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Apariciones
indudables
Oculta ceremonia
Renata Durán
Editorial Emecé, Buenos Aires,
1985, 127 págs.
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Desde los primeros poemas
de este libro una presencia determinante: la de Octavio Paz. "Inventamos esta ciudad
/ todos los días / y París nos inventa" (pág. 15); "sombras de luz /
luz de la sombra" (pág. 17); "Fuego de luz / resuelto de sol" (pág.
22). Quizás no es ajeno a ello el hecho de que la colombiana Renata Durán prepara, en
París, una tesis sobre la obra del notable poeta mexicano.
Las imágenes que "se besan ensimismadas" (pág. 29), los reflejos que reflejan,
todo corrobora este influjo, encaminado a capturar presencias bajo un foco de luz: una
ciudad, una gota de agua, una montaña. El sol haciendo visibles figuras y sombras.
Denunciando el reverso de las apariencias. Destacando colores y oscuridades.
Por ello, quizás, "octubre ocurre como una / lenta enfermedad / gris" (pág.
17): allí donde lo visto y lo no visto se anulan. En medio de tales contrastes, algunos
demasiado mecánicos, Renata Durán logra concretar apariciones indudables. Este es un
ejemplo:
Pasa en el aire
el olor
del desierto
del oxidado
rostro
de un hombre
escamas de plata
sobre su espalda
eterna (pág. 31)
Oscilando entre la
generalidad y la precisión, ella logra capturar, así, "el momento real", que
en tantos otros poemas se le escapa.
En la segunda parte del libro, Corredores sonámbulos, el énfasis se halla puesto
en la relación amorosa. Sin embargo allí también la luz sigue actuando como elemento
revelador. "Quiero abrazarme a ti / como una sombra transparente / de pura luz"
(pág. 47). Pero en realidad no es la luz el elemento básico sino el agua. El agua que
transforma el deseo en una profundidad insondable.
tu voz
tu grito de placer
abro el mar
y lo extiendo (pág. 53)
Apertura al goce,
entrega, en otro poema, que refracta y prolonga el anterior, sigue viendo clamante
"iluminado / en mi agua" (pág. 57). Y en un tercero, incluso, añade:
Recién nacidos
erámos los únicos
habitantes de ese lechoso
mar de luz
la armonía primera.
Depositada fui por ti
en esa playa
que nos salva (pág. 63)
Imágenes marinas
para recordarnos que el agua a la cual dedica un poema (pág. 45), constituye el lugar
ideal, la burbuja amorosa, dentro de la cual los amantes recobran su inocencia. Lejos,
incluso, de toda lascivia y sostenidos, apenas, por "la pureza rotunda / de los
sexos" (pág. 43).
Sin embargo la horizontalidad del agua, matriz que envuelve y dentro de la cual se mecen
los cuerpos, es permanentemente herida por los rayos verticales de la luz que engendra el
deseo. Incandescencia, espiral de fuego donde "ardí / contigo / en una sola
llama" (pág. 60). Agua y fuego: combustión, vapor que nubia la vista y
engendra fantasmas. La elección carnal se ha transformado en pasión cósmica.
Si bien en esta parte la presencia de Paz también es perceptible véase pág. 51,
incluso en la disposición espacial de los versos, un poema como Hay alguien que me
espera (pág. 39) trae consigo la ya reconocida voz de Alejandra Pizarnik, en su mejor
libro: Los trabajos y las noches (1965).
De todos modos, en esta segunda parte del libro Renata Durán enriquece su vocabulario,
reduciendolo a lo esencial. Como dice el prologuista, Victor Massuh, ella prefiere "a
veces la desnuda enumeración de los sustantivos" para cantar "el diálogo de
los cuerpos como una forma del conocimiento". Tiene razón Massuh: ella quiere
"llegar a ser" (pág. 47) mediante estas "fiestas de agua". Quiere
tocar su propio fondo, su doble, viéndose a sí misma, en
el recobrado verde
que una mujer
desnuda idéntica
a mí misma
rescata desde aquel
otro lado de la sombra
en el que un hombre
como tú
arrodillado
lanza al vacío
guijarros de esmeralda (pág. 71)
Concluyendo esta segunda
parte veríamos que su símbolo más propio no es, por cierto, ni el de la luz ni el del
agua sino el ya mencionado del fuego. Gracias a él el erotismo transpasa la
individualidad de los amantes resumiéndolos en una imagen que los sintetiza y a la vez
los anula, yendo más allá de ellos. Renata Durán la expresa, bellamente, así;
amasaremos juntos
con nuestras
cuatro manos
de amor
un joven
animal de fuego
que nos olvidará
y rodará dichoso
por el mundo (pág. 55)
Luego de esta exaltación eufórica,
la tercera parte del libro es anticlimática, "Veré llover /y hará frío"
(pág. 83), y en este invierno la anterior primavera está condenada a su extinción. El
fuego se apaga, la luz está muerta, solo quedan lágrimas y recuerdos. Sin embargo,
incluso allí, en medio del fracaso, el canto logra, pon instantes, recobrar su coraje y
redimir el vacío que la aqueja, la sombra que la invade, esa cárcel en que se ha
convertido la ciudad, vuelta apenas prisión, reiteración maligna de lo que alguna vez
fue magia. Por ello dice:
Tomaron mi cabeza
quebrada
la izaron en un asta febril
y cantaron por fin
en mi garganta (pág. 81)
Las derrotas, sí,
pero ya vueltas música. Redimidas por la voz que las ennoblece.
Como los poemas de Octavio Paz, también escritos en París, y que integran Salamandra (1958-1961),
sobre todo su espléndido Noche en claro, aquí también las batallas se ganan y se
pierden contraponiendo ciudad y pareja, historia y poesía. En un logrado texto, La
ciudad ennegrece (pág. 79), escribe Renata Durán:
hay un fantasma
en la ciudad
hay una sombra
que inventa
y distribuye
ventanas
muebles
árboles
adioses...
No pueden las palabras
con el peso
del mundo.
A pesar de esta
sospecha, ella trata, fragmentaria, precariamente, de que lo encarnen. Lo busca mediante
la música o luego, ya en la cuarta y última parte del libro, gracias al registro de los
propios cambios experimentados: "Renacemos de piel / todos los días. /Jamás somos
los mismos" (pág. 103). 0 exaltando lo fugaz y perecedero. Como dice Massuh, en el
prólogo, "en este libro la poesía del júbilo convive con la de la
desolación", y sin embargo "este objetivismo descriptivo que no se
detiene en estados de ánimo y elude la efusión emocional viene a decir que la
introspección anfmica importa menos que la realidad sorprendida en su fugaz
maravilla" (pág. 10).
Pero la maravilla puede aburrir tanto como el goce puede trocarse en esterilidad e
impotencia, según el objeto hacia el cual se oriente. Un poema breve, como éste,
demuestra cómo el mundo, el mismo mundo, ya no la hechiza más. Se ha perdido la clave:
"Roto el cristal / de nuevo / como una lágrima / sucia / el mundo rueda / sobre la
piel / cansada/de la noche" (pág. 109).
Pero el relato final, La barca de Isis, ese poema en prosa donde los influjos
centrales de este libro: Octavio Paz y Alejandra Pizarnik, afloran, de nuevo, busca
integrar los diversos temas tratados a lo largo de su recorrido.
El deterioro de la ciudad "Casas abandonadas. Paredes resquebrajadas. Objetos
oxidados" (pág. 126) y en medio de él la conciencia de quien sueña a su
amante lejano y así, borgianamente, lo crea y lo recrea. Le otorga vida, de nuevo. Sólo
que sus motivos predilectos -el sol, el agua ya no logran sino cerrarse sobre sí
mismos: "Siempre reflejo del reflejo" (pág. 126). Por eso su pretensión final
es la de romper los espejos, Iiberarse del tiempo, y sentir crujir "las herrumbrosas
bisagras de la Eternidad". Un buen final para un libro desigual.
Ya que él se sostiene más sobre el apunte breve y el hallazgo de colores y sorpresas
fugaces que sobre la ardua y proseguida meditación que las citadas líneas finales
parecen sugerir. Así, cuando Renata Durán va más allá de sus lecturas, adquiere una
levedad, muy personal, para elaborar sus visiones. Esos pocos, pero ciertos instantes,
habitados por una poesía inadjetivable. Un encanto frágil que asoma, aquí y allá,
buscando concretarse y pennanenciendo, como el propio título del volumen, oculto y
subterráneo. Rito secreto, ello lo reconoce así: "llega tu voz / a veces / a
tocarme / la espalda/ hay un roce / de sedas / en mi cuerpo/ y tu respiración / me
sorprende /con un beso de aire" (pág. 65)
Al lado de la de María Mercedes Carranza, Anabel Torres, Amparo Villamizar, Mónica
Gontovnik, Orietta Lozano, Patricia Aguirre, Jimena Gómez o Lucy Fabiola Tello, su libro,
mezcla de levedad y reflexión, confirma la actitud de aquellos que saludamos con
entusiasmo su primer volumen, Muñeca rota, reconociéndolo como parte del vital y
sugerente panorama de la joven poesía femenina colombiana. Un panorama, por cierto, que
ya hay que considerar, en el ámbito latinoamericano (véase: J. G. Cobo Borda:
"More Personal Paths: Spanish American Poetry, 1960-1980", en Review, núm. 34,
enero-junio de 1985, Center fon Interamerican Relations, Nueva York, págs. 21-75) como lo
ha indicado la reciente antología de Ángel Flórez (Editorial Siglo XXI) y que confirma
estas palabras de Montserrat Ordoñez, con las cuales presenta "La voz de las poetas
latinoamericanas" (El Espectador, Magazín Dominical, Núm. 141, Bogotá, 8 de 1985,
pág. 6-8): "Se acabó la antigua seguridad de ser únicas/ aisladas/entronizadas y
ahora pertenecen a una generación de solidaridad y cambio, que parte de lo cotidiano para
proyectarse y del propio conocimiento para poder integrar el ajeno". De ella forma
parte, por méritos que este nuevo libro corrobora, Renata Durán.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
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