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Salpicón
de personalidades
Entrevistas
Ana María Cano
Fundación Simón y Lola Guberek,
Bogotá, 1985, 311 págs.
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La Fundación Simón y
Lola Guberek reunió, en el octavo volumen de su Colección Literaria, entrevistas que
para el diario El Mundo, de Medellín, realizó entre 1980 y 1983 Ana María Cano Posada,
nacida en esa ciudad, en el 56, y quien en 1982 obtuvo el premio Simón Bolívar en
dicho género periodístico.
El libro es un verdadero salpicón de personalidades, lleno de sorpresas. En veinticinco
textos, hombres y mujeres hablan de ellos, de ellas, de sus vidas y trabajos, de sus
ilusiones y realizaciones, del país, de lo bueno y de lo malo. Sentarse a leer Entrevistas
es meterse en la vida de estos personajes, con sus mentiras y verdades, con sus actos
de contrición y sus vanidades, hilados algunas veces por preguntas que van llevando a
descubrir el humor o la inteligencia, la sensibilidad y los juicios de los entrevistados y
de la entrevistadora. Escritores, compositores, músicos, poetas, humoristas, pintores,
creadores, hombres y mujeres de Colombia al servicio de la sociedad, hasta ellos llega Ana
María Cano, a tocar a sus puertas, a descorrer velos, a desdibujar los mitos, a
encontrarse con sus humanidades, hasta meterse en lo cotidiano que baja al héroe de su
pedestal.
Comienza con la espeluznante crónica Yo estuve en la corraleja negra. Espeluznante,
porque nos arrastra hasta ese dolorido enero de 1980 en Sincelejo, donde "ninguna
mujer pensó que aún con la cabeza enrulada, emprendería carrera para buscar entre los
escombros a su muerto" (pág. 10). Un abreboca de presentación de la periodista con
su lenguaje.
Luego vienen, desgranadas una a una, las sorpresas: Conversación con Teresita Gómez, la
pianista antioqueña. Un poco en desorden, Ana María Cano va hilvanando los gestos, las
risas, los ensimismamientos, las confidencias con palabras, frases, párrafos pescados en
los momentos de la conversación. No hay preguntas, es toda redonda. Así se va una
enterando de cómo vive y siente y sufre la música esta mujer, de cómo cuando ella
"sale a sentarse al piano el milagro vuelve a suceder".(pág.26)
En ese mismo tono está escrita Las Bravas, divertido mano a mano con dos hermanas,
también paisas: Marta Elena y Anita Bravo, administradoras de la cultura, para quienes
"el placer más grande es conversar, que es algo que se está perdiendo por
comunicarse la gente con un aparato" (pág. 120). Y así, conversando, ellas hablan
desde muy adentro de sus vidas y trabajos y de ellas. Entonces Ana María Cano habla con
el uno y con la otra, con Guillermo Zuluaga (Montecristo), y él le dice: "Lo más
agradable de esta profesión mía es que todo el que me saluda me saluda sonriendo"
(pág. 133). Y Olga de Amaral, la tejedora del arte bara quien "todos estos
ingredientes: maternidad-mujer-tierra (tejer es como labrar un surco equivalente) están
presentes en su obra (pág. 142). Y cae también don Alonso, el "Principe de la
Noche". Alonso Arcila, el genial administrador de una de las sintonías más nutridas
de las cálidas madrugadas de Medellín:
Los habitantes de la Noche. Y la tertulia con Marta Traba en su cuarto de hotel, con sus
amigas, donde ellas también intervienen y se vuelve un ameno costurero de ideas y
anotaciones acerca del arte y la literatura. Y Consuelo Lago contando de su Negra Nieves
como si hablara de un personaje de carne y hueso. Y Nicanor Restrepo Santamaría, que
necesita del sentido del humor porque, si está veinticuatro horas disfrazado de
gobernador, ahí sí le llega la neurosis o se enloquece rapidito (pág. 207). Y Blas
Emilio Atehortúa, que estudio música con regla de cálculo, y Beatriz González, que le
ganó en metros al maestro Pedro Nel, y Guillermo Angulo, "uno de Anorí a consúl en
Nueva York", y Grau, que quiere morir sabiendo, que no le quiten su muerte que es
suya. Ana María va dejándose llevar por los entrevistados a ratos, a ratos ella los
guía, para armar su texto que teje con sus comentarios y que nos muestran esa otra parte
que ella ha descubierto detrás.
También están las entrevistas que Ana María presenta conducidas por sus preguntas poco
agresivas o incisivas o atrevidas (solamente en el caso de Daniel Samper sí lo hace,
quizás porque él se lo merezca). Preguntas tranquilas que van llevando aquí o allá,
pero también trabajadas con sus comentarios y sutilezas, que nos hacen pasear por la vida
y hechos del entrevistado o que recrean el momento de la cita, el espacio, y un poco lo
intimo de la situación, sin abusos. Eso es bonito, el lector podrá entonces sentirse un
poco ahí sentado en el bosquejo del momento, ya sea en el despacho "no tan
ancho como alto y el rosado niña de las paredes le da el sabor de una habitación de
quinceañera" (pág. 49) de doña Nydia Quintero cuando era la primera dama; o
con el maestro Longas, a quien le gusta el ciprés para tallar, porque quiere el color
claro que tiene como de piel (pág. 66); o con doña Berta, "antioqueña pero en la
dosis justa que no se queda en la paisada o en el desjarrete,
política desde que estaba de brazos..." (pág. 73); o esa otra, con el personaje
ausente, doña Sofía Ospina de Navarro, donde hablan sus hijos y sus nietas; o con Jaime
R., con la música por ahí, "una tentación para un hombre que tenía el corazón
hablantinoso y que estudiaba ingeniería química" (pág. 182); o Elkin Restrepo,
"el poeta curtido"; o Santiago Cárdenas, para quien "no es gracia ser tan
buen pintor cuando a los dieciséis años se pueden pasar horas en el Museo Metropolitano
de Nueva York mirando las mejores obras de la historia del arte y discutiendo con su
hermano cuál es la mejor" (pág. 267); o esa otra deliciosa charla con el poeta
Álvaro Mutis en una especie de costurero con otros dos poetas hablando de eso que hablan
los poetas; o el momento con el genial Alfredo Iriarte, quien fuera bebé Maizena; o con
el Loco Jaramillo.
En fin, Entrevistas es una entretención para aquellos a quienes nos gusta leer lo
que dicen los otros acerca de sus propias vidas, verdades y mentiras; preparado con
lenguaje tranquilo y cotidiano, de ese que llega más allá. Hay unas mejores, otras no
tanto, así, lo que van dando los entrevistados. Es una lástima, sí, el buen puñado de
errores de mecanografía que se le pasó al corrector de pruebas; es imperdonable, aunque
sea en una edición de bolsillo.
DORA CECILIA RAMIREZ
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