|
De
paso: la lucidez ante el espejo
De paso
Varios autores
Editorial Lealon, Medellín, 1985,
154 págs.
|
|
|
|
|
¿Digno fracaso?, se
preguntan los autores en el comentario de la cubierta. Pero no cabe pensar en fracaso. Les
preocupa la variedad del libro. Pero ella misma resulta atrayente. Una reflexión incisiva
sobre la literatura y la crítica colombianas al lado de crónicas sobre motivos
cotidianos; vivencias y memorias de la música popular junto a obsesiones por los
desnudos.
Los textos de De paso recogen obsesiones y preocupaciones que nos atañen. Además,
la variedad da un encanto particular al libro. Nuestro mundo moderno es escrutado en
diversos lugares, desde distintos puntos de vista. Con la inteligencia y con la
sensibilidad. La variedad le da al libro el encanto de lo fragmentario, de lo inacabado.
Como nuestro mundo.
El libro no tiene sólo la gracia de la variedad. Una buena prosa permite volver con
intensidad a las personas que nos encuentran diariamente. El tío Miguel, de
Víctor Gaviria, amante espontáneo de aquella poesía que educa los sentidos. La vejez
sola e implacable de algunos personajes de Iván Hernández. Elkin Restrepo y su
sabiduría de pájaros. O estas sirvientas sin rostro, de Elkin Obregón:
¿De qué hablarán las
sirvientas (hoy muchachas del servicio) en sus días libres?
Las sirvientas, cuando no viven bajo el techo de algún señorito avieso, son
criaturas un poco inexistentes, sin sexo ni aspecto definido. Van por ahí,
cargando tazas, barriendo, lavando. Pelan papas, contestan el teléfono,
dan de pronto algún recado necesario. Son como sombras que ignoramos,
y que nos molestan cuando de algún modo intentan mostramos un rostro propio.
El libro también se
empeña en una reflexión sincera y valiente. Conduce una reflexión necesaria para la
cual no habíamos tenido ni tiempo, ni guía, ni enjundia. Con ideas precisas,
irreverentes, lúcidas. En el texto El hombre, la mujer, la cámara interroga a
Elkin Obregón:
Se dirá también: ¿No
es este el famoso caso de la mujer objeto? Claro.
Ésta que la cámara persigue y delato es la mujer en cuanto objeto. Nadie
habla de retratar una mujer desnuda: se habla siempre de un desnudo femenino.
No es la mujer, sino el objeto en ella la imagen buscada a través del obturador.
¿Degradación? No lo creo, y quien mejor lo sabe es una mujer.
El ensayo de Jaime Alberto Vélez rastrea
las incongruencias y los lugares comunes que plagan la literatura colombiana:
Ahora bien, con
respecto al número excesivo de literatos colombianos
que aparecen en todas las antologías de poesía, éste puede ser más un
síntoma de mediocridad que de calidad general. La razón es muy simple:
no hay diferendas demasiado perceptibles entre ellos, ninguno sobresale
de manera palmaria, pero la exclusión de cualquiera resultaría una injusticia.
Resulta explicable, desde este punto de vista, que la poesía colombiana sólo
tenga una reducida importancia local. Es raro el poeta cuya obra trasciende
los limites del país, pero mucho más extraño aún aquél cuya figuración en
otros ámbitos tiene de verdad algún valor.
Unos conceptos definidos, un
pensamiento abierto están acompañados de un lenguaje límpido, mesurado, para el cual no
hacen falta verbalismos:
En nuestros días tanto
como en el siglo XIX, es frecuente que el poeta se
entregue al juego verbal bajo la certeza de que es allí donde reside la esencia
de la poesía. Es en verbalismo donde se origina la acusación de prosaísmo
que se atribuye, con tono ofensivo, a quien desconfía de las propiedades
decorativas del lenguaje. La falta de rigor en el uso del lenguaje, la acumulación
de palabras, el barroquismo, las búsqueda incesante de efectos verbales, el
falso brillo, etc... constituyen en realidad la vertiente más profunda de nuestra
historia literaria [...] Es un lugar común, bastante difundido, creer que la buena
escritura se identifica con el uso continuo de imágenes. No puede haber, sin
embargo, buena escritura cuando se sacrifica la precisión del lenguaje o cuando
según lo expresa Midleton Murry se emplean imágenes que "no añaden
nada
a la exactitud del pensamiento".
En los autores de De
Paso Víctor Gaviria, Iván Hernández, Orlando Mora, Elkin Obregón, Carlos
José Restrepo, Elkin Restrepo, Jaime Alberto Vélez la sensibilidad se une a la
inteligencia abierta. Algunos cultivan el ensayo y la crónica. Crónica que les permite
partir de un hecho cercano para expresar su visión aguda del mundo. En estos autores hay
un movimiento pendular del sentir y del pensar. Hay un equilibrio con énfasis distintos
en cada uno. Cuando se indaga al tío Miguel o a las sirvientas sin rostro, los escritores
están ahondando nuestro tiempo. De una manera distinta de como lo hacen cuando está en
curso un ensayo. Pero esos rostros requieren una mirada detenida. Ellos y nuestras ideas
exigen una inspección atenta, un paso a través de nosotros mismos, una vuelta al revés.
Interrogar las cosas que nos rodean es interrogar el tiempo que nos ha tocado vivir.
Y esa interrogación, con mucha insistencia, termina en cl rostro interrogante e
interrogado de cada uno de los autores, que se busca y se topa a sí mismo. A veces con
ironía. Víctor Gaviria ve su "soberbia pueril de quien confunde vida y
cultura", Elkin Obregón envidia "por un momento" la mirada ingenua de
quien ve el cine sin los anteojos de una cultura que Carlos Restrepo ve como un sueño
ligero:
El de hoy es un mundo
escindido todavía entre las libertades del
Romanticismo y los presupuestos de los Clásicos [...] Una cultura
es un sueño ligero; quizás el truco de oficializar el desacuerdo la resguarde.
Tal vez por esa mirada
aguda a nuestro tiempo y a cada uno, De paso establece con nosotros una
conversación que sólo explica una honda sintonía con la época. De paso es una
charla que espera, urgente.
HERNANDO VARGAS T..
|