Boletin Cultural y Bibliográfico   Número 7,  Volumen XXIII,   1986
 
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Los niños salen disfrazados desde dos casas diferentes a buscar al Niño Dios que ha sido previamente escondido en un sitio que todos conocen pero fingen ignorar.

Etnia y tradición religiosa:
adoraciones nortecaucanas del Niño Dios

HELIANA PORTES DE ROUX
Profesora asistente Universidad del Valle
FOTOGRAFIAS: MARÍA CECILIA POSADA

EN LOS PRIMEROS meses de cada año los pobladores negros de muchas localidades del norte del departamento del Cauca y del sur del departamento del Valle, celebran las adoraciones del Niño Dios. Las adoraciones -como se las suele denominar- constituyen la manifestación religiosa más importante de la población negra de la región, tanto por su arraigo en la tradición como por la connotación social que tienen.

Las adoraciones hunden sus raíces en el pasado lejano para honrar en el presente al Niño Dios. Su celebración, sin embargo, nunca coincide con la navidad, pues se realizan principalmente en febrero y marzo. Algunos ancianos señalan que esto se debe a que durante la época de la esclavitud los negros tenían que asistir a las celebraciones organizadas por los amos, y sólo podían dedicar algún tiempo a sus propias fiestas cuando había cesado en las haciendas toda festividad conmemorativa del nacimiento de Jesús. Otros cuentan que las adoraciones coincidían en el pasado con épocas de cosecha, pues era durante aquellas cuando se disponía de dinero para celebrarlas con decoro. Quizás las dos explicaciones se fundamenten en la historia y tan sólo se refieran a momentos diferentes que por lo lejanos se confunden en los vericuetos de la memoria colectiva.

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La capitana de Santa Rosa. Cada pueblo tiene su capitana que es la encargada de conservar la tradición de las fiestas. Ella debe guardar la memoria de todos los cantos y la forma como se colocan los ornamentos

En realidad, la tradición oral ilustra poco sobre el origen mismo de las adoraciones y únicamente nos dice que "vienen de muy atrás", transmitidas de generación en generación. Lo más probable, sin embargo, es que su génesis esté ligada a la historia de la hacienda esclavista nortecaucana y a sus mecanismos de control social. Después, paulatinamente las adoraciones evolucionaron sobre todo durante el periodo en que el negro, una vez convertido en campesino libre, las apropió y transformó su versión original para legarlas al presente en una forma modificada y enriquecida.

LA ADORACIÓN CAUTIVA

Un rasgo distintivo de las adoraciones es que por su conducto hemos recibido, con pocas irregularidades, textos variados del romancero español de los siglos XVI y XVII que se cantaban en las festividades navideñas (Beutler, 1977; Castellanos y Atencio, 1984). Sin duda alguna, el esclavo los aprendió originariamente en las haciendas, al obligársele a asistir y participar en actos piadosos efectuados durante celebraciones religiosas.

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Cuando encuentran al Niño Dios, en cada celebración hay 2 niños, son llevados en este tipo de canastas previamente adornadas por las cantoras quienes también se encargan de disfrazar a los niños.

Al esclavo llevado al norte del Cauca se le destinó al laboreo en las haciendas y minas, donde se le sometió a severos controles y obligaciones. Dentro de éstas, el que aceptara la ideología dominante era particularmente importante para mantenerlo en sujeción. Las haciendas, por ser universos autocontenidos dentro de los cuales, no sólo se desenvolvía una economía relativamente cerrada, sino que se reproducía una visión de la vida y del mundo coherente con el pensamiento colonial, sirvieron de excelentes matrices para inculcar doctrinas y normalizar comportamientos.

Por un lado, la hacienda nortecaucana era con frecuencia asiento de curas, por cuanto en la región, durante la colonia y con la excepción de Caloto, no existían centros poblados, lo que hacía que la población se radicara en las haciendas. Japio, la principal hacienda esclavista de la zona, era viceparroquia (Sendoya, 1975) y casi todas las haciendas mantenían capillas propias. En ellas, por lo tanto, se verificaban tanto el culto como las festividades religiosas, especialmente la navidad.

Por otra parte, en la hacienda nortecaucana no floreció una economía de plantación que hubiese facilitado un despegue más rápido hacia la constitución de un folclor autónomo. En la región del Caribe, donde el monocultivo destinado a mercados externos constituyó la economía pedominante, y donde se recibían de manera continua nuevos insumos culturales del África, los esclavos pudieron desde la temprana colonia ir articulando una cosmovisión propia y expresarla mediante formas de fuerte inspiración africana.

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Momento del encuentro entre los dos grupos de niños que han salido al encuentro de las imágenes escondidas.

En la plantación los esclavos vivían en barracas, separados del mundo de los blancos y sometidos a aislamiento forzoso, lo que les facilitó recomponer un ethós que, aunque sincrético, reposaba firmemente sobre elementos mítico-mágicos aportados por las culturas originales.

En la hacienda nortecaucana, por el contrario, las relaciones amo-esclavo se fundamentaron sobre esquemas paternalistas que posiblemente no aliviaron el sufrimiento de los esclavos, pero que sí facilitaron la remodelación de su pensamiento. La práctica del servicio doméstico, por ejemplo, ocupaba una buena proporción del tiempo de los esclavos y era de común ocurrencia que negras recién paridas sirviesen de nodrizas a niños blancos. A los ancianos o a los que no podían rendir debidamente en faenas pesadas, se les destinaba a prestar servicios menores en la casa de la hacienda. Además, se cuidaba especialmente de que los niños negros adquirieran desde temprana edad los hábitos y principios que los amos consideraban "civilizados". La vida cotidiana en horas y días de descanso giraba alrededor de la casa principal, teniendo como eje al hacendado y su familia, quienes, por mantener relaciones cercanas y directas con sus esclavos, conocían por el nombre a cada uno de ellos y guiaban, con frecuencia personalmente, su proceso de socialización.

Las adoraciones surgieron, entonces, como una fiesta cautiva de la dinámica sociorreligiosa de la hacienda señorial. Si bien es cierto que constituyeron una forma de control ideológico, no lo es menos que contribuyeron a fortalecer vínculos entre los esclavos, a aportar elementos para su futura afirmación cultural y a estimular el posterior desenvolvimiento de una identidad propia.

Es importante anotar que los esclavos bozales procedían por lo general de culturas africanas variadas y que fueron traídos a América en grupos heterogéneos en los que se compartía color y cautiverio pero cuyos miembros, dada la composición cultural diversa, no tenían las mismas costumbres ni tradiciones y hablaban con frecuencia lenguas diferentes, lo que les dificultaba comunicarse entre sí. Este proceso de desarticulación de las culturas ancestrales, que se acentuaba en los mercados de esclavos, los colocaba en un contexto donde la única posibilidad de supervivencia y de comunicación dependían de la asimilación de la lengua y las enseñanzas de los amos blancos.

A mediados del siglo XVIII las transacciones de esclavos bozales en el norte del Cauca eran ya suficientemente escasas (Colmenares, 1984) como para dificultar la renovación de la cultura negra en función de nuevos aportes africanos. Rotos tempranamente los vínculos con África y sin posibilidad de recibir la influencia cultural de ese continente —ruptura que no se produjo en Cuba ni en Brasil hasta las postrimerías del siglo XIX—, la población negra nortecaucana, en el contexto de la hacienda esclavista ya descrito, adoptó una visión religiosa inspirada más en la tradición judeo-cristiana que en la cosmogonía yoruba o ashanti, fula o angola, congo o ardá.

CIMARRONAJE Y ADORACIONES

Las guerras de la independencia contribuyeron al debilitamiento de la hacienda esclavista y a impulsar el movimiento emancipador que, por diversas vías, los esclavos venían gestando tiempo atrás. Desde el punto de vista político, aceleraron el proceso liberador al introducir fisuras que comenzaron a resquebrajar las relaciones de dominación y sumisión propias de la hacienda esclavista. La manifestación más visible de este proceso fue la proliferación del cimarronaje (Mina, 1975) y el fortalecimiento de la tendencia a ocupar terriotorios boscosos pertenecientes a las haciendas pero sobre los cuales, por razones de inestabilidad política, éstas difícilmente podían ejercer algún control.

La ocupación de tierras boscosas se acentuó a mediados del siglo XIX, una vez consolidada la libertad, pues los negros libertos preferían asentarse en territorios marginados del dominio señorial, o vincularse a las haciendas como terrazgueros con derecho al usufructo de parcelas. La ocupación clandestina o semiclandestina de los bosques contribuyó a diseminar la población por una región relativamente amplia y facilitó el surgimiento de un campesinado libre que logró, con base en el cultivo del cacao, crear una economía propia, independiente del poder de las haciendas y relativamente próspera (De Roux, 1983). Sin embargo, la apropiación que logró el negro libre en una porción importante del territorio nortecaucano no se dio por fuera de conflictos con los hacendados, los que no cesaron hasta bien entrado el presente siglo (Mina, 1975).

Es muy posible que las adoraciones adquiriesen nueva dimensión y significado en el contexto de la lucha por el derecho a un espacio propio y por la defensa de éste. Atencio y Castellanos (1982:11) destacan especialmente el aspecto comunicativo de las adoraciones, derivado de su constitución en espacios de reencuentro, de ruptura del aislamiento físico y social y de la oportunidad para recrear los vínculos comunitarios.

Probablemente las adoraciones se constituyeron, durante el periodo histórico en el cuál se consolidó un campesinado libre, en escenarios para fortalecer la autonomía mediante la reafirmación cultural, y sin duda alguna contribuyeron a construir la identidad y a afianzar el sentido de etnia y de comunidad. Es posible también que fuese durante este periodo —en ausencia de la visión fiscalizadora de curas doctrineros y de hacendados— cuando las adoraciones sufrieran sus más profundas modificaciones conviniéndose en cultura negra en el sentido señalado por Bastide (1969). Esto, como resultado de dramatizar el legado lírico del romancero y enriquecer el ritual con la danza, con el canto responsorial, con elementos profanos, con una coreografía particular y revestirlo dé formas rítmicas sintónicas con la lejana tradición africana. Además, y en concordancia con los ciclos naturales, las adoraciones se acoplaron a tiempos de cosecha, que permitían darle a la fiesta la solemnidad exigida por la importancia del reencuentro.

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La Banda de músicos del pueblo encargada de acompañar las fiestas durante toda la semana.

Como señalan Castellanos y Atencio (1984:139), las adoraciones no son manifestaciones de negros que simplemente reproducen el lenguaje, versos y rimas de origen europeo para acompasarlo con "retenciones" de origen africano. Son una creación colectiva propia alimentada por vertientes culturales diversas, que se reedita en función de situaciones socioeconómicas, de sentimientos y de necesidades de reafirmar el derecho a lo propio. Las adoraciones son ejemplo de aquellas fiestas de origen europeo que el negro penetró, transformó y apropió, guardando en este caso el texto literario como parte de un ritual sacralizado que lo reconecta con su pasado histórico pero que enriqueció en su forma y convirtió en mediación cultural para la supervivencia de su propia identidad.

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Cuando las dos imágenes del Niño Dios son depositadas en el pesebre los participantes comienzan a bailar la juga.

LAS ADORACIONES HOY.  UNA DESCRIPCIÓN

Febrero y marzo, meses de recolección y relativo buen tiempo, son escogidos para la adoración. El porqué, como ya se dijo, se pierde en la memoria de los viejos, pero ahora lo principal es conseguir los músicos, el dinero para pagarles y para comprar la pólvora. Lo demás corre a cargo de las dueñas de la fiesta, o síndicas, quienes aportarán su conocimiento de las loas, de los versos o coplas de las jugas, y quienes enseñarán a los niños las danzas y las vueltas; y de los jóvenes, adultos y ancianos que participan siempre con la alegría y el entusiasmo, el baile, el aguardiente y los cantos al Niño Dios.

Miremos con algún detalle la fiesta de adoración celebrada tradicionalmente en una pequeña vereda nortecaucana.

Los personajes que intervienen son los siguientes: primera y segunda madrinas; el rey y la reina; la princesa; la samaritana; los reyes magos; el ángel de las nubes; indios, gitanas, pastoras y soldados. Todos los personajes están en plena juventud, y ya la dueña les ha enseñado las recitaciones.

El viernes, en casa de la síndica hay un apagón premeditado que alguien aprovecha para "robarse" al Niño Dios, que ha permanecido en esta casa durante todo el año. Todos saben "quién se lo robó" pero simulan no saberlo y salen a buscarlo de casa en casa aprovechando para hacer una visita y tomar un aguardiente.

El sábado. Una buena nueva: ¡Han encontrado al niño! ¡Vamos a adorar! Los músicos, los personajes de las estampas y las cantoras se reúnen en la casa de la dueña para recibir las últimas instrucciones antes de comenzar la procesión. Adelante va una niña vestida de blanco, con alas y corona; en la mano lleva una vara muy larga con una estrella grande y dorada en su extremo. Tres niñas de blanco la siguen, portando el pabellón nacional. A continuación van los reyes, niños de diez a doce años que visten capas de colores y coronas. Aparece un estandarte con un abanico dorado lleno de festones blancos, en cuyo interior marchan la primera madrina y el primer padrino. La madrina lleva una canastilla muy arreglada que servirá de cuna al Niño Dios. En seguida va el segundo estandarte, con flores rojas y festones azules; en el centro, el segundo padrino y la segunda madrina. Desfilan los gitanos, las indias, los soldados y toda la gente de la vereda con velas o linternas. Al final desfilan los músicos que tocan de seguida durante toda la procesión. De pronto aparece una niña vestida de blanco, alas y corona dorada; viene sobre un anda con arco blanco y la transportan dos señores a una altura de dos metros y medio. Es el ángel de las nubes.. Todos aplauden y entre pólvora y música sigue la procesión hasta llegar al patio de una casa donde se encuentra el pesebre, muy rústico, en cuyo interior se halla entre pajas el Niño Dios, única imagen, ya que todos los demás personajes son vivos. A su lado, san José y la Virgen. Y entonces comienzan las recitaciones:

HABLA LA VIRGEN:
Yo soy la Virgen María,
la madre del Redentor;
al padrino y la madrina
doy a cargar el Señor.

HABLA SAN JOSÉ
San José tenía celos
en el parto de María,
en el vientre de la Madre
el Niño se sonreía.

Y todos los personajes irán diciendo sus loas, pero entre una recitación y otra hay música, piden nuevas jugas y todos bailan, beben y cantan. Después de varias horas de dramatización y fiesta algunos se van a su casa; otros, los jóvenes, bailarán salsa en las casetas mientras las capitanas y cantoras seguirán bailando jugas hasta el amanecer.

Las adoraciones cumplen así su cometido: reunir a los viejos amigos y familiares; bailar, beber y divertirse; salir de la rutina por lo menos una vez al año y conservar la ilusión de la siguiente adoración perpetuadora de una antigua tradición.

Con relación a la juga, podríamos decir que es la forma musical característica de los cantos y danzas de la adoración. La palabra juga puede obedecer a la variación fonética del vocablo que designaba a la fuga europea del siglo XVIII. Sin embargo, el esquema de esta fuga en nada se parece al de las jugas de adoración, cuya forma es muy sencilla:

Primera idea musical (A) - Estribillo
Segunda idea musical (B) - Estribillo

En muchos ejemplos sólo existe una idea musical (A) seguida por el estribillo. Es decir, cambia el texto de los versos pero melódicamente se repite sólo una idea musical.

La célula rítmica de la juga es esencialmente la misma del currulao, en el cual predomina el compás binario de 6/8, marcado por instrumentos de percusión tales como el bombo, los cununos o las tamboras, a los cuales se integran los demás instrumentos y las voces de las cantoras y coros.

A la juga del norte del Cauca y del sur del Valle se la conoce en el Pacífico como juga de arrullo, donde también se la destina principalmente a las celebraciones navideñas, aunque aparece como toque de juga, en su sentido rítmico, en otras épocas del año.

La juga a que nos referimos es siempre bailada y su coreografía surge a partir de una o dos filas encabezadas por las capitanas, que serpentean en vueltas y pasajes frente al pesebre.

Una característica predominante de la juga es su forma antifonal o dialogada entre la cantora como voz principal y el coro integrado por todos los que deseen participar y que casi siempre son los niños y mujeres, que repiten el estribillo. Este diálogo se caracteriza por una armonización espontánea en las voces y por un timbre sonoro muy particular de las mismas.

CANTORA:  El niño en la cuna llora
CORO:  Ay Dios, ay Dios

Los versos de las jugas son en su mayoría octosílabos:

este puro de guarapo o
el Niño en la cuna llora

Las estrofas, por lo general, son cuartetas en las que riman el segundo y cuarto versos:

San José pidió posada pa’ su esposa que traía; de adentro le contestaron:
no hay posada pa’ María.

Los textos religiosos constituyen la gran mayoría de los versos, aunque se encuentran algunos textos de naturaleza secular como en las estampas de "la india vieja" y en "el guarapo".

EL FUTURO DE LAS ADORACIONES

Con la expansión de los cultivos de caña de azúcar y la transformación de muchas poblaciones nortecaucanas, otrora campesinas, en campamentos de asalariados, sobre todo a partir de los años sesenta, se da la tendencia a que las adoraciones desaparezcan en poblados donde ya predomina un proletariado desvinculado de la tierra.

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Según la tradición la fiesta se celebra de día o de noche. La gente alista desde temprano los festones. Cada pueblo tiene su madrina cuyo oficio es recoger y llevar el niño hasta el pesebre (izquierda). Para empezar a bailar la juga los niños preparan dos filas de ángeles (centro). Los ángeles pueden llegar a serlo después de haber hecho la primera comunión, más que nada, porque ya tienen el vestido.

 

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La ruptura de la familia extensa y la reasignación de nuevas funciones a la mujer —transmisora de la tradición— han contribuido a acelerar en dichos sitios la desaparición de las adoraciones como fiesta de reencuentro. Sin embargo, en la medida en que persisten en el norte del Cauca y en el sur del Valle comunidades campesinas, las adoraciones continúan teniendo vigencia como la fiesta de negros más importante de la región. No obstante, como toda manifestación cultural, la fiesta ha venido sufriendo transformaciones. La presencia de factores externos a las comunidades ha conducido a modificaciones que probablemente harán de las adoraciones, en un futuro, el motivo central de una celebración que desborda el contenido eminentemente religioso original.

Afortunadamente, en la conciencia colectiva de la población campesina de la región se halla fuertemente arraigado el sentimiento de que las adoraciones constituyen su tradición más antigua y su elemento de reafirmación cultural más importante. En la medida en que esta conciencia se mantenga, es altamente probable que la población negra del norte del Cauca y del sur del Valle se encargue de mantener viva su tradición.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ATENCIO, JAIME; CASTELLANOS ISABEL,
Fiestas de negros en el norte del Cauca:
las adoraciones del Niño Dios, Cali, Universidad del Valle, 1982.


BASTIDE, ROGER,
Las Américas negras, Madrid, Alianza Editorial, 1969.

CASTELLANOS, ISABEL; ATENCIO, JAIME,
"Raíces hispanas en las fiestas religiosas de los negros del norte del Cauca, Colombia", en Latin American Research Review, vol. XIX, núm. 3, 1984.

COLMENARES, GERMÁN,
Popayán: continuidad y discontinuidad regionales en la época de la Independencia, Cali, Universidad del Valle, departamento de historia, mimeógrafo, 1984.

DE ROUX, GUSTAVO,
Reflexiones en torno a la descomposición del campesinado norte-caucano,          
Santiago, GlA, 1983.

MINA, MATEO,
Esclavitud y libertad en e! valle del río Cauca. Ediciones La Rosca, Bogotá, 1975.

SENDOYA. MARIANO,
Caloto ante la historia, 2 vols. Cali, 1975.