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"Para
la venta de los productos simplemente se hace sentar al comprador y se trae ante él todo
el trabajo acumulado durante semanas sin clasificar en peso ni valor, una vez realizada la
escogencia se hace la tasación por gramos y tras un ligero regateo se verifica el
trato".
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La orfebrería momposina: El
aprendizaje de la paciencia
DAVID ERNESTO PEÑAS GALINDO
FOTOGRAFÍAS: GABRIEL VIEIRA Y ERNESTO
PEÑA
MAPAS: MARTA RAQUEL HERRERA
"YA
POR M0MPÓS
no se pasa, a mompós se llega", expresan sus habitantes. Y para llegar, hay
necesidad de sufrir las peripecias de una odisea. Si el viajero parte de Cartagena, debe
soportar cinco horas en un bus hasta Magangué, trasladarse a la chalupa o al
transbordador que lo conduzca a La Bodega, caserío donde debe esperar la llegada de otros
atrevidos viajantes que completen el cupo de un campero atiborrado de los más
heterogéneos equipajes: desde botellones con suero hasta un cargamento de cerdos que
chillan desesperados al observar el mundo desde la parrilla, donde los han subido en medio
de la algarabía de los pasajeros. Por fin, cuando la desesperación llega a su límite,
se observa la ciudad escondida que compensa todos los sinsabores y las penurias de la
travesía: una población donde se palpa un espíritu distinto, la pátina de los siglos
prósperos, cuando Mompós llegó a contarse entre las tres ciudades más importantes de
la Nueva Granada.
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"La
ciudad mira el paso de la historia con la serenidad de quien dejó de ser protagonista y
se convirtió en espectador".
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Y no se
trata solamente de sus construcciones, gigantescas y acogedoras. Únicamente sería el
cascarón, piedra hueca, si el alma de sus pobladores no se manifestara en consonancia. En
Mompós, el tiempo transcurre a un ritmo distinto, reposado, señorial. Después de los
años juveniles, y de sus alocados devaneos con la fortuna, la ciudad mira el paso de la
historia con la serenidad de quien dejó de ser protagonista y se convirtió en
espectadora.
Allí, por afortunado
aislamiento, se conservaron ciertas labores que requieren el contenido aprendizaje de la
paciencia: el diálogo del artesano con sus dedos que extraen formas de la materia bruta
la arcilla, el hierro, el oro. Reina la forma espiral, quizás simbólica del
encierro, en las ornamentaciones de las rejas, en la filigranas, en el tallado de los
muebles.
Hace trece años, siendo
un estudiante en receso por uno de los tanto cierres de las universidades estatales,
llegué a Mompós con la intención de demorar allí el tiempo apenas justo para regresar
a las aulas con nuevas energías. Sin embargo, el milagro de la villa me cautivó, probé
el fruto del loto, y me olvidé del retorno. Una vez se experimenta la dimensión del
tiempo perdido, es imposible volver a ver el mundo de la misma forma.
Este trabajo, entonces,
es un torpe intento por tratar de explicarme a mí mismo el encanto de una ciudad sui
géneris, y una búsqueda de relaciones y detalles que permitan su acercamiento.
Indudablemente, la intención es superior al resultado. No he podido adoptar la
objetividad sesuda del observador desapasionado; más bien, he tratado de compartir la
alegría del descubrimiento tardío de una ciudad que figura en todos los manuales de
historia patria, pero que ha dejado de aparecer en los atlas de geografía.
En la primera parte,
situaremos histórica y geográficamente la región, resaltando las causas del aislamiento
de la villa. Posteriormente, un breve recuento más recuerdo que otra cosa de
las riquezas auríferas que llegaban a la población, y las que permitieron la continuidad
de la tradición orfébrica; y, por último, una descripción del taller artesanal de
platería, para enlazar la obra con el hombre.
EL VOLUBLE RÍO
MAGDALENA
La isla de
Mompós está formada por la confluencia de los ríos Magdalena y Cauca. La convergencia
de éstos, además del San Jorge y el Cesar, "forma un amplio delta interior, que
unido a la existencia de innumerables ciénagas, pantanos, y una red intrincada de caños
que los unen entre sí, cubren una amplia superficie denominada depresión
momposina.
El ser punto de encuentro
de tan importantes corrientes, aunado a la fertilidad proverbial de su suelo, anegadizo,
sujeto a inundaciones periódicas que lo cubren de una apreciable capa de humus, la
determine como uno de los principales asentamientos de la época prehispánica y, además,
cruce de caminos entre los diversos grupos indígenas, que poblaban nuestra patria, entre
ellos los sinúes, malibúes, sondaguas y chimilas.
Desde las primeras etapas
de la conquista, cuando apenas se estaba realizando el conocimiento y la delimitación del
territorio, las huestes hispánicas pudieron apreciar su importancia estratégica, dada la
cercanía y la fácil comunicación con las ricas minas de Antioquia, y su objetivo se
concretó en la fundación de la importante Villa de Santa Cruz de Mompós, que llegó a
ser uno de los sitios de más rápido desarrollo, debido al auge del comercio y la
navegación.
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La orfebrería momposina
es un arte dirigido a la mujer.
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En el
periodo comprendido entre 1537 y 1540 se establecieron los primeros reales, los
asentamientos y, posteriormente, en 1541, luego de un pleito entablado entre Alonso de
Heredia y algunos conquistadores rebeldes, su hermano, el adelantado Pedro de Heredia,
realiza la consolidación del territorio, "mandando hacer iglesia y nombrando
alcaldes y regidores".
Pronto la villa comenzó
a medrar, y gracias a su destacada posición, se convirtió en el centro de acopio y
distribución de las más diversas mercaderías. Hasta allí llegaban, en bongos y
champanes, los productos agrícolas del Sinú, el oro de Buriticá, Guamocó, Cáceres,
Zaragoza y Remedios, por el Cauca, y el contrabando de artículos provenientes de las
Antillas, que ingresaban por rutas secretas, desde la Guajira, hasta desembocar en el
puerto de Jaime, frente a Mompós.
Además, y por la misma
causa, fue sitio de establecimiento y centro de penetración de las principales órdenes
religiosas, que allí organizaron sus conventos: agustinos, franciscanos, dominicos,
jesuitas y hospitalarios.
De esta época data la
coplilla que hoy desata leves sonrisas picarescas entre quienes desconocen sus orígenes
fluviales, pues se refiere al tráfico de las naves, objeto de la prosopopeya, y creen que
se trata de algún extraño don de fecundidad entre sus pobladores:
Mompós, tierra de
Dios,
donde se acuesta uno
y amanecen dos...
Y si sopla el viento,
amanecen ciento;
y si vuelve a soplar,
no se pueden contar...
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"Los
talleres están situados preferentemente en la misma residencia del maestro".
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La
importancia que había alcanzado la villa indujo al rey Felipe II a crear la provincia de
Mompóx, en 1561, calidad de la cual no gozo mucho tiempo, al parecer por disensiones
internas, motivadas posiblemente por pleitos de jurisdicción con Cartagena y por el deseo
de mantenerse alejada de un control directo del fisco español, pues ya en esta época
comenzaba a perfilarse como uno de los ejes del contrabando colonial.
Según Pedro Salcedo del
Villar, por la vía de esta villa se efectuaba desde entonces el comercio con el reino de
Quito y el Perú, y se conducía gran cantidad de perlas para Lima.
Por otra parte, las
frecuentes incursiones de piratas y bucaneros, que asolaban las costas caribes, motivé a
muchas familias cartageneras y samarias a mudarse con sus capitales a la floreciente
y más segura ciudad. Se formaron gigantescos latifundios, algunos de más de
150.000 hectáreas, confusamente delimitados, usufructuados por grandes troncos de la
aristocracia criolla, como los marqueses de Santa Coa y Torrehoyos, que abarcaban gran
parte del actual sur de Bolívar y departamentos aledaños.
Para entonces, ya estaban
establecidos algunos gremios artesanales, entre los cuales podemos señalar herreros,
ceramistas y plateros, u orfebres. Estos últimos gozaban del excedente del precioso metal
que llegaba en apreciable cantidad de Antioquia, y luego de tasarlo y deducir el quinto
real, quedaba en buena parte en las faltriqueras de tratantes y mercaderes.
Las frecuentes avenidas
del río Magdalena, aunadas a la necesidad de resguardar adecuadamente los productos, y a
la capacidad económica de los comerciantes, motivé la construcción de sólidas casas de
mampostería, con amplios patios interiores, a la usanza sevillana, y a la edificación de
la muralla frontera al río La Albarrada que protegiese a la ciudad de los
embates de la corriente, otorgándole a la villa su perfil característico, que aún hoy
conserva admirablemente, gracias a su aislamiento.
A fines del siglo XVIII
ya encontramos una incipiente, aunque próspera, burguesía comercial, que se siente
constreñida y perjudicada en sus intereses por las gravosas trabas de la economía
peninsular, y alberga pretensiones revolucionarias. El eje independentista, durante los
memorables sucesos de 1810 y 1811, estará conformado por Cartagena, Santafé y Mompós,
siendo ésta la primera ciudad en declarar la independencia absoluta de España y de
cualquier dominación extranjera, un año antes que la capital de la provincia.
La misma situación
estratégica mencionada la convierte en teatro de numerosos enfrentamientos, entre ellos
el primer encuentro de envergadura entre las tropas españolas y las patriotas, el 19 de
octubre de 1812, cuando Mompós, tras defender bravamente su independencia recién
adquirida, obtiene el título de Ciudad Valerosa. Allí, igualmente, recibirá Bolívar el
temprano contingente de cuatrocientos voluntarios, con los cuales emprenderá la Campaña
Admirable que lo conducirá en triunfo hasta Caracas.
Posteriormente, estará
sujeta a las vicisitudes de la guerra por la liberación de España, hasta cuando un
fenómeno natural que venía gestándose silenciosa, pero inexorablemente, la obligó a
retirarse de la vida pública y a comenzar a rumiar sus recuerdos.
Durante la época
colonial, el río Cauca desembocaba en el Magdalena en el sitio conocido con el nombre de
Bocas de Tacaba, y solamente durante el invierno se desbordaba el llamado Caño de El
Rosario, que, como veremos, dio origen al Brazo de Loba. En ese entonces Mompós no era
una isla, como lo es hoy, aunque estaba surcada por múltiples brazuelos y caños. Es de
recordar que "la zona de máxima sedimentación del Magdalena comienza aguas abajo de
Nare, calculándose que en Puerto Berrío la corriente arrastra anualmente unos cuarenta
millones de metros cúbicos de sedimentos, que en gran parte van depositándose en la
llanura ribereña del valle inferior". Este inmenso caudal de arenas va cambiando, de
manera lenta, pero ininterrumpida, el curso de algunas corrientes, al obligarlas a
desviarse.
Hasta mediados del siglo
XIX, el Brazo de Morales soportaba el mayor impulso del Magdalena, por cuya recta se
lanzaba hacia el hoy Brazo de Mompós, después de haber dominado el impulso transversal
del río Cesar. El natural fenómeno de erosión y sedimentación fue modificando, con el
transcurso de los años, este mecanismos. Los meandros y nuevos islotes cambiaron la
fisonomía del Brazo de Morales, con lo cual disminuyó el impulso del Magdalena por dicho
Brazo, y fue llevando el mayor caudal hacia el oriente, conducido por el amplio meandro
que dirige ahora la corriente del Magdalena hacia la roca sobre la cual está edificado El
Banco. El impulso del choque, reforzado por el del Cesar, y ayudados ambos por la
actividad humana, lograron que el Magdalena forzara el paso por el Caño de Pescadores, o
de El Rosario, frente a Hatillo de Loba, hacia la Ciénaga de Hacha. Esto aumentó la
actividad fluvial en los caños que unían el Magdalena al Cauca en la depresión
momposina, y las energías laterales y verticales de la corriente ensancharon el cauce,
ahondaron el lecho y perfeccionaron el actual Brazo de Loba, así denominado en 1875, por
el gobierno del Estado Soberano de Bolívar, como reconocimiento de un hecho cumplido.
Como consecuencia de todo lo anterior, el Cauca vino a desembocar en las Bocas de Guamal,
y el San Jorge pasó a ser afluente del Magdalena.
Mientras la navegación
se realizaba en bongos y champanes, embarcaciones de muy escaso calado, la sedimentación
frente a Mompós no revestía mayor problema. Sin embargo, una vez comienzan a
introducirse los buques de vapor, se hace notoria la dificultad del paso. Las naves, que
utilizaban el Brazo de Mompós en su ruta hacia Barranquilla y puertos intermedios, a
causa de ser menor el recorrido por éste que por el de Loba, comienzan a encallar
frecuentemente, con las consiguientes averías y pérdidas, y por último, se vino a
establecer definitivamente la navegación por Loba en toda época del año, a fines de la
década de 1860. Este fenómeno derivé en el auge de Magangué, que vino a tomar el lugar
de Mompós como centro de tráfico y distribución.
Paradójicamente, como
podemos colegir de los datos anteriores, Mompós le ha debido su fortuna a la desgracia:
las catastróficas inundaciones de que era víctima obligaron a la edificación de
estupendas construcciones, sobre elevados andenes algunos de más de un metro
protegidas del río por la Albarrada, y en asombroso estado de conservación, pues hasta
allí no llegó la piqueta demoledora del modernismo, al carecer la ciudad de atractivos
económicos. Hasta no hace muchos lustros, en algunas de estas casonas residían familias
a las cuales se les pagaba para que las habitaran, con el fin de evitar su deterioro. Por
otra parte, su alejamiento del tráfago mercantil permitió la preservación de costumbres
y técnicas ancestrales, como la orfebrería y la herrería, donde la introducción de
nuevas herramientas y métodos de trabajo solamente vino a verificarse en fecha reciente.
ORO HASTA PARA
LOS PERROS
La leyenda de El
Dorado ha dado la vuelta al mundo, despertando el interés y la codicia de infinidad de
hombres que, aún hoy, sueñan con un golpe de suerte, el hallazgo providencial que cambie
el curso de sus vidas. Sin embargo, por excesivas que sean las hipérboles que rodean la
extracción del áureo metal, no llegan a sobrepasar la maravillosa realidad de la
riquezas extraídas de las entrañas del suelo colombiano, primero por las tribus
indígenas, para las cuales se valor, aunque tenía cierta connotación de riqueza, era
ritual y simbólico, no monetario; y posteriormente, en el irracional despojo verificado
por los españoles y quienes lo sucedieron en el saqueo.
Francisco Silvestre,
gobernador de Antioquia, escribía en 1776: "Las pocas vetas que se trabajaron en lo
antiguo en el nombrado cerro de Buriticá, producían y consumían en solo la paga de los
soldados destinados a defender las cuadrillas de los ataques de los bárbaros, 3000.000
castellanos [trescientas libras de oro al año [...]. Los antiguos molían a mano la
piedra, y con todo, sacaban la prodigiosa cantidad de oro que queda insinuada...".
Antonio del Pino Villa
Padierna, también gobernador de Antioquia, fue uno de los dueños de esta legendaria mina
de Buriticá, "cuyo oro amalgamaba en bolas de una libra de peso [...] de un libro de
sacas de dicho señor, que se ha conservado, aparece que pagó al rey, en un solo año,
300 libras de oro por el derecho de quintos". Una esclava, barriendo la casa en que
había vivido el señor Pino, se encontró una de esas bolas, y con el producto compró su
libertad.
Las minas de Zaragoza,
por su parte, de 1602 a 1620 solamente, produjeron 23.000 libras de oro.
Fray Pedro Simón, que
estuvo en Remedios, describe así sus copiosos aluviones: "sacaban en la arena el oro
a puñados, como granos de trigo y garbanzos, y muchos mayores que avellanas".
A fines del siglo XIX,
según Restrepo, "todavía producían algunos centenares de libras de oro por mes,
solamente en las minas de yeta, además del que se extraía de las de aluvión".
José Barón de Chaves,
en su Memoria -1779- expresaba: "El metal que se saca [de la provincia de Antioquia]
sube, no obstante, por lo que se mira a solo tres poblaciones, que son Antioquia,
Medellín y Rionegro, a 50.000 castellanos, de oro [500 libras] por año, y no contemplo
que sea la tercera parte de lo que se extrae de los veneros".
En las minas de aluvión
de El Rosario "se sacaba el oro por arrobas". Ya en fecha más reciente, hacia
1840, de la mina de Santa Ana, en Antioquia, se extraían de tres a cuatro libras de oro
diariamente,
Nos haríamos fastidiosos
de continuar registrando los sitios relativamente cercanos a Mompós de donde se obtenía
el oro en cantidades tan fabulosas como las descritas. Según datos de Restrepo, en su
magistral estudio tantas veces citado, "es prácticamente interminable la
enumeración de las localidades donde se han beneficiado minas de aluvión o de
filón".
La realidad de la riqueza
aurífera colombiana, como al comienzo lo expresábamos, supera cualquier fantasía
calenturienta: los cerdos, al hozar, sacaban a la superficie los veneros, y en las
mollejas de las gallinas se encontraban los granos de oro que picoteaban al azar. En la
partición de las riquezas, "aún a los lebreles se les consideró acreedores a una
buena parte según sus hazañas, la cual se dio a sus respectivos amos. A Leoncico, perro
de Balboa,e hijo de Becerrillo, conocido por haber despedazado tantos indios en la isla
Española, le tocaron 500 pesos".
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"Reina
la forma espiral, quizás simbólica del encierro, en las ornamentaciones de las
rejas".
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EL
MESTIZAJE DE LA ORFEBRERÍA
El conocimiento que los
indígenas colombianos poseían de la orfebrería aún pone en calzas prietas a las
técnicas contemporáneas. No es el objeto de este estudio detenerse sobre el maravilloso
dominio que la cultura sinú la de nuestro interés específico, por pertenecer
Mompós a su zona de influencia demostró poseer, sino, solamente, enlazar su
herencia con el actual trabajo de los orfebres momposinos. Por lo tanto, a riesgo de
omitir importantes detalles, queremos resaltar solamente dos hechos concretos:
1. Las técnicas
complejas, y el dominio de la cera perdida, se perdieron, o tergiversaron, en el
transcurso de la aculturación y de la destrucción cultural.
2. Se conservaron
-mimetizadas en las técnicas hispano-árabes- algunas nociones del vaciado indígena, y,
curiosamente, en la calafatería, el posible horno prehispánico.
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"El
maestro no solamente es la persona que se encarga de instruir al aprendiz, sino que, por
razón de su oficio se convierte en su ideal humano".
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Es bien
conocido, y sería redundante recalcar en ello, que el principal interés que movió al
conquistador español fue la sed copiosa de riquezas "aun sacra
fames" que lo llevó a destruir culturas que, por muchos aspectos, excepto el
bélico, eran superiores a las de sus amos impuestos. Por ello, durante la primera etapa
de la conquista, ni siquiera podemos esperar la curiosidad que demuestran los advenedizos
por otras manifestaciones culturales, pues desde el comienzo de aquella, el saqueo de las
tumbas, la aniquilación del gigantesco legado aportado por otros modos de ver las vida,
fueron la orden imperiosa para gañanes ignorantes.
Los reyes españoles,
acuciados por la necesidad económica, ordenaban la fundición de las valiosísimas piezas
que llegaban a la península sin siquiera verlas, ávidos del circulante, y además,
desinteresados religiosa y sinceramente de las que consideraban culturas paganas, que
estorbaban la creencia en el Dios verdadero: el de los españoles.
Durante las épocas
preliminares, y hasta bien entrado el siglo XVI, los conquistadores despreciaron las
técnicas indígenas, y solamente emplearon a las tribus "de muchas maneras y formas,
dando a unos tormento y a otros por amor, y dando a otros cosas de Castilla" para que
los guiaran hacia los filones y los condujesen de mal grado, por supuesto- hasta las
tumbas de los antepasados, para regodearse en la necrofagia aurífera.
Sin embargo, era tan
obvia por lo sencilla y elemental en cuanto a sus herramientas, y tan deslumbrante, por
sus resultados, la orfebrería prehispánica, que pese a todo ello sobrevivieron algunos
conocimientos, nacionalmente adaptados al medio, y que aún perviven.
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Las técnicas complejas
y el dominio de la cera perdida de los Sinú, se perdieron y tergiversaron en el
transcurso de la culturación. Se conservan mimetizadas en las técnicas hispanoárabes,
algunas nociones del vaciado indígena.
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El conocimiento del oro
se une a las demás tradiciones momposinas; la semana santa es famosa por los momentos y
la conservación de sus costumbres intactas.
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Las técnicas de
fundición aún no fian podido estudiarse con el carácter casi exhaustivo que merecieron
otras etapas del proceso. En ello ha influido la carencia de muestras de las hornillas o
de los hornos de mayor capacidad, pues solamente se conoce una hornilla, o guaira,
procedente de Manizales. Nos atrevemos a esbozar otra hipótesis que podría ser objeto de
mayor investigación: aún hoy se emplean latas de aceite, rellenas de aserrín, para ser
utilizadas como cocinetas por tátiles por ciudadanos de escasos recursos. Este elemental
artefacto tiene un orificio que lo atraviesa verticalmente y posteriormente tuerce en un
ángulo de noventa grados, en sentido horizontal. Basta con encender al aserrín en la
boca superior de salida, y por su ingeniosa construcción, siguiendo el tiro de la columna
de aire, permanece vivo el fuego sin necesidad de continuar atizándolo. Este mismo
sistema, empleado en los barrancos a la orilla de los ríos, o aprovechando desniveles
naturales, bien pudo haber sido el medio que permitió a los indígenas la fusión de
cantidades apreciables de oro, imposibles de ser trabajadas con la técnica tantas veces
descrita del soplete de boca, ni aun con la guaira.
Vale la pena también
aclarar que este horno rudimentario fue ampliamente utilizado en Mompós durante siglos,
para mantener caliente la brea con la que se realizaba el calafateo de las naves que
surcaban el "Río Grande de la Patria", y que tenían en Mompós, "el
ombligo del Magdalena", uno de sus principales astilleros.
Además, aún se emplea
el mismo principio en las hornillas campesinas. En cuanto a la técnica de la cera
perdida, es de resaltar que los artesanos de Mompós ya no practican el método, aunque
conocen el proceso e inclusive, algunos artificios heredados de tiempos inmemoriables, por
ejemplo, el molde utilizado para el vaciado, que se elaboraba siendo Mompós
mediterránea de concha de caracol marino, calcinada y finamente molida, a la cual
se le agregaba posteriormente agua de panela para darle consistencia.
De todas maneras, lo
básico y sobresaliente es la continuidad, no solamente técnica sino también formal, que
se amalgamé con los conocimientos que trajeron los orfebres españoles, los cuales, por
su parte, también recogían los valiosos aportes árabes del trabajo de filigrana, su
gusto por la onnamentación y el detalle minucioso y ese especial horror vacui que
condensa en los más breves espacios toda una dimensión miniaturista.
EL AMBIENTE DEL
TALLER: ¡HASTA QUE CUAJE EL AGUA!
El actual taller
de platería está conformado por un maestro y un número variable de oficiales y
aprendices, dependiente de la prosperidad del negocio, y sujeto a los vaivenes y altibajos
de la economía nacional. Posiblemente, uno de los termómetros económicos más
confiables para detectar los estados de crisis sea el número de integrantes de un taller
de orfebres.
Estos talleres está
situados, preferentemente, en la misma residencia del maestro quien en la mayoría de los
casos, aprendió su arte por herencia, por lo que se pueden mencionar familias que pon
generaciones han laborado el oro con singular paciencia y destreza.
El maestro no solamente
es la persona que se encarga de instruir al aprendiz, sino que, por razón de su oficio,
se convierte en un ejemplan humano respetable y confiable, cuya paciencia, honradez y
ecuanimidad son prendas de garantía para todos los orfebres a su cargo.
La extracción social de
los trabajadores del tallen es, preferentemente, de clases media y media baja, y
principalmente de aquellos jóvenes que, por desinterés en el estudio, o por escasez de
recursos, son obligados o inducidos por sus padres a "aprender el arte". En la
mayoría de los casos el aprendíz, un adolescente, era llevado por sus familiares a la
presencia del maestro, ante quien lo entregaban formalmente para que comenzara su
noviciado este, luego de observar con detalle a su futuro discípulo, aceptaba su ingreso,
y procedía, de acuerdo con los demás trabajadores, que ya habían pasado por la misma
experiencia, al rito de iniciación, sagaz test psicológico que les permitía
detectan desde el primer día si el muchacho tenía las aptitudes necesarias para el nudo
trabajo que le esperaba. Con seriedad cejijunta, el maestro llevaba al jovenzuelo hasta
una de las pailas de cobre llenas de agua que se encontraban convenientemente dispuestas
en el centro del patio, a pleno rayo de sol, y con ademán misterioso sacaba del estante
de los productos químicos un frasquito. "Es cianuro", decía, al momento que
arrojaba unas cuantas gotas sobre el líquido. Luego, con gesto autoritario, le alcanzaba
un meneadon de palo mientras le indicaba la labor: "Debes comenzar a menear el agua
hasta que cuaje. ¡Y mucho cuidado, porque se necesita para la tarde!". El joven
empezaba con ímpetu su tarea, sin percantarse de las miradas maliciosas que se
entrecruzaban los veteranos orfebres, ni de las sonrisas contenidas que a veces estallaban
en inexplicables carcajadas. Sin embargo, a medida que el sol iba subiendo, y comenzaba a
sentir el ahogo del calor que le derretía los sesos, su energía iba en mengua.
Cuando alguno de los
joyeros notaba que su ánimo decaía, lo llamaba al orden: "¡Ajá!, ¿ya te cuajé
el agua?". Ante la respuesta negativa del muchacho, lo reprendía por su negligencia
y le ratificaba lo expresado por el maestro: "Ve que se necesita para la tarde".
Pronto el joven empezaba
a buscar la sombra, el abrigo fresco de las paredes, y nuevamente le llamaban la atención
para que se corriera, "porque si no le daba el sol no cuajaba".
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Al llegar a
Mompós se descubre la ciudad escondida, como detenida en el tiempo.
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Monumento
a Bolívar en Mompós.
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Este es un
santo sepulcro, símbolo de la semana santa. Hecho en Francia en 1880, con élse recorre
la ciudad el viernes es santo.
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Arcillo en
filigrana momposina.
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Luego de
permanecer el día entero en la monótona labor, sin almuerzo"no se podía
interrumpir la delicada operación", ya los miembros de la cofradía habían
podido percatarse de las cualidades y los defectos del aspirante: si permanecía animoso
o, al contrario, comenzaba a esbozársele una sombra de duda en el alma sobre su futuro
trabajo. Faltaba, sin embargo, el toque final. Aún no se le comunicaba que su tarea era
infructuosa, sino que era objeto de una áspera reprimenda por parte del maestro y de los
demás oficiales y aprendices confabulados. Por su negligencia -decían no había
cuajado el agua, y al día siguiente debería repetir la operación.
Ante esto, los tibios
desaparecían como por ensalmo, y no volvían a pasar jamás por el frente de la casa de
sus tormentos. Los que, en cambio, albergaban aún la esperanza de trabajan sobre el oro,
y no por el oro, regresaban dispuestos; sin advertencias preliminares tomaban su meneador,
se acurrucaban junto a la paila de cobre y ejercitaban la paciencia. Era el momento en que
el maestro y los demás, con la franca carcajada de satisfacción por el ingreso de un
nuevo miembro, le espetaban: "¿Te vas a quedar ahí de pendejo? ¿Cuándo has visto
que el agua cuaje? ¡Alcánzame las tenacillas y mira cómo se estira el hilo!".
Aún hoy, pese al
desmedro y a la decadencia de la orfebrería momposina, asfixiada por la competencia
incontrolada de la joyería italiana, por el alza del precio interno del oro sobre
la valoración del mercado internacional y por la carencia de una política
proteccionista por parte del Estado para este tipo de manifestaciones culturales, se sigue
en menor medida, por supuesto- con la anterior forma de enganche de los nuevos
trabajadores, aunque, por haberse vuelto vox populi, ya no se practica el rito
anteriormente mencionado.
Para la venta de los
productos, simplemente se hace sentar al presunto comprador en la sala de la vivienda, y
se trae hasta él todo el trabajo acumulado durante semanas, sin clasificar en peso ni
valor, para que éste seleccione la prenda. Una vez realizada la escogencia, se hace la
tasación por gramos y, tras un ligero regateo, se vereifica el trato. Curiosamente, en
pocos talleres se encuentran las prendas en un mostrador o vitrina, y menos aún con la
etiqueta de su precio. Existen, sin embargo, clientes fijos: aquellos que se dedican al
comercio de la afamada filigrana momposina, los que ya conocen las preferencias del
mercado, y pueden mandar fabricar piezas por encargo. Son ellos los que se han lucrado de
la labor artesanal, pues el orfebre, embebido en su tarea, desconoce las artimañas de la
venta.
EL RELUCIENTE
SAN MARTÍN DE LOBA
El maestro
entrega a los oficiales determinada cantidad de oro para que elaboren las piezas a
destajo. Teniendo en cuenta la merma que se presenta en el proceso, facilita una cantidad
adicional, que es llamada en el argot de los orfebres el jito, dependiente
de la clase de manufactura que se piensa efectuar.
No se presenta la
especialización pon etapas, a causa de la escasez de trabajo. En épocas florecientes, la
demanda determiné tres tipos de orífices: los filigranistas, los moldeadores y los
estampadores, pues el maestro reservaba para sí el oficio de grabador.
En el primero de los
casos la filigrana, dentro del marco, o arma, se hace el relleno,
"panderos, lágrimas, ramales, caracoles, binchas" con hilos de una
finura increíbles, del grosor de un cabello, que son cuidadosamente enrollados en forma
de espinales planas o ascendentes, a gusto del joyero, acomodándose a los espacios hasta
completar la figura actualmente es la clase que tiene mayor apetencia entre los
compradores.
El vaciado muy poco se
practica lo desterró la joyería italiana de bajo precio-, aunque anteriormente se
realizaba sobre todo para moldear los anillos, y en ciertas fiestas religiosas, cuando
aumentaba la demanda de exvotos por parte de los feligreses. Eran muy conocidas las
fiestas de San Martín de Loba, población del sur de Bolívar, donde aún se extrae oro
de aluvión, pues se exigía -dependiendo de la manda, o promesa del creyente toda
clase de órganos corporales, o de piezas especiales de oro de muy diverso quilataje,
acorde con la solicitud de protección: ojos, manos, brazos, piernas e, inclusive,
intestinos y órganos genitales; canoas para los pescadores; pequeñas figurillas de
campesinos; un militar, para solicitar amparo para el hijo, el novio o el esposo que se
encontraba en el ejército, niñitos de oro como amuletos para favorecen los partos;
caimanes, para los salvados de su tarascada; perros, para conjurar los espíritus de
hidrofobia... en realidad, las posibilidades eran ilímites, y se dio el caso del
acaudalado dueño de una lancha salvada del naufragio, que ofreció a San Martín una
manda poco común: la réplica de su embarcación, con banderitas y todo, en miniatura.
Cuentan los ancianos que
lo vieron, que enfrente del altar mayor de la iglesia de San Martín de Loba se encontraba
un bongo donde iban depositándose pon turnos las ofrendas ante el ojo vigilante de los
sacerdotes españoles encargados de administran los milagros. El día de la procesión, la
efigie del santo era paseada por las principales calles de la ciudad, totalmente
recubierta de dijes y perendengues.
El estampe, ahora
prácticamente desaparecido, aunque se conservan las herramientas, consistía en labrar en
acero, con lima y buril, el estampador que después sería impreso en la lámina de oro a
golpes de martillo.
Es de resaltar que los viejos maestros
dominaban también el trabajo del acero, conocían sus características de temple, y,
empíricamente, le daban la dureza requerida, observando la coloración que tomaba el
metal en la fragua: temple de hígado, temple de sangre y temple dorado, eran los nombres
de los diversos grados de calor a que sometían el acero para trabajarlo adecuadamente.
La fundición de pequeñas cantidades de
oro se hacía por medio del soplete de boca, antes de introducir el soplete de fuelle,
movido pon el pie. Aquél consistía en un canuto que servía para expeler el aire sobre
la llama de un mechón o candil, dominando la espiración, según la mayor o menor
intensidad. Este procedimiento debía efectuanse en el interior de un cajón en forma de
escaparate sin puertas, para evitar las incómodas corrientes que podrían estropear el
delicado trabajo.
Estos escaparates tenían, por lo tanto,
las paredes cubiertas de una gruesa capa de hollín. En asombrosa simbiosis laboral,
periódicamente llegaban los ebanistas solicitando al maestro autorización para raspan el
interior del mueble, y llevarse al taller el negro de humo que después sería utilizado
por ellos para pintar los ataúdes.
LOS HONESTOS FALSIFICADORES DE
MOMPÓS
La joyería momposina ha estado sujeta a
etapas alternas de auge y de crisis. De lo que se ha podido conservar en testimonios
orales, en lo que respecta al presente siglo y fines del pasado, podemos mencionan tres
épocas de auge claramente delimitadas: la primera, cuando se llevó a cabo la
construcción del canal de Panamá y la solicitud de las prendas locales, tuvo codiciada
demanda. Posteriormente, tras un interregno de varios decenios, el esplendor de la
explotación del banano también repercutió en la orfebrería momposma. Por último,
durante la segunda guerra mundial, ante la crisis europea y el tímido desarrollo de la
economía nacional, capitales de origen judío se vincularon a la villa y colocaron a casi
todos sus habitantes a depender de la elaboración del oro.
Fue la presencia de Isaac Voloj
Keshnevin, ciudadano de origen rumano, a quien, conjuntamente con Marcos Moskovich, que ya
estaba radicado en Cartagena, decidieron formar una empresa de tipo capitalista para la
fabricación de piezas, no solamente de filigrana, sino de índole diversa. Isaac Voloj
llegó a Cartagena a finales de la década de 1930 y comenzó a trabajar de panadero en
una industria en la que él mismo fabricaba las hogazas y luego salía a distribuirlas por
las calles tortuosas de la Heroica en una carretilla de pedal. Hombre culto hablaba
ruso, griego, inglés, francés, alemán y yidish y visionario, aprecié las
posibilidades de comercialización de las joyas momposinas, y se apareció por la villa a
principios de los años cuarenta, con oro en bruto que entregaba por libras a los
talleres, para que fabricaran lo que cada cual quisiera -o pudiera-, pues no estipulaba el
tipo de pieza, sino su peso. Estas, luego serían vendidas en los Estados Unidos, en
Centroamérica o en el mercado interno.
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Orfebre trabajando en su
taller
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Durante los intermedios
críticos, en los cuales la joyería dejaba de ser rentable, se presentaba la emigración
de familias enteras de orfebres, principalmente hacia Barranquilla, donde algunas
encontraron el enlace y el apoyo de los antiguos emigrados a raíz del cambio del cauce,
que habían partido con copiosos capitales y comenzaban a tener destacada figuración en
la naciente Arenosa: Santodomingo, Salcedo, Rosado, Blanco, Soto, Mendoza, pero que,
atados al terruño de sus antepasados, seguían conservando el tenue condón umbilical del
afecto hacía sus coterráneos.
Era tan natural la
maestría de los orfebres momposinos, que algunos de los que se quedaron, en la época
terrible de las vacas flacas, conseguían las monedas de plata de 0,900 que circulaban,
para hacen un molde, o vaciado, bajándole la aleación, y de tal forma subsistir,
consiguiendo para el diario en los momentos difíciles, cuando apremiaba la penuria. Era
sutil, en verdad, diferenciar la pieza original de la falsificada, dada la destreza de los
artesanos. Sin embargo, jamás tomó los visos de un fraude en gran escala, y lo relatamos
más como detalle ilustrativo de la crisis, resaltando la anécdota, que como actitud
permamente de dolo.
LOS PESCADITOS
DE ORO DEL CORONEL AURELIANO BUENDÍA
Al conversar con los
remanentes de la orfebrería momposina, que permanecen en su oficio más pon terquedad y
fuerza de la costumbre que pon esperanzas económicas, surge la duda y la honda
preocupación sobre la pervivencia de esta tradición secular. En ninguna otra de las
etapas de crisis, como ahora, expresan, se había visto más reducido el mercado y más
estrechas las posibilidades de subsistencia.
Gabriel García Márquez,
en Cien años de soledad, relata la patética historia del coronel Aureliano
Buendía, que en sus años postreros se dedicaba a la tarea interminable de elaboran
pescaditos de oro: "seguía fabricando dos pescaditos al día, y cuando completaba
veinticinco, volvía a fundirlos en el crisol para empezar a hacerlos de nuevo".
En este metáfora se
encierra el aprendizaje de la paciencia de los orfebres momposinos: ante la persecución
de todos los gobiernos, que han clasificado su trabajo como suntuario, el artesano sigue
entregando sus ojos gastados, sus cataratas, como precio de un trabajo sobre el metal que
enloquece a los hombres, pero que, para él, más allá de la ambición por haberle
conocido sus secretos, no se trata más que de la materia prima de su labor, una pasta
informe de color terroso y sucio, de la cual, poco a poco, con inigualable destreza, va
extrayendo las formas, los relieves, los destellos.
Muchas personas en
Mompós conocen y dominan la orfebrería, pero ya van siendo cada vez menos
los que la trabajan. Han tenido que derivar hacia lo que ahora se llama, con un eufemismo
tan pudibundo como ambiguo, "sector informal", que, en última instancia
hasta ese punto muerto de fosa abisal ha llegado el deterioro de nuestra
economía, designa a los chanceros, loteros, vendedores de cordones, fabricantes de
ojales, expendedores de dulces menudeados y cigarrillos sueltos, traficantes de baratijas,
casetes chimbeados, loza china, pomadas y menjurjes, intermediarios y artífices de la
filigrana del rebusque.
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"Ya por
Mompós no se pasa, a Mompós se llega".
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Por...
¿qué terminó emplear?: ¿miopía? se ha equiparado a los artesanos de
Mompós, Barbacoas y el Chocó con los opulentos joyeros del Chicó, tal vez por semejanza
fonética.
Si los conquistadores
españoles despreciaron, por ignorancia, el precioso legado milenario, nosotros, los
contemporáneos de una tradición que se extingue pon indiferencia, ambición u olvido, no
somos menos culpables. Algún día, tal vez no muy lejano, tendremos que recurrir a los
libros de los especialistas para conocer lo que no fuimos capaces de conservar.
REFERENCIAS
BIBLIOGRÁFICAS
DUQUE GÓMEZ, LUIS, Tribus
indígenas y sitios arqueológicos, Historia Extensa de Colombia, Academia Colombiana
de Historia, vol. 1, t. 2, Bogotá, 1967.
INSTITUTO GEOGRÁFICO AGUSTÍN CODAZZI, Departamento
de Bolívar, Aspectos geográficos, Bogotá, 1977.
PÉREZ DE BARRADAS, JosÉ, Orfebrería
prehispánica de Colombia, Banco de la República, Madrid, 1966.
RAMÍREZ ROMÁN, ORLANDO, Obeso,
hombre y medio, Boletín Historial Academia de Historia de Santa Cruz de Mompós, año
XXXIX, núms. 20-21, julio de 1985.
PLAZAS, CLEMENCIA; FALCHETTI, ANA MARÍA,
La orfebrería prehispánica en Colombia, Museo del Oro, Banco de la República,
Bogotá, 1983
RESTREPO, VICENTE, Estudios sobre las
minas de oro y plata en Colombia, FAES, Medellín, 1979.
SALCEDO DEL VILLAR, PEDRO, Apuntaciones historiales de Mompós, Tipografía
Democracia, Barranquilla, 1939.
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