Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
Pre-texto para (no)
presentar libros de poesía
Con la venia de los heliotropos de Eugenia
Sánchez Nieto Yuyin, El mar y las
palabras
de Jorge Marel, Viento plateado de Walter Azula.
Tiempo y piel de Víctor Paz y Detrás del tiempo de
Reinaldo Salguero.
Presentar el nuevo libro de un poeta es,
para mí, más que una responsabilidad, una irresponsabilidad. Y si en lugar de uno son
cinco, entonces no me alcanzará lo que me queda de vida para pagar la cadena perpetua de
mi quíntuple culpa.
Porque presentar un libro en pocas palabras,
con las limitaciones propias y ajenas, es entre otras cosas suplantar
abusivamente al autor, adelantándose a la alegría que éste quiere participar con la
revelación de su primicia. Si, como en la mañida frase, el traductor traiciona al
traducido, el presentador, que es también un intérprete, por más que sea en el propio
idioma, altera y distorsiona, compendia y mutila, aunque lo haga de la mejor y descontada
buena fe. Porque prejuzga y predispone o lo que es peor manosea amistosamente
cuando media esta relación al autor que, entregada su confianza, ocupa el
banquillo y no viene preparado para defenderse de un fiscal, menos de un impreparado
abogado de oficio. El amigo favorece muchas veces con una interpretación generosa (y hay
elogios que matan) pero injusta, no por lo que estima sino por lo que
escatima. Pero es más temeraria aún la actitud del crítico, que salta a la palestra
armado de todas sus armas para defender sus propias convicciones y después, a la luz bien
acondicionada de ellas, donarle o perdonarle la vida al oficiante. Eliot dice que cuando
el crítico es además poeta, siempre se sospecha si la finalidad de sus afirmaciones no
será otra que la justificación de su propia práctica poética.
En su libro Leer poesía dice el mexicano Gabriel Zaid que
lo que unos lectores nos digamos unos a otros puede ser muy útil, inclusive
determinante. Pero lo mejor de la conversación no es pasar tal juicio o tal receta: es
compartir la animación del viaje. Inclusive en un recital llegó a hacer esta
propuesta: ¿Por qué, en lugar de presentar el poeta a sus oyentes, no
se hace lo contrario? Eso dice Zaid debería dar al menos un poco más de
verdad entre unas cuantas personas. Estaríamos más cerca del proceso por el cual,
inevitablemente, la poesía la hacemos todos, con nuestra capacidad (o incapacidad) de
leer (o de escuchar).
No voy, pues, a presentarlos, sino a
saludarlos.
Y a ustedes, amigos, no les voy a contar
como debería hacerlo el periodista que siempre y nada más he sido dónde vio
la luz (pues nunca la ha visto) Walter Azula, cuando conocí a Yuyín, cómo se llama
Jorge Marel, por qué dobla en inglés su libro Paz Otero o cuáles son los poetas
predilectos de Reinaldo Salguero. Ni siquiera diré el nombre de sus libros, ya que cada
uno se identificará y, para confirmar la eterna verdad de cada día y de esta noche, por
sus obras los conoceréis. Pero, con la venia de los heliotropos, convoco en
esta casa oficial de los poetas muertos a los que van a morir, para que, antes que ello
suceda, nos encontremos con la vida de manos a boca y nos identifiquemos todos, en soledad
acompañada, en este grato lugar común de la poesía... No vamos a juzgarlos, sino a
disfrutarlos. Compartamos con ellos, como aconseja Zaid, la animación del
viaje.
Traspasemos con Eugenia Sánchez esa línea
indecisa de sombras y de asombros, esa noche sin alba, ya advertidos por ella de que
en el sueño cualquier cosa puede suceder. Con los amantes de la noche,
busquemos el lado oculto de la vida, donde la transgresión confiesa su inocencia, miremos
el otro lado del espejo aunque tengamos que decir con ella: iQué duro despertar
entre los muertos!.
Abramos el urgente telegrama en que Jorge
Marel nos cuenta que se debate sin red ni salvavidas en un mar de tormentas y tormentos.
Recorramos en su búsqueda el negro litoral de sus desamparadas confesiones. Es que en las
aguas de su poesía no flotan peces sino náufragos.
Con Walter Azula abramos las ventanas de su
noche hacia dentro, la fiesta del color de todos los sentidos. Es difícil pensar que el
poeta es ciego cuando hace alarde de que lo ve todo, de que ve más que todos: ¿Por
qué tus párpados se cierran cuando quiero mirar tu alma?. Sólo él sigue,
absorto, el vuelo de un planeta que dormido arrastra en su viaje el amanecer de un
nuevo día.
A flor de piel amante llega Víctor Paz con
su lluvia de soles calcinados.
El amor es tan sólo la piel que se renueva,
y el tiempo es el instante de sueño detenido que rueda hacia la nada. En busca de lo
esquivo y de lo efimero, sabe que el tiempo es piel que se eterniza.
Y Reinaldo Salguero sublimiza los actos de
la vida, sencillamente, con el dolor de querer y de estar vivo En el altar de sus
poetas y de sus íntimos afectos, toca en su inspiración un arpa herida.
Levanta el edificio de sus sueños y hace un voto de amor, fe y esperanza en nosotros y el
futuro. Por eso, para terminar, nada mejor que estas palabras suyas: "no vamos a
cerrar la puerta cuando la luz está empezando a entrar... "
Queda instalada así esta pequeña asamblea
constituyente de la poesía, legitimizada por Shelley cuando dijo, en un momento de
exaltación: Los poetas son los ignorados legisladores del mundo.
ROGELIO ECHAVARRIA |