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”Cuidado
Honorio, vas a besar un lugar común!
Las embrujadas del Cinaruco
Alfonso Hilarión Sánchez
Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1985,
174 págs.
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La belleza de las
Cabanillas les atrajo la fatalidad. La maldición de Candela Basán las destiné a morir
jóvenes. El libro de Alfonso Hilarión Sánchez se abre con la muerte de Florencia
Cabanilas y termina cuando cesa la maldición, que recuerda el comerciante en ganado
Antonio Roldán a Rosa María Cabanillas.
La hermosura de las Cabaniilas hizo que el menor de los Basán, pícaros que viven de
arrear ganado vendiéndolo en bolívares, se enamorara locamente de tu tía Cenobia.
Repudiado, el muchacho murió de amor. Su madre, la temida candela Basán,
juré acabar con las hermosas Cabanihas.
Todas tus tías han muerto jóvenes, pues ninguna podía tener marido, ni asistir a
joropos, alboradas o parrandas. Créeme, son cosas del llano. Yo conozco el alcance de
estos maleficios, por eso aconsejé a tu madre huir, escondiéndose en mi hato, perdido en
los confines con Venezuela. Elogié su patriotismo: jamás quiso abandonar el país.
El núcleo del relato
reposa sobre dos ideas muy sugestivas: la belleza que es fatal para sus poseedores y el
mundo misterioso de la maldición que no respeta distancias y que es inexorable. Las dos
ideas, sin embargo, se pierden por falta de profundidad. La obra no es un medio para
indagar el mundo misterioso de los hechizos. El autor habla del misterio pero no ayuda a
entrar en él. Tampoco nos transmite su temblor. Se queda en el umbral de esa manera de
concebir la vida y el mundo, que es la magia. Si nos dice que utilizaban bebedizos que
paralizan la voluntad, no nos comparte el mundo fascinante del que proviene esa
sabiduría. Uno no sabe, entonces, hastá qué punto es sólo un ingrediente
suficientemente efectivo para sostener el relato. Ingrediente que se queda en la sola
palabrería, como aquí, cuando habla de la noche: "Seis horas llevaban cabalgando en
la noche lóbrega, asaltada de misterios, llena de lamentos y quejidos, insondable y
medrosa".
Tres Cabanillas aparecen en la novela. Florencia, con cuya muerte comienza el relato; Rosa
María, que relaciona los dos varones más significativos de la historia: Honorio Beltran,
con quien se casa, y Plutarco, su hijo adoptivo, que luego desposaría a Mariela, la
última de las Cabanillas, hija de Honorio y Rosa María. Las embrujadas del Cinaruco, como
todos los personajes del libro, carecen de complejidad. Su personalidad no es
contradictoria. No tiene pliegues ni claroscuros. Las Cabanillas son de una hermosura
avasalladora, deslumbrante. Son dulces, armoniosas, caritativas, justas, bondadosas. Las
tres Cabanillas que aparecen en el libro no se diferencian unas de las otras. Todas son de
una "hermosura famosa", "espaldonas", y el escritor sólo se preocupa
por contarnos que cada una es "más mujer" que la anterior.
El libro no se propone entrar en los personajes, ni siquiera en los que le dan nombre.
Construye estereotipos. Esos rostros pobremente esbozados no adquieren vida independiente
de su creador. Carecen de interioridad en un mundo mutilado, reducido al mundo de los
sentidos exteriores y de la evidencia. El manejo de los estereotipos conduce por momentos
a situaciones no muy sutiles. Como aquí, con Rafaela, descendiente de los Basán, encarnación
del mal:
Rafaela pensó conveniente figurar de primera como mujer y por eso se metía en toda
reunión, tenía que acabar con la supremacía de Ercilla.
Cuando Honorio estaba con los peones, frente a la cocina, o en cualquiera de los
corredores, se sentaba entre todos los hombres. No encontrando qué decir, principiaba:
Ese Juan Pata, cuando quiere café dice: esta taza quiere café. Como solamente se
reía Rafaela del chiste, que contaba como gran ocurrencia, cuando terminaba de reírse,
agregaba:
”Eh! ”Es que es bandido el hombre!
Seguía con otras simplezas hasta que otro cogía la palabra.
Esa limitación de los
personajes se observa también en el lenguaje puesto en su boca. En general, los diálogos
no se avienen con los personajes. La palabra no conflgura al personaje. Don Antonio
Roldán, en un pasaje mencionado arriba, alaba el patriotismo de Florencia Cabanillas, en
una apreciación abstracta, difícil de concebir en la boca de un hombre rústico.
Los diálogos muchas veces recaen en lo obvio y son, en general, artificiales, abruptos.
Sin saludar, Rafaela puso las bandejas
sobre la mesa. Rafaela unas veces se muestra autoritaria y otras cohibida, pensativa.
Ahora veo la necesidad de cambiarla por Ercilia, aprovechó Honorio.
Anocheció de mal genio, mañana le pasara, suavizó Rosa María.
Claro que hay
momentos en que el lenguaje y las situaciones se avivan con su aproximación al habla
llanera; hay situaciones que generan ternura. Pero son chispazos. Muy pronto se vuelve al
relato, que se sostiene sólo por la acción que atropella, y al narrador que describe de
manera sumarta.
Mientras tanto, Flor
Alba acaba de llegar con Plutarco de siete años, a San Antonio del Táchira,
dirigiéndose a la casa de su hermana Perci, viuda de cuarenta años, sin hijos.
Técnicamente, la novela,
no ofrece novedades. El narrador omnisciente se alterna con los diálogos. No hay más
recursos, y esta pobreza puede influir en la incapacidad de la novela para mostrar un
mundo menos elemental que el que revela. Esta novela renuncia al convencimiento y la
aventura del lenguaje. Y esta renuncia lleva a la banalidad y la frivolidad.
Cuando en 1952 Eduardo Caballero Calderón publicó su Cristo de espaldas, visión
liberal sobre la violencia colombiana, al año siguiente Alfonso Hilarión Sánchez
publicó Balas de la ley, especie de contraparte del libro de Caballero.
Ese hecho histórico, antes que nada, da importancia a este escritor, que aparece ahora
con su cuarta novela: Las embrujadas del Cinaruco.
HERNANDO VARGAS
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