Reseñas. "Al releerme me da un poco de
remordimiento"
"Al releerme me da un poco de
remordimiento"
Actores de voz baja
Policarpo Varón
Edición del autor impresa por Editorial Gente Nueva, Bogotá, 2004,
313 págs.
Una buena pregunta para un investigador en literatura colombiana
sería sobre las influencias de nuestros escritores contemporáneos
menos mencionados que Gabo. Las de éste ya las conocemos o, por lo
menos, recuerdo haber leído una entrevista a GGM en la que daba un
reconocimiento a Faulkner por haber influenciado su narrativa.
Pero, ¿cuáles son las de los otros? En poesía no cabe la
menor duda. Dependiendo de la región del país, es claro que el
surrealismo dejó huellas profundas en Metrallo y sus alrededores,
que de pronto Baudelaire influyó a algunos de los poetas del
altiplano cundiboyacense y que Benedetti y el haiku japonés
obnubilaron a más de uno sin importar la procedencia regional. En
novela, claro, nuestro premio Nobel se lleva, además de éste, el
mayor premio: el de constituirse en piedra angular en la cual casi
todos los novelistas actuales se han parado o, para decirlo de
manera más delicada, el manantial en que muchos han bebido, eso sí,
sin alcanzar la frescura y hermosura de la fuente misma. También,
muchas veces me he preguntado si Andresito (el héroe de la
literatura caleña) no leyó a José Agustín, un excelente narrador
mexicano de quién perdí la pista hace años y que escribió un
magistral cuento llamado ¿Cuál es la onda?, para
nada distante de, por ejemplo, Angelitos empantanados.

¿Por qué me hago esta pregunta? En muchas de las novelas
colombianas de nuestros últimos treinta años o algo así escucho
todo el tiempo ecos. No es que los ecos de por sí tengan nada de
bueno ni de malo. Es sólo que a veces a uno le gustaría saber de
manera más exacta de qué montaña provienen. Algunos, muchos, a
decir verdad, me parecen venir de las montañas millerianas o, dicho
de forma más clara, del Trópico de Capricornio. El
problema es que, tal vez por estar tan lejos su lugar de origen,
cuando estos ecos llegan a nuestros oídos parecen haber perdido la
fuerza original, y lo que oímos suena gastado, débil, desdibujado.
Algo así como un eco de un eco, de un eco, de un eco. ¿Será
posible esto? Ahí les dejo la pregunta/hipótesis a los que les
gusta escarbar en las entrañas de los escritores
(¿escribientes, en este caso?) para dilucidar sus
influencias y ayudarnos a deglutir lo que de otra manera podría
resultarnos indigesto.
En esta ocasión, Policarpo Varón nos presenta una colección de
52 cuentos suyos extraídos de sus varias publicaciones anteriores
(El festín. El falso sueño. La magnífica tragedia, Jardín del
intérprete y Equilibristas). ¡52 cuentos; sí, señor!
¿Será que para hacer la antología retomó la frase de Blake
según la cual "el camino de los excesos conduce al campo de la
sabiduría"? Porque realmente los 52 cuentos, de no más de tres
cuartillas la mayoría, a mí me resultaron excesivos: uno empieza a
leer con entusiasmo, con respeto, con apreciación por la obra de
otros, pero cuando todo se convierte en "una sola sombra
larga" uno empieza a desesperar y a no saber si es honesto con
uno mismo (y con los eventuales lectores de esta reseña) saltarse
cuentos: uno sí, uno no, uno sí, uno no, y así sucesivamente. No,
uno termina leyéndolos todos y tratando de soportar un poco el
calor del trópico de Capricornio en lo que sumergen estos cuentos.
Y saca conclusiones tal vez no tan absurdas aunque un poco confusas
quizá debido a la calidez excesiva: que un buen diseño, mucho más
aireado del libro, hubiera ayudado a que en uno no se instalara esa
especie de asfixia que proviene de lo abigarrado.
Pareciera que miro con horror los cuentos de Policarpo (excúseme
la confianza, maestro). Eso no es del todo cierto. No. No lo es.
Hablo en serio. Lo que sucede es que en pleno albor del siglo XXI
uno quizá no deba olvidar "las cinco tesis para el nuevo
milenio" de ítalo Calvino, una de las cuales es la brevedad.
Si a uno le dan poquito postre, le fascina. Si le dan molde
refractario y medio, uno se indigesta, y esto es un poco lo que
sucede con esta antología que de sus propios cuentos preparó el
autor Varón. Puede que esté contradiciendo a Blake (a quien admiro
como poeta y como casi profeta), pero es que 52 cuentos son, como
se diría en buena lengua bostoniana, “a little bit too
much”. Un poco demasiado.
Y saltando este escollo, en la medida en la que soy capaz de
hacerlo, ¿qué decir, entonces, de los cuentos mismos?
Primero hablemos de los temas: muerte, amor, mujeres desoladas y
más muerte y más mujeres desoladas y follones o, mejor, folladas, y
más muerte. En esta antología, Policarpo Varón parece evidenciar
que hay temas que lo obsesionan (¡y está en todo su derecho!)
pero aquí de nuevo, el exceso (¿lo ven? No pude saltar el
escollo) lo lleva a uno al cansancio, al hastío, a lo hostigoso, en
el sentido en que se utiliza esta palabra en ciertas regiones de
Colombia para referirse a una comida que, aunque buena, cuando es
mucha lo deja a uno "hostigado". No sólo el número de
cuentos hostiga, sino también que todos giren en torno a los mismos
temas. De esto sólo se salvan, más o menos, los dos o tres cuentos
dedicados a los perros (digo más o menos porque ahí también, aunque
el autor de alguna manera quisiera o hubiera podido evitarlo,
caemos en la reiteración del tema de la muerte).
En cuanto al tono, bueno, la nostalgia se cierne sobre toda la
antología como una lira destemplada que no termina de dar bien con
la melodía. Lo curioso es que son cuentos de diferentes épocas de
la escritura de Policarpo Varón, pero todos ellos, y esto aplica
también a lo de los temas, parecen complacerse en el recuerdo de lo
que pudo haber sido y no fue, en las casas donde "ya no vive
nadie en ellas", en los árboles que lloran porque también
tienen alma y en el dolor hecho recuerdo por un autor que
ciertamente muestra sensibilidad hacia esas épocas de antaño
signadas por la violencia y de las que no parecemos haber salido
nunca. Ni siquiera la profusa literatura colombiana que gira en
torno a este tema en este tono nos ha hecho salir del laberinto del
general, atrapado en su propia invención de violencia y más
violencia.

Y del tono nostálgico del conjunto y cada una de sus partes
pasamos fácilmente a deducir la acción. Rever, es el verbo cientos
de veces utilizado por Varón a lo largo de sus cuentos, y es lo que
constituye la acción misma. Nada qué hacer. En la mayoría de los
cuentos nos la pasamos reviendo situaciones, claro, ya vividas,
desde el ojo del voyeur que se complace una y otra vez en ver lo
mismo. Más de lo mismo como con los niños que debían repetir los
años de la primaria antes de que existiera la reglamentación sobre
promoción automática, la cual, dicho sea de paso, apunta errada o
certeramente, no sabría evaluarlo, a subsanar la situación, ya
probada, de que más de lo mismo no arroja resultados positivos.

¿Cuál es entonces el resultado aquí? Lastimosamente, que
a uno le parece cuando está leyendo el cuento 35 que ya lo leyó
otras cuatro veces antes, que ya se lo sabe de memoria, que ya sabe
para dónde va el autor, que ya prevé el desenlace, que no hay nada
nuevo bajo el sol, como decían los egipcios. Que Ra gira y gira y
otra vez los mismos seres van a enfrentarse a las mismas
situaciones aunque tengan hoy otras máscaras, otros nombres, nuevos
pantalones, nuevas faldas. Quizá hay algo de sabiduría budista en
esto: de acuerdo con el Buda, los seres conscientes estamos
atrapados en el samsara, el círculo de la existencia, en el que nos
vemos forzados a repetir las mismas cosas hasta alcanzar la
liberación y la iluminación. Pero, tal vez, la literatura debería
ir para otro lado. Me explico: uno no aprende a punta de
reiteraciones. Y aquí tal vez la sabiduría del Buda y la literatura
se junten: hay que romper el círculo, mandar el samsara para el
carajo y, si no, pues ahí vamos a morir una y otra vez y nacer una
y otra vez atrapados en el mismo cuento.
¿Y porqué sospecho que a Policarpo (excúseme otra vez la
confianza, maestro) lo ha influenciado Henry Miller? Porque,
sinceramente siento que ha cooptado todos los temas de este autor.
Sexo, mujeres, hombres tomados por el deseo que persiguen siempre a
las mujeres y así hasta el infinito. Nada contra Miller, de hecho
me encanta, pero de lo que no estoy muy segura es del poder de la
cooptación. No sé si cuando esto se traslada a los trópicos
colombianos no se vuelve cansado, el eco del eco, del eco sin la
maravilla de la fuente.
Tal como he escrito hasta ahora, pareciera estarle dando, yo
también, demasiada madera a esta antología, recogida por el mismo
autor, y al releerme me da un poco de remordimiento. Con base en
esto, quiero aclarar que no todos los cuentos de Policarpo Varón,
aquí incluidos, me parecen malos. De hecho, en su estilo un poco
como de bosquejos de Henry Miller y García Márquez hay muchos
rescatables, hay algunos que logran penetrar en los personajes y
que dicen bastante de la condición humana, que retratan, como ya lo
dije antes, de manera si no magistral al menos bastante buena, la
violencia que ha desgarrado a este país y cuyos alcances ya son in
cuantificables e incalificables.
Otra cosa que gusta de estos cuentos es que hacen honor a un
latinazo que el autor cita en alguna parte: "Primun vivere,
deinde philosophare". Esto es inteligente cuando se trata de
filosofía, y esto sí lo logra muy acertadamente este escritor
tolimense: sus narraciones no caen en excesos filosóficos que
podrían hacerle cometer otro exceso, y es volverlos excesivamente
aburridos. Ésta es una de las críticas que se le han hecho a
Miller: que algunas de sus novelas a veces caen en pasajes
filosofantes que le quitan fuerza a la narración dejándolas a medio
camino entre El tiempo de los asesinos y una que otra
racionalización. Gracias a Policarpo Varón por no caer en tal
exceso.
No obstante, y antes de terminar estas líneas, quisiera
aconsejarle al escritor (excuse la confianza, maestro) que la
próxima vez no incluya tantos cuentos, que seleccione mejor los que
den muestra de diversos temas, motivos unificadores, tonos, y que
consiga un buen diseñador que le dé aire a su narrativa, y con
seguridad el resultado va a ser mucho mejor y muchos/as lectores/as
podremos apreciar la calidad de su pluma sin tener que estar
haciendo sumas y restas cada rato para saber cuántos cuentos hemos
leído y cuántos nos faltan para terminar.
MÍRIAM COTES BENÍTEZ