Boletín Cultural y Bibliográfico. Número7,  Volumen XXIII , 1986
 

El mar como ladrillo


Mirando hada el mar
Autores: niños colombianos
Ediciones División de Comunicaciones,
Sección de publicaciones,
Instituto Colombiano de Bienestar Familiar,
1984, 386 págs.

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La tía Marta le había prometido a Juan que cuando cumpliera seis años le mostraría el mar. El día de su cumpleaños la tía le llevo —en lugar de los pasajes— un libro sobre el mar, escrito por niños. Resignado, pero con la esperanza, al menos, de ver el mar a través del libro, comenzó a hojearlo. ¡Oh desilusión! No era ni capaz de cogerlo, por lo grande y pesado, y adentro sólo encontró unos cuantos dibujitos de animales marinos.
Su mamá, un tanto apenada con la tía, intentó calmarlo leyendo en voz alta algunos cuentos: eran tantos que no sabía por donde empezar, y los que leyó estaban escritos por niños que tampoco conocían el mar. Los 132 cuentos que componen Mirando hacia el mar son producto de un concurso realizado por el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, Colcultura y la secretaría de educación del distrito, con niños de todos los departamentos, intendencias y comisarías del país.
La intención del concurso está explícita en el prologo:

El concurso buscaba estimular la creatividad de los niños y despertar
su interés en torno a una de las riquezas naturales más importantes
de nuestra geografía. Era el interés ofrecer la oportunidad a los niños
que no conocen el mar de confrontar su imaginación con la realidad
y familiarizarse con el paisaje marino...

Allí, en este enfrentamiento del niño, a partir de la palabra, con una realidad desconocida, radica el error de concepción del concurso: la experiencia literaria se basa fundamentalmente en el conocimiento de una realidad. Todo escritor sabe que sus mejores fuentes las encuentra en la realidad que conoce. Con el niño pasa lo mismo. Tal vez para él las fronteras entre crear y vivir se hallen menos delimitadas. La imaginación del niño está esencialmente ligada a su noción de realidad.
Al leer cuidadosamente los cuentos, encontramos dos miradas totalmente distintas. El mar de los niños que nunca lo han visto es un mar poblado de ideas. El enfrentamiento del niño en su proceso creativo es con la idea de mar, con el concepto. Resulta una experiencia racional alejada de la experiencia imaginaria.
En esa idea del mar viven las ideas del bien y del mal, de la solidaridad, de la amistad, de la guerra y del odio. Es el mar del discurso transmitido por el adulto. También es objeto del sentimiento del niño: nostalgia por encontrarse privado de conocer el mar, objeto de odio o de amor; evasión del subconsciente, idealización de un deseo. O sea, el mar resulta un pretexto, un espacio a priori para expresar un sentimiento o una reflexión.
Al contrario, la experiencia de los niños para quienes el mar forma parte de su realidad circundante, es infinitamente más rica. Sin entrar a juzgar el talento literario de cada niño, vemos en general abundancia de recursos, producto del conocimiento. En este mar no sólo hay sirenas, ballenas y tiburones, como en el otro, sino que también numerosos seres entran a poblar el espacio real-imaginario: gaviotas, pelícanos, perdices, mangles, caracuchas... El niño cuenta con más posibilidad para crear. Puede describir el mar y describir el paisaje que lo rodea, la narración resulta más verosímil; hay una confabulación entre la realidad y la fantasía.
Encontrarse de golpe con 132 cuentos, reunidos en un solo libro cuyo interés es más sociopolítico que literario, con muy pocas ilustraciones, resulta un reto más que un placer. El niño o el adulto que quieren leer Mirando hacia al mar pierden interés rápidamente, tanto pon la cantidad de cuentos como pon el desequilibrio en su calidad.
¿Por qué no un cuento por región en vez de cuatro? Se hubiera logrado una calidad más homogénea y mejor, a partir de un rigor selectivo. ¿Por qué no los cuentos ilustrados por los mismos niños, también mirando hacia el mar? El error de concepción se hubiera saldado con una edición más ágil, más creativa, y que tuviera más en cuenta al niño lector, a quien supuestamente va dirigido el libro.

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No se pueda negar que como experimento didáctico resulta valioso. Ojalá en todas las escuelas colombianas se estimulara la creatividad, se le diera importancia a la imaginación. Ojalá los talleres literarios formaran parte del programa escolar.
Quizás lo que faltó fue un conocimiento más profundo del mundo del niño, una concepción del concurso más integrada a la psicología infantil, que partiera del niño creador y concluyera en el niño lector. Desconocemos el proceso de preparación de los niños para escribir los cuentos, pero en muchos de éstos se evidencia el discurso del maestro, una preparación "académica" sobre la significación del mar, que limita la expansión imaginativa del niño. De todas maneras no se trata de que los niños escriban grandes obras maestras, sino de un ejercicio creativo, muy similar al juego, a un espacio lúdico en que el mundo se reinventa a partir de la palabra, pero de la palabra del niño, no de la del adulto.

BEATRIZ HELENA ROBLEDO