|
Un
ramillete reseco
Ahí te dejo esas flores
Carlos Perozzo
Ediciones Universidad Nacional,
Bogotá, 1985, 124 págs.
|
|
|
|
|
Un escritor digno de tal
nombre es un testigo de su época y su entorno: sólo puede criticarse lo que se
conoce mejor. Si bien en Ahí te dejo esas flores se menciona a Barcelona,
Hollywood, Nashville y otras localidades de mapa extranjero, la acción ocurre en lugares
tan vaporosos como la Universidad, la capital, el antiguo barrio; la pareja de La
Ninfa Eco pasa un tiempito al otro lado del charco; se compara al mecánico de Motonimia
con el
galán cinematográfico de moda y no se suministra una sola clave
(una canción, un acontecimiento célebre, un peinado o un traje en boga) que permita
identificar el tiempo de la acción, ni el nombre del galán, cuya sola mención
despertaría resonancias de época. Todo transcurre en backgrounds anodinos e
intercambiables como decorados de telenovela.
Al tropezar con todos esos nombres foráneos (Nicolás el Fenicio, Barney Hunter,
Mestallas, Big Jerry uno tiene la sensación de estar leyendo la obra de un precoz
estudiante de bachillerato: sabido es que muestra una notoria predilección por las
grafías y mitologías made in USA, por aquello del asedio cultural que anega
nuestro pan televisual y publicitario de cada día. Numerosas frases son, en cambio, meros
resabios del argot universitario: gozando anticipadamente de las delicias de la
transgresión de lo prohibido, nos espeta la página 48. Hay innumerables tentativas
desgraciadas de mot juste: señora puentedeoro, ojosdepatomacho, estampacaín,
dentadura abélica, etc. Aquí y allá nos asaltan perlas estridentes del tipo locutar,
derrelictos, desiderátum, gaudeamus, etc., etc., que en boca de beatíficas amas de
casa adquieren la pedantería de un parlamento de Los cuervos. Y ni hablar de la
plúmbea erudición a lo Mujica Lafnez (que en cualquier recodo de Bomarzo va
soltando un lastre de muchas fichas espigadas en la Enciclopedia Británica y capaces de
arruinar la mejor página, en el supuesto de que allí exista tal especie):
el vasto surtido abarca menciones, a veces directas, de Bergman, Bruegbol, Carpentier,
Elio Petri, Shakespeare, un célebre ábside siciliano, la descripción de Caminos
euclidianos de Magritte, etc., etc., etc. Veamos uno de estos etcéteras: "el
porqué se abroquelaba tras esa soberbia cuyos pies parecían asentarse en los muros de
Ilión, mientras en su mirada asomaba el reflejo de la traición de Elena". Algunas
de tales alusiones están bien traídas, pues el autor tiende a veces a manejar con gracia
los lugares comunes ("terminamos en una borrachera de tuerca y tornillo"), pero
casi siempre se destacan por el afán del descreste en toda la línea. Perozzo malbarata
ideas estupendas: aquello de la presentadora de televisión que ve a través de la
pantalla a un voluptuoso admirador anónimo, o del boxeador que mientras ve la videocasete
de su mejor encuentro es noqueado por un round perdido en un repliegue del tiempo,
ofrecían perspectivas inéditas y mucha tela para cortar. Pero la (buena) literatura
está hecha de palabras: las buenas intenciones no sirven más que para adoquinar el
infierno.
El juicio del crítico Lew Hetch sobre la obra de Barney Hunter (Hollyblood) parece
hecho sobre medida para Ahí te dejo esas flores, sobre todo en lo tocante al
erotismo, "postizo y sin asomo de sensualidad". Y aquí se pierde también una
preciosa posibilidad. A fin de poner de manifiesto la enajenación que la tecnología
ejerce sobre el hombre de hoy, Carlos Perozzo invierte los términos:
trata a sus personajes como a cosas y personifica los objetos: "Las altas madrugadas
lo agarraban [al agente] desvelado pensando en su piel reluciente, en sus magníficas
formas" (el insomnio lo produce no una mujer sino una pistola Parabellum). Pero
tal inversión se malogra. El episodio del mecánico desnudo que en Motonimia hace
el amor con su moto es tan inverosímil que da grima; la evocación, por parte de su
esposa, de la fisiología del trato carnal, hace del amor un mero intercambio de
secreciones. El episodio venéreo del televidente con la pantalla en Teléfesa es
torpe a más no poder. Lo mejor del erotismo aun del erotismo literario se
realiza a media luz. Lo demás son graffitti de mingitorio.
Motonimia se deriva obviamente de -metonimia. żY Teléfesa? ˇQué
tiene que ver la mítica madre de la princesa Europa con la historia de la
animadora-estrella de la televisión?
Lo único que parece haber en común es el prefijo tele. La nota de pie de página
prodiga tantos embrollos como las glosas mitológicas con que Trimalción obsequiaba a sus
invitados. ˇHemos de suscribir la opinión de la protagonista de Consultorio
sentimental: "no había esa coherencia y esa seducción que uno nota en los
escritores de verdad"?
Como para confirmar el proverbial premio de consolación acuñado por Plinio el Joven
("No hay libro tan malo", etc.), relumbra de cuando en cuando un acierto fugaz:
"Un día cualquiera llegó un forastero trayendo como único equipaje una caja negra
que los curiosos habitantes del lugar confundieron con el estuche de un instrumento
musical": una máquina de escribir, que si quien se sienta frente a ella es un
virtuoso puede convertirse en máquina de cantar. O el dibujo, irisado en matices,
de las manos del encargado de la estación de gasolina, "manos enormes que parecían
diseñadas por un hábil maestro pero esculpidas por un discipulo un poco torpe
aún". O el pasaje de la página 77 en que el protagonista, perturbado por uno ojos
de suplicante, se siente impulsado a entregar a las llamas del fuego sagrado que anida en
aquel cuerpo de mujer joven las moradas de Dios en todas las religiones de los hombres.
Un aprendiz de escritor se diferencia de sus homólogos de las demás artes en que, sin
concederle importancia al pudor, hace públicas las etapas de su maduración. Toda
iniciación a los misterios es, o debería ser, secreta. No basta el talento: los ardides
del oficio son un don del almanaque y la testarudez.
"Un asunto (la alienación por la tecnolatría del hombre del siglo XX) que sin duda
se aparta de los esquemas del cuento tradicional, escrito con una destreza que le permite
al autor remontar la simple anécdota, con una capacidad de síntesis que, sin embargo, no
deja de lado lo amargo y lo irónico, en un ámbito donde" blablablá, blablablá,
proclama, en la parte posterior de la cubierta, con bombo y platillos y excelente
prosa el pregón de editor. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza.
HUMBERTO BARRERA ORREGO
|