Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 27, Volumen XXVIII, 1991

El equívoco de la literatura infantil


Torta de cumpleaños: Historias de Eusebio,
Ivar da Coll. Ilustraciones del autor.
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1989, 21 págs.

Tengo miedo: Historias de Eusebio II
Ivar da Coli. Ilustraciones del autor.
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1989, 3 págs.

Garabato: Historias de Eusebio, II.
Ivar da Col!. Ilustraciones del autor.
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1990, 32 págs.

Isabel en invierno
Antonio Caballero. Ilustraciones del autor.
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1989, 24 págs.

Pegale duro, Joey
Beatriz Caballero. Ilustraciones de Ernesto Díaz
Carlos Valencia Editores, Bogotá. 20 págs.

Conjuros y sortilegios
Irene Vasco, Cristina López ilustraciones de
Cristina López
Carlos Valencia Editores, Bogotá, 1990, 24 págs.

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Si pretendo suponer que por primera vez oigo mencionar el término literatura infantil, que ignoro de qué se trata y que, por lo tanto, no puedo hacer cosa distinta de especular respecto a su significado, establecería alrededor de él las siguientes relaciones: en principio, una evidente familiaridad entre esta clase de literatura y el sentido y las formas del arte primitivo, la expresión mítica y folclórica de los pueblos. Supondría que lo que denominan literatura infantil no ha de ser otra cosa que la expresión primera de la percepción que el hombre pequeño tiene de su entorno, es decir, de aquello que constituye su realidad. Supondría que, así como el hombre primitivo hace suyo el mundo al lograr su abstracción representándolo en la cueva, en la piedra, en sus mitos, el hombre pequeño hace lo propio: se adueña de lo que constituye su realidad, la hace suya al darle un primer nombre, al otorgarle un orden y al expresar por vez primera su percepción. Presumiría, por otra parte, que entre las características de la expresión de aquello que puede considerarse como una relación primigenia se encuentra, de un lado, aquel elemento inherente a toda creación original, la inocencia —nada tiene que ver con la ingenuidad—, y de otro, la poesía y la magia.

Inocencia, poesía, magia. Me encuentro con cinco textos todos ellos clasificados bajo el rótulo de literatura infantil; éstos, en mayor o menor grado, se encargan de desmentir en forma contundente cada una de las conjeturas esbozadas arriba. Las creaciones de literatura infantil, al contrario de lo que había previsto, nada tienen que ver con la expresión del intento que hace el primer hombre—niño— por dar nombre y forma, sentido y coherencia al mundo. O mejor, silo hacen; es, en efecto, el niño el artífice, aun cuando, en verdad, se encuentra algo pasado de años —un retraso en el tiempo de veinte, treinta años quizá—; la manifestación de ese supuesto primer acercamiento, entonces, tiene lugar demasiado tarde, ha perdido frescura y, por lo tanto, carece de vigencia. La literatura infantil parecería ser, si me ciño con exclusividad a los textos aquí reseñados, el intento más bien fallido de un adulto que importa su percepción del mundo y su voz con la pretensión de dar cuenta del imaginario infantil.

Puesto que parece evidente que esta "literatura" no tiene que ver con aquello que surge de la imaginación infantil, sino más bien con la interpretación que de ésta elaboran los adultos, acudo entonces a una segunda referencia:  los clásicos de las letras infantiles, Andersen, Perrault, los hermanos Grimms Rafael Pombo. Sin embargo, en ellos encuentro lo que para Héctor Rojas Herazo constituye la verdadera creación: "el resultado de una alianza afortunada ente la inocencia y el terror" 1 .Y encuentro, además, aquellas características que había mencionado como propias de lo que suponía una creación primigenia y que había extrañado en los textos objeto de esta reseña: inocencia, poesía y magia que la nueva literatura infantil parece reemplazar, en su orden, por una ingenuidad a todas luces falsa; por la presencia de un mundo plano, unívoco, en el cual la imaginación resulta ser una osadía o bien una impertinencia y, por último y en consecuencia, por la negación de la magia. Lo anterior lleva a concluir que no puede ser esta "literatura" la que logre descifrar de un lado y poblar de otro la imaginación infantil y aún menos la que persista en la memoria del niño a través de los años, como lo hicieran los cuentos clásicos o las historias de las abuelas narradas bajo la complicidad de altos techos y al ritmo de una mecedora que cruje.

Vamos a los textos que han dado lugar a estas reflexiones. En primer término, a dos que ilustran bien una de las más graves carencias de la nueva "literatura infantil": su capacidad de persistir, a pesar del tiempo o en virtud de él, en la memoria del lector.

El primero es Isabel en invierno; su personaje —una niña de dos años que en compañía de la muchareja y del osito Nicolás decide ir a visitar los peces del parque del Retiro— es la hija del autor e ilustrador Antonio Caballero. En principio, Isabel en invierno no pretendía ser otra cosa que un mensaje de padre a hija, una especie de homenaje, de tributo. Sin embargo, tanto autor como editor obvian el carácter privado de un lenguaje cómplice y lo hacen llegar al público como literatura infantil.

El segundo es un texto que busca dar lecciones y dejar moralejas pero sin la gracia de las fábulas de Esopo, de Samaniego o de las muy cortas de Monterroso. Se trata de Pégale duro, Joey de Beatriz Caballero, con ilustraciones de Ernesto Díaz. La dicotomía civilización y barbarie —algo trillada, por cierto, así en este caso se imponga la selva sobre la ciudad— son vistos a través de bey y su relación con una boa, de su vida en la selva, de su paso aleccionador por la ciudad y finalmente, como buen hijo pródigo, de su vuelta al origen.

Otro de los textos de la colección infantil de Carlos Valencia Editores, que bien puede ser descrito como un manual para aprendices de brujo, es Conjuros y sortilegios, recopilación de Irene Vasco y Cristina López. Rescata hasta cierto punto los ingredientes mágicos perdidos de la literatura infantil —un poco de hadas, brujas, sapos, otro poco de luna, dragones y noches—, los mezcla en versos rimados que facilitan su aprendizaje aguzando el oído y remata con el logro de una relación justa entre imagen y palabra. Estas, las palabras, aquí casi recobran algo fundamental en el ámbito de la literatura infantil y, por supuesto, de cualquier otro género: el sentido del juego, sus efectos mágicos y su justa relación con las imágenes.

La historia de Ivar da Coll es otra. Es otra en lo que concierne a los tres textos objeto de esta reseña pero sobre todo en lo que tiene que ver con su trayectoria de ilustrador/creador. Existen ilustradores para la ocasión cuyos dibujos no van más allá de la trascendencia que logran los textos a los que tan sólo sirven de compañía; otros cuyas ilustraciones demeritan a las palabras o al revés; otros que, por el contrario, logran una perfecta adecuación entre palabra e imagen terminan— do ambas por enriquecerse y, pos último, otros cuyas ilustraciones señalan la creación de un mundo que se basta porque es capaz de sugerir no sólo el texto que habría de corresponderle sino además otros posibles.

Los dos últimos casos describen el trabajo de Da Cali. Para él el sentido de la ilustración parece estar ligado al de la creación, entendida esta como un fin en sí misma. La ilustración pierde el carácter accesorio que con frecuencia se le imprime. Quizá la característica más importante de su trabajo sea la intención de crear con sus ilustraciones "personajes" consistentes, duraderas, es decir, en hacer que éstos se conviertan en clara referencia para el lector, en lograr que abandonen su condición de simples estampas de ocasión para convertirse en "individuos" con rasgos inequívocos y portadores de una historia.

Esta característica, a su vez, encuentra dos momentos: el primero (es el caso de la serie del Chigüiro), cuando sus dibujos no sostienen o ilustran un texto sino que son ellos mismos los que lo sugieren; las imágenes visuales son autosuficientes y proponen, tan sólo a través de su expresividad, una especie de continuidad narrativa. El segundo, por cierto menos afortunado que el anterior, es representado por la trilogía Historias de Eusebio. Digo menos afortunado porque lo que lo caracteriza, la aparición del texto que ocurre aquí por primera vez, parece restarles a las imágenes no importancia pero sí fuerza. Visualmente no se les puede hacer objeción alguna; pero han perdido, acaso porque acompañan un texto o porque un texto las enmarca, el antiguo poder de sugerir.

La pobreza de la que podría llamarme "nueva literatura infantil" no se explica porque ésta sea producto o no del que es poseedor de una imaginación primigenia, es decir, no puede explicarse por considerarla el resultado de la interpretación que hace el adulto del mundo infantil. Se debe más bien a que éste en ocasiones ignora que no se trata tan sólo de descifrar, interpretar y recrear el mundo del niño, sino de aportar elementos a la imaginación de un universo ya de por sí harto complejo. Se debe no tanto a que el adulto haya perdido la voz y el recuerdo de la infancia, sino más bien a que no tiene presente que "su recuerdo es asunto de grandes poetas. De los que han podido soportar, sin inmutarse ni retroceder, su patético resplandor".

CLAUDIA CADENA SILVA

 

1 Véase Héctor Rojas Herazo "Los centinelas del hambre", en Magazín Dominical de El Espectador. nám. 415, 7 de abril de 1991, pág. 20. Las atas que aparecen mis adelante forman parte de la misma publicación. (regresar1)