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Boletín Cultural y
Bibliográfico , Número
26, Volumen XXVII, 1990
LA MUERTE DE
GERMAN VARGAS CANTILLO
Dejó de escribir Un día más
A la edad de 72 años murió el periodista y
escritor Germán Vargas Cantillo. Fue uno de los intelectuales más brillantes de nuestro
país y descubridor de talentos, que entregó su vida a la literatura y el periodismo.
La imagen que muchos tienen de él es la de un
hombre serio y de mirada inquisidora con la que trataba de adivinar los sentidos más
ocultos de las palabras, las personas y las cosas. Ello quizá le ayudó a darse cuenta de
los valores que ocultaban los libros de sus amigos, y sus amigos siempre afirmaron que sus
juicios eran certeros, amables, contundentes y sin duda realizados con el sentido de la
amistad. Por eso cuando Gabriel García Márquez clamaba por una opinión en la cual creer
y aceptar, no dudaba en pedírsela a Germán Vargas Cantillo.
Nació en 1919 en
Barranquilla, la mitológica ciudad de arena y de mar que pasó de pueblo a metrópoli al
ritmo de los
olores, los sabores y las algarabías propias de las gentes del Caribe. Ciudad que sirvió
a toda una generación paisa animarse a descubrir un territorio y un universo. Allí se
formó Germán Vargas, uno de los personajes que aparecen en Cien años de soledad. Animador, al lado de El cabellón Cepeda, Alfonso Fuenmayor, Alejandro
Obregón y García Márquez, entre otros, de la tertulia de La Cueva, sitio legendario donde una generación
descubrió el valor de la amistad, el alegato, la palabra colgada a la belleza, los
libros, la literatura y la importancia de perder el tiempo hablando de todo o de nada.
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Nunca supo, en aquel entonces,
que de esta generación se hablaría, como de los piratas y los bucaneros, por todos
lados. Por los barrios de Barranquilla, por los bares de mala y buena muerte, por los
lugares en
donde el pecado es una
manifestación deliciosa del alma, por los vientos del Caribe y hasta por la geilte que
miraba por encima del hombro y habitaba en mansiones frías rodeadas de pálidas
montañas.
Germán Vargas tuvo la fortuna de leer, primero
que todos, los originales de sus originales compañeros de farra, parranda, delicias,
lecturas y muchas otras cosas que el viento del mar y del río se tragó para siempre. Su
juicio era esperado con ansiedad. De sus lecturas había desarrollado un acendrado sentido
para encontrar calidad entre las apretadas letras de un texto literario. Su formación le
llevó a saborear, con exactitud, el valor y la calidad de un relato.
Además de ser profesor, dedicó gran parte de su
vida al periodismo. Allí se destacó por su equilibrio, por un sentido muy particular de
encarar el lenguaje. Lo suyo era la economía de las palabras, la capacidad para incitar
lecturas, el permanente llamado a la inteligencia del lector por su agudeza y su
profundidad. Crítico de mucha visión fue, entre muchos, un descubridor de obras y de
formas para ejercer el oficio de la literatura.
Escribió varios libros de gran importancia. Entre
ellos La violencia diez veces contada, Voces,
1917-1920 y Cinco semblanzas, entre otras.
Ayer, en forma silenciosa, se fue del mundo un hombre que todos los días con la
puntualidad de un ángel llegaba al periódico El Heraldo a escribir su columna Un día más.
Con su muerte, ha quedado
vacía otra silla en La Cueva: el amigo ha
marchado, como en su momento se
fue lLrisa explosiva de Cepeda
Samudio o muchos otros que, acodados en las mesas brillantes y aceitadas escribieron, casi
sin darse cuenta, páginas completas e inolvidables de la historia de un universo real y
maravilloso.
GILBERTO BELLO
(Tomado de: El Espectador
(Bogotá), mayo25 de 1991, pág. 9A).
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