Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 1 Volumen XXI,   1984


 

Barba nuestro que estás en los cielos

Revista del Centenario de Porfirio Barba Jacob.
Santa Rosa de Osos, Antioquia, Vols. 1-5, 1983

Si no fuera porque, en los directores de suplementos literarios, la celebración de las efemérides llena el lugar que la imaginación ocupa en los demás seres humanos, estos happy birthdays no tendrían razón de ser. Tan vacuas, por lo general, son las efemérides, que a lo mejor necesiten una segunda razón para existir: la sociedad no tolera muy bien a los poetas vivos —a quienes siente como un maíz entre el zapato— y solamente les celebra cumpleaños de tres cifras.

Sin intentar la enumeración taxativa, en Colombia durante 1983 redondearon cumpleaños el nadaísmo (25), Rafael Pombo (150) y Porfirio Barba Jacob (100). Si la efeméride nadaísta confirmó su pervivencia al coincidir con el otorgamiento de los dos premios nacionales de poesía —el Cote Lamus y el Universidad de Antioquia— a un poeta nadaísta, Jaime Jaramillo Escobar, el cumpleaños de Pombo fue más bien lánguido y puede representarse en la exigua antología —18 poemas— que publicó Colcultura y que más parece el desesperado intento de hallar una aguja entre el pajar. La otra efeméride fue el centésimo cumpleaños de Miguel Ángel Osorio, Porfirio Barba Jacob.

Este centenario, el de Barba, por excepción, contradice la vacuidad habitual de las efemérides. Fue ésta una celebración vibrante, en la que emergió el culto al poeta, naturalmente en la prensa, pero de manera especialísima en la multitudinaria celebración en sus dos patrias chicas, con presidente a bordo y remodegeneración de plazas.

Hubo también ediciones, como las siempre crueles "obras completas", preparadas por Eduardo Santa, y hasta una mediocre biografía que no logra agregar nada nuevo sobre el poeta en 235 páginas atiborradas de palabras. Y hubo también una Revista del Centenario.

Titular esta publicación así, "Revista del Centenario", es un acto de modestia. En verdad estos cinco volúmenes rebasan la fungibilidad de las publicaciones periódicas y más bien constituyen en su conjunto una especie de Enciclopedia Barba Jacob: un ejemplar ejercicio de investigación que, al final, culmina en la proeza de haber reunido todo el material relevante sobre el poeta.

El equipo que llevó a cabo esta obra, encabezado por Jorge Garay, estuvo integrado por Jairo Tobón Baena, Elkin Lenis, Mariano Eusse, Jairo Pineda, Jorge Cárdenas y Alfonso Restrepo.

A lo largo de estos cinco volúmenes se destaca, primero que todo, la estupenda colección de retratos del poeta, un aspecto de las investigaciones hasta ahora muy descuidado en Colombia. Y la muy escogida selección documentaria, que incluye textos desconocidos de Barba Jacob. Está, para empezar, la irrefutable prueba que esgrimen estos santarrosanos para demostrar que Barba Jacob nació en Santa Rosa, cosa que ya aceptan hasta en Angostura, su otra patria chica, donde creció y fue maestro y publicó un periódico y el señor cura le quemó una novela.

Por la jerarquía de sus autores, merecen destacarse un texto publicado por Belisario Betancur en 1946, cuando tenía 23 años, con el esdrújulo título de "Sentido ontológico de la lírica porfiriana" y el de otro presidente, Laureano Gómez, una especie de silogismo-diatriba, con premisas que comprenden, inclusive, una definición de poesía y un código de lo que debe ser un poeta, y con una conclusión tajante: "es indigno de figurar entre las lecturas de personas normales y decentes". Entre los políticos, está también la contribución de Raúl Roa, el fallecido canciller cubano, que conoció a Barba Jacob y hace una vivísima memoria de él.

Por supuesto, a lo largo de esta vasta obra, figuran textos de los más connotados eruditos en Barba, comenzando por Daniel Arango, Saúl Sánchez, J. B. Jaramillo Meza, Elkin Lenis, Jairo Tobón y Eduardo Santa. Y hay contribuciones de destacados escritores, como Carlos Pellicer, Rafael Maya, Jaime Jaramillo Escobar y Pedro Gómez Valderrama. Y también se incluyen innumerables evaluaciones críticas, la más notable de las cuales sigue siendo la de Hernando Valencia Goelkel, sin contar valiosísimos testimonios, como el anecdotario de Víctor Amaya González y un espléndido reportaje de Pedro Nel Valencia con el único alumno superviviente entre los que recibieron las clases del maestro Osorio en la escuela de Santa Rosa.

D. J. A.