Boletín Cultural y Bibliográfico. Número7,  Volumen XXIII , 1986
 

El discreto encanto de la antología


Una generación desencantada
Harold Alvarado Tenorio (compilador)
Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá 1985

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Harto sabido y asaz imprevisible al mismo tiempo es el destino de una antología de poetas. La palabra viene del griego y apunta a un sustantivo (flor) y a un verbo (escoger). De ahí se desprende que, en la mayoría de casos, una antología pueda definirse muy bien por los poetas excluidos y no sólo por los que la conforman. Los ejemplos están de más. Por eso una obra de este tipo suele ser rebatida con otra semejante de inequívoca intención. Y el mejor lector seguirá siendo el tiempo. Algunas antologías "serias" del siglo XIX son leídas hay como potajes que causan hilaridad. En fin, en este rubro sabemos que las antologías más deliciosas son las que colectaban los más dilectos versos a Cupido. Y en el presente siglo a Eros. ¿Y mañana?
Lo que en definitiva salva o hunde un libro de esta naturaleza son los poemas, qué duda cabe. Ahora bien:  cuando una selección de poetas recibe un rótulo como el que enmarca a estos siete escritores colombianos, hay que tomar las cosas con algo de prudencia. En un artículo de 1984 (aparecido en Magazin Dominical de El Espectador, núm. 87, Bogotá, 25 de noviembre), Harold Alvarado Tenorio reunió a cuatro poetas con el titulo "Una generación desencantada". Allí pasó revista a ciertos aspectos de la poesía de José Manuel Arango, María Mercedes Carranza, Juan Manuel Roca y Juan Gustavo Cobo Borda, y sus relaciones con el entorno histórico-social. En la introducción establece un vínculo —por ausencia, casi— con el nadaísmo a través del parentesco de los poemas de J. M. Arango con el primer libro de Jaime Jaramillo Escobar. El criterio de aquella selección podía resumirse con estas indicaciones: "Para los poetas de la Generación Desencantada no hubo, como podrá verse después en los textos, un país al cual asirse [...] el hilo que los une es la desolación frente al presente y la nostalgia de un país, que, por supuesto, nunca existió" (pág. 15, art. cit).
El libro que comentaré —una segunda edición; no conozco la primera— incluye, además de esos cuatro poetas, a Giovanni Quessep, Darío Jaramillo y Harold Alvarado Tenorio. Por ahí va la cosa, al parecer. Y la primera pregunta surge: ¿cuál es el verdadero criterio? Porque ponerle nombre a una generación (recordemos ese famoso libro del 70:
Antología de una generación sin nombre) es aceptar que dicha generación existe y que, por añadidura, tiene apellido (que aquí se quiere poético-político). Pero ello pedirla un prólogo pormenorizado, datos en orden de cada poeta y, lo principal, una bibliografía que sustente los términos empleados. De por sí es complicadísimo justificar el término generación (salvo que sigamos invocando a Ortega y Gasset, que en paz descanse); más arduo aún es ponerle una chapa y que luego empiece a dar de comer a conferencistas, gacetilleros o profesores universitarios.
En la contratapa del libro se explica que estos poetas nacieron "entre mil novecientos treinta y cinco y mil novecientos cincuenta y [que] publicaron sus libros iniciales en la década de los setentas". Válgame Dios: en la página 45 descubrimos que G. Quessep dio a conocer Después del paraíso y El ser no es una fábula en 1961 y 1968 respectivamente. ¿Cómo es la jarana, entonces? El prologuista, Antonio Caballero, con una astucia que anda en la cautela, se refiere con mucho acierto a los poetas diciendo que "no es su país lo que [les] corresponde cambiar, sino la poesía". Y previamente aclara: "a cada uno de ellos".
¿Por alguna razón especial se establece que el compilador es uno y otro quien firma el prólogo? ¿Y que cada autor seleccionó sus poemas? Vayamos por partes. Me da la impresión de que el libro es un pretexto, como sucede con casi todas las antologías, para juntar a poetas que tienen y no tienen que ver con los postulados de Alvarado Tenorio (al margen de las observaciones acuciosas de A. Caballero). Si le pasaron la voz a Quessep, ¿por qué no a Elkin Restrepo, Raúl Henao, Alvaro Miranda, Henry Luque Muñoz, quienes al parecer sí entran en los criterios de la edición? O pienso, de inmediato, en García Maffla, que publico en 1968 su libro Morir lleva un nombre corriente. (Cito por los datos que figuran en La otra literatura latinoamericana, del pata Cobo Borda).
Puestos algunos puntos sobre algunas íes, paso a decir que Una generación desencantada es un libro de poemas que se sostiene a las mil maravillas gracias al encanto de una poesía que dialoga con tramas y claroscuros. Puedo apostar —y equivocarme de palmo a palmo, lo admito— que los poemas aquí presentados, y que avalan de algún modo los criterios, pudieron ser otros y la cosa le habría puesto los pelos de punta al compilador. Poco interesa. El libro, como está, vale la pena por varias razones: todos los poemas tienen un excelente nivel; las selecciones no se quedan cortas ni se alargan; cada escritor ha configurado una unidad, ya que no prevalece el criterio cronológico ni la "evolución poética". Se trata en verdad de cortes que dejan presenciar un limpio trabajo con la palabra, sustento que seguirá definiendo la poesía de cualquier hijo de vecino. Y aquí encuentro que uno de los logros del volumen es comprobar cómo cada escritor pelea con el lenguaje. Sus artes poéticas —explícitas o no— se definen en el nivel de la representación oblicua de las palabras frente a la nunca bien ponderada realidad. Si existe desencanto o desengaño, se da a ese nivel. No en balde J. M. Arango concibe la ciudad como un texto que lucha a brazo partido contra la mera taxonomía o el cotidiano repertorio de objetos y escenas. De lo que habla este libro es del rigor con que siete poetas asumen su oficio. Y como no tengo reparos respecto a los poemas, sólo me queda terminar estas líneas con una arenga. "¡Poetas excluidos; a tomar las armas!" Que en términos geopolíticos implica lanzarse a la batalla con otra antología de candela.

 

EDGAR O’HARA