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No
sólo de café vive Colombia
Teatro: El cumpleaños de
Alicia
Historias de hacha y machete.
Más allá de la ejecución
Henry Díaz Vargas, Jorge Valencia V.
Universidad de Medellín, Medellín, diciembre de 1985,
127 páginas e ilustraciones
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La aparición de este
volumen, conformado por tres piezas teatrales contemporáneas escritas en Medellín, debe
celebrarse; no sólo porque otra breve antología, antioqueña en esta ocasión, viene a
sumarie a las recientemente aparecidas en Bogotá, y ya comentadas aquí en parte, sino
porque el libro, pulcramente editado a pesar de algunos lamentables errores de ortografía
o de imprenta y de unas láminas algo inadecuadas respecto al contenido, nos presenta unos
textos muy buenos que pueden ser el principio, no sólo de antologías análogas en otras
regiones del país, sino de grandes días para la dramaturgia, tanto antioqueña como
colombiana. Los dos autores comparten el vigor y el sentido teatral, pero Henry Diaz
Vargas sorprende como un auténtico talento dramático: en él podría llegar a plasmarse
el deseo, vivamente sentido en todo el ámbito teatral colombiana, de dejar de lado, de
una vez, la serie de fórmulas ya trajinadas hasta el cansancio, para buscar, de nuevo, el
auténtico discurso dramático. Díaz Vargas lo logra, porque es riguroso en
construcciones teatrales coherentes e inteligibles, en la profundidad de la psicología,
en la belleza y el vigor de un idioma generalmente diáfano y correcto. Si nuestros
dramaturgos y grupos teatrales tomaran conciencia parecida, no estaría lejano el día en
que el teatro colombiano superara definitivamente el fácil estereotipo, la fatigante
cancatura y el maltrato del idioma.
Las tres obras que aparecen en el volumen fueron premiadas o recomendadas por el jurado
del Primer Concurso de Dramaturgia promovido a finales del año pasado, por la Universidad
de Medellín, institución que, coincidencialmente, también el año pasado, había
concedido un primer premio de ensayo al autor de estas líneas por su Historia del
teatro en Colombia, próxima a publicarse. Es, pues, pertinente aprovechar esta nueva
oportunidad para felicitar a la Universidad de Medellín por dispensar tan valiosa
atención al teatro colombiano.
Integraron el jurado de dramaturgia dos escritores teatrales veteranos, Carlos José Reyes
y Gilberto Martínez, y un director, Jaime Botero, de televisión, si no ando
desencaminado. En el acta, publicada al final del libro, el jurado deja constancia de sus
vacilaciones para conceder el primer premio a El cumpleaños de Alicia de Henry
Días Vargas, por encima de Historias de hacha y machete de Jorge Valencia V.,
quien recibió mención especial. Felizinente, también recomendó publicar Más
allá
de la ejecución de Henry Díaz Vargas, obra que, a mi modo de ver, bien habría
podido merecer el primer premio. No cabe duda de que la decisión final era difícil.
Las tres piezas comparten ciertas características que las relacionan y dan unidad al
volumen, es necesario recalcarlo. Todas se preocupan por tratar una temática
estrictamente antioqueña, como si ésta hubiera sido una de las bases del concurso: El
cumpleaños de Alicia lo hace desde el puntó de vista de la vida sórdida en los
inquilinatos de la gran urbe medellinense, especificando incluso el barrio; Mas allá
de la ejecución se remonta a los orígenes históricos de la región de Antioquia y
del antiguo Caldas, pero no se queda ahí sino que constituye una forma muy particular e
interesante de reconstruir la historia, como veremos; e Historias de hacha y machete, con
un título quizás excesivamente folclónico que recuerda el célebre monumento de
Armenia, presenta la colonización del Quindio, Risaralda y Caldas por los antioqueños.
Siguen, pues, mostrándose muy orgullosos de ser quienes son; mas felizmente, también se
presentan como son, sin heroísmos pero igualmente sin complejos. Los dos jóvenes
dramaturgos continúan así una tradición que los ha identificado siempre como grupo
regional: milagrosa identificación entre los valores de la joven y de la vieja
generación, en un país por lo general no muy conforme con su identidad cultural como es
Colombia.
Sin embargo, aquí cabe anotar que, al parecer, no hubo participación de otras regiones
colombianas entre las cuarenta y seis obras que leyó el jurado. Es como si el concurso se
hubiera limitado exclusivamente a Antioquia, quizás porque no fue anunciado
suficientemente fuera de ese departamento. En efecto, en Bogotá los resultados no se
conocieron, y hubo que acudir a los periódicos de Medellín para enterarse; falla que,
sin duda, habrá que remediar en los próximos concursos.
Regresando a nuestros dos autores, comencemos diciendo que Henry Díaz Vargas empezó su
carrera teatral en la capital de Antioquia fundando un grupo, a finales de la década del
setenta, que llamó Las Puertas, seguramente por el título de una de sus piezas
teatrales. Dirige todavía ese grupo, además del CES y de la Academia Teatral de
Antioquia. Ha sido uno de los más importantes miembros del Pequeño Teatro de Medellín,
donde, alrededor de 1980 estrenó otra obra suya, Antonio Galán o de cómo se sublevó
el común, pieza, a mi modo de ver, aún poco desarrollada por su repetición formal
de recursos ya muy socorridos desde entonces. Pudimos verla en Ibagué en 1981, cuando el
Pequeño Teatro realizaba una correría que incluiría también a Bogotá y a otras
ciudades del país. Además de las citadas, se conocen de este autor obras como Los
hombres, La candileja, El puño contra la roca, La encerrona del miedo. No sorprende
que haya adquirido, definitivamente, una gran fuerza y una destreza teatral que lo colocan
entre los más importantes dramaturgos colombianos del momento.
Ignoramos, desgraciadamente, los antecendetes del segundo autor, Jorge Valencia y, de
quien se incluye un trabajo interesante que podría conducirlo a mayores logros en el
futuró. De manera que no podemos hacer más que pedir a los editores que tengan la
cortesía de presentar, aunque sea someramente, a sus autores.
Comencemos, entonces, hablando de este autor a quíen sólo podemos adivinar en una
carrera que probablemente apenas inicia. La estructura de Historias de hacha y machete se
concibe en una forma esencialmente lineal, expositiva, y se desenvuelve de manera
estrictamente cronológica: la acción abarca más de cien años de historia de la
colonización de Caldas, desde 1830, momento del comienzo de la explotación de las minas
de oro y del establecimiento de los primeros colonos, hasta 1948, año del 9 de abril o
"bogotazo", en que termina la obra. Siendo la historia tan importante y
tan verazmente retratada, los personajes tienden a ser más las piezas de un engranaje
histórico que el motor del mecanismo. La intención es, sin duda, mostrar que el pueblo
antioqueño, sin héroes singulares, fue quien hizo realmente la colonización del antiguo
Caldas, un poco en forma anónima. Esta es la misma idea que hallamos en muchas otras
piezas colombianas contemporáneas, sobre todo en las llamadas políticas, como en Nosotros
los comunes de La Candelaria, para citar simplemente un ejemplo. El efecto global, sin
embargo, es todo lo contrario, pues la caracterización da la sensación de carecer de
profundidad, porque los personajes, fugaces y anónimos, aparecen rápidamente para luego
desaparecer por completo sin dejar trazas durables. Esto hace que en estas piezas, a mi
modo de ver, se pierda no sólo la unidad temática, sino también la profundidad, y que
se conviertan, en el peor de los casos, en una crónica histórica animada. El autor no
logra liberarse de la historia; es a esto a lo que se ha dado en llamar, deformando sin
duda a Brecht, teatro épico.
De manera que, en estas circunstancias, Valencia logra un efecto casi contrario al que
presumiblemente busca: el engranaje maneja al individuo, la voluntad desaparece, la
libertad también desaparece. El individuo se vuelve la víctima de la historia, no su
amo; en casos extremos, que tal vez no sea el de esta obra, la despersonalización produce
inevitablemente la impresión de que el pueblo colombiano es puramente pasivo y no dueño
por que no sabe cómo serlo- de un destino fatal de violencia e injusticia que ni
siquiera intenta evitar o cambiar; simplemente lo sufre un poco estoicamente.
Pero esta obra tiene, afortunadamente, breves momentos de bien lograda caracterización a
pesar de los nombres deliberadamente impersonales, y también momentos de diálogo
excelente, de manera que ello está indicado que el autor podría explotar más
profundamente esta indudable virtud dramática para sacarle un gran provecho. Ello
evitaría tambien la sensación última que produce la pieza, de que es "plana"
pues escasamente tiene un objetivo, caracterizado unitariamente en un individuo o en un
grupo social determinado, que la impulse a avanzar.
El cumpleaños de Alicia y Más allá de la ejecución, de Henry Díaz Vargas, se
diferencian bastante, en cuanto a enfoque y temática, no sólo de la pieza anteriormente
comentada, sino también entre sí, para fortuna del autor, quien así nos muestra otra
faceta de su talento: su pluralidad, no solo en la selección de los argumentos, sino en
la forma de tratarlos; la segunda, en efecto, es también una obra histórica, pero qué
forma tan diferente de asimilar la historia para volverla dramática, como veremos.
El cumpleaños de Alicia es decididamente una pieza más de tipo naturalista que
realista. La estrenó el Pequeño Teatro de Medellín, con dirección de Rodrigo
Saldarriaga, en octubre del año pasado, al tiempo que ganaba el premio. Según parece, la
versión escénica es diferente de la literaria. Sería interesante ver este montaje, que,
de acuerdo con lo que dicen, es de tipo surrealista, pues se enfocó la obra como un
sueño, lo cual parece difícil, ya que, en mi opinión, la pieza toca a veces los
extremos del melodrama de arrabal y es definitivamente naturalista en su descarnada
sordidez, como he dicho.
Tiene como argumento, en efecto, una historia tremenda: las relaciones entre cuatro
mujeres, fundamentalmente, y un hombre que aparece algo fugazmente y no forma parte del
centro de la acción; el centro está más bien constituído por la relación amorosa de
dos mujeres adultas, Alicia y Dévora, quienes llevan viviendo juntas, en la pensión de
que es dueña la primera, más de veinte años. Las relaciones entre ellas se hallan
completamente deterioradas, no exactamente por los años y la vejez, sino por la
situación de sumisión de Dévora frente a Alicia, pues es prácticamente su criada,
salida de los más sórdidos rincones de la vida. Dévora le ha ayudado a Alicia a criar
los hijos, producto de un matrimonio que no fue de amor sino arreglado. Ardida en viejos
rencores y quizás en envidias y celos, planea asesinar a Alicia ese día, que es el del
cumpleaños de ésta, envenenándola con polvo de arsénico que coloca entre las hojas de
la Biblia, que Alicia lée continuamente. Toda la obra constituye en realidad la agonía
de Alicia, aun y especiallnente durante la celebración del cumpleaños, que se efectúa
al final. A la fiesta asisten dos inquilinas de la pensión: Myriam, pintora que mostrará
esa noche, en que ocurren muertes en serie por envenenamiento, el retrato que ha hecho de
Alicia, y Magdalena, mujer que no logra arreglar un matrimonio que sostiene fuera de
escena, y que es débil de carne y lengua, pues termina haciendo el amor, fuera de escena,
con el ocasional amigo de Myriam, Homero, un poeta también conocido de Alicia, ya que ha
tenido relaciones con Dévora. Vemos, pues, que la trama es extremadamente rica y
compleja, de morbosa concepción, y que plantea muy bien los antecedentes, incluso
psicológicos, de todos los sórdidos personajes; ninguno de ellos, en efecto, se salva de
culpabilidad y las muertes del final son, en realidad, el coherente resultado de sus
fallas morales. Pero la obra, por su mismo concepto de terrible historia, es naturalista,
aunque está escrita con el vigor de un auténtico dramaturgo, en buen castellano, claro,
muy duro, y posee, en fin, gran unidad de acción y de tema; recuerda mucho lo más
logrado del teatro estadounidense, Tennessee Williams, ONeill, siendo, sin embargo,
muy colombiana en su temática y en su caracterización.
La revelación del libro, sin embargo, a pesar de la indudable calidad dramatúrgica de El
cumpleaños de Alicia, está constituida por la ultima obra, sin premio alguno: Más
allá de la ejecución. De ella, en efecto, creo no poder detectar precedentes en el
teatro contemporáneo, a excepción, tal vez, de Huis dos de Sartre; aparece, en
conjunto, como un trabajo perfectamente original. Siendo una obra fundamentalmente
realista, no naturalista como la ya comentada del mismo autor, lo es, sin embargo, al modo
de los clásicos españoles, incluso por el vigor del idioma, el cual, afortunadamente, no
pretende ser de época, aunque la recuerda. Se plantea, en efecto, en un terreno
rigurosamente histórico, que el autor, sin duda, ha llegado a dominar. Todo el bagaje
informativo, sin embargo, que implica haber investigado un sin número de documentos
antiguos y modernos, está tan bien asimilado, tan bien digerido, que constituye apenas el
trasfondo de una caracterización maravillosa, de una obra inmensamente humana,
auténticamente dramática a pesar de sus largos parlamentos y de sus extraordinarios
monólogos, con una vida y un agarre propios que producen una vivísima impresión.
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El argumento, realizado
tan solo por dos personajes, lo que ya constituye un acto de virtuosismo teatral al ser
capaz el autor de mantener constantemente el interés con tan escasos recursos, comienza
con el monólogo del conquistador Jorge Robledo, quien expone a sus capitanes (que no
hablan) la grave situación en que se halla respecto al conquistador Sebastián de
Belalcázar. Robledo, efectivamente, ha decidido compender por cuenta propia la conquista
del territorio colombiano correspondiente a la actual Antioquia, hallándose, sin embargo,
bajo el mando de Belalcázar; pero esto es lo mismo que Belalcázar había hecho con
Pizarro, en el Perú, y que Almagro, a su turno, había llevado a cabo en Chile; y así
tantos otros conquistadores, entre ellos Jiménez de Quesada. En esta primera escena,
Robledo redacta una carta dirigida al visitador Díaz de Armendáriz, en la que acusa a
Belalcázar de acosarlo y de matar a sus mensajeros, pretendiendo librarse de él en esta
forma seudolegal. Se queda dormido y, para su sorpresa, es el propio Belalcázar quien
hallándoló indefenso en su lecho, lo despierta, le muestra, terrible, la carta
traicionera y lo condena a la pena de muerte que todos los colombianos conocemos: le manda
cortar la cabeza, que hace colocar en la punta de una vara para escarmiento de las
díscolas tropas españolas.
Pero la obra no comienza realmente en esta primera escena: éste es apenas una especie de
prólogo indispensable para que el público se entere de los antecendentes del verdadero y
terrible drama, el que empieza cuando, fantasmalmente, ingresa al escenario la cabeza
empalada de Robledo, hablando, viva y sufriente. Aparece después también
misteriosamente, el cadáver de Belalcázar, amortajado dentro de su ataúd, se establece
un diálogo entre los dos personajes, que a veces hace estremecer de honor, pero,
también, de risa; sí, de risa horrorizada, pues el público interviene en la obra con
sus inevitables respiraciones, suspiros, movimientos y agitaciones de conciencia, y los
personajes, que no saben dónde se hallan ni por qué están allí, creen, atormentados
aún por antiquísimos rencores y por las falsificaciones que de ellos han hecho los
siglos, es decir, el público, creen pues que se hallan en el infierno, o, al menos, en el
purgatorio, ya que piensan ver almas en pena en el auditorio. Maravillosa y gran metáfora
de la vida y de la muerte, de la justicia y la injusticia, del pecado y la inocencia, del
mundo y del más allá, la creada aquí por Henry Díaz Vargas en esta pieza que desborde
aún la imaginación del propio autor: su planteamiento es tan rico en contenidos, que
uno, y el público, podría extenderse indefinidamente en comentados y especulaciones de
todo género.
Pero hay que concluir, y hay que concluir diciendo que este volumen, en conjunto, es un
libro apreciable. El teatro colombiano ha adquirido ya, en ocasiones como la presente, una
madurez, un vigor, una autenticidad y un estilo todavía injustamente desconocidos e
inapreciados. Este tipo de ediciones, que ya a pesar de todo comienzan a no ser tan raras,
deberían estimularse en todas las regiones del país; podríamos descubrir así,
maravillados, quizás para alivio de nuestro orgullo nacional tan maltrecho, que Colombia
no es solamente café, esmeraldas y droga.
FERNANDO GONZALEZ CAJIAO
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