| La destrucción anda libre
Sinuario
Gabriel Ferrer
Instituto Distrital de Cultura, Barranquilla, 1996, 79 págs.
Gabriel Arturo Ferrer Ruiz (Montería, 1960) pertenece a esa raza de poetas para
quienes el lenguaje es todavía canto y celebración. Su poesía aparece hoy día en el
panorama lírico nacional como rara avis, en términos del profesor Ariel Castillo
Mier, quien además afirma en el prólogo del poemario que: "el tono de la poesía de
Ferrer contrasta con el de la poesía de las últimas décadas en el país, obra, en su
mayoría de poetas fúnebres, habitantes de abismos y erosiones, pregoneros del no y de la
nada, poetas del desánimo, de la divergencia y del sarcasmo abundante, complacidos en la
sistemática negación, destiladores de veneno, amarguras y opacidades, invalidadores del
Ser, cultivadores de angustias y caídas, asiduos contempladores de la vacuidad y las
torpezas, practicantes del miedo, abandonados al Apocalipsis" (pág. 15).
Poesía, pues, de la afirmación y la reconciliación es la de Ferrer, en
aparente contravía con el "paradigma populachero del vate famélico, ojeroso y
llorón", del "bardo maldito", heredada según Castillo Mier de
Silva y continuada por Julio Flórez, Barba Jacob, algunos nadaístas y hasta ciertos
"poetas sin nombre" (pág. 11).
Frente a este "espíritu trágico-patético", el prologuista opone la
figura de Ferrer como la de un rapsoda de la naturaleza, interesado en la
"recuperación ecológica de un ámbito y un lenguaje olvidados" (pág. 17),
emparentado con una larga y variada estirpe de poetas que va desde Aurelio Arturo y
Álvaro Mutis, hasta Álvaro Miranda, Rómulo Bustos y Raúl Gómez Jattin.
Sin embargo, por encima de las aproximaciones y las distancias, de las
similitudes y los contrastes temáticos (lo que se cuenta), la poesía es,
fundamentalmente, lenguaje (como se cuenta). Y es, desde esta perspectiva, que es válido
hablar de una buena o mala poesía. En el caso de Ferrer, nos encontramos con un poeta que
comienza a dar muestras de un lenguaje cuidado y de un tono personal que se distingue ya
entre las nuevas voces de la poesía colombiana. Con su primer poemario, Veredas y
otros poemas, obtuvo el tercer premio en el primer Concurso Nacional de Poesía
Aurelio Arturo (1989). Sinuario (1996) es su segundo poemario. Dos libros unidos
por una misma vocación: la de poetizar y mitificar los espacios. La primera vez, el poeta
reconstruye en su memoria la aldea de la infancia, figura del origen, metáfora del
regreso. Esta vez, sacraliza las corrientes del Sinú, en una ceremonia verbal que conjura
el presente, el pasado y el futuro 1.
Una dimensión mágica envuelve la escritura de este poemario. Desde la primera
parte, que da título al libro "Sinuario", el lector se interna en
esa atmósfera delirante de los sentidos propuesta por el poeta. El fluir torrencioso de
metáforas, epítetos y personificaciones, sirve como soporte al canto lírico de un
alucinado por la naturaleza: "El amor por el viento y el agua / me hace habitar una
madrugada de navíos dormidos" (Tripulación soñada, pág. 37). La presencia
divinizada del río "el Sinú soberbio y luminoso" recorre estos
primeros seis textos, dando lugar a una especie de invocación, de plegaria, oración de
quien se remonta al tiempo sin medida del origen, "a los días que no son más que
espacios entre sueños" (Sinuario, pág. 21).
El discurso de Ferrer es el de un místico "habitante del agua",
"novicio" que ingresa a la Orden de Natura. El lenguaje sirve aquí al fervoroso
propósito del poeta de expresar sus visiones, experiencias de una intimidad volcada hacia
el afuera distendido del trópico. Breves textos poéticos que prescinden formalmente del
verso, van sumando imágenes cifradas de puertos imaginarios, navíos cargados de
realidades efímeras y de "hombres sinuarios remadores de esperanzas".
Sin embargo, esta atmósfera mágico-poética se debilita cuando el río, que es
la figura matriz de este poemario, o el agua "elemento que puede purificarlo
todo", hacen fácil y evidente la metáfora del poeta condolido por la patria:
Nos ha despertado el ruido del
/ agua y enfrentamos un desafío,
/ vencer sus dulces fantasmas.
Herida está nuestra hada
/ laboriosa, guardiana de este
/ país de la fábula.
En las aguas superficiales fluye la
/ angustia
que enniebla una
/ claridad de sol rotante.
Un río de azafrán monstruoso nos
/ lava, la destrucción anda libre,
/ pegada a la corriente.
Las aguas superficiales se han
/ apoderado del alma de la gente y
/ fundan soles negros que hacen
/ lenta y sorda la vida. [pág. 27]
La costura visible falsea el tono místico, alucinado y delirante que, por
momentos, sumerge al lector en un arrobamiento poético:
[...]
¿Por qué ruedas por las arterias
/ de este país como azogue, cuando
/ se reinventa el drama y el suelo
/ aprieta con su término sellado?
¿Acaso no podemos conjurar el
/ hechizo que nos asiste? [pág. 29]
La segunda parte del poemario consta de 26 textos entre ellos "Otros
poemas", en los cuales el ejercicio poético alcanza un rigor expresivo y una
riqueza de imágenes que dan lugar a certeros y acabados poemas. Con el primer texto,
Ferrer pareciera entrever dónde reside la clave de su poesía:
LA ESCRITURA DEL PAISAJE
Sé que podría traspasar la luz
si por primera vez dejo de pensar
/ en los escombros
y oficio la escritura del paisaje
[pág. 33]
Poesía de revelaciones es la de Gabriel Ferrer. En cada poema, la intuición del
visionario que hace del paisaje de tierra caliente un ejercicio de escritura y de la
escritura una experiencia del paisaje: dibujar con palabras el éxtasis producido por el
delirio y la ensoñación:
PUERTO
Punto de encuentro entre el viento
/ y el agua
Ventana de la intemperie que nos
/ hace asistir
a una oratoria de navíos
[pág. 41]
La fauna y la flora se hacen lenguaje en Sinuario: el poeta escarba en las
palabras la forma de expresar múltiples especies: "Mira que en el corazón de la
miel / está la nostalgia de la abeja" (Nunca has fingido goces, pág. 45);
"Sólo el pescador puede contemplar la Manatí / pez irreal que duerme a la
luna" (Manatí, pág. 43); "Los oficiales del puerto / revisan a los
sacerdotes del comercio / y a los indígenas con sus balsas averiadas de plátanos y
esencias" (Sentencia de la divinidad, pág. 55). Así, el poema oscila
entre el espíritu barroco del trópico bochorno de los sentidos y la
elementalidad y transparencia que solamente pueden hallarse en el haikú:
[...]
Lays sabe pero no habla
del ruido del estanque
que hay en el corazón de su padre
[El ruido del estanque, pág. 71]
Sinuario no es únicamente un canto magnífico sino una travesía en barca
por el lenguaje en búsqueda de la escritura como visión: arquitectura óptica y verbal;
plasticidad y misticismo alucinado de los espacios y de las palabras. Escritura que
prefigura una poesía fundacional.
PATRICIA VALENZUELA R.
1 El Sinú ha sido un tema privilegiado en nuestra lírica. Baste
nombrar de Guillermo Salgado Canto al Sinú y otros cantos; de Jorge García Usta,
"Sinuanía" (Monteadentro), y de Raúl Gómez Jattin, Amanecer en el
Valle del Sinú.
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