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El
discreto encanto de la antología
Una generación desencantada
Harold Alvarado Tenorio (compilador)
Universidad Nacional de Colombia,
Bogotá 1985
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Harto sabido y asaz
imprevisible al mismo tiempo es el destino de una antología de poetas. La palabra viene
del griego y apunta a un sustantivo (flor) y a un verbo (escoger). De ahí se desprende
que, en la mayoría de casos, una antología pueda definirse muy bien por los poetas excluidos
y no sólo por los que la conforman. Los ejemplos están de más. Por eso una obra de
este tipo suele ser rebatida con otra semejante de inequívoca intención. Y el mejor
lector seguirá siendo el tiempo. Algunas antologías "serias" del siglo XIX son
leídas hay como potajes que causan hilaridad. En fin, en este rubro sabemos que las
antologías más deliciosas son las que colectaban los más dilectos versos a Cupido. Y en
el presente siglo a Eros. ¿Y mañana?
Lo que en definitiva salva o hunde un libro de esta naturaleza son los poemas, qué duda
cabe. Ahora bien: cuando una selección de poetas recibe un rótulo como el que
enmarca a estos siete escritores colombianos, hay que tomar las cosas con algo de
prudencia. En un artículo de 1984 (aparecido en Magazin Dominical de El Espectador, núm.
87, Bogotá, 25 de noviembre), Harold Alvarado Tenorio reunió a cuatro poetas con el
titulo "Una generación desencantada". Allí pasó revista a ciertos aspectos de
la poesía de José Manuel Arango, María Mercedes Carranza, Juan Manuel Roca y Juan
Gustavo Cobo Borda, y sus relaciones con el entorno histórico-social. En la introducción
establece un vínculo por ausencia, casi con el nadaísmo a través del
parentesco de los poemas de J. M. Arango con el primer libro de Jaime Jaramillo Escobar.
El criterio de aquella selección podía resumirse con estas indicaciones: "Para los
poetas de la Generación Desencantada no hubo, como podrá verse después en los textos,
un país al cual asirse [...] el hilo que los une es la desolación frente al presente y
la nostalgia de un país, que, por supuesto, nunca existió" (pág. 15, art. cit).
El libro que comentaré una segunda edición; no conozco la primera incluye,
además de esos cuatro poetas, a Giovanni Quessep, Darío Jaramillo y Harold Alvarado
Tenorio. Por ahí va la cosa, al parecer. Y la primera pregunta surge: ¿cuál es el
verdadero criterio? Porque ponerle nombre a una generación (recordemos ese famoso libro
del 70:
Antología de una generación sin nombre) es aceptar que dicha generación existe y
que, por añadidura, tiene apellido (que aquí se quiere poético-político). Pero ello
pedirla un prólogo pormenorizado, datos en orden de cada poeta y, lo principal, una
bibliografía que sustente los términos empleados. De por sí es complicadísimo
justificar el término generación (salvo que sigamos invocando a Ortega y Gasset, que en
paz descanse); más arduo aún es ponerle una chapa y que luego empiece a dar de comer a
conferencistas, gacetilleros o profesores universitarios.
En la contratapa del libro se explica que estos poetas nacieron "entre mil
novecientos treinta y cinco y mil novecientos cincuenta y [que] publicaron sus libros
iniciales en la década de los setentas". Válgame Dios: en la página 45 descubrimos
que G. Quessep dio a conocer Después del paraíso y El ser no es una fábula en
1961 y 1968 respectivamente. ¿Cómo es la jarana, entonces? El prologuista, Antonio
Caballero, con una astucia que anda en la cautela, se refiere con mucho acierto a los
poetas diciendo que "no es su país lo que [les] corresponde cambiar, sino la
poesía". Y previamente aclara: "a cada uno de ellos".
¿Por alguna razón especial se establece que el compilador es uno y otro quien firma el
prólogo? ¿Y que cada autor seleccionó sus poemas? Vayamos por partes. Me da la
impresión de que el libro es un pretexto, como sucede con casi todas las antologías,
para juntar a poetas que tienen y no tienen que ver con los postulados de Alvarado
Tenorio (al margen de las observaciones acuciosas de A. Caballero). Si le pasaron la voz a
Quessep, ¿por qué no a Elkin Restrepo, Raúl Henao, Alvaro Miranda, Henry Luque Muñoz,
quienes al parecer sí entran en los criterios de la edición? O pienso, de inmediato, en
García Maffla, que publico en 1968 su libro Morir lleva un nombre corriente. (Cito
por los datos que figuran en La otra literatura latinoamericana, del pata Cobo Borda).
Puestos algunos puntos sobre algunas íes, paso a decir que Una generación
desencantada es un libro de poemas que se sostiene a las mil maravillas gracias al
encanto de una poesía que dialoga con tramas y claroscuros. Puedo apostar y
equivocarme de palmo a palmo, lo admito que los poemas aquí presentados, y que
avalan de algún modo los criterios, pudieron ser otros y la cosa le habría puesto
los pelos de punta al compilador. Poco interesa. El libro, como está, vale la pena por
varias razones: todos los poemas tienen un excelente nivel; las selecciones no se quedan
cortas ni se alargan; cada escritor ha configurado una unidad, ya que no prevalece el
criterio cronológico ni la "evolución poética". Se trata en verdad de cortes
que dejan presenciar un limpio trabajo con la palabra, sustento que seguirá definiendo la
poesía de cualquier hijo de vecino. Y aquí encuentro que uno de los logros del volumen
es comprobar cómo cada escritor pelea con el lenguaje. Sus artes poéticas explícitas
o no se definen en el nivel de la representación oblicua de las palabras frente a
la nunca bien ponderada realidad. Si existe desencanto o desengaño, se da a ese nivel. No
en balde J. M. Arango concibe la ciudad como un texto que lucha a brazo partido contra la
mera taxonomía o el cotidiano repertorio de objetos y escenas. De lo que habla este libro
es del rigor con que siete poetas asumen su oficio. Y como no tengo reparos respecto a los
poemas, sólo me queda terminar estas líneas con una arenga. "¡Poetas excluidos; a
tomar las armas!" Que en términos geopolíticos implica lanzarse a la batalla con otra
antología de candela.
EDGAR OHARA
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