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Algo de
confusión con un aire de cencerros y eucaliptos
Circuito cerrado
Edmundo Perry
Litografía y Tipografía Helvetia,
Bogotá, 1984, 112 págs.
Edmundo Perry nació en
Bogotá en 1945 y ha publicado, antes de éste, dos libros de poemas: Como quien oye
llover (1972) y Uno más uno (1977).
Inventario de la infancia, saldo de experiencias, un tanto confusas, dado su origen, en El
detractor (pág. 13), uno de los primeros poemas de éste nuevo libro, es audible la
voz de Perry, un tanto sesgada y vallejiana, más aspera que complaciente, y sin embargo
capaz de envolvermos con su sintaxis angulosa, de rectas que se quiebran y esquinas que se
funden sobre otros planos, no menos sorpresivos.
Dice así:
Amo el aire que no se
ve, que no
se oye
sino debajo de las piedras a
donde no va nadie
a oírlo sino a buscar cucarachas,
amo el olor de un día completo
sin dirección fija
y lleno de pómulos donde se esconden
leyendas diferentes,
pero lo amo de noche, cuando
luce de veras;
amo la huida de los hombres
tranquilos; su desaparición
no descompleta nada, ni su ráfaga
confusa y exigua
enseña nada; solo se van con su
sombra descalza
mientran los otros duermen,
incluso al mediodía.
Amo lo que respiro cuando estoy
dormido (pág. 13)
En ocasiones el resultado
es ininteligible, del todo; o, por lo menos, el lector rechazado por sus saltos,
retorcimientos y elipsis, no alcanza a captar, en su recorrido, más que breves
partículas de sentido. Sabores y escorzos que no alcanzan a conformar ningún cuadro. Son
como fotos desvaídas o películas que de repente se nos disuelven en la pantalla de la
página. En otros, en cambio, Perry acierta, de modo flagrante "Los cantos tienen sus
propia manera de perderse" dice en Umbral (pág. 23) y hay en dicho poema una
clave válida para acceder a su mundo: la naturaleza. Ese musgo campesino, que tanto
reitera; ese "pedazo de pasto/ donde se aburren los gusanos" (pág. 7); ese
florecer de los terrones. Aguas y árboles brotando en medio del cemento de la ciudad.
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La naturaleza, entonces,
por una parte, y por otra, como en Una clase en la Gran Colombia, su reconfortante
capacidad de evasión "si siempre se puede soñar a escondidas" (pág.
27). Con esas armas él compone una poesía poco indulgente "tendríamos que ser
expertos en esa clase / de energía que brota de una sonrisa bien hecha" (pág. 29) y
no por ello menos autoparódica de su propia fuerza; tal el caso de El coleccionista (pág.
31), que termina así:
"Con el tiempo puede ser que lo devoren / a uno / uno por uno". Por ello esta
primera parte de su libro, Diario en limpio, se cierra con un poema más extenso:
el del retorno a casa, el de esas voces que impregnan los cuartos familiares con esa
"memoria sin vértebras" (pág. 41), en la que, sin embargo, objetos
"el látigo que sigue detrás de cada puerta cenada" (pág. 42),
seres "entonces es mi abuelo que todavía va / de paseo / a Jenezano con toda
la casa a cuestas / y la espalda sin un solo retraso" (pág. 40) y actos
"el tiempo / cansa cuando lo único que hacemos / es cambiar de lado" (pág. 7)
aparecen con nitidez persuasiva. Quedan allí, fijos en la memoria, a pesar de que al
deliberadamente iniprecisa estructura global de los poemas tienda más a la
indeterminación que al perfil inmodificable.
En la segunda parte del libro, Salidas al mar, su poesía se abre sobre otro mundo;
el de la iniciación erótica, donde la juventud de la mujer es equiparable a la de
Bogotá, de tal modo que sus altibajos emocionales llegan a confundirse con el ritmo
urbano:
de que vale no
saludar a los que ya conocen mi afán
de cargar esta lástima que me tengo
vagando entre edificios
(pág. 57)
Poemas
pertenecientes, también, a un ámbito familiar, el titulado Memorias del hombre del
subsuelo (pág. 63-70) es aquel en donde, por su extensión y por su temática
una relación amorosa que se quiebra, puede expandir mejor sus dotes,
aclaradas dentro de un desarrollo más holgado. Versos que avanzan, contrapunteando el
dolor con la burla, revelándonos así una situación que cambia.
habíamos
comprado casa y se quedo con
ella,
habíamos tenido hijos y se quedó con ellos,
habíamos tenido el mismo armario con ella
y se quedó con ella (pág. 68)
De este modo Pamina,
la heroína del poema, terminará por aclararle al autor que su nombre, en realidad, es
María, y que ella, por supuesto, tiene otra versión del asunto. Se logra así una
poesía muy personal, donde lo hogareño no deja de ser motivo de una reflexión válida,
de un activo pensamiento poético concretado en imágenes:
Los días eran un
pellejo y a los
últimos amigos
podía engañarlos pero siempre supe
que el tiempo se instalo en nosotros
y permanece toda el tiempo
con sus fantasmas sin secarse
(pág. 68)
La tercera parte del
libro, Población flotante, es, en su variedad, fiel al título. Son todos estos
poemas retratos de personajes nada importantes y que poseen un marco de alunada demencia,
de desajuste indudable. "Yo siempre voy mirando al suelo / para no tropezarme con los
cementerios" (pág. 93) dice en un poema titulado, con razón, El otro, y en
uno en que habla de Empédocles, resume esta pintoresca galería con una observación
certera.
Sus pensamientos
son confusos y sus contradicciones evidentes
y tendrá que darse un poco de tiempo menos tenue
antes de seguir de aquí para allá
(pág. 99)
pero en realidad ellos quedan, en la
memoriá del lector, con toda su disparatada e irónica incongruencia, como Otálora:
Realmente Otálora no
se puede comparar
con nadie
como no sea con Don Quijote matando
a Rocinante por flaco (pág. 83)
o con toda su lisa impersonalidad,
como El señor Alfonso,
Y sin embargo, el señor
Alfonso
es el padre de alguien (pág. 89)
Seres vivos que
apreciamos, en un instante, expuestos bajo una luz que los revela tanto como los
distorsiona. Son tan absurdos como próximos (sería mejor decir: prójimos). Así, en la
calurosa camaradería de La barra (pág. 75), olmos el estruendo de un grupo de
adolescentes defendiéndose de la soledad y aceptando, ya, que su nostalgia es apenas
"un déjávu" y cualquier aventura el reconocimiento, tan solo, de un país
mohoso y previamente habitado. Sin embargo, gracias a esa barra, ellos no estan solos.
Por ello, quizá, el primer poema de esta secuencia de retratos está ahí animado por una
ferocidad expresionista, rápida y tajante, que marca la pauta:
doña Josefa se
despeño por su traje negro
como una araña,
caminó toda la hondura del patio
se devolvió sin trámite alguno sobre
sus seis patas,
subió hasta la boca de doña Josefa
se le metió mascullar adentro y la ahogó
definitivamente (pág. 73)
Una silueta
impactante, que revela toda la capacidad de Perry, como retratista. Estos monstruos
cómicos tienen algo de Goya y de Kafka, la hinchazón de Botero agudizada por el estilete
de Cuevas. Más que poemas, son logrados camafeos algo sarcásticos.
La cuarta y última parte del libro, Cuaderno de campo, la integran sólo cinco
poemas, referidos a la sabana de Bogotá.
"Cierto olor / a despensa que siempre adorna las tierras con frío" (pág. 111)
es el olor característico que se desprende de estas páginas, como si el refugio interior
de la casa y los sueños que allí se fabrican esos "instintos
inolvidables"), como los llama hubiesen envuelto, con afectuosa humanidad,
páramos, sembrados, esa niebla que "es como sino hubiera niebla" (pág. 111);
ríos, talanqueras con tejas de barro e incluso esa historia, la de los conquistadores
españoles, que luego parece prolongarse, apenas, en hombres que se caen del caballo
(pág. 105) o herederos que apenas si logran "domar la intemperie" (pág. 107)
Los hombres activos han sido sustituidos por contempladores erráticos, y está bien que
así sea, ya que en este libro logramos respirar cielos límpidos, aires concretos y
personas fantasmahnente reales, a las cuales vemos bajo esa dualidad que ya desde el
comienzo puso como lema de su empresa:
Y fuerza fue hacer el
inventario
sin moverse y sin reírse (pág. 7)
Juego, muy serio, pero
también balance de niñez y adolescencia, de crisis de pareja, y de la propia escritura
enfrentándose a sus más personales temas, Perry logra atraparnos, a la segunda, a la
tercera lectura, nunca a la primera, con la naturalidad jamás impostada de su tono, y
felizmente exenta de toda autorreferencialidad literaria.
Si bien, en ocasiones, enreda innecesariamente sus frases, en otras la paradoja y un aire
de "cencerros y eucaliptos" hace que su libro tenga el encanto feliz de quien
pierde el tiempo; de quien se tiende, boca arriba y, sin culpa, "a resumir techos y a
babosear un atlas / de muchas páginas" (pág. 67).
Este libro limpio, el libro de alguien que ha crecido "muy contento" y donde se
ve, con una fórmula que a Perry le gusta repetir, "inclusive lo que no se ve"
(pág. 111), es, curiosamente, un libro poblado por mucha gente, toda ella viva en medio
de un paisaje inconfundible, y vista por un niño sobre el cual, como sobre la propia
poesía, no conviene insistir mucho, tratando de definirlo, pues ya el propio Perry lo
hizo, al decir:
Y ahí permanece hasta
que se termina
de llenar la boca
con la raíz que más se pierde
mientras más se mira (pág. 81)
En 1981, en el Álbum
de la nueva poesía colombiana (1970-1980) (Caracas, Editorial Fundarte, 224 págs.),
escribí sobre Perry lo siguiente: En sus primeros libros él comenzaba proclamando su
"fe estricta en el fracaso de las nuevas generaciones", y añadía: "se
notaba su preocupación absorbente por conciliar el análisis de la intimidad con el
ámbito que los rodeaba: esas calles de barrio, siempre en sombra, por las que se
desplaza" (pág. 18). Es importante reconocer ahora cómo su horizonte, hacia fuera y
hacia dentro, se ha ampliado, de modo sensible, y comprobar, además, cómo ha logrado
mantener la autenticidad original de su tono, fortaleciéndolo y no desvirtuándolo. Hay
en este libro una gracia discordante, propia de la feliz y maleable irracionalidad con la
cual un niño se hunde, y abandona, la pedestre realidad, gracias al elaborado vigor de su
mirada, no por arbitraria, en ocasiones, menos exacta.
JUAN GUSTAVO COBO BORDA
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