INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
La negra de las piñas
 

 

Camilo Arroyo Arboleda apenas había cumplido seis años en 1956. A su edad no tenía la menor idea de que su tatarabuelo paterno Manuel Antonio Arboleda Arroyo había sido herma no de José Rafael, el papá de Julio Arboleda, personaje de la política nacional y también dueño de esclavos negros. El mismo que en 1843 trataba de desquitarse por un lado del apoyo que sus esclavos le habían dado en 1840 a la rebelión del general José María Obando, quien les prometía libertad inmediata. Y por otro, de salvar parte de su capital antes de que e decretara la abolición de la esclavitud. Para lo cual agarró 113 niños, 99 adultos y los vendió a esclavistas peruanos.

Camilo crecía en la casa que sus padres Camilo Arroyo Arboleda y María Teresa Arboleda Delgado tenían en Popayán. Un día estaba acurrucado disparando una bolita de cristal contra otra en el piso del zaguán. De pronto sintió chirriar los goznes del portón y cuando torció la cabeza para mirar vio dos pies enormes, grises, cubiertos de barro y otros dos en chanclos de madera amarrados a las piernas con bejucos, e igualmente rucios de lodo seco. Rápidamente echó su mirada hacia arriba para ver el rostro de los dos hombres de anchos y cortos calzones que se habían quedado parados en el marco del portón. Pero sus ojos sólo llegaron hasta la panchana, un loro de plumas verdes y cabeza azul, con un par de punticos negros a los lados de la cara, que se balanceaba en el dedo índice de uno de los dos viejos negros.

-El loro me clavó la mirada y yo me quedé sin parpadear, recuerda Camilo, hasta cuando oyó gritar a su papá:

-¡Comida para la gente de Mechengue!

Los viejos negros descendían de aquellos esclavos de la familia antigua de los Arboleda, que desde el siglo XVII con los Mosquera habían explotado oro en los altos del Timbiquí y en el Micay. Precisamente en San Vicente un pueblo sobre el río Sesé afluente del Timbiquí, en 1817 había nacido Julio Arboleda, cuando sus padres Matilde Pombo O'Donnel y José Rafael Arboleda Arroyo se escondían del español Sámano que había tomado la provincia de Popayán. Y del Micay eran los viejos que habían llegado con la panchana que aprendió a hablar y se quedó viviendo varios años en el patio de la casa de Camilo. En esa ocasión y como lo habían hecho antes, también sacaron de sus zurrones más presentes: manos de plátanos, cacao preparado en bolitas, frutas ácidas y dulces, plumas, pepitas de oro y en otra visita un tronco de madera finísima con el que el papá de Camilo mandó tallar un bastón.

Después, los viejos sé sentaron a conversar. El papá de Camilo que era abogado les ayudaba un poco con sus problemas de conseguir los documentos para obtener la tierra en propiedad. No en vano las visitas y los presentes. Mientras hablaban, fumaban sus cachimbas. Al olor del tabaco mezclado con el vaho que despedía su ropa húmeda y la fragancia y el almizcle de los zurrones vacíos, años más tarde, Camilo lo identificaría como el efluvio de la selva. Que sería el imán alucinante y místico que ya adulto lo impulsaría a abandonar el ejercicio de sus abolengos en Popayán y en cualquier burocracia gubernamental en Colombia.

Actualmente, a mucha gente en Guapi le parece extraña la permanencia de este blanco, alto, fornido, barbudo y peludo, con unos dientes perfectos y unos ojos de niño asustado, siempre rodeado de párvulos y adolescentes. Cuando no está manejando una de sus lanchas de motor llevando a algún viajero por entre ríos y esteros de mangle o en el mar con dirección a algún poblado costero, se le ve pasear por la calle principal de este puerto a donde llegó hace tiempos después de vivir en San Juan de Mechengue en donde permaneció seis años buscando oro sin encontrarlo. Apenas tenía veinte cuando con mochila terciada se fue con los viejos negros en pos del deslumbramiento de selva que tenía desde niño.

Claro que Guapi, capital de la antigua provincia del Micay, como puerto de selva está muy lejos de provocar emociones que maravillen. El último incendio en 1967, después de otros tres enormes que ocurrieron en un lapso de doce años terminó de acabar con la bella fisonomía arquitectónica que mostraba con tanta alegría la iglesia, las casas de madera y sus balcones calados en filigrana exquisita. Restos de los cuales son el fabuloso e intrincado tejido del balcón de Domingo Micolta y los de Esteban González, Teresa de Romero, Joaquín Grueso y Calixta de Romero. Algunos todavía mirando la infinita selva al otro lado del Guapi. Todos aún, testimonio de lo que fueran enormes casonas que albergaron el poder económico de la explotación del oro y el comercio, en la primera parte de este siglo. En 1938, por ejemplo, Helcías Martán y sus hijos tenían una fábrica de cigarros llamada La Guapireña. Y existía la importación de sombreros italianos marca Consonnis y telas de fantasía para trajes de mujeres. También la exportación de tagua pelada, caucho negro, cáscara de mangle y maderas aserradas.

La atmósfera tibia y mágica que debió tener el poblado en algún tiempo, alcanza a respirarse brevemente en el sector de Puerto Cali que es el antiguo "El Barro", donde Guapi comenzó con un rancherío de pescadores en 1770. La colección de casas de madera allí es extraordinaria. Un verdadero arte del calado se asoma al río, en sus balcones pintados de verde, azul o rosados y en maderas como el jiguarastrojo y el cedro rojo. La sombra de los cocoteros, las flores y la sinuosidad de las calles sobre puentecitos endebles, con su población de artesanos de las redes y de las canoas o de la talla en madera como Vicente Sánchez Cuenú son el espejo de un pasado que todavía es presente a la orilla del río.

Hoy por hoy, el cemento, el hierro y la arquitectura andina han invadido el paisaje del sector central de Guapi y el de los nuevos "barrios". Los huertos de jazmineros y amarantos permanecen achicharrados en el recuerdo de calles más frescas y amables. Fuera de que su población urbana que en 1979 era de 10.000 habitantes y ahora se ha triplicado, del mismo modo que el desempleo y la pobreza.

Todavía más a consecuencia del maremoto del 12 de diciembre de ese año que arrasó con los cultivos de coco en las playas y que empujó a tantas gentes a buscar refugio en la cabecera municipal. De esta suerte, no sólo Camilo Arroyo, sino cualquier visitante que obligatoriamente tiene que llegar en avión o en un barco de carga, o bien en lancha desde Buenaventura o Tumaco después de recorrer la calle principal lo que más ansía es saltar en una canoa. Para respirar el agua, la brisa, los helechos y la holgura de los 250 metros de ancho del Guapi en sus aguas que suben y bajan con la marea del océano.

-Su motorista fue muy amable. Me acercó en la lancha para fotografiar algunos de los encajes de madera en balcones de casa rurales sobre el río-, le dije a Camilo esa tarde, después de regresar de Santa Bárbara de Timbiquí.

-El motorista es mi tío -fue la respuesta. Se llama Patricio y es uno de los dos hijos negros de mi abuelo materno Hernando Arboleda Ayerbe.

Desde luego que con esta respuesta, me quería hacer entender su punto de vista sobre las relaciones no solamente contemporáneas entre blancos y negros, sino también las de la colonia. Y particularmente su concepto sobre Bolívar en torno a la libertad de esclavos. Si ésta hubiera sido concedida -afirmó Camilo- gradualmente a través de la libertad de vientres, es decir, declarando a todo hijo de esclavos libre al nacer, y no mediante la abolición total, la situación actual de la gente negra sería distinta. ¿Por qué? "Pues el niño al nacer libre, -dijo-, hubiera sido educado como tal y aquellos que habían nacido y vivido como esclavos no se hubieran convertido en el germen de lo que hoy son estas comunidades... Porque los libres no tuvieron dónde ir".

Desde luego que éste es un tema recurrente en el seno de la sociedad payanesa donde todavía hay quienes se duelen de la pérdida de tierras, minas y trabajadores esclavos en el siglo pasado. Sin ninguna contemplación en torno a la dignidad del africano y del negro colombiano. Donde aún se añora la vigencia de una sociedad aristocrática al estilo de la que percibía Sergio Arboleda hermano de Julio en el marco de amos y esclavos. Todo ello, sin dejar de hacer énfasis en la convivencia paternalista de blancos y negros. Eso sí, siempre dentro de la jerarquía del señor y del peón, del don y del fulano, del blanco y del moreno o negro.

-Mi abuelo siempre fue un admirador de la mujer negra, le fascinaban las negras -prosiguió Camilo-. Entonces, cuando murió mi abuela él consiguió una mujer del Patía que lo cuidara y le lavara la ropa. Era jovencita y linda. No vivía con ella, pero tuvo dos hijos que se criaron y educaron en mi casa. Eso, cuando mi abuelo murió hace diez años y mi mamá dio el visto bueno.

-Entonces, la negra venía desde el Patía a visitarlos todos los sábados y les traía piñas de regalo. Tantas que en mi casa y aún sus hijos le dicen la negra de las piñas.

Y, ¿cómo se llama la negra de las piñas?

Los ojos carmelitos de Camilo se quedaron clavados, opacos en mi pregunta.

Nunca lo supe. Siempre ha sido la negra de las piñas.

 

Referencias

 

Colmenares 1979, Merizalde del Carmen 1921, Vanín 1986a, Velásquez 1961, Wade 1986, Yacup 1934.

anterior | índice | siguiente