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La
bohemia colombiana es puro ripio
Voces de bohemia
Hugo Sabogal (comp.)
Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1995, 262 pág.
Esto no es un libro. Pero como tiene la
apariencia de un libro, digamos, en la dobleparla de Orwell,
que es un
no-libro.
Pues una colección disparatada de
artículos no llega a constituir un libro, aunque el texto esté impreso en hojas entre
pastas. No hay una directriz, no hay una guía editorial. No es el hecho de que sean
varios autores, sino de que nada liga sus textos. Cada uno va a su aire. No ofrece una
historia, ni siquiera como suma de anécdotas, de eso que se podría llamar la bohemia en
Colombia.
Si es que acaso ha existido la bohemia.
¿Y qué es eso de "bohemia"? Se dicen cosas tan dispares e imprecisas, que el
lector no logra tener una noción certera. Héctor Abad hace una disquisición académica
para rastrear el origen del término, y lo encuentra en la novela de Henri Murger, Escenas
de la vida bohemia (1847). Dice Abad que "la bohemia parecería incluir una
especie de protesta social que se manifiesta en el alejamiento de la lógica filistea del
trabajo" (pág. 24). Como los gitanos no trabajaban o trabajaban a salto de mata, y
provenían, según es leyenda, de Bohemia, así se empezó a llamar a los intelectuales
ociosos. También identifica la bohemia "con emprender una carrera artística en un
medio burgués".
A estos dos datos (vagancia y afición al
arte) se agrega otro, según se lee en otros textos, como distintivo del bohemio: la
borrachera. A tal punto, que son bares y cafetines cueva y altar de la bohemia. Por eso
sería que escribió Luis Carlos López estos versos: "[...] mientras te cantan en
cualquier cantina/neurasténicos bardos melenudos/y piojosos, que juegan dominó".
Pero la bohemia no es requisito previo
para el arte. Claro que se puede ser vago y poeta, como se puede ser poeta y pandillero,
poeta y paternóster. Notables poetas, citados aquí como bohemios, fueron aplicados
trabajadores: León de Greiff, revisor fiscal de la Contraloría General de la República;
Gonzalo Arango, jefe de redacción de la Revista de la Udea; Jotamario Arbeláez, sagaz
"creativo" de McKann Ericsson. Y muy cumplidores de su horario. Franz Kafka fue
ajustador de seguros. James Joyce fue profesor de inglés. Fernando Pessoa fue tenedor de
libros (de contabilidad). Tres magos. Y también cumplían el horario. Y Tartarín
Moreira, de Medellín, a quien se presenta en otra página como paradigma del bohemio, fue
detective municipal.
Esa noción del artista despelucado es
anacrónica; un rezago del romanticismo, que tuvo alguna validez para un grupo de poetas
en París, durante las dos décadas medianeras del siglo XIX.
Ser bohemio, entonces, y según se
desprende de los diversos textos disparatados de este libro, puede decir muchas cosas. No
es que sea voz polisémica, sino voz insulsa. Cada quien la llena a su modo y capricho.
Los que se muestran aquí como insignes
bohemios se destacan ante todo como aficionados a tertulias y botellas. Ricardo
Rodríguez, al filiar el café con la bohemia, dice que ésta "exalta sus ímpetus
con toda clase de bebidas" (pág. 29). Y hace la lista de las tertulias y borracheras
santafereñas en el siglo pasado. Fernando Arbeláez cuenta su bohemia vida bogotana en
los cafés Asturias y El Automático (pág. 73). Spitaletta también ancla su texto sobre
la bohemia en Medellín en bares y cantinas: el Patio del Tango, el Majestic, el Regina
(pág. 101). Más el Vesubio, que, según Óscar Hernández (citado por Spitaletta),
"era el templo en ruinas de los últimos verdaderos bohemios de Medellín". En
suma, ser bohemio es estar metido en un café, viendo pasar las horas, bebiendo y (parece
posible) imaginando versos o maquinando sablazos. Eso como que equivale a desafiar
"la lógica filistea del trabajo". Para realzar el trazo, anota Spitaletta que
en El Perro Negro se presentaban "trifulcas memorables a puñaleta y
botellazos". Y este dato último, que denota aquella bohemia inmarcesible: "Al
final de la noche todos los bohemios iban a comer carne asada al Ventiadero".
Eduardo Escobar, a quien se ensalza en
otra página como insigne bohemio, afirma: "El nadaísmo lanzó a la fama
internacional al Metropol, de Medellín, y El Cisne, de Bogotá, adonde acudieron
fotógrafos del mundo a dar fe de la nueva inquietud" (pág. 219). En suma, las
cantinas significan la bohemia. Entre la Tertulia Eutrapélica, fundada en 1791 por
los aedos santafereños, y la nadaísta de El Cisne, pasando por La Gruta Simbólica del
"Jetón" Ferro, no hay solución de continuidad.
Si estar metido en un café durante
horas, bebiendo y haciendo cháchara, fuera signo de bohemia, calificaba en dicha
actividad medio país.
Por ahí aparece otro signo del bohemio.
Es la extravagancia. Cuenta Rodríguez que en junio de 1896 decidieron los
"bohemios" de La Gruta Simbólica, en Santafé de Bogotá, hacerle
"entierro al sombrero tirolés de Carlos Tamayo, adornado ya por el verdín de los
siglos". Lo que realizan en el restaurante típico San Mateo, de la calle 20, abajo
de la Cervecería Germania, embutiendo cuchuco y Germania (pág. 45). Arbeláez dice de
Vidal Echavarría que "su suéter alto de color violeta era una protesta ambulante y
naturalmente peligrosa en el ambiente circunspecto y tradicionalista de los
cachacos bogotanos" (pág. 74). Estos son, según Rojas, los signos de
que Tartarín era bohemio: "Pava cubana, pantalones anchos, sombrero ladeado a la
izquierda (lo normal es hacia la derecha), el artificio de inflar sus cachetes con
algodón, a más de teñir sus mejillas con polvo de rosas" (pág. 59). Dice Eduardo
Escobar, hablando de un bohemio puro: "Amílcar con el pelo teñido de verde pasea un
narguilé semiapagado" (pág. 214). Y de otro bohemio, de ancho corazón y gran
cabeza: "Gonzalo Arango pronunció una de sus primeras conferencias nadaístas en un
flamante [sic] rollo de papel higiénico". A Dios gracias, fue flamante.
Al gesto pueril y extravagante se añaden
el ripio retórico y la palabra bombástica, como distintivo de los bohemios nacionales.
Son gestos triviales y, además, anacrónicos. Todo esto es trasunto de infantilismo. Que
se desdobla en retórica y calderilla. Escobar habla de "los laberintos de dudas
voraces infectados de eternidad".
Dice Fernando Hernández: "Había en
Cali sitios en las zonas de tolerancia adonde iban no sólo los disipados sino los
zanahorios acosados por las urgencias del amor" (pág. 169). Dice Jaime García Usta:
"En Cartagena, el grupo de amigos (García Márquez, por supuesto, como chef de
file) revolucionó las formas literarias y practicó una bohemia de geografía
diversa, y en muchas ocasiones, de estilo peripatético" (pág. 194). La prosa
hiperbólica. Dice Eduardo Escobar que a Lemos (Darío), a Poe (Edgar Allan), a Barba
(Porfirio) y a Flórez (Julio) "los une el gesto romántico de la rebelión contra
las amarguras de la vida mecánica" (pág. 205). Y más adelante: "Durrell
termina Clea. Gonzalo Arango, Nada bajo el cielorraso" (pág. 211). ¡Ai
perdonan! La hipertrofia por la vanidad, que ha sido el distintivo de los literatos
colombianos. Pero eso no es bohemia: es puerilidad.
Por allá dice Rojas, hablando de
Tartarín: "Hacer tangos es una necesidad humana" (pág. 64). No es extraño,
entonces, que Escobar ponga esto: "Sartre era el papa remoto y gris de nuestra
bohemia heterodoxa" (pág. 206). Es tenue la barrera entre puerilidad y barrabasada.
"Entendí el oficio de poeta como un
sacerdocio desvinculado de los otros menesteres de la vida cotidiana", dice Fernando
Arbeláez, haciendo la biografía de su propia vida bohemia. Pura pajarilla. Noción
anacrónica. Tiene razón Abad: "La bohemia es hija del romanticismo" (pág.
23), pues esa vanidad de poetas aldeanos es un rezago decimonónico. Cosa antañona. Eso
de la poesía como sacerdocio no es vanidad sino niñería.
Por eso será que Eduardo Arias cumple su
encargo con una crónica liviana y chocarrera, de título didáctico: "Para qué
sirve la bohemia" (247-262), cosa que tampoco dice. Pero como el libro es
disparatado, bien cabe. Enfila como exbohemios a Rudolf Hommes (exministro), a Miguel
Silva (exasesor) y a César Gaviria (expresidente). Descubrimiento pasmoso que ampara con
esta frase: "Bohemia y acontecer nacional siempre han ido muy unidos y tomados de la
mano". ¿Será perspicacia de Arias o signo de su bohemia incipiente? Escribe en el
mismo tono: "El conocido profanador de tumbas y jalador de carros, Pablo Escobar
Gaviria, fue bohemio". Gusta el chascarrillo en Santafé. Aún otro: "Eso de la
ópera fue bohemia pura de estrato seis". Por lo que se ve y se ha visto, en el
altiplano se ha confundido siempre la bohemia con la guasa.
Aquellos enterraban el tiróles de
Tamayo. Y a la guasa le agregaban Germania y cuchuco. No puedes responder con seriedad al
pedido del editor, y si lo haces, dejas de ser bohemio. A fines del siglo XX, igualiticos
al "Jetón" Ferro del siglo XIX.
Lo que no se nota es obra alguna. De
algún modo se establece, por el texto de Abad y algunas otras alusiones, que la bohemia
tiene algo que ver con la creación artística. Pero no aparece por ningún modo la obra
creada por los bohemios. Ni se menciona siquiera. Aparte de algunas afirmaciones
bombásticas sobre unas revoluciones literarias sucesivas acaecidas en La Cueva, El
Automático, El Cisne, La Gruta. Por lo que aquí se dice y se muestra, los bohemios
colombianos no han hecho otra cosa que beber, manducar y parlotear.
Octavio Gómez, en un texto duro (pág.
225-246), "La bohemia sorda del silencio", recuerda que en Medellín no hubo tal
bohemia. Lo que hubo fue asesinatos políticos, "en un medio aldeano que asoció a la
intelectualidad con la subversión". Como noche y bohemia se asocian de ordinario,
anota que "la noche perdió el embrujo de la complicidad y se convirtió en un
riesgo". Qué bohemia puede haber en una sociedad cruzada por balazos.
Como no hay obra, como no se dice una
palabra real sobre el mundo, los textos de este libro van bañados en nostalgia. Todo se
dice en tiempo de pretérito, en actitud que denota veneración por el pasado. Cosa
estéril. Anclada, además, en las viditas personales y de familia que, si acaso,
interesan a los nietecitos. Y esa actitud pasadista lleva a una magnificación del
tiempo viejo. Transcribe Spitaletta este aserto de Darío Ruiz sobre los famosos sesentas
en Medellín: "En la librería Aguirre, por ejemplo, se dan actividades culturales.
Todos los días se reunían quince o veinte personas a discutir, hablar" (pág. 108).
Pura paja. Eso me lo conozco bien.
En suma, en este país se ha dado, si
acaso, una bohemia alcohólica para alimento de nostalgias pueriles.
ALBERTO AGUIRRE
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