Del embil a la vela
En el río Saija los amaneceres se colorean con las fumarolas
azules de los fogones donde se cocina con leños de chamul. El humo
sube en columnas de bucles para matizarse con el verde intenso de
la selva perpetuamente mojada. Desde la vuelta del río una iglesia
encaramada en lo alto de una colina hace ver diminutas las casas y
sus techumbres ennegrecidas. Y la torre del campanario es tan
descomunal que alcanza a rozar las nubes que descienden hasta las
copas de los árboles del pan. El pueblo se llama Santa Rosa de
Saija y durante más de trescientos años su vida ha dependido de la
explotación del oro. Tiene tras de sí, entonces, una historia
colonial colmada de indios, amos y dueños de minas y esclavos, un
Real de Minas y en el mismo territorio un palenque de rebeldes
negros que en 1861 luchaban por su libertad.
Para la mitad del siglo XVIII los españoles ya habían arrastrado
cuadrillas de trabajadores africanos hasta las minas de los ríos
principales de la región. Luego vendrían los amos criollos en la
república de finales del siglo XIX y comienzos del XX a los cuales
seguiría en 1907 la compañía francesa- británica The New Timbiqui
Gold Mines Ltda., registrada en Londres. Con oficina en la rue
Taibon N 10 en París y empleados, maquinaria, capital francés,
monopolio de las tierras y de la mano de obra de los mineros
negros, volvió a hacer sentir esclavos a los habitantes de una
amplia región en el litoral Pacífico: los que vivían en la cuenca
del río Timbiquí, los de los ríos Saija, Napí, Guajuí y los de
otros menores. En 1917 a tiempo que los franceses sacaban
suficiente oro de los socavones con trabajadores de los ríos que
alcanzaron a 400 entre hombres y mujeres, era ensanchada la vetusta
iglesia de cal y canto que existía en Santa Rosa desde años atrás.
De la dirección de la obra se encargaron los padres agustinos
recoletos. Los actuales habitantes del pueblo cuentan que lo que se
reconstruyó había sido una abadía o convento a donde sin saber por
qué sus monjas nunca habían llegado.
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Silvestre Sánchez Cuenú, artista y artesano de la filigrana en
madera. Puerto Cali, Guapi 1987. Foto: N. S. de F.
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El calado, el encaje o la filigrana de madera en el litoral
Pacífico. Codicia, río Guapi. Foto: N.S. de F. 1988
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Don Justino Sinisterra (der.) en su casa de balcón en Santa
María. Desde 1932 es el mayordomo de la iglesia del poblado.
Confluencia de los ríos Timbiquí y Sesé. Foto: N.S. de F.
1988
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Balcones de encaje en ríos de oro: Güelmambí, Telembí, Patía,
Guapi, Micay, Timbiquí, Saija, Coteje, San Juan, atrato, Condoto y
tantos otros… Foto: Ronald J. Duncan 1972.
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En 1972 en Barbacoas, Nariño, la antigua ciudad colonial del
oro. Foto: Ronald J Duncan.
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Gente de las orillas de los ríos. Litoral Pacífico nariñense.
Foto: Ronald J. Duncan 1972.
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En 1937 cuando la compañía francesa se fue de la región, los
viejos mineros volvieron a trabajar independientemente en sus
mamuncias, o sea en sus grupos familiares, pero la emigración de
numerosos jóvenes hacia sitios como Guapi, Tumaco o Buenaventura ya
se había iniciado. Abandonaron los ríos en pos de ilusiones de
trabajo, educación o experiencias nuevas.
En Santa Rosa, todas las tardes los cuatro cabros que hay en el
pueblo, uno negro y tres blancos a los que los escasos habitantes
les dicen chivos, se recuestan contra los muros tibios de la
iglesia y cuando las puertas se abren deambulan sin afán por la
enorme nave. No falta quien asegura que suben a la torre donde
están las campanas y las hacen tañer.
Al final del día, cuando las aguas del río se oscurecen y las
campanas aún repican, Emérita y Estefa Hurtado, dos hermanas de
cerca de ochenta años, se cubren la cabeza con una chalina, toman
sus rosarios y cruzan la placita -empedrada con cascote de antiguos
trabajos mineros- en dirección a la iglesia. En su camino sólo
tropiezan con un par de pavos que constantemente escarban entre las
piedras. Es una rutina que las ancianas cumplen desde muchos años
aunque desde la madrugada hayan estado lavando arenas del socavón
de Abad Valencia, donde a veces resultan granos de oro. Al Saija
regresaron Cuando la juventud se les acabó trabajando como
cocineras en Buenaventura, Puerto Tejada, Buga, Cali, San Pedro,
Manuelita, Mirriñao y Candelaria. Nunca olvidaron que en Santa Rosa
quedaba la casa que a comienzos del siglo empezara a construir su
padre Inocencio Rosalino Hurtado Cuero.
De la construcción de dos pisos con solar y terraza sobre el
río, varias habitaciones y un enorme salón para los velorios,
imponente escalera, balcón volado y galería con vista a la iglesia
quedan sólo ruinas. Pero suficientes para que el par de ancianas
puedan guarecerse en un rincón. Y todavía mucho para el ojo del
arquitecto o del artista que se preguntan con asombro cómo en la
profundidad de esa selva húmeda han sobrevivido columnas y
exquisita ornamentación de sabor europeo labradas en madera, así
como huellas de un balcón y balaustrada con dibujos calados. Tan
similar éste al balcón de la casa de la hacienda "La Concepción" en
Amaime, Valle del Cauca, que fechada alrededor de finales del siglo
XVIII es muestra de una arquitectura rural neogranadina. Y que
tiene como muchas de las casas actuales de los ríos en el litoral o
en puertos grandes como Guapi, una balaustrada en perfiles calados
en tabla plana.
Claro que la casa de Emérita y Estefa en Santa Rosa es
excepcional más que todo por el barroco que adorna las columnas y
cornisas pero tiene rasgos estéticos, estructurales y funcionales
que son comunes a la vivienda de la gente negra en la región y en
todo el litoral Pacífico. Lo más extraordinario son los calados de
los balcones y a veces de la parte superior de las paredes
exteriores que se ven al borde de los ríos que recorren la
inmensidad del paisaje. Y que desde luego hacen pensar no sólo en
una tradición estética, sino en la existencia de gran número de
artesanos que todavía manejan con maestría las maderas de su
entorno.
-He visto muchos calados no solamente en el Saija, sino también
sobre el Guapi, el Telembí, el Güelmambí, el Patía -le dije a don
Valeriano Hurtado, dueño de la casa donde me había hospedado.
Seguidamente le enumeré otros sitios donde había visto diferentes
tipos de balcones, por ejemplo en los ríos chocoanos y en pueblos
de antigua minería como Tadó e Istmina Y le comente como los
diseños de los calados de algunas viviendas a mi modo de ver podían
compararse con la ornamentación de las casas de unos grupos negros
que actualmente viven en la selva de Surinam. Pero también recordé
que así como el balcón de Emérita y Estefa no podía compararse con
el que había en la hacienda "La Concepción" en el Valle, el
arquitecto Germán Téllez hablando precisamente de ella, decía que
evocaba la costumbre castellana del balcón y la balaustrada.
Notable en la arquitectura popular española de las provincias de
Salamanca, Valladolid y Burgos. De lo cual podría entonces pensarse
que elementos de antiguas casas de hacienda como la de Amaime
hubieran servido de inspiración a reinterpretaciones y creaciones
en casas grandes de poblaciones importantes a comienzos de este
siglo, en el litoral. Y que luego los mineros y otros trabajadores
sencillos hubieran también creado sus propias versiones, por
ejemplo en sus balaustradas caladas.
Desde luego que el surgimiento de una opulencia de provincia
debió respaldar expresiones de prestigio como las casonas y los
grandes balcones. Efectivamente, don Valeriano recordaba muy en la
penumbra de su niñez un auge temporal de la explotación del oro y
de la madera en la región. ¿Podría así explicarse el barroco
neogranadino en una casa de comienzos de siglo y en un lugar
profundo en el bosque de oro sobre el río Saija?
Don Valeriano era un maestro de escuela oriundo de Santa Rosa y
a quien luego de enseñar 20 años en Santa Bárbara de Timbiquí no le
había quedado otro remedio que regresar a su pueblo. A trabajar en
la minería. La pensión del gobierno no le alcanzaba para vivir con
su esposa Ninfa Carabalí y sostener en la escuela a los dos hijos
pequeños que aún dependían de él.
Recargados sobre la baranda del balcón de su casa en la esquina
de la plaza, oímos el rumor del rezo del rosario del fraile y de
las dos ancianas arrodilladas en la iglesia frente a una docena de
santos.
En el cielo no había luna. Atrás en la cocina Ninfa Carabalí
buscaba una vela para alumbrarnos.
- ¿Sabe usted qué es un embil? -me preguntó don Valeriano.
Yo había leído en algún documento que era una mecha gruesa
untada de brea que los esclavos prendían de noche para distinguir
cualquier granito de oro que apareciera en las minas.
Pues vea, dijo don Valeriano con amargura, aquí en Santa Rosa
para salir del embil hemos gastado ya tres siglos. Ahora tenemos la
vela, con la que llegaremos al siglo XXI.
Referencias
Merizalde del Carmen 1921, Téllez 1975, Tirado Mejía 1974, West
1972.