La negra de las piñas
Camilo Arroyo Arboleda apenas había cumplido seis años en 1956.
A su edad no tenía la menor idea de que su tatarabuelo paterno
Manuel Antonio Arboleda Arroyo había sido herma no de José Rafael,
el papá de Julio Arboleda, personaje de la política nacional y
también dueño de esclavos negros. El mismo que en 1843 trataba de
desquitarse por un lado del apoyo que sus esclavos le habían dado
en 1840 a la rebelión del general José María Obando, quien les
prometía libertad inmediata. Y por otro, de salvar parte de su
capital antes de que e decretara la abolición de la esclavitud.
Para lo cual agarró 113 niños, 99 adultos y los vendió a
esclavistas peruanos.
Camilo crecía en la casa que sus padres Camilo Arroyo Arboleda y
María Teresa Arboleda Delgado tenían en Popayán. Un día estaba
acurrucado disparando una bolita de cristal contra otra en el piso
del zaguán. De pronto sintió chirriar los goznes del portón y
cuando torció la cabeza para mirar vio dos pies enormes, grises,
cubiertos de barro y otros dos en chanclos de madera amarrados a
las piernas con bejucos, e igualmente rucios de lodo seco.
Rápidamente echó su mirada hacia arriba para ver el rostro de los
dos hombres de anchos y cortos calzones que se habían quedado
parados en el marco del portón. Pero sus ojos sólo llegaron hasta
la panchana, un loro de plumas verdes y cabeza azul, con un par de
punticos negros a los lados de la cara, que se balanceaba en el
dedo índice de uno de los dos viejos negros.
-El loro me clavó la mirada y yo me quedé sin parpadear,
recuerda Camilo, hasta cuando oyó gritar a su papá:
-¡Comida para la gente de Mechengue!
Los viejos negros descendían de aquellos esclavos de la familia
antigua de los Arboleda, que desde el siglo XVII con los Mosquera
habían explotado oro en los altos del Timbiquí y en el Micay.
Precisamente en San Vicente un pueblo sobre el río Sesé afluente
del Timbiquí, en 1817 había nacido Julio Arboleda, cuando sus
padres Matilde Pombo O'Donnel y José Rafael Arboleda Arroyo se
escondían del español Sámano que había tomado la provincia de
Popayán. Y del Micay eran los viejos que habían llegado con la
panchana que aprendió a hablar y se quedó viviendo varios años en
el patio de la casa de Camilo. En esa ocasión y como lo habían
hecho antes, también sacaron de sus zurrones más presentes: manos
de plátanos, cacao preparado en bolitas, frutas ácidas y dulces,
plumas, pepitas de oro y en otra visita un tronco de madera
finísima con el que el papá de Camilo mandó tallar un bastón.
Después, los viejos sé sentaron a conversar. El papá de Camilo
que era abogado les ayudaba un poco con sus problemas de conseguir
los documentos para obtener la tierra en propiedad. No en vano las
visitas y los presentes. Mientras hablaban, fumaban sus cachimbas.
Al olor del tabaco mezclado con el vaho que despedía su ropa húmeda
y la fragancia y el almizcle de los zurrones vacíos, años más
tarde, Camilo lo identificaría como el efluvio de la selva. Que
sería el imán alucinante y místico que ya adulto lo impulsaría a
abandonar el ejercicio de sus abolengos en Popayán y en cualquier
burocracia gubernamental en Colombia.
Actualmente, a mucha gente en Guapi le parece extraña la
permanencia de este blanco, alto, fornido, barbudo y peludo, con
unos dientes perfectos y unos ojos de niño asustado, siempre
rodeado de párvulos y adolescentes. Cuando no está manejando una de
sus lanchas de motor llevando a algún viajero por entre ríos y
esteros de mangle o en el mar con dirección a algún poblado
costero, se le ve pasear por la calle principal de este puerto a
donde llegó hace tiempos después de vivir en San Juan de Mechengue
en donde permaneció seis años buscando oro sin encontrarlo. Apenas
tenía veinte cuando con mochila terciada se fue con los viejos
negros en pos del deslumbramiento de selva que tenía desde
niño.
Claro que Guapi, capital de la antigua provincia del Micay, como
puerto de selva está muy lejos de provocar emociones que
maravillen. El último incendio en 1967, después de otros tres
enormes que ocurrieron en un lapso de doce años terminó de acabar
con la bella fisonomía arquitectónica que mostraba con tanta
alegría la iglesia, las casas de madera y sus balcones calados en
filigrana exquisita. Restos de los cuales son el fabuloso e
intrincado tejido del balcón de Domingo Micolta y los de Esteban
González, Teresa de Romero, Joaquín Grueso y Calixta de Romero.
Algunos todavía mirando la infinita selva al otro lado del Guapi.
Todos aún, testimonio de lo que fueran enormes casonas que
albergaron el poder económico de la explotación del oro y el
comercio, en la primera parte de este siglo. En 1938, por ejemplo,
Helcías Martán y sus hijos tenían una fábrica de cigarros llamada
La Guapireña. Y existía la importación de sombreros italianos marca
Consonnis y telas de fantasía para trajes de mujeres. También la
exportación de tagua pelada, caucho negro, cáscara de mangle y
maderas aserradas.
La atmósfera tibia y mágica que debió tener el poblado en algún
tiempo, alcanza a respirarse brevemente en el sector de Puerto Cali
que es el antiguo "El Barro", donde Guapi comenzó con un rancherío
de pescadores en 1770. La colección de casas de madera allí es
extraordinaria. Un verdadero arte del calado se asoma al río, en
sus balcones pintados de verde, azul o rosados y en maderas como el
jiguarastrojo y el cedro rojo. La sombra de los cocoteros, las
flores y la sinuosidad de las calles sobre puentecitos endebles,
con su población de artesanos de las redes y de las canoas o de la
talla en madera como Vicente Sánchez Cuenú son el espejo de un
pasado que todavía es presente a la orilla del río.
Hoy por hoy, el cemento, el hierro y la arquitectura andina han
invadido el paisaje del sector central de Guapi y el de los nuevos
"barrios". Los huertos de jazmineros y amarantos permanecen
achicharrados en el recuerdo de calles más frescas y amables. Fuera
de que su población urbana que en 1979 era de 10.000 habitantes y
ahora se ha triplicado, del mismo modo que el desempleo y la
pobreza.
Todavía más a consecuencia del maremoto del 12 de diciembre de
ese año que arrasó con los cultivos de coco en las playas y que
empujó a tantas gentes a buscar refugio en la cabecera municipal.
De esta suerte, no sólo Camilo Arroyo, sino cualquier visitante que
obligatoriamente tiene que llegar en avión o en un barco de carga,
o bien en lancha desde Buenaventura o Tumaco después de recorrer la
calle principal lo que más ansía es saltar en una canoa. Para
respirar el agua, la brisa, los helechos y la holgura de los 250
metros de ancho del Guapi en sus aguas que suben y bajan con la
marea del océano.
-Su motorista fue muy amable. Me acercó en la lancha para
fotografiar algunos de los encajes de madera en balcones de casa
rurales sobre el río-, le dije a Camilo esa tarde, después de
regresar de Santa Bárbara de Timbiquí.
-El motorista es mi tío -fue la respuesta. Se llama Patricio y
es uno de los dos hijos negros de mi abuelo materno Hernando
Arboleda Ayerbe.
Desde luego que con esta respuesta, me quería hacer entender su
punto de vista sobre las relaciones no solamente contemporáneas
entre blancos y negros, sino también las de la colonia. Y
particularmente su concepto sobre Bolívar en torno a la libertad de
esclavos. Si ésta hubiera sido concedida -afirmó Camilo-
gradualmente a través de la libertad de vientres, es decir,
declarando a todo hijo de esclavos libre al nacer, y no mediante la
abolición total, la situación actual de la gente negra sería
distinta. ¿Por qué? "Pues el niño al nacer libre, -dijo-, hubiera
sido educado como tal y aquellos que habían nacido y vivido como
esclavos no se hubieran convertido en el germen de lo que hoy son
estas comunidades... Porque los libres no tuvieron dónde ir".
Desde luego que éste es un tema recurrente en el seno de la
sociedad payanesa donde todavía hay quienes se duelen de la pérdida
de tierras, minas y trabajadores esclavos en el siglo pasado. Sin
ninguna contemplación en torno a la dignidad del africano y del
negro colombiano. Donde aún se añora la vigencia de una sociedad
aristocrática al estilo de la que percibía Sergio Arboleda hermano
de Julio en el marco de amos y esclavos. Todo ello, sin dejar de
hacer énfasis en la convivencia paternalista de blancos y negros.
Eso sí, siempre dentro de la jerarquía del señor y del peón, del
don y del fulano, del blanco y del moreno o negro.
-Mi abuelo siempre fue un admirador de la mujer negra, le
fascinaban las negras -prosiguió Camilo-. Entonces, cuando murió mi
abuela él consiguió una mujer del Patía que lo cuidara y le lavara
la ropa. Era jovencita y linda. No vivía con ella, pero tuvo dos
hijos que se criaron y educaron en mi casa. Eso, cuando mi abuelo
murió hace diez años y mi mamá dio el visto bueno.
-Entonces, la negra venía desde el Patía a visitarlos todos los
sábados y les traía piñas de regalo. Tantas que en mi casa y aún
sus hijos le dicen la negra de las piñas.
Y, ¿cómo se llama la negra de las piñas?
Los ojos carmelitos de Camilo se quedaron clavados, opacos en mi
pregunta.
Nunca lo supe. Siempre ha sido la negra de las piñas.
Referencias
Colmenares 1979, Merizalde del Carmen 1921, Vanín 1986a,
Velásquez 1961, Wade 1986, Yacup 1934.