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Guayaco,
¿arrabal de París?
Hojas de papel
Manuel Mejía Vallejo
Ediciones Universidad Nacional, Bogotá,
1985, 172 págs.
Con todo puede el papel:
desde una pajarita origami hasta el airoso avión del escolar, una sanguina de Durero, un
poema de san Juan de la Cruz, una lista de mercado, las digresiones de un escribidor,
máscaras de carnaval. Hojas de papel se titula, precisamente, un volumen de
veintidós ensayos de Manuel Mejía Vallejo que recoge escritos desperdigados en
diferentes publicaciones y fechas.
Se trata del primero de una serie de doce libros que integran una canastilla (41a número
uno?) que la Universidad Nacional de Colombia ha editado bajo el membrete de Colección
Popular. Hay de todo como en botica. Un análisis del papel subalterno de la mujer en los mass
media. Una introducción a la astronomía. Un estudio sobre la isla de San Andrés. Un
tratado muy serio sobre el álgebra en el Renacimiento, con título de poema de Alvaro
Mutis. Crónicas. Relatos. El común denominador parece ser la ausencia de esa figura
imprescindible en la industria editorial, el corrector de pruebas. Pululan los errores
ortográficos, la puntuación irregular, las omisiones, las reiteraciones, las
distorsiones, las tildes anacrónicas, la carencia total de diéresis, signos de
admiración o interrogación que se cierran sin haberse abierto... Un amplio repertorio de
disparates como para poner a prueba la paciencia de cualquier lector. Para no hablar de
los nervios del autor.
Hojas de papel forma parte del homenaje que la Universidad Nacional le ha ofrecido
a Mejía Vallejo para conmemorar ocho lustros de vida literaria. Un Medellín ya
desaparecido de fachadas republicanas, tertulias de escritores de bigote y borsalino
rodeados de aguardiente, niebla de tabaco y puticas enamoradas; bares de candilejas
coloradas a la deriva en la noche, como buques espectrales, por entre juergas de padre y
señor mio y episodios de melodrama o crónica roja -esa zona tórrida evocada con saudade
y excelente pluma por Juan José Hoyos en La última muerte de Guayaquil, todo
ello desfila implícita o explícitamente por estas hojas de papel. Que se hallan muy
cerca de la excelencia en La Vieja Antioquia, inmersión en busca de las raíces
del ser antioqueño (el artículo se inicia al amanecer del Descubrímiento y concluye en
los recuerdos envejecidos de los abuelos, cubiertos por el polvo de la babel de cemento
que trepa hacia las nubes); en La ciudad en fuga, cuyo comienzo empata con el punto
final de la Vieja Antioquia y que registra demoliciones, ensanches y nuevas
fundaciones; y en Don Benigno y nuestra identidad, muestrario de las heridas
irreparables y el sonambulismo que entraña la amnesia cultural, y un pionero en eso de la
valoración de lo propio, el sonsoneño don Benigno A. Gutiérrez.
Convocador de sombras en un crepúsculo sombrío, Mejía Vallejo ofrece en sus ensayos
pensamientos que son fruto de una nimia concienzuda. Sobre la semana santa: "era en
realidad una fiesta hermosa por el hondo teatro que llevaba, donde el dolor hacía de
protagonista. Y el ritual solemne y el sentido religioso de una magnificencia más alta
que nuestros propios sentidos". Sobre los escritores costumbristas: "en una
forma u otra de allí venimos todos, frecuentemente sin llegar a superarlos". Sobre
las verdades en salsa de formol: "solamente los bobos y fanáticos tienen verdades
definitivas, y de ellas se aferran como de una ubre porque los amamanta su carencia de
imaginación". Define de mano maestra la modestia consustancial del poeta Hernando
Rivera Jaramillo: "Quería ser nadie, borrarse un poco para morir menos a la hora de
morir.
Bajo el postulado sensiblero de que "querer, pero querer a fondo, es una categoría
estética" ("querer los trenes y los tractores****"...) es una buena
condición humana, una especie de servicio obligatorio de la conducta"), contiene
también una serie de formulaciones inadmisibles por enfáticas o por apoyarse en
sofismas. Dice, por ejemplo, que la poesía es "esa otra forma de la
respiración". A pesar de las reservas del en cierta manera, nos cuesta
trabajo aceptar que "toda novela es un chisme largo", acaso por la acepción
peyorativa del vocablo chisme. Sostiene que "lo clásico tiene el poderío de
ser intemporal, así esté inscrito en una época y un espacio determinados", pero
después de Borges sabemos que lo clásico es relativo, es decir, sujeto a las veleidades
de la historia y la geografía. "La vida siempre ha sabido más que la
filosofía", gencraliza la pág. 61, y uno se pregunta qué sentido tienen en el
contexto filosofía, vida
o
saber más. Es cierto que abundan
sistemas filosóficos que, como las hermanastras de la Cenicienta, intentan acomodar lo
real por las malas entre moldes primorosamente elaborados, pero tales sistemas no son la
filosofía.
En innumerables pasajes proliferan larguisimas listas de nombres, silencios llenos de
"sabitud", polisíndeton en demasía, adjetivación de floripondio,
enumeraciones altisonantes ("otro rincón de la tierra donde crecen árboles con
permiso del aire, donde el viento quiere defender todavía su vocación de altura"),
exuberancias de cucurbitácea ("escritor, un oficio más entre tantos oficios, [...]
como sobar la cabeza del hijo soñoliento. Como llorar"), almíbares de
epistolario sentimental ("el verso untaba el labio de fiebre y temblor en ausencias
de luna"), prodigiosa profusión de anécdotas, vengan o no a cuento. Ante algunos
ensayos (Barba Jacob, Carta a un escritor joven, Liderazgo de la nostalgia) uno
tiene la no muy grata impresión de sorprender las expansiones querendonas de un beodo
pasmado con los primeros gallos. Con la última página puede quedar, en palabras de Louis
Pauwels, "un poco de calor, pero ninguna luz".
No hace mucho decía un intelectual de cafetín que "no me gusta la escritura de
Mejía Vallejo, por provinciano". Ignoro si provinciano significa aquí
habitante de la provincia o escritor sobre la provincia. Ninguna de tales opciones
justifica ese parecer, pero la segunda menos aún, pues todo buen escritor de Homero
a Cervantes y García Márquez logra instaurar lo universal entre las cuatro
esquinas de su terruño, llámese Liliput o Macondo. Ciertas deficiencias -cosmopolitismo
a ultranza o chauvinismo parroquial no son achacables al lugar de nacimiento de un
autor.
HUMBERTO BARRERA ORREGO
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