Boletín Cultural y Bibliográfico. Número7,  Volumen XXIII , 1986
 

No sólo de café vive Colombia


Teatro:  El cumpleaños de Alicia
Historias de hacha y machete.
Más allá de la ejecución

Henry Díaz Vargas, Jorge Valencia V.
Universidad de Medellín, Medellín, diciembre de 1985,
127 páginas e ilustraciones

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La aparición de este volumen, conformado por tres piezas teatrales contemporáneas escritas en Medellín, debe celebrarse; no sólo porque otra breve antología, antioqueña en esta ocasión, viene a sumarie a las recientemente aparecidas en Bogotá, y ya comentadas aquí en parte, sino porque el libro, pulcramente editado a pesar de algunos lamentables errores de ortografía o de imprenta y de unas láminas algo inadecuadas respecto al contenido, nos presenta unos textos muy buenos que pueden ser el principio, no sólo de antologías análogas en otras regiones del país, sino de grandes días para la dramaturgia, tanto antioqueña como colombiana. Los dos autores comparten el vigor y el sentido teatral, pero Henry Diaz Vargas sorprende como un auténtico talento dramático: en él podría llegar a plasmarse el deseo, vivamente sentido en todo el ámbito teatral colombiana, de dejar de lado, de una vez, la serie de fórmulas ya trajinadas hasta el cansancio, para buscar, de nuevo, el auténtico discurso dramático. Díaz Vargas lo logra, porque es riguroso en construcciones teatrales coherentes e inteligibles, en la profundidad de la psicología, en la belleza y el vigor de un idioma generalmente diáfano y correcto. Si nuestros dramaturgos y grupos teatrales tomaran conciencia parecida, no estaría lejano el día en que el teatro colombiano superara definitivamente el fácil estereotipo, la fatigante cancatura y el maltrato del idioma.
Las tres obras que aparecen en el volumen fueron premiadas o recomendadas por el jurado del Primer Concurso de Dramaturgia promovido a finales del año pasado, por la Universidad de Medellín, institución que, coincidencialmente, también el año pasado, había concedido un primer premio de ensayo al autor de estas líneas por su Historia del teatro en Colombia, próxima a publicarse. Es, pues, pertinente aprovechar esta nueva oportunidad para felicitar a la Universidad de Medellín por dispensar tan valiosa atención al teatro colombiano.
Integraron el jurado de dramaturgia dos escritores teatrales veteranos, Carlos José Reyes y Gilberto Martínez, y un director, Jaime Botero, de televisión, si no ando desencaminado. En el acta, publicada al final del libro, el jurado deja constancia de sus vacilaciones para conceder el primer premio a El cumpleaños de Alicia de Henry Días Vargas, por encima de Historias de hacha y machete de Jorge Valencia V., quien recibió mención especial. Felizinente, también recomendó publicar Más allá de la ejecución de Henry Díaz Vargas, obra que, a mi modo de ver, bien habría podido merecer el primer premio. No cabe duda de que la decisión final era difícil.
Las tres piezas comparten ciertas características que las relacionan y dan unidad al volumen, es necesario recalcarlo. Todas se preocupan por tratar una temática estrictamente antioqueña, como si ésta hubiera sido una de las bases del concurso: El cumpleaños de Alicia lo hace desde el puntó de vista de la vida sórdida en los inquilinatos de la gran urbe medellinense, especificando incluso el barrio; Mas allá de la ejecución se remonta a los orígenes históricos de la región de Antioquia y del antiguo Caldas, pero no se queda ahí sino que constituye una forma muy particular e interesante de reconstruir la historia, como veremos; e Historias de hacha y machete, con un título quizás excesivamente folclónico que recuerda el célebre monumento de Armenia, presenta la colonización del Quindio, Risaralda y Caldas por los antioqueños. Siguen, pues, mostrándose muy orgullosos de ser quienes son; mas felizmente, también se presentan como son, sin heroísmos pero igualmente sin complejos. Los dos jóvenes dramaturgos continúan así una tradición que los ha identificado siempre como grupo regional:  milagrosa identificación entre los valores de la joven y de la vieja generación, en un país por lo general no muy conforme con su identidad cultural como es Colombia.
Sin embargo, aquí cabe anotar que, al parecer, no hubo participación de otras regiones colombianas entre las cuarenta y seis obras que leyó el jurado. Es como si el concurso se hubiera limitado exclusivamente a Antioquia, quizás porque no fue anunciado suficientemente fuera de ese departamento. En efecto, en Bogotá los resultados no se conocieron, y hubo que acudir a los periódicos de Medellín para enterarse; falla que, sin duda, habrá que remediar en los próximos concursos.
Regresando a nuestros dos autores, comencemos diciendo que Henry Díaz Vargas empezó su carrera teatral en la capital de Antioquia fundando un grupo, a finales de la década del setenta, que llamó Las Puertas, seguramente por el título de una de sus piezas teatrales. Dirige todavía ese grupo, además del CES y de la Academia Teatral de Antioquia. Ha sido uno de los más importantes miembros del Pequeño Teatro de Medellín, donde, alrededor de 1980 estrenó otra obra suya, Antonio Galán o de cómo se sublevó el común, pieza, a mi modo de ver, aún poco desarrollada por su repetición formal de recursos ya muy socorridos desde entonces. Pudimos verla en Ibagué en 1981, cuando el Pequeño Teatro realizaba una correría que incluiría también a Bogotá y a otras ciudades del país. Además de las citadas, se conocen de este autor obras como Los hombres, La candileja, El puño contra la roca, La encerrona del miedo. No sorprende que haya adquirido, definitivamente, una gran fuerza y una destreza teatral que lo colocan entre los más importantes dramaturgos colombianos del momento.
Ignoramos, desgraciadamente, los antecendetes del segundo autor, Jorge Valencia y, de quien se incluye un trabajo interesante que podría conducirlo a mayores logros en el futuró. De manera que no podemos hacer más que pedir a los editores que tengan la cortesía de presentar, aunque sea someramente, a sus autores.
Comencemos, entonces, hablando de este autor a quíen sólo podemos adivinar en una carrera que probablemente apenas inicia. La estructura de Historias de hacha y machete se concibe en una forma esencialmente lineal, expositiva, y se desenvuelve de manera estrictamente cronológica: la acción abarca más de cien años de historia de la colonización de Caldas, desde 1830, momento del comienzo de la explotación de las minas de oro y del establecimiento de los primeros colonos, hasta 1948, año del 9 de abril o "bogotazo",’ en que termina la obra. Siendo la historia tan importante y tan verazmente retratada, los personajes tienden a ser más las piezas de un engranaje histórico que el motor del mecanismo. La intención es, sin duda, mostrar que el pueblo antioqueño, sin héroes singulares, fue quien hizo realmente la colonización del antiguo Caldas, un poco en forma anónima. Esta es la misma idea que hallamos en muchas otras piezas colombianas contemporáneas, sobre todo en las llamadas políticas, como en Nosotros los comunes de La Candelaria, para citar simplemente un ejemplo. El efecto global, sin embargo, es todo lo contrario, pues la caracterización da la sensación de carecer de profundidad, porque los personajes, fugaces y anónimos, aparecen rápidamente para luego desaparecer por completo sin dejar trazas durables. Esto hace que en estas piezas, a mi modo de ver, se pierda no sólo la unidad temática, sino también la profundidad, y que se conviertan, en el peor de los casos, en una crónica histórica animada. El autor no logra liberarse de la historia; es a esto a lo que se ha dado en llamar, deformando sin duda a Brecht, teatro épico.
De manera que, en estas circunstancias, Valencia logra un efecto casi contrario al que presumiblemente busca: el engranaje maneja al individuo, la voluntad desaparece, la libertad también desaparece. El individuo se vuelve la víctima de la historia, no su amo; en casos extremos, que tal vez no sea el de esta obra, la despersonalización produce inevitablemente la impresión de que el pueblo colombiano es puramente pasivo y no dueño —por que no sabe cómo serlo- de un destino fatal de violencia e injusticia que ni siquiera intenta evitar o cambiar; simplemente lo sufre un poco estoicamente.
Pero esta obra tiene, afortunadamente, breves momentos de bien lograda caracterización a pesar de los nombres deliberadamente impersonales, y también momentos de diálogo excelente, de manera que ello está indicado que el autor podría explotar más profundamente esta indudable virtud dramática para sacarle un gran provecho. Ello evitaría tambien la sensación última que produce la pieza, de que es "plana" pues escasamente tiene un objetivo, caracterizado unitariamente en un individuo o en un grupo social determinado, que la impulse a avanzar.
El cumpleaños de Alicia y Más allá de la ejecución, de Henry Díaz Vargas, se diferencian bastante, en cuanto a enfoque y temática, no sólo de la pieza anteriormente comentada, sino también entre sí, para fortuna del autor, quien así nos muestra otra faceta de su talento: su pluralidad, no solo en la selección de los argumentos, sino en la forma de tratarlos; la segunda, en efecto, es también una obra histórica, pero qué forma tan diferente de asimilar la historia para volverla dramática, como veremos.
El cumpleaños de Alicia es decididamente una pieza más de tipo naturalista que realista. La estrenó el Pequeño Teatro de Medellín, con dirección de Rodrigo Saldarriaga, en octubre del año pasado, al tiempo que ganaba el premio. Según parece, la versión escénica es diferente de la literaria. Sería interesante ver este montaje, que, de acuerdo con lo que dicen, es de tipo surrealista, pues se enfocó la obra como un sueño, lo cual parece difícil, ya que, en mi opinión, la pieza toca a veces los extremos del melodrama de arrabal y es definitivamente naturalista en su descarnada sordidez, como he dicho.
Tiene como argumento, en efecto, una historia tremenda: las relaciones entre cuatro mujeres, fundamentalmente, y un hombre que aparece algo fugazmente y no forma parte del centro de la acción; el centro está más bien constituído por la relación amorosa de dos mujeres adultas, Alicia y Dévora, quienes llevan viviendo juntas, en la pensión de que es dueña la primera, más de veinte años. Las relaciones entre ellas se hallan completamente deterioradas, no exactamente por los años y la vejez, sino por la situación de sumisión de Dévora frente a Alicia, pues es prácticamente su criada, salida de los más sórdidos rincones de la vida. Dévora le ha ayudado a Alicia a criar los hijos, producto de un matrimonio que no fue de amor sino arreglado. Ardida en viejos rencores y quizás en envidias y celos, planea asesinar a Alicia ese día, que es el del cumpleaños de ésta, envenenándola con polvo de arsénico que coloca entre las hojas de la Biblia, que Alicia lée continuamente. Toda la obra constituye en realidad la agonía de Alicia, aun y especiallnente durante la celebración del cumpleaños, que se efectúa al final. A la fiesta asisten dos inquilinas de la pensión: Myriam, pintora que mostrará esa noche, en que ocurren muertes en serie por envenenamiento, el retrato que ha hecho de Alicia, y Magdalena, mujer que no logra arreglar un matrimonio que sostiene fuera de escena, y que es débil de carne y lengua, pues termina haciendo el amor, fuera de escena, con el ocasional amigo de Myriam, Homero, un poeta también conocido de Alicia, ya que ha tenido relaciones con Dévora. Vemos, pues, que la trama es extremadamente rica y compleja, de morbosa concepción, y que plantea muy bien los antecedentes, incluso psicológicos, de todos los sórdidos personajes; ninguno de ellos, en efecto, se salva de culpabilidad y las muertes del final son, en realidad, el coherente resultado de sus fallas morales. Pero la obra, por su mismo concepto de terrible historia, es naturalista, aunque está escrita con el vigor de un auténtico dramaturgo, en buen castellano, claro, muy duro, y posee, en fin, gran unidad de acción y de tema; recuerda mucho lo más logrado del teatro estadounidense, Tennessee Williams, O’Neill, siendo, sin embargo, muy colombiana en su temática y en su caracterización.
La revelación del libro, sin embargo, a pesar de la indudable calidad dramatúrgica de El cumpleaños de Alicia, está constituida por la ultima obra, sin premio alguno: Más allá de la ejecución. De ella, en efecto, creo no poder detectar precedentes en el teatro contemporáneo, a excepción, tal vez, de Huis dos de Sartre; aparece, en conjunto, como un trabajo perfectamente original. Siendo una obra fundamentalmente realista, no naturalista como la ya comentada del mismo autor, lo es, sin embargo, al modo de los clásicos españoles, incluso por el vigor del idioma, el cual, afortunadamente, no pretende ser de época, aunque la recuerda. Se plantea, en efecto, en un terreno rigurosamente histórico, que el autor, sin duda, ha llegado a dominar. Todo el bagaje informativo, sin embargo, que implica haber investigado un sin número de documentos antiguos y modernos, está tan bien asimilado, tan bien digerido, que constituye apenas el trasfondo de una caracterización maravillosa, de una obra inmensamente humana, auténticamente dramática a pesar de sus largos parlamentos y de sus extraordinarios monólogos, con una vida y un agarre propios que producen una vivísima impresión.

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El argumento, realizado tan solo por dos personajes, lo que ya constituye un acto de virtuosismo teatral al ser capaz el autor de mantener constantemente el interés con tan escasos recursos, comienza con el monólogo del conquistador Jorge Robledo, quien expone a sus capitanes (que no hablan) la grave situación en que se halla respecto al conquistador Sebastián de Belalcázar. Robledo, efectivamente, ha decidido compender por cuenta propia la conquista del territorio colombiano correspondiente a la actual Antioquia, hallándose, sin embargo, bajo el mando de Belalcázar; pero esto es lo mismo que Belalcázar había hecho con Pizarro, en el Perú, y que Almagro, a su turno, había llevado a cabo en Chile; y así tantos otros conquistadores, entre ellos Jiménez de Quesada. En esta primera escena, Robledo redacta una carta dirigida al visitador Díaz de Armendáriz, en la que acusa a Belalcázar de acosarlo y de matar a sus mensajeros, pretendiendo librarse de él en esta forma seudolegal. Se queda dormido y, para su sorpresa, es el propio Belalcázar quien hallándoló indefenso en su lecho, lo despierta, le muestra, terrible, la carta traicionera y lo condena a la pena de muerte que todos los colombianos conocemos: le manda cortar la cabeza, que hace colocar en la punta de una vara para escarmiento de las díscolas tropas españolas.
Pero la obra no comienza realmente en esta primera escena: éste es apenas una especie de prólogo indispensable para que el público se entere de los antecendentes del verdadero y terrible drama, el que empieza cuando, fantasmalmente, ingresa al escenario la cabeza empalada de Robledo, hablando, viva y sufriente. Aparece después también misteriosamente, el cadáver de Belalcázar, amortajado dentro de su ataúd, se establece un diálogo entre los dos personajes, que a veces hace estremecer de honor, pero, también, de risa; sí, de risa horrorizada, pues el público interviene en la obra con sus inevitables respiraciones, suspiros, movimientos y agitaciones de conciencia, y los personajes, que no saben dónde se hallan ni por qué están allí, creen, atormentados aún por antiquísimos rencores y por las falsificaciones que de ellos han hecho los siglos, es decir, el público, creen pues que se hallan en el infierno, o, al menos, en el purgatorio, ya que piensan ver almas en pena en el auditorio. Maravillosa y gran metáfora de la vida y de la muerte, de la justicia y la injusticia, del pecado y la inocencia, del mundo y del más allá, la creada aquí por Henry Díaz Vargas en esta pieza que desborde aún la imaginación del propio autor: su planteamiento es tan rico en contenidos, que uno, y el público, podría extenderse indefinidamente en comentados y especulaciones de todo género.
Pero hay que concluir, y hay que concluir diciendo que este volumen, en conjunto, es un libro apreciable. El teatro colombiano ha adquirido ya, en ocasiones como la presente, una madurez, un vigor, una autenticidad y un estilo todavía injustamente desconocidos e inapreciados. Este tipo de ediciones, que ya a pesar de todo comienzan a no ser tan raras, deberían estimularse en todas las regiones del país; podríamos descubrir así, maravillados, quizás para alivio de nuestro orgullo nacional tan maltrecho, que Colombia no es solamente café, esmeraldas y droga.

FERNANDO GONZALEZ CAJIAO