias. Gozaban de posesión de tierras y tenían cultivos, redes para pesca de camarón, embarcaciones y animales desde hacía muchos años. De suerte que a nadie le causó sorpresa cuando el futuro suegro de Eugenia Vallecilla le avisó a los padres de ella que iría a pedirla para esposa de su hijo. Años antes, recién nacida Eugenia, el abuelo de su futuro marido había exclamado al verla: "Esta niña es pa'mi nieto Luis Alberto".

-La noche anterior al día del pedimento -prosiguió Eugenia-, el aguacero había caído a chorros. Pero la siguiente mañana, fue un domingo de sol. El papá de Luis Alberto, éste y sus hermanos que vivían en la otra orilla del río lo cruzaron en una canoa grande y subieron a la casa de los Vallecilla con la ofrenda para Eugenia: un paraguas negro, tres cortes de tela para vestidos, unas enaguas...

Eugenia hizo una pausa y sonrió añadiendo "y también me trajeron una banqueta, calada en madera de chachajo, para la canoa y un canalete labrado en palo de garza y pintado de azul cielo".

Desde el sábado por la tarde, la joven Eugenia, su mamá, su abuela y sus hermanas habían estado en la cocina ayudando a preparar el sancocho de gallina y el arroz para la visita anunciada. Pero siguiendo la costumbre, ninguna de las mujeres se sentó en la sala frente al río donde el papá de Eugenia y el de Luis Alberto y todos los demás hombres hablaron, comieron y bebieron tapetusa o aguardiente.

 

 

Canoas, potros y potrillos se labran en cedro, chanchazo, chagualo. Río Güelmambí, Nariño. Foto N. S. de Friedemann 1969.

 

 

Comadre Juana María, la que vive en el copete, ponele cuidado a tu hija, que ya ronca el canalete. Foto: Friedemann 1974.

 

 

Las mareñas bogan sentadas en banquetas finamente caladas. En el mercado de agua ofrecen toyo, o tiburón, bagre, róbalo, sábalo, piangua, tortuga; fresco, seco, ahumando. Litoral Pacífico. Foto N. S. de Friedemann 1987.

 

 

Cortejo nupcial acuático. Río Guapi, Cauca. 1982. Foto: cortesía de Liana Patricia Martán

 

Al atardecer, cuando los enormes árboles al borde del río habían dejado de reflejarse en las aguas, el grupo de hombres encabezado por el futuro suegro de Eugenia bajó la escalera de la casa en dirección a la canoa y con la promesa de regresar al cabo de un año para celebrar el matrimonio. Las aguas eran veloces. Saltaron en la embarcación. Uno de ellos se hizo cargo de la pilota y otro de la proa. Mientras tanto, Eugenia y el resto de las mujeres desde el balcón atisbaron los canaletes que alcanzaban a chorrear hilitos plateados al salir del río y volver a entrar con fuerza en las aguas, hasta cuando se perdieron en la sombra.

Eugenia nunca había hablado con Luis Alberto aunque sabía quién era y lo veía en el río cuando ella remaba hasta El Charco en un potrillo, sentada en la banqueta de su mamá. Si los dos potrillos se cruzaban, él la miraba. Ella le contestaba levantándose el ala del sombrero de un lado. Además, hacía roncar el canalete: al meterlo entre las aguas para bogar, lo giraba provocando pompas espumosas que al estrellarse unas contra otras rítmicamente creaban acentos melódicos. Era tal el filustre y la elegancia de cada jovencita como Eugenia, que río y canalete se convertían en música de amor.

Con estas señas se tramaban amoríos y cortejos prenupciales que en los ríos del litoral empiezan temprano en la vida de los jóvenes. Así lo dicen cantos como éste:

Comadre Juana María
la que vive en el copete
ponele cuidao a tu hija
que ya ronca el canalete

O el que cuenta las intenciones del hombre:

Criele criele son

Mañana me voy pa Guapi
Con mi potrillo a vendé
a buscame una guapireña
que me sepa respondé
Ay oio pango pangoré
ay, la más bonita se me fue.

Después de estar pedida, Eugenia andaba sobre el río al igual que otras muchachas, sentada en su banqueta calada, luciendo su enorme sombrero de pajilla tetera y canturreando sola al son de su canalete de garza en el agua.

Misiá María Norberta de Caicedo en uno de sus cuentos y en medio de risotadas y recuerdos de juventud, contó que con otras muchachas de Guapi, ella se divertía mirando llegar al mercado a las jovencitas de los ríos. Apostaban a quien distinguiera primero a aquellas que estuvieran pedidas para matrimonio.

-Esa está pedida, esa otra también, ¡mirále la banqueta nueva y el canalete azul con el letrero que dice Recuerdo!

Luis Alberto regresó de El Cuerval, el sitio a donde se fue a trabajar durante un año. Y volvió a cumplir con su promesa de matrimonio.

La mamá de Eugenia le mandó coser un vestido blanco de tul y viajó a Guapi para comprarle una corona de flores, el velo para la cabeza y unos guantes de seda. Luis Alberto alistó un sastre azul oscuro y corbata. El día de la ceremonia en la iglesia de El Charco, los novios y los familiares llegaron al puerto en una balsa que de antemano habían preparado. Igualita a la que durante tantos años se le ha hecho a la Virgen Inmaculada el 7 de diciembre en la fiesta de la Balsada, pero más pequeña. Con cuatro canoas, una junto a la otra y unidas con un entable de madera tangaré que sirve de piso como escenario de teatro, son muchos los que pueden viajar.

Para el matrimonio de Luis Alberto y Eugenia hasta los músicos cupieron. Los novios llevaban sus paraguas abiertos y los familiares batían banderitas blancas. Después de la bendición del cura en la iglesia, todos volvieron al embarcadero y se montaron en la balsa con destino al lugar del río donde se alzaba la casa de la familia de la novia. Allí, la balsa, igual que en la balsada de la Virgen a quien le cantan alabanzas hizo una danza de cuatro vueltas sobre el agua. Así Eugenia se despedía de su casa. La balsa entonces tomó el rumbo de la casa del padre de Luis Alberto. Al descender una lluvia de arroz les cayó a los que llegaban y Eugenia subió a la casa y se asomó al balcón. Abajo habían quedado los hombres mayores alistando su turno de competencia para recitar sus décimas en honor a Eugenia, en ese instante símbolo del papel medular que la mujer desempeña en la familia. Y con esto empezó la fiesta. Comieron marrano, bebieron chapil y bailaron al son de la guitarra y las maracas, de los conunos y de los cantos. Tres días se extendieron los regocijos. En los caseríos del río sus habitantes durante meses y meses recordaron la alegría. Luis Alberto y Eugenia han tenido muchos años de casados, cuatro hijos y el terremoto de 1979.

 

Referencias

 

Martán Bonilla 1988, Merizalde del Carmen 1921, Vanguardia 1938.

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