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La
cultura en el trimestre
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El cine en la
televisión
Como parte de estas políticas de Fociné de apoyar logística y financieramente a los
nuevos creadores y realizadores de cine en Colombia, se convocó a un primer concurso de
guiones originales y adaptaciones de obras literarias, del cual resultó una decena de
autores premiados. Están, desde luego, entre los elegidos casi todos aquellos que llevan
ya sus años trabajando el cine argumental/documental (como Mayolo, Luis Ospina, Víctor
Gaviria, Lisandro Duque, Leonel Giraldo) y algunos otros nuevos y sorprendentes (gente que
viene del cuento o de la poesía...). Aunque el dinero no es suficiente para realizar una
obra en grande sí lo es para llevar a cabo aunque todos se quejen algo que se
puede mostrar sin agachar la cabeza.
Al momento de escribir esta reseña se habían pasado por la televisión las cinco
primeras escogidas: San Antoñito, Aquel 19, Aroma de muerte, El papá de Simón y Vida
de perros. Pasado ya, entonces, casi un tercio de la programación de Cine en
Televisión de este año, ¿qué puede decirse a modo de balance inicial?
El primer excelente capítulo de San Antoñito, basada en el cuento de Carrasquilla
y dirigida por Pepe Sánchez, prometía una ampliación posterior (otros tres capítulos)
que nunca llegó, por un lado, o que, por el otro, se pasó de lo esperado: había una
espontaneidad maravillosa actores noveles, gente del pueblo, señoras de
edad..., un aire de naturalidad, de no-decorado, de escenarios auténticos y una
conducción de la-historia-en-el-tiempo entretenida y cautivante: pero los tres capítulos
siguientes, mostraron esa historia como atrancada en esa misma espontaneidad, que ya se
veía sobreactuada, de los actores (aunque la obra fue filmada, de una vez, en tiempo
récord), un detenerse más que moroso (que no amoroso) exagerado en las rezanderías de
las beatas, en esa lentitud de sacristía y conversación de costurero que todos
quisiéramos que el director sólo nos hubiera sugerido para ocuparse más del personaje,
de su interioridad. Seguro: el director Pepe Sánchez quería hacer una copia muy ceñida
del San Antoñito de Carrasquilla y logró hacer literatura-en-cine pero no aquello de que
se trataría el reto inicial, casi que lo contrario, o sea hacer un cine-cine, poner
en movimiento esa congelación que es la escritura, ese cuento-detenido de
Carrasquilla, darle velocidad, oxígeno, respiración. Nos quedó el mismo cuento muy bien
iluminado, a veces demasiado, pero no la nueva visión, los nuevos ángulos, incluso las
sorpresas, los "irrespetos" que uno siempre espera de estas adaptaciones. No
seguramente por falta de imaginación de Pepe Sánchez. Sino tal vez porque, trabajador de
la televisión especialmente, hizo de la obra exactamente eso: cuatro
capítulos como para "El cuento del domingo" con inclusive
inconscientes "espacios para un mensaje comercial" evidentes en las pausas, en
el ritmo de filmación. Salvo estos pocos defectos, lo mejor fue la excelente
fotografía.
Aquel 19, de Carlos Mayolo, con guión de Umberto Valverde, muestra esencialmente
el deseo y la intención plasmada de los cineastas de Cali de fijar en la pantalla aquello
que empezó a mostrar Andrés Caicedo en sus cuentos y novelas: una imagen de la ciudad
cotidiana que siempre ha estado ahí, afuera, pero que sólo puede ser fijada,
conceptualizada, desenmarcada de esa rutina, por medio del arte (ya sea en cine,
fotografía, pintura, escritura): desde luego, lo logran en gran medida: hay ya una
imagen, una manera de representación de la ciudad, alejada del todo de las
viejas maneras, los viejos ángulos, los decires: algo que se nota radicalmente en el
documental Cali-cálido-calidoscopio (ganador en Cartagena 85), que mezcla viejos
documentales y testimonios filmados, con el documental de ahora: la nueva visión. Esto,
el acierto. Pero la gran falla de Aquel 19 se encuentra en su para
nosotros elemento principal: el guión muy simple de Umberto Valverde nos cuenta esa
historia de los adolescentes enamorados primer amor, en los años sesenta, con
sus conflictos típicos: papá exmilitar de la pelada; oposición, y represión de
ese noviazgo; pelados hacen el amor; enseguida, pelada se suicida inexplicable,
gratuitamente: ¿sólo porque no quería volver a casa? ¿Un abrumador sentimiento de
culpa? Lo que es peor, el pelado también decide despacharse al otro mundo... Fin. Lo que
haya llevado a Mayo10 a filmar este libreto tipo Dialogando serie negra sólo
podremos comprenderlo en cuanto a que vio las posibilidades de realzar la
imagen-de-la-ciudad presentes allí, y felizmente las realizó.
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Aroma de muerte, de
Heriberto Fiorillo, a pesar de la presencia de actores de la televisión un alto
factor contaminante que muchos espectadores no soportan y que los ha alejado por siempre
de ese cine colombiano lleno de amparosgrisales, gordosbenjumeas y frankilineros, a
pesar de eso, repetimos, se deja mirar con un interés centrado en el contenido más que
en la forma (bien lograda), con actuaciones que borran los estereotipos y concentran la
atención en el seguimiento de una buena trama. El pueblo, los ambientes son cabalmente
adecuados a la historia, y la resolución deja satisfecha aunque esto no deja de ser
sospechoso a la mayoría de los espectadores: ¿Los 'malos', por muy malos que sean,
también en el cine colombiano estarán condenados a perder?
Y Vida de perros, con guión y dirección de Camila Loboguerrero: excelente
realización en cuanto a fotografía, música, actores. Pero la posible intención de la
directora fluctúa todo el tiempo en la interpretación de los espectadores
entre si se tratará de una especie de farsa alegórico-realista, una como comedietta al
estilo italiano (la música lo insinúa a veces), o un juego total, una broma
cinematográfica sin ocultas intenciones, aunque la cámara muestre otra cosa. Las
desventuras de ese pobre desempleado con su carrito de "perros calientes" en
constante huída de la policía, no logran crear en el espectador el esperado sentimiento
de solidaridad: el tipo está solo con su problema, y cuando empieza a soslayarlo con sus
curiosos métodos de camuflaje, que por lo inverosímiles pasan a ser simbólicos,
comprendemos que la historia se va a ir para otro lado: la carpa del carrito se convierte
en la bandera colombiana, o el carrito mismo es cubierto ya con una lona pintada de
ladrillos y la bandera encima: casita de barrio de invasión; o con una lona florida:
jardín pequeño burgués; o pintado como la jaula de un hambriento león cuyo desempleado
dueño ruge- bosteza a la espera del salto... todo esto hasta la culminación, el final
del acoso paranoico, junto al inmenso mural de la paloma de la paz, cuando el tipo
sucumbe... Que de la ligereza de la historia queden todas estas cosas, fuera del recuerdo
de algunos planos muy bellos, es algo digno de destacarse y que deja el deseo de poder ver
la película otra vez, algo que sólo podría hacerse disponiendo de una videograbadora.
Pero de este problema hablaremos un poco enseguida:
Los cineastas que presentaron sus guiones a Focine, la mayoría, lo hicieron naturalmente
por la oportunidad de poner en filme, por fin, esas ideas que les bullían en la cabeza y
que de ninguna otra manera podrían ver realizadas algún día, por los costos, etc. Pero
si sus guiones, algunos por lo menos, esconden o incluso muestran abiertamente alguna
intención "arte-subversiva", "crítica", o de alguna manera
antiestablecimiento, ¿dónde quedaría esto si los guiones son premiados por el estado y
pasados además por la televisión de ese mismo estado, y sólo una vez, en un
horario difícil? La neutralización sería casi absoluta.
Pero, de ser esto hipotético, queda el segundo problema de que nos habla MacLuhan: la
diferencia de "temperaturas", de "densidades", de especificidad del
cine y la televisión, que hacen, todos estos factores juntos, que una película del cine
pierda considerable eficacia (a todos los niveles: percepción, llegada, calidad
artística, mensaje) al ser pasada por la pantalla chica, con su todavía baja
definición, más los factores ambientales, psicológicos, la coerción de los comerciales
cada cinco minutos, la ausencia de esa atmósfera de "sueño colectivo" que
entraña el cine, que obliga, y que frente al aparato de TV nunca ha existido... Los
cineastas corrieron a participar en este concurso quizás sin pensar en todas estas cosas,
que pueden desde luego estar, llevadas al extremo, teñidas de un sentimiento de
persecución, pero que no podemos negar del todo: ¿habrán caído en esta doble trampa de
servir al aparato de entretenimiento ideológico del estado con unas obras mediatizadas y
reducidas, si no en sus hipotéticos contenidos políticos, sí en su status de
obra de arte por su presentación en un medio que las desvirtúa e incluso las socava?
¿Se podrán ver estas películas alguna vez en los teatros normales de las ciudades, de
los barrios, que deben ser su elemento natural?
JOSÉ GABRIEL BAENA
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