En la ruta del oro y del platino
Para ir desde Quibdo a Tado e Istmina, en el Choco, hay que
pasar por Las Animas. Pero para llegar al sitio donde están Las
Animas, hay que aguantar un infierno de viaje que puede durar más
de ocho horas. Este infierno tiene etapas. Pero la principal es el
cruce del río Atrato en el sitio de Yutó, un poblado húmedo,
caluroso y embarrado a 25 kms. de Quibdó.
En marzo de 1988, cuando Diego Samper, el fotógrafo del agua, de
los indios y de la Amazonía colombiana y yo nos apeamos del bus en
que nos habíamos metido desde la madrugada en Quibdó, no sabíamos
que la espera al borde del río sería de cinco horas. Automóviles,
camperos, camiones y busetas parecían anclados al piso blando,
amarillento, de la calle a lo largo de al menos cuatrocientos
metros. Esperaban que los mecánicos acabaran de componer el motor
del ferry para que éste los transportara hasta el otro lado del
Atrato.
El número de ventorrillos y vendedoras de arepas, mangos,
tajadas de piña, aguacates y jugos de naranja, borojó y otros era
indicio de que el ferry permanecía más días dañado que en
servicio.
Una vez al otro lado del Atrato, empezó la nueva etapa del
demoníaco viaje. Nuestro bus arrancó a correr como perseguido por
el diablo. Escasamente se detuvo unos segundos en Las Animas.
Ciento treinta minutos después de haber dejado atrás el Atrato
penetraba en la calle principal de Istmina sobre el río San Juan,
con la bocina sonando a todo vapor, como en un asalto triunfal. La
calle ondulada como una sierpe, angosta y atiborrada a lado y lado
de balcones pintados en tonos celeste, rosa, naranja y todos con
calados y festones labrados en madera parecieron devolverle a Diego
su alegría de fotógrafo. Durante varios días después de la llegada
a Quibdó con la misión de registrar el arte de la filigrana en oro,
pajillas y madera, la búsqueda de balcones había sido infructuosa.
La tradición se había quedado en las memorias de la carrera
primera, donde antes de los grandes incendios existían las
mansiones de los blancos crueles. Estos, decían -todavía a
comienzos de este siglo-, ni siquiera permitían que ningún negro
caminara en la acera debajo de sus amplios balcones finamente
calados. Y cuando alguno osaba hacerlo, tenía que aguantar el rejo
que le propinaban los sirvientes de la casa, que obedecían las
órdenes del patrón.
¡Un peón negro vestido echándole rejo a otro negro! -comentó
alguien con amargura, añadiendo además- Allá en la carrera primera
ni le permitían usar zapatos a los criados que tenían en la
casa.
Istmina volvió verdad el sueño de cualquier fotógrafo. Y la
pesadilla de correría en fruición visual. Hora tras hora y usando
todas las luces y las sombras posibles, las cámaras que llevábamos
metieron sus narices con ojos de vidrio en las puertas de las
casas, en las esquinas de las calles y hasta en las orillas del San
Juan. Allí volvimos a fotografiar el rallo de madera tallado en
forma de pez que días antes habíamos visto en Tutunendó, al
noroeste de Quibdó. Jóvenes, viejas y niñas lo usan como base para
restregar la ropa antes de enjuagarla en los lavaderos de las
escalinatas de los puertos o en las piedras donde el agua se
represa, y chicos y grandes se zambullen en el baño diario. Istmina
tiene así el orgullo de tener maestros de talla y talladores
legendarios como Lorenzo Mosquera y su nieto Miguel Angel Mosquera,
a quien en Quibdó se le conoce como el santero. Como su abuelo, con
quien aprendió el arte de la madera, ha tallado cristos y ángeles
para las iglesias, retoca santos y sigue practicando la medicina de
yerbas, que es lo que más le ha dado para vivir.
En el bus que salió de Istmina a las cinco de la madrugada el
frío pegajoso y el aroma de la vegetación lujuriosa que se metía
por las ventanas, alertaban el espíritu. En poco tiempo podríamos
ver los balcones de Tadó, otra de las ciudades chocoanas en la
tierra del oro y del platino. Era palpable el poder que estos
metales seguían ejerciendo desde el siglo XVI sobre semejante
extensión del país. E increíble que aún hoy en día entre las
principales ciudades del departamento del Chocó, que tiene la mitad
de la costa Pacífica del país, ninguna mire al mar. Quibdó, Tadó,
Istmina, Condoto, Andagoya, Nóvita, Sipí, se asientan en las
tierras bajas centrales en la depresión del Atrato y del San Juan,
las más lluviosas y con las más altas temperaturas.
¡Las Animas!, dijo el ayudante del bus.
Ahora teníamos que esperar el vehículo para ir a Tadó, el lugar
donde en 1728 cuarenta trabajadores de las minas que no habían
resistido la opresión esclavista se habían sublevado asesinando al
blanco que los gobernaba y a otros catorce españoles. Y además
habían puesto en aprietos al Gobernador de la Provincia de Popayán
porque se decía que los negros de Tadó estaban confederados con
tres mil más de las demás cuadrillas de la provincia.
Efectivamente, el visitador eclesiástico y los españoles que vivían
en Tadó habían emprendido la huida. Pero cuando se hicieron las
averiguaciones el mismo Gobernador se enteró y le comunicó al
Presidente y Oidores de la Real Audiencia de Santa Fe del
tratamiento tiránico que se les daba a los mineros. Trabajaban de
sol a sol con raciones hambrientas de comida y sin descanso
alguno.
Una enorme volqueta de propiedad del departamento frenó en seco
unos metros más allá del café-cantina donde esperábamos cualquier
oportunidad de transporte. Una bandada de mujeres y algunos hombres
corrieron hacia la volqueta y empezaron a encaramarse en ella.
Diego y yo hicimos lo mismo y los que ya estaban arriba nos tiraron
de los brazos ayudándonos a trepar. Una vez arriba y con la
volqueta en marcha, me di cuenta de que eran mineros. Llevaban unas
herramientas que yo conocía bien: almocafres, barras y varias
bateas redondas, gastadas por el paneo de las arenas auríferas.
¿Van a la mina?, les pregunté.
-Sí.
-¿Cómo se sabe que hay oro en un lugar?, dije para entablar
cualquier conversación.
-Cuando las palmas de coco se ponen amarillas ahí hay oro...
dijo la mujer sin sacarse el cigarrillo que fumaba con la candela
metida entre la boca. La frenó una y otra vez para dejar que unos
se subieran y otros se bajaran. Saltaban al borde de la carretera y
se internaban por las trochas que seguramente llevaban a las
minas.
La escena era familiar. Los mineros caminarían uno de tras del
otro hacia los canalones de sus comederos o de los cortes mineros
que se trabajaban entre varios grupos domésticos, del mismo tronco
familiar. La había visto en los ríos de Barbacoas, en Nariño, en
los del Cauca y ahora en Chocó.
La típica aglomeración de casas, ventas de víveres, frutas y
acumulación de basuras nos anunció la proximidad de la ciudad con
más de 20.000 habitantes. La volqueta torció el rumbo hacia la
derecha por un callejón y luego por el costado de un parque de
altas palmas. Ahí volvió a frenar y comprendimos que habíamos
llegado al centro de Tadó.
Arreciaba la llovizna. Parados al pie de nuestros maletines,
levantamos la vista. Los vidrios mojados de los anteojos de Diego y
de los míos borroneaban lo que nuestros ojos creían ver y no podían
creer: una iglesia enorme con sus torres y puertas incrustadas en
los más exquisitos claro-oscuros en filigrana de latón plateado.
Sus cúpulas en tonos rosáceos, las cornisas de sus capiteles
delineados en bermellones opacos. ¡Una joya en la ruta húmeda del
oro y del platino! Una visión nunca siquiera soñada y jamás
registrada en la historia de la orfebrería en el litoral
Pacífico.
Instintivamente en un gesto protector, cubrí con mis manos el
cuerpo y la nariz de mi cámara fotográfica que colgando del cuello
permanecía alerta. Su ojo no sería capaz de resistir ni de captar y
mucho menos de congelar en una placa gelatinosa la emoción que yo
sentía.
Referencias
Friedemann 1974a, 1988b; Gómez Pérez 1980; Sharp 1976; Velásquez
1985.