INDICE





BIOGRAFÍA NINA S. de FRIEDEMANN

AGRADECIMIENTOS

ETNOGRAFÍA ICONOGRÁFICA ENTRE GRUPOS NEGROS
Palabras e imágenes
Humor, amor y objetividad
Sentidos y contornos
Aprender, repasar y olvidar
No olvidar
Partituras pictográficas
Fotos y cine

I. ARTE ÉTNICO Y ARTESANÍA
La presencia
La identidad
Las explicaciones
Las manifestaciones
Las posibilidades

II. EL TERRENO Y LA AVENTURA
El equipaje
Por agua en una voladora
En la ruta del oro y del platino

III. NEGROS Y BLANCOS
La negra de las piñas
Del embil a la vela
La cachaloa de los franceses

IV. LA VIDA Y LA MUERTE
Una ombligada de tapir
Cuando los canaletes roncan
Cagüingas, susungas y chancacas
Rocío Colorado en Las Flores

V. DIOSES Y SANTOS
De cómo William Villa aprendió a mirar al santo
Un fraile que sí sabe
Un inmenso mar de luces

VI. EL CIELO Y LA TIERRA
Yo conversé con la luna y hablé con todos los santos
En un taller de música

BIBLIOGRAFÍA GENERAL

GLOSARIO
En la ruta del oro y del platino
 

 

Para ir desde Quibdo a Tado e Istmina, en el Choco, hay que pasar por Las Animas. Pero para llegar al sitio donde están Las Animas, hay que aguantar un infierno de viaje que puede durar más de ocho horas. Este infierno tiene etapas. Pero la principal es el cruce del río Atrato en el sitio de Yutó, un poblado húmedo, caluroso y embarrado a 25 kms. de Quibdó.

En marzo de 1988, cuando Diego Samper, el fotógrafo del agua, de los indios y de la Amazonía colombiana y yo nos apeamos del bus en que nos habíamos metido desde la madrugada en Quibdó, no sabíamos que la espera al borde del río sería de cinco horas. Automóviles, camperos, camiones y busetas parecían anclados al piso blando, amarillento, de la calle a lo largo de al menos cuatrocientos metros. Esperaban que los mecánicos acabaran de componer el motor del ferry para que éste los transportara hasta el otro lado del Atrato.

El número de ventorrillos y vendedoras de arepas, mangos, tajadas de piña, aguacates y jugos de naranja, borojó y otros era indicio de que el ferry permanecía más días dañado que en servicio.

Una vez al otro lado del Atrato, empezó la nueva etapa del demoníaco viaje. Nuestro bus arrancó a correr como perseguido por el diablo. Escasamente se detuvo unos segundos en Las Animas. Ciento treinta minutos después de haber dejado atrás el Atrato penetraba en la calle principal de Istmina sobre el río San Juan, con la bocina sonando a todo vapor, como en un asalto triunfal. La calle ondulada como una sierpe, angosta y atiborrada a lado y lado de balcones pintados en tonos celeste, rosa, naranja y todos con calados y festones labrados en madera parecieron devolverle a Diego su alegría de fotógrafo. Durante varios días después de la llegada a Quibdó con la misión de registrar el arte de la filigrana en oro, pajillas y madera, la búsqueda de balcones había sido infructuosa. La tradición se había quedado en las memorias de la carrera primera, donde antes de los grandes incendios existían las mansiones de los blancos crueles. Estos, decían -todavía a comienzos de este siglo-, ni siquiera permitían que ningún negro caminara en la acera debajo de sus amplios balcones finamente calados. Y cuando alguno osaba hacerlo, tenía que aguantar el rejo que le propinaban los sirvientes de la casa, que obedecían las órdenes del patrón.

¡Un peón negro vestido echándole rejo a otro negro! -comentó alguien con amargura, añadiendo además- Allá en la carrera primera ni le permitían usar zapatos a los criados que tenían en la casa.

Istmina volvió verdad el sueño de cualquier fotógrafo. Y la pesadilla de correría en fruición visual. Hora tras hora y usando todas las luces y las sombras posibles, las cámaras que llevábamos metieron sus narices con ojos de vidrio en las puertas de las casas, en las esquinas de las calles y hasta en las orillas del San Juan. Allí volvimos a fotografiar el rallo de madera tallado en forma de pez que días antes habíamos visto en Tutunendó, al noroeste de Quibdó. Jóvenes, viejas y niñas lo usan como base para restregar la ropa antes de enjuagarla en los lavaderos de las escalinatas de los puertos o en las piedras donde el agua se represa, y chicos y grandes se zambullen en el baño diario. Istmina tiene así el orgullo de tener maestros de talla y talladores legendarios como Lorenzo Mosquera y su nieto Miguel Angel Mosquera, a quien en Quibdó se le conoce como el santero. Como su abuelo, con quien aprendió el arte de la madera, ha tallado cristos y ángeles para las iglesias, retoca santos y sigue practicando la medicina de yerbas, que es lo que más le ha dado para vivir.

En el bus que salió de Istmina a las cinco de la madrugada el frío pegajoso y el aroma de la vegetación lujuriosa que se metía por las ventanas, alertaban el espíritu. En poco tiempo podríamos ver los balcones de Tadó, otra de las ciudades chocoanas en la tierra del oro y del platino. Era palpable el poder que estos metales seguían ejerciendo desde el siglo XVI sobre semejante extensión del país. E increíble que aún hoy en día entre las principales ciudades del departamento del Chocó, que tiene la mitad de la costa Pacífica del país, ninguna mire al mar. Quibdó, Tadó, Istmina, Condoto, Andagoya, Nóvita, Sipí, se asientan en las tierras bajas centrales en la depresión del Atrato y del San Juan, las más lluviosas y con las más altas temperaturas.

¡Las Animas!, dijo el ayudante del bus.

Ahora teníamos que esperar el vehículo para ir a Tadó, el lugar donde en 1728 cuarenta trabajadores de las minas que no habían resistido la opresión esclavista se habían sublevado asesinando al blanco que los gobernaba y a otros catorce españoles. Y además habían puesto en aprietos al Gobernador de la Provincia de Popayán porque se decía que los negros de Tadó estaban confederados con tres mil más de las demás cuadrillas de la provincia. Efectivamente, el visitador eclesiástico y los españoles que vivían en Tadó habían emprendido la huida. Pero cuando se hicieron las averiguaciones el mismo Gobernador se enteró y le comunicó al Presidente y Oidores de la Real Audiencia de Santa Fe del tratamiento tiránico que se les daba a los mineros. Trabajaban de sol a sol con raciones hambrientas de comida y sin descanso alguno.

Una enorme volqueta de propiedad del departamento frenó en seco unos metros más allá del café-cantina donde esperábamos cualquier oportunidad de transporte. Una bandada de mujeres y algunos hombres corrieron hacia la volqueta y empezaron a encaramarse en ella. Diego y yo hicimos lo mismo y los que ya estaban arriba nos tiraron de los brazos ayudándonos a trepar. Una vez arriba y con la volqueta en marcha, me di cuenta de que eran mineros. Llevaban unas herramientas que yo conocía bien: almocafres, barras y varias bateas redondas, gastadas por el paneo de las arenas auríferas.

¿Van a la mina?, les pregunté.

-Sí.

-¿Cómo se sabe que hay oro en un lugar?, dije para entablar cualquier conversación.

-Cuando las palmas de coco se ponen amarillas ahí hay oro... dijo la mujer sin sacarse el cigarrillo que fumaba con la candela metida entre la boca. La frenó una y otra vez para dejar que unos se subieran y otros se bajaran. Saltaban al borde de la carretera y se internaban por las trochas que seguramente llevaban a las minas.

La escena era familiar. Los mineros caminarían uno de tras del otro hacia los canalones de sus comederos o de los cortes mineros que se trabajaban entre varios grupos domésticos, del mismo tronco familiar. La había visto en los ríos de Barbacoas, en Nariño, en los del Cauca y ahora en Chocó.

La típica aglomeración de casas, ventas de víveres, frutas y acumulación de basuras nos anunció la proximidad de la ciudad con más de 20.000 habitantes. La volqueta torció el rumbo hacia la derecha por un callejón y luego por el costado de un parque de altas palmas. Ahí volvió a frenar y comprendimos que habíamos llegado al centro de Tadó.

Arreciaba la llovizna. Parados al pie de nuestros maletines, levantamos la vista. Los vidrios mojados de los anteojos de Diego y de los míos borroneaban lo que nuestros ojos creían ver y no podían creer: una iglesia enorme con sus torres y puertas incrustadas en los más exquisitos claro-oscuros en filigrana de latón plateado. Sus cúpulas en tonos rosáceos, las cornisas de sus capiteles delineados en bermellones opacos. ¡Una joya en la ruta húmeda del oro y del platino! Una visión nunca siquiera soñada y jamás registrada en la historia de la orfebrería en el litoral Pacífico.

Instintivamente en un gesto protector, cubrí con mis manos el cuerpo y la nariz de mi cámara fotográfica que colgando del cuello permanecía alerta. Su ojo no sería capaz de resistir ni de captar y mucho menos de congelar en una placa gelatinosa la emoción que yo sentía.

 

Referencias

 

Friedemann 1974a, 1988b; Gómez Pérez 1980; Sharp 1976; Velásquez 1985.

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