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La mujer que engullía animales
Germán Rueda
Ediciones Algalia, Bogotá, 1985,153 págs.
De Germán Rueda no contamos con otra
información fuera de la que trae el libro. Dice allí que es de Duitama, que nació en
1956 y que "no hay datos de otros municipios". Confiados en la veracidad de esta
noticia, nos declaramos exentos del habitual esbozo evolutivo de su obra, de la sospecha
de que se consolida un autor y de la decepción porque anda despistado. También se nos
avisa que demoró doce años el diploma de derecho. Si no los dedicó al activismo o a la
literatura, su producción ha de ser abundante y casi de seguro clandestina. Por último,
se nos revela que "escribe por inspiración de los dioses que reinan en las
profundidades de las estrellas". A las musas, desterradas del hontanar al asteroide,
les disgusta que estas cosas se impriman.
El prologuista vacila en calificar La mujer que engullía animales como "un
relato largo o novela corta o story". La clasificación no es necesaria. La
suma de renglones daría para un cuento, pero la obra está dispuesta de modo que pululen
los espacios en blanco que han venido a suplir lo "descartable", la molestia de
una descripción circunstancial. Por contraste a menudo simplemente visual,
estos vacíos suelen hacer que las palabras estampadas parezcan esenciales, y en todo caso
desdibujan las fronteras de los géneros y, por existir la escuela que confunde la lírica
y lo ralo, aproximan el texto a los formatos de la poesía tentativa, sin que se pueda
acusar al autor de sentimentalismo. En fin, se trata de "una nueva forma experimental
sin raíces [?]
y que corre el peligro de transformarse en una
proliferación de apuntaciones de taller". Que valga la advertencia.
Emplear el adjetivo nuevo es un antiguo disimulo de los prólogos. La cita de Pedro
Páramo al comienzo del libro es menos melindrosa con el asunto de las leyes de
herencia. Y, en efecto, la serie subsiguiente de diálogos tajantes y escenas descarnadas
busca la atmósfera de engañosa crudeza que ese título evoca. En sus ratos felices,
Rueda logra también la sensación de haber sacado el cuento a machetazos: "Venían
borrachos. El horizonte se hallaba despejado y de haber querido habrían contado con las
manos las estrellas, al entrar al rancho. Ladraban también los perros de la casa vecina.
Un aire les estremeció el cuerpo en el momento de prender los cabitos de vela"
(pág. 93). Esta técnica de la sangre fría se ha hecho de rigor para el relato de
violencia, debido a su eficacia. Establece una consonancia entre la economía literaria y
el modo como lo aciago se ceba golpe a golpe sobre los hombres y cosas historiados. Para
esto es preciso que el autor sea inclemente, hasta el punto final. Rulfo ejercía, sin
ocultársela al lector, una suerte de crueldad con la materia literaria equivalente a la
que se derrama en el mundo narrado. El resultado de esa dureza fue el énfasis. Pero hoy
en día nos tiembla la mano, si así se puede interpretar el ensayo que hace Rueda de
conjugar esta severidad con el sarcasmo y los aires de farsa.
Quizás todo se deba a una duda. Prueba de su seguridad es que no falta quien considere
trucos formales las más fantásticas escenas de Rulfo, hasta tal punto equiparó la
disciplina retórica con la realidad de la miseria. El mundo de Pedro Páramo es
tanto más amargo cuanto el autor deja saber que el estilo que lo cuenta es absolutamente
irremediable. Pero hemos terminado por creer que nada es substancial, por la mera razón
de que a fin de cuentas todo puede decirse de mil modos. A él se le reprocharía el
encubrir la distorsión, y esta sería la razón de que Rueda se permita intervenir
abiertamente en el relato y aparecer irónico, ya que la alternativa sería callar de una
vez: "la verdad nunca se supo, pero no importa: en la vida tampoco hay que
saberlo todo" (pág. 19).
El escritor parece demasiado consciente de que otros libros aguardan en la mesa de noche a
sus lectores. La concisión se confunde con la prisa. Así escenifica la violencia con la
simplicidad de la geometría, en dos pueblos de climas antagónicos, los habitantes, el
trazado y las calles, imágenes virtuales unos de otros. Ya se suba o se baje, todo queda
al otro lado del espejo. El argumento carece de originalidad. No está claro si esto forma
parte del sarcasmo o del escepticismo, o si Rueda confía en refrescarlo con estas
posiciones.
La violencia en los libros, como la de las estadísticas, sucede en "original y
muchas copias", según diría Rueda. De nuevo aquí desfilan o se arrastran el
pérfido hacendado, la muchacha estuprada, los frutos del derecho de pernada, el mayordomo
bandolero y el perro que mira como un perro. La protagonista, que envejece levantando dos
hijas bastardas y, ya que sus menstruaciones son también diametrales, haciendo de relevo
para que estén los yernos satisfechos, guardaría un silencio similar al misterio sobre
la vejación del hacendado, a quien repudia desde entonces, de no ser porque Rueda comete
el descuido de explicarla:
"Lo exorbitado de los funerales hizo renacer en Termópilas Eleodora la admiración
por el terrateniente, base de todo amor" (pág. 127). Ella enloquece así
justificada, y en el vagabundeo da en hurtar animales ajenos que se devora crudos. Si esto
no fuera ya hiperbólico, se diría que arruina la vida de los suyos.
Pero como la historia no da un paso sin burlarse un poco de sí misma, distinguirle
defectos o incongruencias es decir que repitan el chiste. Cuando la ironía se exacerba,
delata lo que Rueda presume prescindible: "En las llanuras se extasiaron sin lirismos
ni güevonadas al observar el horizonte" (pág. 122). Aunque a veces la intención no
es del todo evidente: "Años cotidianos, iguales como hojas de un solo árbol; años
en los que el ritmo de la vida se menguó para los ancianos, al contrario que para los
adolescentes, para quienes el sol de la existencia continuó en la plenitud de su
alumbramiento" (pág. 51). Si no se nos tuviera prevenidos, éstas parecerían
ordinarieces. Es duro el arte de darle filo a lo manido.
Y como sólo cabe hablar del tono general, que se acepta o se rechaza según criterios
personales, es pertinente anotar que en la relación de lós funerales del villano
aparecen dos referencias a Gabriel García Márquez que tal vez se deberían haber dejado
para un cuento distinto. Hacerle un guiño es permitir que las teclas se inquieten, y este
"capítulo" fantasea de un modo que la ironía lacónica no quiere para el resto
del escrito. Con esta fuga se solidarizan los nombres de los personajes. Inodoro
Elemental, Carbonudo Bustamante, Bulgaria, son muestras de una nómina que los escarmienta
por si el destino afloja. Los resultados del contraste no son muy convincentes, pero
habrá quien sonría. El lector juzgará si conviene conserles cascabeles a un tema cuya
emotividad es más difícil cada vez debido a éxitos pasados y temores presentes. El
libro es otro intento para obviar un dilema corriente de la literatura colombiana:
renunciar al relato de violencia rural o escribir porque ésta persiste después de
haberlo dicho todo; es, en última instancia, producto del escándalo de que de pronto lo
monstruoso nos parezca aburrido. Y tóca a los interesados ir arrancando sin quererlo las
páginas del mismo, hasta que ya no quede sino la de la fe de erratas, que contiene una
errata, y preguntarse si el descuadernarse y el error en la enmienda son otras ironías
voluntarias.
CARLOS JOSÉ RESTREPO
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