INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
La cachaloa de los franceses
 

 

¡El tiempo de la compañía fue terrible! Si alguno mazamorreaba y playaba algo de oro y lo cogían, le amarraban las manos atrás, le decían que estaba robando, lo metían en el cepo, se lo llevaban preso a Popayán y nunca más podía volver por aquí...

Todo esto dijo Petronila Zúñiga Ocoró de un sopapo cuando vio a uno de sus nietos mostrando una cachaloa, como aún llaman a la moneda que fabricaron los franceses de la compañía minera a principios de siglo. Con ella pagaban el trabajo de los negros en la minería y restringían el comercio tanto de oro como de víveres entre los habitantes del río Timbiquí y sus vecinos.

-Traían cachaloas en toneles y a cambio sacaban oro!

Petronila fue una de las tantas abuelas con más de 70 años en 1987, que con una lucidez genial recordó detalles de la vida en los primeros decenios de este siglo. Entonces pensaron que la esclavitud había regresado.

Pero asimismo sonrió melosamente al contar cómo hombres y mujeres abatían a diario las leyes de la compañía extranjera.

-Uno tenía que irse a playar oro a las escondidas, aunque lo primero que hacían los capataces de los franceses era quebrarnos la batea. La ley era de ellos, no había a quién quejarse. Pero los hombres seguían labrando batea a las escondidas...

Aunque El Blanco y don Rogelio le echaban a uno los perros, que no eran de aquí. Figúrese, los mandaban traer de Francia para salir a cazar tatabra y venado y luego a la gente. El verdadero nombre de El Blanco era Henri Blanc, graduado en la Ecole de St. Etienne en París y quien en 1909 ejercía con mano de hierro la dirección general de The New Timbiquí Gold Mines, con base de operaciones en Santa María sobre la confluencia del Sesé y Timbiquí.

El Blanco era gordo y siempre estaba vestido de color caqui. Usaba polainas de cuero hasta la rodilla. Se protegía del sol con un casco blanco de explorador. A lo largo del Timbiquí aún hablan de sus bigotes delgados y caídos a lado y lado de las comisuras de su boca, que seguramente le daban un toque despiadado.

La compañía operaba con capital inglés y francés. Pero en 1910 todos sus funcionarios eran franceses. Henri Blanc trabajaba con un director adjunto que era Luis Seibel, un jefe de minas Emilio Borelli, dos mineros Eduardo Gougin y Emile Gourbeis, un mecánico Henri Poctat, el químico Roger Maustier graduado en l'Ecole de Lille, y Theodore Nanin, un ingeniero con estudios en Francia pero oriundo de Martinica. Este último era el único que había traído a su familia consigo. Los demás las habían dejado en Francia.

Cuando maquinaria y oficiales empezaron a llegar a la región, el desasosiego cundió entre todos los habitantes asentados allí desde mucho antes de 1851, cuando se acabó la esclavitud legal. Vivían de sus cultivos, e iban de un caserío a otro en canoas que labraban ahuecando grandes árboles. Trabajaban en sus minas con el sistema de la mamuncia consistente en la ayuda mutua que se prestaban grupos de parentelas.

 

 

En Nariño y Chocó a la minería hecha con ayuda mutua entre parentelas se le Conoce como compañía; en el Cauca es mamuncia. Mina Naguare. Río Güel mambí, Nariño. Foto: N. S. de F. 1969.

 

Durante generaciones esos grupos habían establecido derechos de trabajo y de posesión en un lugar. Sin embargo, con la llegada de la New Timbiquí Gold Mines todo había cambiado. Decían que la compañía había comprado la cuenca del río Timbiquí y hasta los caseríos de San José, Coteje y Santa María. Los vendedores eran unos colombianos, dizque dueños de todas las minas y del terreno que alcanzaba a tener 862 kilómetros cuadrados! Pero lo más triste de todo era ver cómo el gobierno colombiano respaldaba a los extranjeros.

 

 

Herramientas de madera y calabazo o totumo en la minería artesanal. Fotos N.S. de F. 1969

 

 

Mineros de sol a sol en un canalón. Mina Naguare. Güelmambí. Foto: N. S. de Fnedemann 1969.

 

Bien pronto empezaron a volverse realidad los temores de la gente. Los funcionarios franceses comenzaron por regla mentar la vida y el trabajo de quienes según ellos vivían dentro de los límites de su "propiedad". Mediante un censo establecieron el número de varones de cada familia que obligatoriamente tenían que laborar dos semanas de cada mes en los frentes mineros. Desde entonces nadie pudo ir a trabajar en mamuncia, ni tampoco a mazamorrear o batear solo ni acompañado. A todos se les catalogó como arrendatarios de la compañía y se les concedía permiso especial para vivir en lo que habían sido sus casas y sus terrenos.

Unilateralmente la compañía fijó los salarios y la forma como aquellos que vivían lejos de los frentes tenían que compensar las dos semanas de trabajo que no podían realizar: talarían los árboles que más pudieran y llevarían las trozas a Santa María para construir las casas grandes para los empleados de la compañía. Ah, y si El Blanco veía a alguien que no trabajaba por cualquier razón, lo desterraba del pueblo.

Estas arbitrariedades eran apoyadas por los gobernantes colombianos. En efecto, el Ministro de Guerra junto con el gobernador del departamento de Popayán comisionaron al prefecto de la Provincia de Buenaventura para proteger los bienes de la compañía. El funcionario podía meter gente a la Cárcel de Timbiquí o suspenderle el permiso para vivir en los terrenos que habían pasado a manos de la compañía: definía como vagos a quienes no se presentaran a trabajar en los frentes de la Timbiquí Gold Mines, y en consecuencia los castigaba. Un conjunto de decretos le daban legitimidad a las acciones del personero, respondiendo así a los reclamos que la Compañía le formulaba al gobierno colombiano ante la resistencia negra. Esta cesó tan sólo cuando los franceses se marcharon en 1937. Exactamente el año del fallecimiento de Justiniano Ocoró Bonilla, a quien los habitantes de Santa María le erigieron un monumento de cemento y bronce en 1987. El, junto con otros había participado en lo que se ha llamado la lucha por la liberación de la comarca!

Como consecuencia de esa lucha, muchos hombres tuvieron que irse de la región Tan sólo a escondidas y en los bordes de los territorios que controlaba la compañía podían ver a sus padres, esposas e hijos. Las mujeres que se quedaron, como los hombres, tenían que ir todos los domingos a la oficina de la compañía a reclamar una ficha de trabajo con un número asignado. Petronila recordó rápidamente que su número era el 484, y que igual que el resto de las mujeres se lo amarraba al chumbe con el cual se sostenía la paruma o bayeta a la cintura. Un pañuelo alrededor del cuello y sobre parte del pecho, y el sombrero complementaban el vestido de trabajo.

La jornada comenzaba a las seis de la mañana. Los hombres picaban la peña, las mujeres alzaban la tierra y la metían en los carros que otros jalaban sobre los rieles que llegaban hasta el socavón.

Otra abuela, Daniela Zúñiga viuda de Bonilla, sigue viviendo en el pueblo de Santa María, como en los días de la compañía. Ella también tuvo que trabajar en uno de los frentes mineros. Le pagaban siete riales por jalar 60 carros al día y cada rial eran cinco centavos. El día sábado como lo hacían todos los trabajadores, subía por una escalera, recibía el pago en cachaloas que eran de 2, de 5 y de 10 centavos, y descendía por la otra escalera.

-Con la cachaloa era que uno podía ir a comprar. Pero tenía que ser en los puestos de ellos en la galería -añadió Daniela- ahora parada en la puerta de su tienda de abarrotes, junto a las ruinas de uno de los campamentos de la compañía. Coincidencialmente o no, frente a los escombros ahora estaba la estatua de Justiniano Ocoró Bonilla. Se erguía en la mitad de la plaza de cascote llena de memorias, pero ausente de la sombra de árboles o de vegetación alguna.

-Allá -señaló Daniela- al otro lado de la plaza había una galería con once cuartos donde la compañía vendía lo que uno podía comprar con la cachaloa a la que no le reconocían valor alguno ni en Santa Bárbara, ni en ningún otro pueblo.

La moneda de aluminio era de bordes ondeados como una flor. En una cara el número de centavos que representaba y en el otro las iniciales de la compañía NTGM, encima de su valor, digamos 10. En el borde inferior la palabra adelanto indicaba la posibilidad de cambiarla por moneda corriente colombiana. Claro que su circulación en la zona minera y el nombre que allí le dieron a la moneda se acoplaron sin escrúpulos. Porque cachaloa es un término para definir ofensiva mente a una mujer que como allí dicen, va de mano en mano.

-Mejor dicho, una cachaloa es una vagabunda, aclaró alguien.

Lo increíble de la que yo sostenía en mi mano era que provenía de un entierro de muchas cachaloas hecho años atrás; quien lo hizo tal vez pensó que más tarde podría cambiarlas por monedas de plata colombianas.

-Las cachaloas salieron de la tierra un día que mi tía arrancaba unas yucas pa' preparar el sancocho de una fiesta de la virgen-, dijo el nieto de Petronila. Inesperadamente me había entregado la moneda añadiendo:

- ¡Llévesela y  cuente la historia de la cachaloa de los franceses!

 

Referencias

 

Merizalde del Carmen 1921, Tirado Mejía 1974, Yacup 1934.

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