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Seis
visiones sobre la política exterior de Betancur
Política exterior, ¿continuidad
o ruptura? Reseña de un debate
Gabriel Silva Luján
Cerec-Ceic Uniandes, Bogotá, 1985,
172 págs.
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Como lo índica el
título, esta obra es la transcripción organizada de un seminario sobre dos años de
política exterior del gobierno de Belisario Betancur, en el cual participaron nueve
especialistas, colombianos y extranjeros: Fernando Cepeda, Gerhard Drekonja, Luis Jorge
Garay, Marco Palacios, Dora Rothlisberger, Gabriel Silva, Klaus Schubert, Alvaro Tirado
Mejía, Juan Gabriel Tokatlián.
Si exceptuamos dos anexos finales "El ingreso de Colombia en los No
Alineados", que sc debe a Juan Tokatlián, y "Contadora: balance de dos
años", elaborado por Rodrigo Pardo, Gabriel Silva asumió la delicada tarea de
sintetizar y despersonalizar el pensamiento de los nueve participantes.
Digamos con el prologuista, Fernando Cepeda, que, a pesar del escrúpulo y, podemos
garantizarlo, de las precauciones del autor principal, deja cierta insatisfacción o
frustración la narración en estilo indirecto adoptada y que se traduce en las fórmulas
repetitivas "unos dicen... otros piensan...". Esto se debe a que los
participantes no presentaron exposiciones en forma sino que conversaron de manera más o
menos improvisada. De ahí también algunas repeticiones que difícilmente se podían
obviar.
Si omitimos los dos anexos señalados, la obra consta de seis capítulos:
1. Un poco de historia; 2. Los fundamentos de la política exterior de Belisario Betancur;
3. Política exterior, ¿continuidad o ruptura? 4. La política exterior y el proceso
político nacional; 5. La política exterior frente al interés nacional; 6.
Viabilidad de la política internacional. Son centrales los capítulos 3, 4 y 5.
Es un trabajo de lectura cómoda, fácil e indispensable, por su singularidad para
políticos, estudiosos en general y estudiantes de ciencia política en particular.
Dos interrogantes recorren la obra: ¿De qué política exterior hablamos? y ¿está ella
de acuerdo con el interés nacional colombiano?
Para responder el primer interrogante, el autor nos ofrece tres puntos de enfoque: la
realidad de la política exterior colombiana antes de Belisario Betancur y en particular
durante el Frente Nacional; la relación existente entre el discurso presidencial y la
realidad de esta política exterior; ¿es posible o deseable el consenso en la materia?
Conforme a la regla del juego antes enunciada. hay opiniones divergentes sobre las
características de la política exterior colombiana durante el Frente Nacional. Sin
embargo, parece existir cierta convergencia para enfocar la política inmediatamente
anterior a la de Belisario Betancur, la del presidente Turbay. De nuevo aparece el abanico
de opiniones entre los que opinan que el presidente Betancur retoma el curso iniciado por
Carlos Lleras y proseguido por Alfonso López (algo injustamente se silencia la obra de
Misael Pastrana) y los que piensan que, al contrario, hay una verdadera innovación con
Belisario Betancur y Rodrigo Lloreda.
Nos parece que en esta disyuntiva existe (págs. 28 y 29, en particular) confusión entre
política alineada y política de bajo perfil. Una política puede ser alineada, en el
caso concreto de Colombia con Estados Unidos, y tener a veces, y en cierto grado, alto
perfil. La creación de la Flota Mercante, el papel de Colombia en la Conferencia
Panamericana de Bogotá, al menos antes del 9 de abril, la participación en la guerra de
Corea..., para referirnos a épocas remotas, no eran precisamente señales de un bajo
perfil. Es probablemente más fructífera la hipótesis de que hubo una política exterior
frentenacionalista que, al obligar al consenso a las dos principales fuerzas políticas,
frenaba los impulsos nuevos e inclusive favorecía la fragmentación de una política
exterior en parte privatizada. De ahí que los repetidos cargos hechos a la cancillería
colombiana sean en parte injustos porque se crítica -con una generalización
abusiva el instrumento sin ver su funcionalidad dentro del sistema político
adoptado y, por lo tanto, de las misiones asignadas. De ahí también que determinados
elogios a las prácticas internacionales de la Federación Nacional de Cafeteros nos
parezcan un tanto exagerados. Esperemos que algún estudioso enriquezca nuestros
conocimientos sobre el manejo real de la política cafetera internacional con una docta
tesis, por ejemplo, sobre la triste experiencia de Pan Café S.A.
En cuanto a la relación entre las palabras y la realidad, sabemos desde antes de
Maquiavelo que ciertas medidas políticas se alimentan de la simulación. ¿Quién, antes
de devaluar la moneda, no desmentirá cualquier información al respecto? ¿Y que sólo a
los países distintos de las grandes potencias se les criticará el no poner las cartas
sobre la mesa?
Ciertamente, del dicho al hecho hay mucho trecho; distan no poco los propósitos de las
realizaciones. Por ejemplo, nos parece que la política internacional esbozada por
Belisario Betancur tropezó tanto con la férrea determinación de Ronald Reagan de
impedir el libre juego a cualquier iniciativa que no se ajustara a su voluntad, como con
el debilitamiento de organismos multilaterales de naturaleza diversa como los No
Alineados, los 77, el Sela, la Cepal, en razón, sobre todo, pero no exclusivamente, de la
crisis económica internacional. ¿Cómo promover una política que necesita la
multilateralidad, cuando los organismos multilaterales, por un lado, y la voluntad de
actuación de los estados, por otro, se debilitan? Los participantes en el seminario
apuntan muy bien este cambio de guardia impuesto por las circunstancias en los países del
subcontinente con los cuales hubiera querido asociarse Colombia. Por eso en repetidas
ocasiones los hechos no siguieron al discurso: se vio claramente en el problema de la
deuda externa esbozado en la Conferencia de Cartagena.
La ruptura del relativo y ambiguo consenso interno puede también ser un factor
explicativo de esta distanlabras y hechos.
El consenso viene a ser un punto clave de la comprensión de la política exterior
colombiana y se relaciona con el interés nacional. En el pasado estuvo más implícito
que explícito. Hoy no existe consenso sobre la política exterior de Belisario Betancur.
Es verdad que por la época en que se realizó el seminario tan sólo se oían críticas
aisladas, como la del ex-canciller Carlos Lemos o la del presidente de Fenalco, Juan
Martín Caicedo. Sin embargo, ¿existía en realidad el consenso? Sería preciso
investigar quiénes participaban de dicho consenso en el sector político, en el de la
información, en el de la economía. Creemos que aquí cabe la pregunta: ¿A quién
favorece y a quién afecta tal o cual medida de política exterior?
Como se ve, son muchos los interrogantes que nos deja planteados Gabriel Silva con la
diversidad de opiniones, de argumentos pertinentes a cada uno de ellos.
Muy bien logrado el debate, clásico en el análisis de las relaciones internacionales, de
los nexos entre política interna y política externa. En el libro se alude con
profundidad al tema de la paz, pero sólo de pasada a la política económica y financiera
interna, en particular a la reactivación industrial. Su conexión con las relaciones
exteriores de Colombia, con la oposición del sector financiero, de las empresas
multinacionales, del comercio de importación-exportación, de las instituciones
financieras internacionales merecería estudios más detallados y mayores explicaciones,
si bien es cierto que escribimos en 1986, cuando existe más claridad al respecto.
Al leer el libro, que habrá que actualizar este año, compartimos con Fernando Cepeda el
deseo de que para cada uno de los gobiernos colombianos se hubiera realizado un esfuerzo
análogo. Que este primer esfuerzo no sea un esfuerzo aislado, sino que a él se añadan
los pocos informes que sobre la materia se publican, de modo que el ciudadano colombiano
no se sienta como un tibetano en América Latina.
PIERRE GILHODES
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