Boletín Cultural y Bibliográfico. Número7,  Volumen XXIII , 1986
 

¿Negociando?


Crisis de Panamá 19OO-19O4.
Cartas de Tomás Herrán

Thomas Dodd (compilador)
Banco de la República

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Es éste uno de los libros de carácter histórico editados recientemente por el Banco de la República.
Como su título lo indica, se trata de la publicación, precedida por breve prólogo del profesor Thomas Dodd, compilador de la obra, de toda la correspondencia oficial y privada producida por Tomás Herrán y Mosquera en la época en que, de 1900 a 1904, le tocó participar en las discusiones y firma final del célebre documento sobre el canal de Panamá que llevó el nombre de Tratado de Herrán-Hay, y cuyo rechazo posterior por el senado colombiano dio lugar a la separación definitiva del istmo. La obra contiene, además, y éste es el trabajo principal del señor Dodd, numerosas notas explicativas de pie de texto, que contribuyen a una mejor interpretación de los documentos transcritos, y en especial algunos datos biográficos que para el historiador colombiano son de importancia y de difícil obtención, sobre los personajes de origen estadounidense que figuraron en la tramitación del tratado, o que se involucraron en la política colombiana durante aquellos años.
Contra lo que muchos colombianos de las nuevas generaciones han creído, no fue don Tomás Herrán un personaje segundón y sin importancia, al que se le puso en la legación colombiana en Washington como hombre de paja para que firmase el tratado, mientras los que tenían la responsabilidad directa de firmarlo, principalmente el doctor José Vicente Concha, le sacaban el cuerpo a esa misión. Claro que Herrán no tenía la importancia política de sus antecesores; pero no era, ni mucho menos, un desconocido, pues su padre y su abuelo materno eran nada menos y nadie menos que los generales Pedro Alcántara Herrán y Tomás Cipriano de Mosquera, ambos presidentes de la república. Tal como lo recuerda en detalle el profesor Dodd, el joven vástago de tan ilustre tronco fue educado cuidadosamente por sus progenitores en los Estados Unidos y en Europa, pero sus preocupaciones básicas no fueron ni la política ni la milicia, sino más bien la pedagogía y la diplomacia, actividades estas que lo llevaron a ejercitar sus conocimientos en diversos campos, primero en Antioquia, de cuya universidad llegó a ser rector, después de ocupar en 1898 el ministerio de instrucción pública durante el gobierno de don José Manuel Marroquín, y antes había sido cónsul de Colombia en Hamburgo, donde permaneció diez años, lo que le permitió dominar el idioma alemán, como dominaba también el inglés. Todo lo cual supo él combinar con algunas actividades mercuriales derivadas tal vez de su contacto y alianza matrimonial con familias prominentes de la clase empresarial y financiera antioqueña.
Herrán era, pues, un colombiano ajeno a las pasiones políticas que habían arrebatado a su padre y a su abuelo, y cuya existencia habría pasado más o menos sin pena ni gloria por la escena colombiana, a no ser por una jugarreta del destino, cuando lo sometió a la más terrible de las pruebas: enfrentarlo, solo, a la más formidable maquinaria política y diplomática que han visto los siglos.
Cuando, entristecido y amargado, el señor Herrán pasó a mejor vida, en 1904, su viuda no destruyó sus papeles, cosa muy frecuente entre las viudas colombianas, sino que se los obsequié a la Universidad de Georgetown, que era su alma máter, en donde esos documentos fueron custodiados y clasificados sistemáticamente, haciendo así posible su publicación crítica, como lo acaba de hacer el doctor Thomas Dodd, que es profesor de historia en esa universidad.
Noble intento en verdad, pero desafortunado, pues, por desgracia, de ese voluminoso conjunto documental no sale nada en el orden puramente histórico que los colombianos no hubiéramos podido conocer por otros conductos; y, en cambio, sí aparecen dos hechos nuevos —por lo menos para mí— que habría sido mejor que se quedaran definitivamente en la penumbra, para bien de la memoria del señor Herrán.
Uno de ellos, lamentable en grado sumo, es que don Tomás, al tiempo que ejercía sus funciones como secretario de nuestra legación en Washington, y luego como plenipotenciario encargado, tenía amigos en Medellín a los que mantenía informados cablegráficamente sobre los acontecimientos que pudieron influir en las fluctuaciones del cambio, lo que permite presumir que no lo hacía gratis et amore, sino que era un negocio en participación. Prueba irrefutable, y yo diría que dolorosa, de ello es que el mismo día en que firmé el tratado que llevó su nombre (22 de enero de 1903), don Tomás se tomó el trabajo de escribir a don Julio Uribe, de Medellín, una extensa carta que aparece en la página 269 del libro en cuestión, en la que le cuenta los detalles del suceso, y en cuyo final puede leerse este párrafo: "Juzgo que la mera noticia de haberse firmado el Tratado, ejercerá una poderosa influencia sobre el precio del cambio, y que haya podido usted aprovechar el aviso que por cable le di". O sea, que no se le había secado aún la tinta de la pluma con que había firmado el convenio internacional más importante de la historia de Colombia, cuando ya salía don Tomás a notificar cablegráficamente del hecho a sus corresponsales antioqueños.
El otro hecho increíble, pero cierto, del que me confieso ignorante hasta ahora, pese a haber trajinado tanto sobre este tema, es el de que en el currículum vitae de nuestro negociador en Washington, estaba, al momento de ser nombrado como tal, el hecho de haber sido durante siete (7) años (de 1877 a 1879 y luego de 1893 a 1900) nada menos que cónsul y agente comercial de los Estados Unidos de Norteamérica en Medellín (e incluso cuando fue ministro de educación lo hizo tras solicitar licencia indefinida al Departamento de Estado-, hecho que moralmente lo habría debido descalificar e inhabilitar para ocupar aquel alto y delicado cargo. Y lo más grave es que el gobierno colombiano debía tener, por razones obvias, conocimiento pleno de esta circunstancia.
Desde luego, ello no arguye necesariamente colusión entre el señor Herrán, como plenipotenciario colombiano, y el departamento de Estado de los Estados Unidos, del que ya había sido funcionario. Del estudio que se ha realizado sobre la actuación de don Tomás en este asunto, parece ser que nuestro negociador de última hora no podía hacer más de lo que hizo, y que, a pesar de todo, obtuvo apreciables ventajas pecuniarias para Colombia en el texto final del tratado, gracias sin duda a sus relaciones con la alta burocracia de Washington; péro tenemos que admitir que el solo hecho de haber sido representante de los Estados Unidos en Colombia en época teciente, arroja una sombra sobre su actuación en los Estados
Unidos como agente de Colombia. Es éste un caso triste para el honor nacional, en el que también quizás se hubiera podido decir, como se dijo en el caso del Tratado Hay-BunauVarilla, sobre el canal, firmado meses después entre Washington y Panamá, que "los Estados Unidos habían firmado un Tratado consigo mismos".
En ocasiones anteriores, cuando he escrito sobre Panamá y su separación de Colombia, mi espíritu, no sé por qué, se ha inclinado siempre benévolamente sobre la actuación de don Tomás Herrán en este episodio de nuestra historia: he tratado de disculparlo, y he rechazado con disgusto, por apasionado, aquello que en memorable ocasión, refiriéndose a él, dijo el doctor Pérez y Soto en nuestro senado de la república, que "para criminales de esa laya, la horca les viene chica".
Hoy, después de leer estos papeles, no sería ya capaz de volver a meter mi mano en el fuego por este personaje; y creo que, en vez de un favor, la publicación de sus papeles lo que ha hecho es un daño, y bien grande, a su memoria. Lo siento mucho por el profesor Dodd, que con tanta dedicación se tomó el trabajo de catalogarlos.

EDUARDO LEMAITRE