INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
Del embil a la vela
 

 

En el río Saija los amaneceres se colorean con las fumarolas azules de los fogones donde se cocina con leños de chamul. El humo sube en columnas de bucles para matizarse con el verde intenso de la selva perpetuamente mojada. Desde la vuelta del río una iglesia encaramada en lo alto de una colina hace ver diminutas las casas y sus techumbres ennegrecidas. Y la torre del campanario es tan descomunal que alcanza a rozar las nubes que descienden hasta las copas de los árboles del pan. El pueblo se llama Santa Rosa de Saija y durante más de trescientos años su vida ha dependido de la explotación del oro. Tiene tras de sí, entonces, una historia colonial colmada de indios, amos y dueños de minas y esclavos, un Real de Minas y en el mismo territorio un palenque de rebeldes negros que en 1861 luchaban por su libertad.

Para la mitad del siglo XVIII los españoles ya habían arrastrado cuadrillas de trabajadores africanos hasta las minas de los ríos principales de la región. Luego vendrían los amos criollos en la república de finales del siglo XIX y comienzos del XX a los cuales seguiría en 1907 la compañía francesa- británica The New Timbiqui Gold Mines Ltda., registrada en Londres. Con oficina en la rue Taibon N 10 en París y empleados, maquinaria, capital francés, monopolio de las tierras y de la mano de obra de los mineros negros, volvió a hacer sentir esclavos a los habitantes de una amplia región en el litoral Pacífico: los que vivían en la cuenca del río Timbiquí, los de los ríos Saija, Napí, Guajuí y los de otros menores. En 1917 a tiempo que los franceses sacaban suficiente oro de los socavones con trabajadores de los ríos que alcanzaron a 400 entre hombres y mujeres, era ensanchada la vetusta iglesia de cal y canto que existía en Santa Rosa desde años atrás. De la dirección de la obra se encargaron los padres agustinos recoletos. Los actuales habitantes del pueblo cuentan que lo que se reconstruyó había sido una abadía o convento a donde sin saber por qué sus monjas nunca habían llegado.

 

 

 

Silvestre Sánchez Cuenú, artista y artesano de la filigrana en madera. Puerto Cali, Guapi 1987. Foto: N. S. de F.

 

 

El calado, el encaje o la filigrana de madera en el litoral Pacífico. Codicia, río Guapi. Foto: N.S. de F. 1988

 

 

Don Justino Sinisterra (der.) en su casa de balcón en Santa María. Desde 1932 es el mayordomo de la iglesia del poblado. Confluencia de los ríos Timbiquí y Sesé.  Foto: N.S. de F. 1988

 

 

Balcones de encaje en ríos de oro: Güelmambí, Telembí, Patía, Guapi, Micay, Timbiquí, Saija, Coteje, San Juan, atrato, Condoto y tantos otros… Foto: Ronald J.  Duncan 1972.

 

 

En 1972 en Barbacoas, Nariño, la antigua ciudad colonial del oro. Foto: Ronald J Duncan.

 

 

Gente de las orillas de los ríos. Litoral Pacífico nariñense. Foto: Ronald J. Duncan 1972.

 

En 1937 cuando la compañía francesa se fue de la región, los viejos mineros volvieron a trabajar independientemente en sus mamuncias, o sea en sus grupos familiares, pero la emigración de numerosos jóvenes hacia sitios como Guapi, Tumaco o Buenaventura ya se había iniciado. Abandonaron los ríos en pos de ilusiones de trabajo, educación o experiencias nuevas.

En Santa Rosa, todas las tardes los cuatro cabros que hay en el pueblo, uno negro y tres blancos a los que los escasos habitantes les dicen chivos, se recuestan contra los muros tibios de la iglesia y cuando las puertas se abren deambulan sin afán por la enorme nave. No falta quien asegura que suben a la torre donde están las campanas y las hacen tañer.

Al final del día, cuando las aguas del río se oscurecen y las campanas aún repican, Emérita y Estefa Hurtado, dos hermanas de cerca de ochenta años, se cubren la cabeza con una chalina, toman sus rosarios y cruzan la placita -empedrada con cascote de antiguos trabajos mineros- en dirección a la iglesia. En su camino sólo tropiezan con un par de pavos que constantemente escarban entre las piedras. Es una rutina que las ancianas cumplen desde muchos años aunque desde la madrugada hayan estado lavando arenas del socavón de Abad Valencia, donde a veces resultan granos de oro. Al Saija regresaron Cuando la juventud se les acabó trabajando como cocineras en Buenaventura, Puerto Tejada, Buga, Cali, San Pedro, Manuelita, Mirriñao y Candelaria. Nunca olvidaron que en Santa Rosa quedaba la casa que a comienzos del siglo empezara a construir su padre Inocencio Rosalino Hurtado Cuero.

De la construcción de dos pisos con solar y terraza sobre el río, varias habitaciones y un enorme salón para los velorios, imponente escalera, balcón volado y galería con vista a la iglesia quedan sólo ruinas. Pero suficientes para que el par de ancianas puedan guarecerse en un rincón. Y todavía mucho para el ojo del arquitecto o del artista que se preguntan con asombro cómo en la profundidad de esa selva húmeda han sobrevivido columnas y exquisita ornamentación de sabor europeo labradas en madera, así como huellas de un balcón y balaustrada con dibujos calados. Tan similar éste al balcón de la casa de la hacienda "La Concepción" en Amaime, Valle del Cauca, que fechada alrededor de finales del siglo XVIII es muestra de una arquitectura rural neogranadina. Y que tiene como muchas de las casas actuales de los ríos en el litoral o en puertos grandes como Guapi, una balaustrada en perfiles calados en tabla plana.

Claro que la casa de Emérita y Estefa en Santa Rosa es excepcional más que todo por el barroco que adorna las columnas y cornisas pero tiene rasgos estéticos, estructurales y funcionales que son comunes a la vivienda de la gente negra en la región y en todo el litoral Pacífico. Lo más extraordinario son los calados de los balcones y a veces de la parte superior de las paredes exteriores que se ven al borde de los ríos que recorren la inmensidad del paisaje. Y que desde luego hacen pensar no sólo en una tradición estética, sino en la existencia de gran número de artesanos que todavía manejan con maestría las maderas de su entorno.

-He visto muchos calados no solamente en el Saija, sino también sobre el Guapi, el Telembí, el Güelmambí, el Patía -le dije a don Valeriano Hurtado, dueño de la casa donde me había hospedado. Seguidamente le enumeré otros sitios donde había visto diferentes tipos de balcones, por ejemplo en los ríos chocoanos y en pueblos de antigua minería como Tadó e Istmina Y le comente como los diseños de los calados de algunas viviendas a mi modo de ver podían compararse con la ornamentación de las casas de unos grupos negros que actualmente viven en la selva de Surinam. Pero también recordé que así como el balcón de Emérita y Estefa no podía compararse con el que había en la hacienda "La Concepción" en el Valle, el arquitecto Germán Téllez hablando precisamente de ella, decía que evocaba la costumbre castellana del balcón y la balaustrada. Notable en la arquitectura popular española de las provincias de Salamanca, Valladolid y Burgos. De lo cual podría entonces pensarse que elementos de antiguas casas de hacienda como la de Amaime hubieran servido de inspiración a reinterpretaciones y creaciones en casas grandes de poblaciones importantes a comienzos de este siglo, en el litoral. Y que luego los mineros y otros trabajadores sencillos hubieran también creado sus propias versiones, por ejemplo en sus balaustradas caladas.

Desde luego que el surgimiento de una opulencia de provincia debió respaldar expresiones de prestigio como las casonas y los grandes balcones. Efectivamente, don Valeriano recordaba muy en la penumbra de su niñez un auge temporal de la explotación del oro y de la madera en la región. ¿Podría así explicarse el barroco neogranadino en una casa de comienzos de siglo y en un lugar profundo en el bosque de oro sobre el río Saija?

Don Valeriano era un maestro de escuela oriundo de Santa Rosa y a quien luego de enseñar 20 años en Santa Bárbara de Timbiquí no le había quedado otro remedio que regresar a su pueblo. A trabajar en la minería. La pensión del gobierno no le alcanzaba para vivir con su esposa Ninfa Carabalí y sostener en la escuela a los dos hijos pequeños que aún dependían de él.

Recargados sobre la baranda del balcón de su casa en la esquina de la plaza, oímos el rumor del rezo del rosario del fraile y de las dos ancianas arrodilladas en la iglesia frente a una docena de santos.

En el cielo no había luna. Atrás en la cocina Ninfa Carabalí buscaba una vela para alumbrarnos.

- ¿Sabe usted qué es un embil? -me preguntó don Valeriano.

Yo había leído en algún documento que era una mecha gruesa untada de brea que los esclavos prendían de noche para distinguir cualquier granito de oro que apareciera en las minas.

Pues vea, dijo don Valeriano con amargura, aquí en Santa Rosa para salir del embil hemos gastado ya tres siglos. Ahora tenemos la vela, con la que llegaremos al siglo XXI.

 

Referencias

 

Merizalde del Carmen 1921, Téllez 1975, Tirado Mejía 1974, West 1972.

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