Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. "Al releerme me da un poco de remordimiento"

"Al releerme me da un poco de remordimiento"

Actores de voz baja

Policarpo Varón
Edición del autor impresa por Editorial Gente Nueva, Bogotá, 2004, 313 págs.

 

Una buena pregunta para un investigador en literatura colombiana sería sobre las influencias de nuestros escritores contemporáneos menos mencionados que Gabo. Las de éste ya las conocemos o, por lo menos, recuerdo haber leído una entrevista a GGM en la que daba un reconocimiento a Faulkner por haber influenciado su narrativa. Pero, ¿cuáles son las de los otros? En poesía no cabe la menor duda. Dependiendo de la región del país, es claro que el surrealismo dejó huellas profundas en Metrallo y sus alrededores, que de pronto Baudelaire influyó a algunos de los poetas del altiplano cundiboyacense y que Benedetti y el haiku japonés obnubilaron a más de uno sin importar la procedencia regional. En novela, claro, nuestro premio Nobel se lleva, además de éste, el mayor premio: el de constituirse en piedra angular en la cual casi todos los novelistas actuales se han parado o, para decirlo de manera más delicada, el manantial en que muchos han bebido, eso sí, sin alcanzar la frescura y hermosura de la fuente misma. También, muchas veces me he preguntado si Andresito (el héroe de la literatura caleña) no leyó a José Agustín, un excelente narrador mexicano de quién perdí la pista hace años y que escribió un magistral cuento llamado ¿Cuál es la onda?, para nada distante de, por ejemplo, Angelitos empantanados.

¿Por qué me hago esta pregunta? En muchas de las novelas colombianas de nuestros últimos treinta años o algo así escucho todo el tiempo ecos. No es que los ecos de por sí tengan nada de bueno ni de malo. Es sólo que a veces a uno le gustaría saber de manera más exacta de qué montaña provienen. Algunos, muchos, a decir verdad, me parecen venir de las montañas millerianas o, dicho de forma más clara, del Trópico de Capricornio. El problema es que, tal vez por estar tan lejos su lugar de origen, cuando estos ecos llegan a nuestros oídos parecen haber perdido la fuerza original, y lo que oímos suena gastado, débil, desdibujado. Algo así como un eco de un eco, de un eco, de un eco. ¿Será posible esto? Ahí les dejo la pregunta/hipótesis a los que les gusta escarbar en las entrañas de los escritores (¿escribientes, en este caso?) para dilucidar sus influencias y ayudarnos a deglutir lo que de otra manera podría resultarnos indigesto.

En esta ocasión, Policarpo Varón nos presenta una colección de 52 cuentos suyos extraídos de sus varias publicaciones anteriores (El festín. El falso sueño. La magnífica tragedia, Jardín del intérprete y Equilibristas). ¡52 cuentos; sí, señor! ¿Será que para hacer la antología retomó la frase de Blake según la cual "el camino de los excesos conduce al campo de la sabiduría"? Porque realmente los 52 cuentos, de no más de tres cuartillas la mayoría, a mí me resultaron excesivos: uno empieza a leer con entusiasmo, con respeto, con apreciación por la obra de otros, pero cuando todo se convierte en "una sola sombra larga" uno empieza a desesperar y a no saber si es honesto con uno mismo (y con los eventuales lectores de esta reseña) saltarse cuentos: uno sí, uno no, uno sí, uno no, y así sucesivamente. No, uno termina leyéndolos todos y tratando de soportar un poco el calor del trópico de Capricornio en lo que sumergen estos cuentos. Y saca conclusiones tal vez no tan absurdas aunque un poco confusas quizá debido a la calidez excesiva: que un buen diseño, mucho más aireado del libro, hubiera ayudado a que en uno no se instalara esa especie de asfixia que proviene de lo abigarrado. 

Pareciera que miro con horror los cuentos de Policarpo (excúseme la confianza, maestro). Eso no es del todo cierto. No. No lo es. Hablo en serio. Lo que sucede es que en pleno albor del siglo XXI uno quizá no deba olvidar "las cinco tesis para el nuevo milenio" de ítalo Calvino, una de las cuales es la brevedad. Si a uno le dan poquito postre, le fascina. Si le dan molde refractario y medio, uno se indigesta, y esto es un poco lo que sucede con esta antología que de sus propios cuentos preparó el autor Varón. Puede que esté contradiciendo a Blake (a quien admiro como poeta y como casi profeta), pero es que 52 cuentos son, como se diría en buena lengua bostoniana, “a little bit too much”. Un poco demasiado.

Y saltando este escollo, en la medida en la que soy capaz de hacerlo, ¿qué decir, entonces, de los cuentos mismos? Primero hablemos de los temas: muerte, amor, mujeres desoladas y más muerte y más mujeres desoladas y follones o, mejor, folladas, y más muerte. En esta antología, Policarpo Varón parece evidenciar que hay temas que lo obsesionan (¡y está en todo su derecho!) pero aquí de nuevo, el exceso (¿lo ven? No pude saltar el escollo) lo lleva a uno al cansancio, al hastío, a lo hostigoso, en el sentido en que se utiliza esta palabra en ciertas regiones de Colombia para referirse a una comida que, aunque buena, cuando es mucha lo deja a uno "hostigado". No sólo el número de cuentos hostiga, sino también que todos giren en torno a los mismos temas. De esto sólo se salvan, más o menos, los dos o tres cuentos dedicados a los perros (digo más o menos porque ahí también, aunque el autor de alguna manera quisiera o hubiera podido evitarlo, caemos en la reiteración del tema de la muerte).

En cuanto al tono, bueno, la nostalgia se cierne sobre toda la antología como una lira destemplada que no termina de dar bien con la melodía. Lo curioso es que son cuentos de diferentes épocas de la escritura de Policarpo Varón, pero todos ellos, y esto aplica también a lo de los temas, parecen complacerse en el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue, en las casas donde "ya no vive nadie en ellas", en los árboles que lloran porque también tienen alma y en el dolor hecho recuerdo por un autor que ciertamente muestra sensibilidad hacia esas épocas de antaño signadas por la violencia y de las que no parecemos haber salido nunca. Ni siquiera la profusa literatura colombiana que gira en torno a este tema en este tono nos ha hecho salir del laberinto del general, atrapado en su propia invención de violencia y más violencia.

Y del tono nostálgico del conjunto y cada una de sus partes pasamos fácilmente a deducir la acción. Rever, es el verbo cientos de veces utilizado por Varón a lo largo de sus cuentos, y es lo que constituye la acción misma. Nada qué hacer. En la mayoría de los cuentos nos la pasamos reviendo situaciones, claro, ya vividas, desde el ojo del voyeur que se complace una y otra vez en ver lo mismo. Más de lo mismo como con los niños que debían repetir los años de la primaria antes de que existiera la reglamentación sobre promoción automática, la cual, dicho sea de paso, apunta errada o certeramente, no sabría evaluarlo, a subsanar la situación, ya probada, de que más de lo mismo no arroja resultados positivos.

¿Cuál es entonces el resultado aquí? Lastimosamente, que a uno le parece cuando está leyendo el cuento 35 que ya lo leyó otras cuatro veces antes, que ya se lo sabe de memoria, que ya sabe para dónde va el autor, que ya prevé el desenlace, que no hay nada nuevo bajo el sol, como decían los egipcios. Que Ra gira y gira y otra vez los mismos seres van a enfrentarse a las mismas situaciones aunque tengan hoy otras máscaras, otros nombres, nuevos pantalones, nuevas faldas. Quizá hay algo de sabiduría budista en esto: de acuerdo con el Buda, los seres conscientes estamos atrapados en el samsara, el círculo de la existencia, en el que nos vemos forzados a repetir las mismas cosas hasta alcanzar la liberación y la iluminación. Pero, tal vez, la literatura debería ir para otro lado. Me explico: uno no aprende a punta de reiteraciones. Y aquí tal vez la sabiduría del Buda y la literatura se junten: hay que romper el círculo, mandar el samsara para el carajo y, si no, pues ahí vamos a morir una y otra vez y nacer una y otra vez atrapados en el mismo cuento.

¿Y porqué sospecho que a Policarpo (excúseme otra vez la confianza, maestro) lo ha influenciado Henry Miller? Porque, sinceramente siento que ha cooptado todos los temas de este autor. Sexo, mujeres, hombres tomados por el deseo que persiguen siempre a las mujeres y así hasta el infinito. Nada contra Miller, de hecho me encanta, pero de lo que no estoy muy segura es del poder de la cooptación. No sé si cuando esto se traslada a los trópicos colombianos no se vuelve cansado, el eco del eco, del eco sin la maravilla de la fuente.

Tal como he escrito hasta ahora, pareciera estarle dando, yo también, demasiada madera a esta antología, recogida por el mismo autor, y al releerme me da un poco de remordimiento. Con base en esto, quiero aclarar que no todos los cuentos de Policarpo Varón, aquí incluidos, me parecen malos. De hecho, en su estilo un poco como de bosquejos de Henry Miller y García Márquez hay muchos rescatables, hay algunos que logran penetrar en los personajes y que dicen bastante de la condición humana, que retratan, como ya lo dije antes, de manera si no magistral al menos bastante buena, la violencia que ha desgarrado a este país y cuyos alcances ya son in cuantificables e incalificables.

Otra cosa que gusta de estos cuentos es que hacen honor a un latinazo que el autor cita en alguna parte: "Primun vivere, deinde philosophare". Esto es inteligente cuando se trata de filosofía, y esto sí lo logra muy acertadamente este escritor tolimense: sus narraciones no caen en excesos filosóficos que podrían hacerle cometer otro exceso, y es volverlos excesivamente aburridos. Ésta es una de las críticas que se le han hecho a Miller: que algunas de sus novelas a veces caen en pasajes filosofantes que le quitan fuerza a la narración dejándolas a medio camino entre El tiempo de los asesinos y una que otra racionalización. Gracias a Policarpo Varón por no caer en tal exceso.

No obstante, y antes de terminar estas líneas, quisiera aconsejarle al escritor (excuse la confianza, maestro) que la próxima vez no incluya tantos cuentos, que seleccione mejor los que den muestra de diversos temas, motivos unificadores, tonos, y que consiga un buen diseñador que le dé aire a su narrativa, y con seguridad el resultado va a ser mucho mejor y muchos/as lectores/as podremos apreciar la calidad de su pluma sin tener que estar haciendo sumas y restas cada rato para saber cuántos cuentos hemos leído y cuántos nos faltan para terminar.

MÍRIAM COTES BENÍTEZ