Boletín Cultural y Bibliográfico , Número 20, Volumen XXVI, 1989

Lindos libros lúdicos


Cúcuru mácara
Adivineme ésta
Silvia Castriltón (comp.)

Editorial Norma, Bogotá, 1987 y 1988
 

 

Los libros de poesía folclórica compilada y seleccionada por Silvia Castrillón, Cúcuru mácara y Adivíneme ésta, ilustrados soberbiamente por los dibujantes Alekos (Cúcuru macara) y Edgar Rodez (Adivíneme ésta), que nos presenta la Editorial Norma, vienen a colaborar de manera muy precisa y sugestiva con el propósito compartido por muchas personas e instituciones, que buscan rescatar al libro, y en general a la cultura oral y literaria, del último rincón a que han sido relegados con el advenimiento de la cultura de imágenes masivas. El lenguaje —la palabra, en fin—, admitiendo la diversidad casi infinita que la noción de lenguaje cobija, fue y es, al menos en el nivel del desarrollo primero de cada individuo particular, una señal de evolución, de apropiación de una tradición referencial, de humanización. Sin embargo, se da el caso, y tal es el nuestro, que, por una amplísima gama de razones, el lenguaje deja de ser un agente dinamizador y se transforma en un reducto de formulaciones osificadas y dificultosas. La razón primordial, extraída del abanico de explicaciones de toda índole que dan razón de éste fenómeno, parecería ser que la apropiación del lenguaje se ha divorciado del placer, ha dejado de ser apasionante, entretenida, lúdica. Nuestros niños tienen que acostumbrarse demasiado rápido a un mundo poblado por cosas que no poseen más que un nombre, un sentido y una justificación. Nada más ajeno a la feliz diversidad de la niñez. 

Cúcuru mácara es un compendio de poesía folclórica que incluye retahílas:  

En la ciudad de Pamplona
hay una plaza;
en la plaza...
 

trabalenguas:

Era una madre godable,
pericotable y tantarantable...,

 

juegos, rondas y canciones:

Mambrú se fue a la guerra,
qué dolor, qué dolor, qué pena!
 

y coplas y rimas:

Un diablo se cayó a un pozo, otro diablo lo sacó...  

extraídos todos de nuestra tradición popular. Por su parte, en Adivíneme ésta contamos con ochenta y tres adivinanzas seleccionadas del millonario arsenal del ingenio colectivo. Contando con los dos libros, un educador, un padre de familia y, en fin, cualquier persona interesada o cualquier niño en edad escolar propicia puede hacer suya una parte representativa del hacer lingüístico de la comunidad. En las obras encontramos claramente enfatizad os los elementos más simples del lenguaje y, por ende, de las relaciones humanas fundamentales. El ritmo, la musicalidad que se vierten en cada una de estas adivinanzas y retahílas, nos advierte cómo en la infancia y en el saber común el lenguaje no es en principio un medio de uso y funcionalidad, sino un fin en sí mismo, que a sí propio se basta y nos ofrece placer, entretenimiento y cordialidad. Se habla para referirse al mundo, para indicar una situación con claridad y precisión, pero en principio se habla para compartir, para experimentar una cercanía, una fraternidad, en fin, para sentirnos —con otros— hombres. 

Son incontables las generaciones de colombianos que han aprendido a hablar el castellano, a desarrollar su memoria, a intuir una lógica interna en las cosas, que hace amable al mundo exterior y confiables a los seres humanos, mediante las repeticiones monocordes y rítmicas de los juegos de lenguaje. Esta reiteración del pálpito fundamental sobre el que reposa la vida misma es suficiente para garantizar un aprendizaje y una destreza que difícilmente se alcanza acudiendo al uso de metodologías más analíticas y mensurables pero mucho más frías. El niño entra, a través del gusto, a la apropiación del complejo infinito del lenguaje, y es bien sabido el poder decisorio de las primeras experiencias. 

Pim, pim, San Agustín,
la meca, la seca, la tortoleca. 
El hijo del rey pasó por aquí...
 

sin referir nada específico del mundo y sin pretender, por tanto, comprensión intelectual, prepara en una resonancia más íntima, acerca a la armonía y a la belleza, posibilita la futura complejidad de un hombre que, junto al utilitarismo y a la pragmática, cuente con la dimensión del gusto y del regocijo. 

De los libros que nos ofrece la Editorial Norma, no se nos puede pasar por alto referir el alto valor gráfico con que cuentan. Recordemos el afán infantil por los libros con láminas, con dibujos que ayuden a descifrar el misterio que el pequeño lector va a enfrentar.  

Entre dibujo y palabra
se teje una relación;
sin quemarle las pestañas
ensaya la solución.
 

Los ilustradores cuentan con su destreza profesional y con una “juventud” suficiente para dar vida a los textos en que se ocupan. Este trabajo editorial nos presenta una pulcritud a la altura de sus propósitos y abre la trocha por la que ha de transitar forzosamente nuestra cultura si pretende emerger con bien del ofuscamiento en que se encuentra.

 

RAFAEL MAURICIO MENDEZ BERNAL