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El
ancho y ajeno mundo de la literatura andina
Trozos selectos de la literatura
andina
Secretaria Ejecutiva Permanente del
Convenio Andres Bello (comp.)
Ediciones Convenio Andrés Bello,
Bogotá 1983, 465 págs.
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El único despiste de
esta antología es su titulo: Trozos selectos de la literatura andina. Habría que
aclarar que lo de "literatura andina" no ha supuesto en este caso un criterio
para la reunión de escritos cuya procedencia y temática los caracterice y los ligue como
orden literario sus génens. Más bien, el propósito ha sido escoger una muestra
representativa de la literatura de los países signatarios del Convenio Andrés Bello.
Se ofrece, pues, en este libro de 465 páginas una apretada selección de la
mejor poesía y la mejor prosa narrativa (y algún ensayo) de Bolivia, Colombia, Chile,
Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela.
El Convenio Andrés Bello busca ante todo la integración cultural. "La integración
es un proceso y no un fin; es la indeclinable voluntad de acercamiento a favor de la
construcción del futuro", se explica en la presentación de la antología. Y el
idioma español es el vínculo fundamental. Pero ¿existe una literatura andina? Como la
antillana o la rioplatense o la carioca, es posible que sí, sobre todo cuando el
preceptista literario se empeña en el escrutinio de unos elementos comunes y distintivos
de una escritura nacida en y referida al espacio infinito, múltiple de los países
atravesados por esta cadena montañosa de 7.500 kilómetros. Compartimos muchos rasgos;
entre ellos el de ser uno de los mundos que busca con más ahinco la afirmación cultural.
El mestizaje, la conjunción de culturas, un pasado (y un presente) opresivo, las luchas
sociales y políticas, mil cosas, hacen de esta región y de Latinoamérica
toda una yeta de la más grande potencialidad creativa.
Pero también nos distancian algunos elementos, y esta diversidad es bienvenida. De hecho,
los antologistas de cada país no han realizado sus respectivas elecciones buscando unas
constantes temáticas, estilísticas, lingüísticas, etcétera, en las obras de sus
mejores escritores. Aun dentro de un mismo entorno social existen perspectivas muy
distintas. Es difícil, por ejemplo, establecer "correspondencias andinas" entre
las obras de los peruanos Vargas Llosa y Ciro Alegría. En el primero figura el logro
extraordinario de una construcción novelística en torno al mundo de unos adolescentes
limeñosmiraflorinos de clase media en ese territorio lúdico del barrio Los
cachorros, Día domingo o en el más heterogéneo coto de caza humana de un colegio
militar (La ciudad y los perros); mientras que en el segundo estaría más la
visión de ese espacio rural de aparente impasibilidad, como lo expresa bellamente el
título de una de sus obras: El mundo es ancho
y ajeno.
Individualmente, la obra de García Márquez poco tiene de andina y sí mucho de caribe. Y
en Colombia estos dos ámbitos culturales están en las antípodas uno del otro en muchos
aspectos. Pero con seguridad, "hilando muy delgadito", podrán encontrarse nexos
telúricos o de otra índole entre Macondo y, por ejemplo, ese territorio místico de las
orillas del Titicaca, donde moran los aymaras, que exploré el boliviano Alcides Arguedas
en su Raza de bronce.
Para no seguirnos pegando de este clavo caliente de la supuesta literatura andina, podría
decirse, en cambio, que esta diversidad geográfica, étnica, idiosincrásica, mítica,
mágica, poética, expresada por esta pluralidad de voces provenientes de las breñas
andinas o de las costas pacífica y caribeña, es lo que provee de interés a esta muestra
y lo que señala la gran fuerza y el gran porvenir de esta literatura.
Como en toda antología, y más en esta de tan vastos alcances, los reparos empiezan
apenas se echa un vistazo al Indice. Un primer problema: la fragmentación de los textos.
Los antologistas han tenido que meterse en esa camisa de fuerza de "cien páginas
máximo para cada país", según el mandato de la secretaría ejecutiva permanente
del Convenio Andrés Bello (Secab), editora del libro. Por fuerza mayor hay que presentar
apenas un trozo de las novelas, a sabiendas de que la fragmentación sólo es justificable
cuando el trozo posee casi un carácter cerrado o es muy indicativo de la forma del todo
novelístico; ya que el propósito estético de una novela se difunde dentro de una
estructura general. Pero este es otro clavo caliente.
"Toda antología es, ante todo, una polémica", dice con acierto el antologista
de la sección colombiana, Conrado Zuluaga Osorio. A él pudiera reclamársele con
injusta exigencia, tal vez su olvido de Rafael Pombo y de León de Greiff. También
reprochársele la inclusión de los cuentos de José Félix Fuenmayor (calidad precursora)
en un espacio demasiado grande que bien hubiera podido compartir con Manuel Mejía Vallejo
o Alvaro Cepeda Samudio. En los otros nombres da en el blanco: Silva, Barba Jacob.
Carrasquilla, Rivera e lsaacs. Y respecto a García Márquez ha tenido el buen juicio de
usar el pasmoso inicio de Cien años de soledad, lectura que sin duda inducirá al
lector joven a buscar la continuación de esta magia narrativa en la obra completa, como
lo dice Perogullo en contra de la derecha filistea.
El libro está destinado a profesores y estudiantes de educación secundaria de los
países de la subregión, con el objeto de "renovar el interés por sus valores
literarios". Ojalá que esta exhortación de la Secab no se asuma muy
académicamente. Los buenos lectores fueron (¿son?) ante todo lectores hedónicos; su
hábito de la lectura lo consiguieron probablemente leyendo a Verne y a Salgari, antes que
a Proust o a Joyce. Seducir para la literatura es tarea ardua hoy en día. Está la
televisión con su hipnótica carga de banalidad, atrofiando cualquier naciente
sensibilidad para la buena literatura. Y cien cosas más atentan contra este desarrollo de
la apreciación estética. El descubrimiento (ya no el deslumbramiento) de la poesía se
efectúa hoy en el a veces tedioso mundo académico. Se instauran así otras formas ya
más metodológicas de abordar este vasto florilegio de "obras cumbres", como
las llama la Secab. Por ejemplo: confrontar la visión del tema indigenista en el
ecuatoriano Jorge Icaza y en el boliviano Alcides Arguedas; trazar un itinerario que
arranque con la sensual y conmovedora música de la poesía de Silva, pasando por la
fuerza innovadora de Vicente Huidoro ("Por qué cantáis la rosa, ¡oh poetas!
hacedla florecer en el poema"), hasta llegar a la profundidad lírica del más grande
poeta peruano, César Vallejo. Y, por fin, esta antología da al lector joven la
posibilidad de husmear en las literaturas que no cuentan propiamente con cañones
propagandísticos. Tal los casos de la panameña, la boliviana, la ecuatoriana, la
venezolana.
RAÚL JOSÉ DIAZ
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