Ficha bibliográfica
Titulo:
Boletín Cultural y Bibliográfico Vol.42 No. 68 año 2005
Autores: Banco de la Republica
Edición original: Enero 2005
Edición en la biblioteca virtual: Julio de 2007
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Reseñas. Un fantasma recorre a Colombia. Es el fantasma de los discursos sobre la lectura

Un fantasma recorre a Colombia. Es el fantasma de los discursos sobre la lectura

La pasión de leer. Frontera seductora entre el sueño y la vigilia

Augusto Escobar Mesa
(coordinador académico)
Comiama/Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2002, 209 págs.

 

Un fantasma recorre a Colombia: es el fantasma de los discursos sobre la lectura. Por todas partes se habla de ella: en los centros académicos, en los exámenes del ICFES, en las canciones de moda, en los manidos discursos del gobierno y hasta en la televisión.

Los escritores, desde luego, no se podían quedar atrás en esta materia de su completa incumbencia y, para muestra, este botón. Sorprende, sin embargo, salvo una excepción honrosa, tanto lugar común al respecto, proviniendo sobre todo de la pluma de siete vates colombianos, entre los que se encuentran varios de los más representativos de la actualidad.

En realidad, la obra materia de esta reseña consta de doce trabajos presentados por autores colombianos a lo largo de 1999 en el marco de las denominadas "Jornadas de literatura" efectuadas en Medellín y algunos municipios de sus alrededores bajo el auspicio de Comfama. Pero, afortunadamente, dicha obra se halla dividida en dos partes: "El escritor y sus lecturas", constituida por ocho apologías del libro de las que forman parte las siete lamentables divagaciones de los autores mencionados; y "Perspectiva de la literatura colombiana de finales del siglo XX", cuyo tema restringido no se presta mucho para especular.

Para confirmar la apreciación planteada, parto, en concreto, de una de William Ospina que aparece en su respectivo trabajo de este libro -y quien, por cierto, no la asume para el caso-, la cual también suscribo y aplico ahora, adelantando su veracidad, para mal de las citadas divagaciones: "... ya decía Coleridge que el goce de la literatura exige una suspensión voluntaria de la incredulidad. Claro que se requiere para eso que la obra colabore. Hay obras que no le ayudan a uno a suspender voluntaria mente esa incredulidad..." (pág. 102). Pero vayamos en orden:

El primer lugar de tal orden lo ocupa, desde luego, el prólogo, realizado por Augusto Escobar Mesa. En él se hace la presentación del programa del que surgieron los textos que conforman el libro, así como un resumen de los mismos. Y todo ello estaría bien si no fuera por el pretencioso e incoherente apartado que, bajo el rótulo de "La literatura, los libros: arcanas memorias del hombre", los precede. Considere el lector la conexión de las ideas y frases de este primer párrafo:

Todo libro, así recién se exhiba en los anaqueles de las librerías, es memoria, impronta del hombre, de la naturaleza y las cosas en su paso por el tiempo. Tiene la virtud de abolir el tiempo como unidad cronológica y poner a coexistir las tres dimensiones: presente, que es en su aparición y contingencia, y de inmediato deja de ser porque ya le pertenece a los lectores -reales,  posibles-y al pasado del escritor; pasado porque es historia, memoria condensada, y futuro, por su virtualidad: se reactualiza cada vez que un lector vuelve sobre él o invita a otros a presencializarlo.

Si se trata de comprender el significado de este párrafo a partir de las dos ideas, marcadas por el punto seguido, que contiene el mismo, se ha de convenir, en principio, que la segunda es una explicación de la primera: Idea 1: Todo libro, aún el más nuevo, es memoria (recuerdo o pervivencia del pasado), impronta humana y de las cosas (marca o persistencia del pasado en el transcurso del tiempo).

Lo anterior significa que: (Idea 2, la cual aparece propuesta como explicación de la primera) El libro, en cuanto memoria o impronta del tiempo, constituye la abolición de dicho tiempo, en la medida en que en él convergerían sus tres dimensiones (presente, pasado, futuro).

Pero, si el libro es pasado, memoria, parte del tiempo, ¿cómo es que, de igual modo, puede abolir tales dimensiones del tiempo y, en particular, el pasado? Con otras palabras, si esto fuera así, si no existiera el tiempo, una de cuyas dimensiones sería el pasado, ¿cómo podría ser el libro memoria, impronta de dicho pasado?

Se puede aceptar, en todo caso, que este primer párrafo guarde ciertos arcanos discursivos, algo así como esas estrategias de que se valen los narradores para intrigar a los lectores, y continuar así con la lectura. Pero, por desgracia, no hay tal. Pues el siguiente párrafo, que tendría que conectarse con el primero de algún modo, arranca con una afirmación que por repetir dos palabras del anterior {libro y memoria) pareciera, en efecto, relacionarse con él; pero de inmediato se muestra completamente ajena porque toma un rumbo inesperado al relacionar el libro no con el tiempo o la memoria sino con la totalidad universal:

Cuando Borges sostenía que los libros eran "una extensión de la memoria y de la imaginación"  (1008:4), ponía en funcionamiento aquella idea de Mallarmé, ya de dominio universal, de que el objeto del universo es el libro porque sus páginas abiertas lo contienen todo. Ellos son las piedras fundacionales sobre las que se han erigido los innúmeros y cambiantes órdenes del universo. Son, a su vez, la impronta del tiempo trascendido que afirma la razón de ser humana: homo loquens, homo sapiens, homo scribens.

La verdad es que, aun tratando de ser el más cooperativo lector, obviando, por ejemplo, la muy arbitraria relación entre la frase de Borges, referida al libro como instrumento que permite extender la memoria e imaginación con la idea del libro total suscrita por Mallarmé, y asumiendo, además, que en la afirmación de que un libro "lo contiene todo" se halla implícita una relación con la última frase del párrafo previo en el sentido de que ese "contener todo" equivale al "presente, pasado y futuro" de que se ha hablado antes de manera bastante arcana, la siguiente expresión -"Ellos son las piedras fundacionales sobre las que se han erigido los innúmeros y cambiantes órdenes del universo"- vuelve a atentar contra la frágil coherencia que el lector paciente y solidario ha tratado de dar al texto. Esto porque la metáfora que ahora asume al libro como "piedra fundacional" no casa con la idea de totalidad, sino más bien con un origen o principio, lo cual es muy distinto. Para rematar, este esfuerzo del lector se viene completamente a pique con las siguientes frases, las cuales, de un lado, por la presencia de la expresión adverbial, "a su vez", dan a entender que sólo en este momento se está relacionando este párrafo con el primero al utilizarse de nuevo la palabra impronta; y, del otro, con la aparición de tres ideas nuevas que no se sabe de dónde surgen ni se explican posteriormente: el libro como impronta del tiempo trascendido (idea 1), que (idea 2) afirma la razón de ser humana, que es, a su vez (idea 3), homo loquens, sapiens y scribens.

La verdad es que es una cuestión muy difícil de comprender esta primera parte del prólogo de La pasión de leer. Algo así como el significado de la expresión: "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace de tal manera mi razón enflaquece que con razón me quejo de la vuestra fermosura", en cuyo discernimiento se extravió para siempre la lucidez de Alonso Quijano, ejemplo suficiente para no seguir indagando.

Pero, no obstante, toca continuar, ahora para señalar cómo la incoherencia de este prólogo se agudiza cuando aparecen las citas o alusiones de autoridad que generalmente tienen el defecto de no engranar en el discurso o de sobreabundar. Con relación a lo primero, ya he señalado la manera extraña como se han unido las palabras de Borges y las de Mallarmé con relación al libro; de lo segundo, la sobreabundancia, da cuenta el siguiente párrafo:

La inasibilidad es la virtud de los libros, pero también lo son su "numinosidad" y "obsequiosidad" (Steiner, 1997: 21), al ofrendarse a diario y sin límite en un ritual que hace presente la memoria de los otros y lo otro (palimpséstica). "En cada libro hay una apuesta contra el olvido" (Steiner, 1997: 2^). Los libros iluminan a los espíritus abiertos y de distinta manera sin agotarse nunca. Acercarse a ellos es adentrarse en muchas otras vidas (Mutis, 1988:31). Ellos eliminan las fronteras entre la comunidad humana, pero igualmente despiertan la conciencia para la autorreferencialidad y la diferenciación; son transparencias a través de las cuales se perciben mundos mediatos y otros más distantes que enriquecen el espíritu y contribuyen a la identificación con otros seres que se expresan de modo diferente [Canetti]. Son, según Paz, el signo mayor de nuestra condición (1997: 15) y expresión diferenciada y esencial de la especie. El hombre es un ser de palabras, y éstas, el umbral del universo humano (Gusdorf, 1986:6).

¡Seis citas en un párrafo de doce líneas de una cuartilla estándar!, cada una de cuyas frases son prácticamente fusilamientos más bien deshilvanados de expresiones ajenas. Claro que, en este sentido, nada supera el muy precisamente llamado "El elogio de la sombra" de Saúl Sánchez Giraldo, mas no por su pretendida remisión al texto del argentino ciego sino por su negación cabal de la claridad comunicativa. ¡Qué capacidad para citar autor tras autor que, aparte del evidente afán de ostentar lecturas, poco o nada tiene que ver con los asuntos concretamente discutidos! Valdría la pena que Sánchez Giraldo lea o relea el prólogo de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha sólo para que él mismo haga el ejercicio de verificar si en su vana apología de la lectura acaso se le escapó algún autor del vademécum intelectual.