Reseñas. Un fantasma recorre a Colombia. Es el fantasma de
los discursos sobre la lectura
Un fantasma recorre a Colombia. Es el fantasma de los
discursos sobre la lectura
La pasión de leer. Frontera seductora entre el sueño y
la vigilia
Augusto Escobar Mesa
(coordinador académico)
Comiama/Editorial Universidad de Antioquia, Medellín, 2002, 209
págs.
Un fantasma recorre a Colombia: es el fantasma de los discursos
sobre la lectura. Por todas partes se habla de ella: en los centros
académicos, en los exámenes del ICFES, en las canciones de moda, en
los manidos discursos del gobierno y hasta en la televisión.
Los escritores, desde luego, no se podían quedar atrás en esta
materia de su completa incumbencia y, para muestra, este botón.
Sorprende, sin embargo, salvo una excepción honrosa, tanto lugar
común al respecto, proviniendo sobre todo de la pluma de siete
vates colombianos, entre los que se encuentran varios de los más
representativos de la actualidad.
En realidad, la obra materia de esta reseña consta de doce
trabajos presentados por autores colombianos a lo largo de 1999 en
el marco de las denominadas "Jornadas de literatura"
efectuadas en Medellín y algunos municipios de sus alrededores bajo
el auspicio de Comfama. Pero, afortunadamente, dicha obra se halla
dividida en dos partes: "El escritor y sus lecturas",
constituida por ocho apologías del libro de las que forman parte
las siete lamentables divagaciones de los autores mencionados; y
"Perspectiva de la literatura colombiana de finales del siglo
XX", cuyo tema restringido no se presta mucho para
especular.

Para confirmar la apreciación planteada, parto, en concreto, de
una de William Ospina que aparece en su respectivo trabajo de este
libro -y quien, por cierto, no la asume para el caso-, la cual
también suscribo y aplico ahora, adelantando su veracidad, para mal
de las citadas divagaciones: "... ya decía Coleridge que el
goce de la literatura exige una suspensión voluntaria de la
incredulidad. Claro que se requiere para eso que la obra colabore.
Hay obras que no le ayudan a uno a suspender voluntaria mente esa
incredulidad..." (pág. 102). Pero vayamos en orden:
El primer lugar de tal orden lo ocupa, desde luego, el prólogo,
realizado por Augusto Escobar Mesa. En él se hace la presentación
del programa del que surgieron los textos que conforman el libro,
así como un resumen de los mismos. Y todo ello estaría bien si no
fuera por el pretencioso e incoherente apartado que, bajo el rótulo
de "La literatura, los libros: arcanas memorias del
hombre", los precede. Considere el lector la conexión de las
ideas y frases de este primer párrafo:
Todo libro, así recién se exhiba en los anaqueles de las
librerías, es memoria, impronta del hombre, de la naturaleza y las
cosas en su paso por el tiempo. Tiene la virtud de abolir el tiempo
como unidad cronológica y poner a coexistir las tres dimensiones:
presente, que es en su aparición y contingencia, y de inmediato
deja de ser porque ya le pertenece a los lectores -reales,
posibles-y al pasado del escritor; pasado porque es historia,
memoria condensada, y futuro, por su virtualidad: se reactualiza
cada vez que un lector vuelve sobre él o invita a otros a
presencializarlo.
Si se trata de comprender el significado de este párrafo a
partir de las dos ideas, marcadas por el punto seguido, que
contiene el mismo, se ha de convenir, en principio, que la segunda
es una explicación de la primera: Idea 1: Todo libro, aún el más
nuevo, es memoria (recuerdo o pervivencia del pasado), impronta
humana y de las cosas (marca o persistencia del pasado en el
transcurso del tiempo).
Lo anterior significa que: (Idea 2, la cual aparece propuesta
como explicación de la primera) El libro, en cuanto memoria o
impronta del tiempo, constituye la abolición de dicho tiempo, en la
medida en que en él convergerían sus tres dimensiones (presente,
pasado, futuro).
Pero, si el libro es pasado, memoria, parte del tiempo,
¿cómo es que, de igual modo, puede abolir tales dimensiones
del tiempo y, en particular, el pasado? Con otras palabras, si esto
fuera así, si no existiera el tiempo, una de cuyas dimensiones
sería el pasado, ¿cómo podría ser el libro memoria, impronta
de dicho pasado?
Se puede aceptar, en todo caso, que este primer párrafo guarde
ciertos arcanos discursivos, algo así como esas estrategias de que
se valen los narradores para intrigar a los lectores, y continuar
así con la lectura. Pero, por desgracia, no hay tal. Pues el
siguiente párrafo, que tendría que conectarse con el primero de
algún modo, arranca con una afirmación que por repetir dos palabras
del anterior {libro y memoria) pareciera, en efecto, relacionarse
con él; pero de inmediato se muestra completamente ajena porque
toma un rumbo inesperado al relacionar el libro no con el tiempo o
la memoria sino con la totalidad universal:
Cuando Borges sostenía que los libros eran "una
extensión de la memoria y de la imaginación" (1008:4),
ponía en funcionamiento aquella idea de Mallarmé, ya de dominio
universal, de que el objeto del universo es el libro porque sus
páginas abiertas lo contienen todo. Ellos son las piedras
fundacionales sobre las que se han erigido los innúmeros y
cambiantes órdenes del universo. Son, a su vez, la impronta del
tiempo trascendido que afirma la razón de ser humana: homo loquens,
homo sapiens, homo scribens.
La verdad es que, aun tratando de ser el más cooperativo lector,
obviando, por ejemplo, la muy arbitraria relación entre la frase de
Borges, referida al libro como instrumento que permite extender la
memoria e imaginación con la idea del libro total suscrita por
Mallarmé, y asumiendo, además, que en la afirmación de que un libro
"lo contiene todo" se halla implícita una relación con la
última frase del párrafo previo en el sentido de que ese
"contener todo" equivale al "presente, pasado y
futuro" de que se ha hablado antes de manera bastante arcana,
la siguiente expresión -"Ellos son las piedras fundacionales
sobre las que se han erigido los innúmeros y cambiantes órdenes del
universo"- vuelve a atentar contra la frágil coherencia que el
lector paciente y solidario ha tratado de dar al texto. Esto porque
la metáfora que ahora asume al libro como "piedra
fundacional" no casa con la idea de totalidad, sino más bien
con un origen o principio, lo cual es muy distinto. Para rematar,
este esfuerzo del lector se viene completamente a pique con las
siguientes frases, las cuales, de un lado, por la presencia de la
expresión adverbial, "a su vez", dan a entender que sólo
en este momento se está relacionando este párrafo con el primero al
utilizarse de nuevo la palabra impronta; y, del otro, con la
aparición de tres ideas nuevas que no se sabe de dónde surgen ni se
explican posteriormente: el libro como impronta del tiempo
trascendido (idea 1), que (idea 2) afirma la razón de ser humana,
que es, a su vez (idea 3), homo loquens, sapiens y scribens.
La verdad es que es una cuestión muy difícil de comprender esta
primera parte del prólogo de La pasión de leer. Algo así como el
significado de la expresión: "La razón de la sinrazón que a mi
razón se hace de tal manera mi razón enflaquece que con razón me
quejo de la vuestra fermosura", en cuyo discernimiento se
extravió para siempre la lucidez de Alonso Quijano, ejemplo
suficiente para no seguir indagando.

Pero, no obstante, toca continuar, ahora para señalar cómo la
incoherencia de este prólogo se agudiza cuando aparecen las citas o
alusiones de autoridad que generalmente tienen el defecto de no
engranar en el discurso o de sobreabundar. Con relación a lo
primero, ya he señalado la manera extraña como se han unido las
palabras de Borges y las de Mallarmé con relación al libro; de lo
segundo, la sobreabundancia, da cuenta el siguiente párrafo:
La inasibilidad es la virtud de los libros, pero también lo
son su "numinosidad" y "obsequiosidad"
(Steiner, 1997: 21), al ofrendarse a diario y sin límite en un
ritual que hace presente la memoria de los otros y lo otro
(palimpséstica). "En cada libro hay una apuesta contra el
olvido" (Steiner, 1997: 2^). Los libros iluminan a los
espíritus abiertos y de distinta manera sin agotarse nunca.
Acercarse a ellos es adentrarse en muchas otras vidas (Mutis,
1988:31). Ellos eliminan las fronteras entre la comunidad humana,
pero igualmente despiertan la conciencia para la
autorreferencialidad y la diferenciación; son transparencias a
través de las cuales se perciben mundos mediatos y otros más
distantes que enriquecen el espíritu y contribuyen a la
identificación con otros seres que se expresan de modo diferente
[Canetti]. Son, según Paz, el signo mayor de nuestra condición
(1997: 15) y expresión diferenciada y esencial de la especie. El
hombre es un ser de palabras, y éstas, el umbral del universo
humano (Gusdorf, 1986:6).
¡Seis citas en un párrafo de doce líneas de una cuartilla
estándar!, cada una de cuyas frases son prácticamente fusilamientos
más bien deshilvanados de expresiones ajenas. Claro que, en este
sentido, nada supera el muy precisamente llamado "El elogio de
la sombra" de Saúl Sánchez Giraldo, mas no por su pretendida
remisión al texto del argentino ciego sino por su negación cabal de
la claridad comunicativa. ¡Qué capacidad para citar autor
tras autor que, aparte del evidente afán de ostentar lecturas, poco
o nada tiene que ver con los asuntos concretamente discutidos!
Valdría la pena que Sánchez Giraldo lea o relea el prólogo de El
ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha sólo para que él mismo
haga el ejercicio de verificar si en su vana apología de la lectura
acaso se le escapó algún autor del vademécum intelectual.