Boletín Cultural y Bibliográfico. Número7,  Volumen XXIII , 1986
 

Para llevar a una isla desierta


Antología de lecturas amenas
Darío Jaramillo Agudelo
Editorial La Rosa, Bogotá, 1986, 141 págs.

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Los devoradores de libros, tarde o temprano, se enferman de un mal gravísimo: el prejuicio. Son personas que no podrán jamás recobrarla cándida inocencia del que lee el nombre de un autor en la portada de un libro como si fuera el de cualquier desconocido encontrado por error en el directorio telefónico. Dichosos aquellos que al ver Fernández de Moratln no sienten la punzada del aburrimiento, o al percibir Raymond Queneau no tienen la premonitoria certeza del deslumbramiento.
El único remedio contra el prejuicio literario, esa enfermedad profesional de los golosos del papel garabateado, es la conciencia, del propio mal: como del próximo libro de David Leavitt no puedo sino esperarme algo excelente, cuando lo lea, si soy buen lector, estaré obligado a tener la suficiente lucidez como para dejar alguna ventana abierta por donde pueda llegar a vislumbrar, si lo hay, el menor indicio de decadencia.
Hago todo este preámbulo porque cualquiera que haya leído bien Historias de Darío Jaramillo Agudelo se habrá quedado, como yo, con el prejuicio de que alguien que escriba los poemas colombianos más estimulantes de la pasada década, está destinado a seguir produciendo obras sobresalientes mientras Zeus lo mantenga en vida y sano juicio. Por este motivo he tratado de leer su Antología de lecturas amenas con una mente llena de ventanas. Claro qué en este caso hay algo que facilita la imparcialidad: una antología es sólo en parte obra del antólogo; pero de todas formas no deja de ser cierto —y aquí denuncio la falacia del proverbio— que nada disgusta tanto a un lector como que le discutan sus gustos.
¿Qué es una antología? ¿Para qué sirve? Jaramillo, en su premisa al libro, dice que es un "variado menú de textos", y la metáfora gastronómica parece adecuada. Sigámosle la corriente; podemos entrar en una antología como a un restaurante donde no sólo nos entregan el menú, sino que nos dan la oportunidad de probar todos los platos antes de escoger los que más nos gusten, los que nos queremos comer de pe a pa. Con la ventaja de que mientras los probamos tenemos el chef al lado —detrás, y en el caso do esta antología— que nos ilustra los platos: "Este se hace así, aquél tiene tales ingredientes, este otro es de antier pero aún está bueno".
En este libro el chef Jaramillo (fuera de ser siempre lacónico y preciso) es, por un lado, indulgente, y por el otro, generoso. Indulgente, porque a veces elogia platos que, estoy seguro, él no se atrevería a tocar por miedo a una indigestión, y generoso, porque le recomienda al cliente otros restaurantes: ese de Guatemala, donde sirven dinosaurio cuando uno se despierta; o aquel otro medio polaco, medio inglés, que casi siempre ofrece comida de mar; o esos argentinos llenos de laberintos para el que se empeñe en comer minotauro. En fin, quiero decir que una antología buena como ésta sirve para no tener que comprarme un libro entero con el riesgo de que no nos guste y tengamos que dejarlo empezado.
Pero ya van como dos páginas y seguimos en la sopa. Pasemos, pues, al seco. Empecemos por la causante de tantas obsesiones culinarias: doña Sofía Ospina de Navarro, de quien el recopilador ha escogido un cuento: El favor de san Antonio. No hay duda que el chiste alargado (amasado, dejado en reposo, vuelto a amasar) de doña Sofía es ameno. Tiene la chispa sana de la matrona inteligente. Pero tampoco dudo que sus deliciosas recetas son mucho mejores y van a durar mucho más tiempo que sus salidas ingeniosas.
Aunque, pensándolo bien, la longevidad de los textos literarios es algo imprevisible. A veces Colcultura hace milagros paragonables al de Lázaro. Y en su antología Darío Jaramillo refrenda uno de esos milagros al disturbar el eterno reposo que debería disfrutar el relato Mister Chimp, de Santiago Pérez. En comparación, las dos crónicas de José María Cordovez Moure son infinitamente superiores. De todas, maneras, si un país no tiene una tradición literaria antigua y valiosa es inútil inventársela, tratar de exprimirla en relatos tan fallidos como éste de Pérez. En el fondo es mejor resignarme a ser provincia que ostentar lo que no se posee. No sea que nos pase como a esos bogotanos que, tan convencidos de la centralidad cultural de su ciudad y no contentos con el propio apodo, se refieren a la capital de Grecia como "la Bogotá europea".
Para seguir con el tema de provincias y regionalismos montañeros, es oportuno darle una relectura a ";Que pase el aserrador!" de Jesús del Corral. No me atrevo a negar que este ejemplo de minipicaresca paisa sea divertido. Pero en el "tema de ejercicio" respectivo (porque Jaramillo, en sus notas al fondo, les recomienda a sus lectores adolescentes una serie de actividades casi siempre atinadas) yo hubiera propuesto dos reflexiones sobre el texto: ¿De qué profunda inseguridad serán víctimas los paisas, que para afirmarse tienen que declarar siempre la supuesta majadería de los otros? (Obsérvese que en el cuento de Del Corral el indio boyacense es majadero, que el otro aserrador es majadero; más todavía: que en todo el cuanto hay uno solo que no es majadero. El personaje, como todo antioqueño que se respete, está patéticamente convencido de ser la persona más viva del mundo). Y la segunda reflexión: ¿Por qué a algunos políticos paisas les gustará tanto un relato en el cual la inteligencia y el éxito se indentiflcan con el engaño, con la mentira y con el fingimiento?
El primer texto que aparece en la antología toca también el tema del fingimiento. Es un célebre artículo de García Márquez, delicia de los escritores y lectores empíricos e insomio de críticos y profesores universitarios. El pequeño ensayo es certero y su autor es justo cuando les toma el engominado pelo a ciertos maestros que no piensan lo que leen, sino que lo miran a través de lupas sociológicas, psicológicas, o simbólicas. Pero no podemos dejarnos engañar por una lectura apresurada del artículo y suponer que García Márquez sugiera la total ingenuidad como ideal para acercarme a los libios. Un curso de literatura debe ser, sí, una buena guía de lecturas, pero en -esta guía se pueden y se deben indicar maneras para descubrir cómo se construyen los textos literarios.
Si leer es una trampa —como dice Jaramillo en su introducción—, escribir es inventarme un truco. La trampa de la lectura funciona cuando el escritor sabe manejar las artimañas de su oficio. En una entrevista reciente sobre su última novela, El amor en los tiempos del cólera (El País, Cali 12 de diciembre de 1985), García Márquez observaba: "Pienso que donde yo tropiezo tropieza el lector, y donde el lector tropieza despierta. Y si despierta, hay el riesgo de que se escape, y el interés primordial mío es agarrarlo del cuello desde el principio y no soltarlo hasta el final". No es que García Márquez se haya convertido a ciertas corrientes de la crítica moderna y ahora admita que hay técnicas sutiles para seducir a los lectores. Lo que pasa es que la nueva crítica está tratando desde hace años de explicar en un sistema más o menos coherente y más o menos completo lo que los buenos escritores siempre han sabido (y celado).
El segundo texto de la antología es también un ensayo breve en el que Héctor Rojas Herazo, con una prosa inteligente y eficaz, nos da el mejor consejo que pueda dar un escritor:  leer el diccionario. Este es el rito de iniciación de cualquier labor seria con las palabras, desde la escritura de novelas hasta los discursos y las cartas de negocios. En sus notas al texto, Darío Jaramillo aconseja algunos diccionarios concretos. Yo agregaría un diccionario sobre los diccionarios: Madre Academia de Luis Prieto, el mexicano.
Después sigue una crónica de Samper Pizano, divertidísima como siempre, sobre las tareas (al final del libro aparece también un relato suyo, igualmente bueno, sobro la primera borrachera). Hablando de tareas, como es de esperarme que en todos los colegios hagan comprar esta antología para los primeros ejercicios de lectura, quisiera proponer otro "tema de ejercicio", como los llama Jaramillo. En el libro se leen, no digo dónde, las siguientes palabras: exhuberantes, toráxicos, contorneo. Pues bien, los estudiántes, siguiendo el consejo de Rojas Horazo, podrían dar en estos casos algunas sugerencias ortográficas. Aunque aquí, para ser exactos, se trata es de hipcrcorrecciones. Y como la gran María Moliner no le da certificado de existencia a esta última palabreja, me explico: hipercorrección es eso que cometen muchos hablantes cuando pronuncian escena como si se escribiera con equis; o lo que hacen los que, hablando mal de un poeta, se refieren a él como Raúl Henado: o lo que hace Juan Gustavo Cobo Borda cuando —en una colección de poesía por lo demás perfecta- llama espúreas a las rumiadas hazañas de los viejos que, estoy de acuerdo, son casi siempre espurias. Y no digo más sobre la hipercorrección, porque después me dicen hipercrítico.
Dos o tres de las lecturas propuestas en la antología tienen una de las siguientes características: la abundancia de palabras entre comillas o la superabundancia de palabras en diminutivo. Algo que no se sabe biencito emporqué los jovencitos que escriben sobre niñitas piensan que es mejorcito decirlo todito con diminutivitos. ¿No se dan cuentica de que hacer esa bobadita es como escribir con aumentativotes los cuentos sobre los viejotes? Digo esto a propósito de Violeta de Carlos Gustavo Áivarez. Lo del exceso de comillas (un buen ejemplo está en la divertida parodia de Rafael Arango Villegas donde cuenta la historia de la expulsión del Paraíso Terrenal ambientada en una hacienda donde Dios, faltaba más, es el terrateniente) es un problema de falta de confianza en si mismos que tienen algunos escritores cuando usan una palabra que no está en el diccionario. Para que los hipercríticos no les digan que no son castizos, la ponen entre comillas. Me hubiera gustado que en este caso el antólogo les explicara a los adolescentes que de tanta comilla, ahora que hemos perdido el complejo de hablar un español subdesarrollado, ya no hay necesidad.
Un par de Vélez, el uno Luis Fernando y el otro Jaime Alberto, proponen textos estupendos. El primero por la novedad, la belleza y la importancia que tienen sus rescates de textos de la tradición indígena (y en este mismo tipo de trabajo también hay que elogiar las transcripciones de Germán Castro Caycedo y de Ivón Yanet Piada) y el segundo por un minirrelato que en once líneas condensa una serie de sutilezas admirables. Decir mucho en pocas palabras es algo que también logra, brillante como en todo lo suyo, Andrés Caicedo: En Destinitos fatales retrata el sectarismo miope de la izquierda ortodoxa y hace, al mismo tiempo, una sorpresiva incursión en lo fantástico.
Otros cuatro textos breves de indudable calidad son Teoría de las puertas de Luis Vidales, que posee el horror surreal de las simetrías absolutas; La monia y el río de Gonzalo Arango, con .el horror real y casi tierno) del fanatismo absoluto: Un Caruso en el piso alto de Elkin Restrepo, buen divertimiento que recuerda a Cortázar; y El sueño de los insectos de Álvaro Mutis, buena muestra del tono sentencioso del nuevo sabio Mutis. En estos cuatro casos, a una gran brevedad corresponde una gran densidad. Al lado opuesto, como en una inversión proporcional, la longitud de La cacería del gigante por Croar, Croir, Crour etc. corresponde a su vacuidad.
Tenemos luego un García Márquez todavía verde, pero ya con amagos de sapiencia narrativa en su Final de Natanael. La alusiva-obsesiva repetición de las latas de avena Quaker en el mayor escritor colombiano, es también el tema del texto de Alvaro Cepeda Samudio A García Márquez Juana le oyó... Su lectura me hizo recordar que en El coronel no tiene quién le escriba una de las descripciones de la esposa del protagonista se apoya también en la imagen del caballero de la blanca peluca (en la edición de Aguirre está en la pág. 67).
Y el libro no termina aquí. Los muchachos que se animen a leerlo encontrarán otros textos bastante amenos entre las lecturas que propone Jaramillo Agudelo está su bien balanceada y afortunadamente poco pretensiosa antología. Entre los que ya no tengo espacio para comentar hay dos, sin embargo, que más que amenos me parecen bobos. Me figuro que para los estudiantes será una tarea agradable y divertida descubrirlos. Los títulos no los sé, silos sé mas no los digo.
Quisiera terminar la reseña con dos propuestas para el poeta de Historias. Bernard Shaw escribió una colección de Comedias agradables, pero tuvo la buena idea de escribir también un conjunto de Comedias desagradables. Me parece que sería bueno imitar la dicotomía de Shaw y publicar también una Antología de lectures poco amenas. Y la segunda propuesta: una Antología de poesías para aprenderse de memoria. Porque saber poemas de memoria, decía Italo Calvino, es una de las mejores terapias para la desdicha. Eso sí, que no vaya a estar la de "te adoro en mi silencio mudo", ni vaya a faltar la de "uno debería aprovechar la poesía".

HÉCTOR ABAD