La cachaloa de los franceses
¡El tiempo de la compañía fue terrible! Si alguno mazamorreaba y
playaba algo de oro y lo cogían, le amarraban las manos atrás, le
decían que estaba robando, lo metían en el cepo, se lo llevaban
preso a Popayán y nunca más podía volver por aquí...
Todo esto dijo Petronila Zúñiga Ocoró de un sopapo cuando vio a
uno de sus nietos mostrando una cachaloa, como aún llaman a la
moneda que fabricaron los franceses de la compañía minera a
principios de siglo. Con ella pagaban el trabajo de los negros en
la minería y restringían el comercio tanto de oro como de víveres
entre los habitantes del río Timbiquí y sus vecinos.
-Traían cachaloas en toneles y a cambio sacaban oro!
Petronila fue una de las tantas abuelas con más de 70 años en
1987, que con una lucidez genial recordó detalles de la vida en los
primeros decenios de este siglo. Entonces pensaron que la
esclavitud había regresado.
Pero asimismo sonrió melosamente al contar cómo hombres y
mujeres abatían a diario las leyes de la compañía extranjera.
-Uno tenía que irse a playar oro a las escondidas, aunque lo
primero que hacían los capataces de los franceses era quebrarnos la
batea. La ley era de ellos, no había a quién quejarse. Pero los
hombres seguían labrando batea a las escondidas...
Aunque El Blanco y don Rogelio le echaban a uno los perros, que
no eran de aquí. Figúrese, los mandaban traer de Francia para salir
a cazar tatabra y venado y luego a la gente. El verdadero nombre de
El Blanco era Henri Blanc, graduado en la Ecole de St. Etienne en
París y quien en 1909 ejercía con mano de hierro la dirección
general de The New Timbiquí Gold Mines, con base de operaciones en
Santa María sobre la confluencia del Sesé y Timbiquí.
El Blanco era gordo y siempre estaba vestido de color caqui.
Usaba polainas de cuero hasta la rodilla. Se protegía del sol con
un casco blanco de explorador. A lo largo del Timbiquí aún hablan
de sus bigotes delgados y caídos a lado y lado de las comisuras de
su boca, que seguramente le daban un toque despiadado.
La compañía operaba con capital inglés y francés. Pero en 1910
todos sus funcionarios eran franceses. Henri Blanc trabajaba con un
director adjunto que era Luis Seibel, un jefe de minas Emilio
Borelli, dos mineros Eduardo Gougin y Emile Gourbeis, un mecánico
Henri Poctat, el químico Roger Maustier graduado en l'Ecole de
Lille, y Theodore Nanin, un ingeniero con estudios en Francia pero
oriundo de Martinica. Este último era el único que había traído a
su familia consigo. Los demás las habían dejado en Francia.
Cuando maquinaria y oficiales empezaron a llegar a la región, el
desasosiego cundió entre todos los habitantes asentados allí desde
mucho antes de 1851, cuando se acabó la esclavitud legal. Vivían de
sus cultivos, e iban de un caserío a otro en canoas que labraban
ahuecando grandes árboles. Trabajaban en sus minas con el sistema
de la mamuncia consistente en la ayuda mutua que se prestaban
grupos de parentelas.
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En Nariño y Chocó a la minería hecha con ayuda mutua entre
parentelas se le Conoce como compañía; en el Cauca es mamuncia.
Mina Naguare. Río Güel mambí, Nariño. Foto: N. S. de F. 1969.
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Durante generaciones esos grupos habían establecido derechos de
trabajo y de posesión en un lugar. Sin embargo, con la llegada de
la New Timbiquí Gold Mines todo había cambiado. Decían que la
compañía había comprado la cuenca del río Timbiquí y hasta los
caseríos de San José, Coteje y Santa María. Los vendedores eran
unos colombianos, dizque dueños de todas las minas y del terreno
que alcanzaba a tener 862 kilómetros cuadrados! Pero lo más triste
de todo era ver cómo el gobierno colombiano respaldaba a los
extranjeros.
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Herramientas de madera y calabazo o totumo en la minería
artesanal. Fotos N.S. de F. 1969
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Mineros de sol a sol en un canalón. Mina Naguare. Güelmambí.
Foto: N. S. de Fnedemann 1969.
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Bien pronto empezaron a volverse realidad los temores de la
gente. Los funcionarios franceses comenzaron por regla mentar la
vida y el trabajo de quienes según ellos vivían dentro de los
límites de su "propiedad". Mediante un censo establecieron el
número de varones de cada familia que obligatoriamente tenían que
laborar dos semanas de cada mes en los frentes mineros. Desde
entonces nadie pudo ir a trabajar en mamuncia, ni tampoco a
mazamorrear o batear solo ni acompañado. A todos se les catalogó
como arrendatarios de la compañía y se les concedía permiso
especial para vivir en lo que habían sido sus casas y sus
terrenos.
Unilateralmente la compañía fijó los salarios y la forma como
aquellos que vivían lejos de los frentes tenían que compensar las
dos semanas de trabajo que no podían realizar: talarían los árboles
que más pudieran y llevarían las trozas a Santa María para
construir las casas grandes para los empleados de la compañía. Ah,
y si El Blanco veía a alguien que no trabajaba por cualquier razón,
lo desterraba del pueblo.
Estas arbitrariedades eran apoyadas por los gobernantes
colombianos. En efecto, el Ministro de Guerra junto con el
gobernador del departamento de Popayán comisionaron al prefecto de
la Provincia de Buenaventura para proteger los bienes de la
compañía. El funcionario podía meter gente a la Cárcel de Timbiquí
o suspenderle el permiso para vivir en los terrenos que habían
pasado a manos de la compañía: definía como vagos a quienes no se
presentaran a trabajar en los frentes de la Timbiquí Gold Mines, y
en consecuencia los castigaba. Un conjunto de decretos le daban
legitimidad a las acciones del personero, respondiendo así a los
reclamos que la Compañía le formulaba al gobierno colombiano ante
la resistencia negra. Esta cesó tan sólo cuando los franceses se
marcharon en 1937. Exactamente el año del fallecimiento de
Justiniano Ocoró Bonilla, a quien los habitantes de Santa María le
erigieron un monumento de cemento y bronce en 1987. El, junto con
otros había participado en lo que se ha llamado la lucha por la
liberación de la comarca!
Como consecuencia de esa lucha, muchos hombres tuvieron que irse
de la región Tan sólo a escondidas y en los bordes de los
territorios que controlaba la compañía podían ver a sus padres,
esposas e hijos. Las mujeres que se quedaron, como los hombres,
tenían que ir todos los domingos a la oficina de la compañía a
reclamar una ficha de trabajo con un número asignado. Petronila
recordó rápidamente que su número era el 484, y que igual que el
resto de las mujeres se lo amarraba al chumbe con el cual se
sostenía la paruma o bayeta a la cintura. Un pañuelo alrededor del
cuello y sobre parte del pecho, y el sombrero complementaban el
vestido de trabajo.
La jornada comenzaba a las seis de la mañana. Los hombres
picaban la peña, las mujeres alzaban la tierra y la metían en los
carros que otros jalaban sobre los rieles que llegaban hasta el
socavón.
Otra abuela, Daniela Zúñiga viuda de Bonilla, sigue viviendo en
el pueblo de Santa María, como en los días de la compañía. Ella
también tuvo que trabajar en uno de los frentes mineros. Le pagaban
siete riales por jalar 60 carros al día y cada rial eran cinco
centavos. El día sábado como lo hacían todos los trabajadores,
subía por una escalera, recibía el pago en cachaloas que eran de 2,
de 5 y de 10 centavos, y descendía por la otra escalera.
-Con la cachaloa era que uno podía ir a comprar. Pero tenía que
ser en los puestos de ellos en la galería -añadió Daniela- ahora
parada en la puerta de su tienda de abarrotes, junto a las ruinas
de uno de los campamentos de la compañía. Coincidencialmente o no,
frente a los escombros ahora estaba la estatua de Justiniano Ocoró
Bonilla. Se erguía en la mitad de la plaza de cascote llena de
memorias, pero ausente de la sombra de árboles o de vegetación
alguna.
-Allá -señaló Daniela- al otro lado de la plaza había una
galería con once cuartos donde la compañía vendía lo que uno podía
comprar con la cachaloa a la que no le reconocían valor alguno ni
en Santa Bárbara, ni en ningún otro pueblo.
La moneda de aluminio era de bordes ondeados como una flor. En
una cara el número de centavos que representaba y en el otro las
iniciales de la compañía NTGM, encima de su valor, digamos 10. En
el borde inferior la palabra adelanto indicaba la posibilidad de
cambiarla por moneda corriente colombiana. Claro que su circulación
en la zona minera y el nombre que allí le dieron a la moneda se
acoplaron sin escrúpulos. Porque cachaloa es un término para
definir ofensiva mente a una mujer que como allí dicen, va de mano
en mano.
-Mejor dicho, una cachaloa es una vagabunda, aclaró alguien.
Lo increíble de la que yo sostenía en mi mano era que provenía
de un entierro de muchas cachaloas hecho años atrás; quien lo hizo
tal vez pensó que más tarde podría cambiarlas por monedas de plata
colombianas.
-Las cachaloas salieron de la tierra un día que mi tía arrancaba
unas yucas pa' preparar el sancocho de una fiesta de la virgen-,
dijo el nieto de Petronila. Inesperadamente me había entregado la
moneda añadiendo:
- ¡Llévesela y cuente la historia de la cachaloa de los
franceses!
Referencias
Merizalde del Carmen 1921, Tirado Mejía 1974, Yacup 1934.