Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Citar es un arte


Luis Tejada. Una crónica para el cronista
Víctor Bustamante
Editorial Babel, Medellín, 1994,
232 págs.


Haber nacido en el mismo lugar del personaje que se propuso biografiar fue, de alguna manera, una de las ventajas que tuvo Víctor Bustamante cuando decidió iniciar su investigación. No solamente por aquello de la sangre, de la estirpe, sino, y en mayor medida, por la posibilidad de seguirle los pasos muy de cerca al biografiado. El mismo Víctor Bustamante hace resaltar este privilegio insertando en su libro una anécdota de su adolescencia: "En la esquina de la antes calle Sucre, en la plaza principal del pueblo, una base para un busto que nunca se colocó, una calle a la memoria del cronista. En los días arduos de 1968, nadie quería llamar a esa calle Luis Tejada, algunos concejales se opusieron. Mi padre lideró esa idea, un simple recuerdo para el cronista. Aún escucho su discurso, yo que no fui capaz de ir al desfile con bandas y colegios, en la naciente calle mi padre lo presentó desde el tercer piso de nuestra casa, estoy encerrado en lo más profundo de mi cuarto, muerto en mi oscura timidez, mientras él habla del cronista olvidado. Tal vez este hecho de adolescencia haya obligado a resarcirme con el cronista, a buscarlo por cada página donde alguien hable de él" (pág. 23). En ciertas ocasiones el autor de esta biografía de Luis Tejada logra explotar con interés dicho privilegio, a través del juego que establece entre su vida y la vida del biografiado; a este respecto podemos destacar cómo hay instantes en que su actividad misma de investigador es explicitada en el transcurso del libro.

Sin embargo, Víctor Bustamante no logra seguir los pasos del cronista con la claridad y coherencia necesarias para un trabajo de esta naturaleza. El libro está conformado por ocho grandes capítulos en los que el personaje aparece relacionado bien sea con un lugar, un amigo, un movimiento literario, o sencillamente un acontecimiento: Luis Tejada y el carácter aventurero y bohemio heredado de su padre; Luis Tejada y el próspero puerto de Barranquilla; Luis Tejada y la lenta modernización de Medellín hacia los años 20; Luis Tejada y la fríos cafés de Bogotá; Luis Tejada y Los Nuevos, etc. Estructurado de esta manera se podría pensar, a primera vista, que el libro logra crear —a través de los ojos de un personaje-faro de nuestra sociedad y nuestra literatura— un amplio horizonte cultural que proporcione elementos para explicar la obra y la vida de Tejada. No obstante, a pesar de la gran cantidad de información que consiguió recopilar el autor, incluso un buen número de anécdotas con las cuales pretende explicar el "carácter de algunos de los personajes que ya no existen" (pág. 22); de polémicas —como la sostenida entre Tejada y Luis Bernal a propósito de la prohibición de las carreras de caballos en Medellín—; de diferentes opiniones de personas que conocieron a Luis Tejada; a pesar de todo esto, o tal vez precisamente por ello, el libro no hace la reconstrucción de ese horizonte y, en consecuencia, tanto la vida del personaje como su obra quedan oscurecidas por un gran caos de datos.

Una consecuencia de esta oscuridad es la dificultad en la lectura, que en gran medida se debe a la incapacidad del autor para ordenar coherentemente el material empírico de que dispone. Por todas partes aparecen enormes mezclas de citas de cualquier tema, sacadas de quién sabe dónde —pues el autor ha decidido suprimir de forma sistemática toda referencia bibliográfica—; bellísimas anécdotas de la vida de Tejada quedan flotando en el libro, así como flotan en el aire los globos aerostáticos que sorprendían al cronista cuando era niño; y recurrentes apreciaciones de diferentes personajes de la vida política, económica y cultural del momento se superponen de manera inconexa.

En uno de los capítulos en donde aparentemente hay una organización cronólógica (por meses) de la actividad de Luis Tejada en el diario El Espectador, de Medellín, hacia los primeros veinte años del presente siglo, el lector se puede encontrar con un cambio de tema tan abrupto como el siguiente:

"...Una noticia aparecida en El País por telégrafo, relata: Mueren el piloto francés M. Fratoni y Arturo Gerlein, un periodista gravemente herido. El avión iba a aterrizar sobre el campo de Base-ball... Esta nota aparecida el 23, permaneció rondando en el cronista, pues el día 27 la recuerda"; "El 28 escribe sobre Mata Hari, la célebre y sensual, más como una mujer que como una espía"; "Esa ciudad que habitó Tejada, ese paisaje ido, recuperado por la memoria escrita, la suya y la de un diario, El Espectador, donde consignó lo observado, dejan entrever el nuevo invento, el cine..." (pág. 94).

Vemos aquí cómo, en una sola página, se presentan tres temas de diferente naturaleza que, si bien están conectados por las fechas en que las crónicas aparecieron, en cuanto a su contenido se mantienen, sin embargo, completamente desmembrados. Víctor Bustamante considera que la actividad del investigador no está tanto en la reconstrucción e interpretación de los datos que ha recopilado (hacer hablar el material) sino, más bien, en la enumeración indiscriminada de los mismos. Este propósito es aún más evidente en el desorden con que se presentan nubes de datos y de citas, cuando el autor vincula a Luis Tejada con Los Nuevos: "Para una visión de este grupo, para esta bohemia que saluda el nuevo siglo, he formado un collage con sus diversos testigos, cada uno entrega su versión": "Felipe Lleras añade..." "...Hasta aquí la prosa diáfana, irresistible, de Alberto Lleras Camargo", "Otro testimonio que completa esta suerte de mosaico, es el de Germán Arciniegas..."; "Osorio Lizarazo, ese novelista que ha situado y sitiado a Bogotá como ninguno, en lo que podría llamar los bajos fondos, añade..."; "Armando Solano denominó a Los Nuevos..."; "Rafael Serrano Camargo anota... (págs. 162-167). Cada uno de estos nombres está acompañado de largas citas que no le sugirieren nada a Víctor Bustamante, pues no hace ni un solo comentario de lo citado. Citar es, sin lugar a dudas, un arte. Más, si consideramos que la cita debe colocarse en un lugar estratégico, de tal manera que sea un verdadero apoyo en la explicación de lo que el investigador esté planteando y no, como en este caso, un nuevo aporte al oscurecimiento del objeto de estudio.

La falta de organización del material que hemos venido comentando se presenta de una forma casi sistemática durante todo el texto. El último capítulo del libro, intitulado "El sibarita extraviado", confirma esto, pues en vez de ser una conclusión que cohesione el libro, termina siendo la reafirmación de la regla: está conformado únicamente por una serie de trece citas en las que diferentes personas hablan del cronista (Blanca Isaza de Jaramillo Meza, Adel López Gómez, Horacio Franco, Lleras Camargo, Alejandro Vallejo, etc.).

Esta sucesión interminable de citas inconexas sugiere al lector la posibilidad de crear, a partir de la simple cronología propuesta por Víctor Bustamante, una historia. En el procedimiento de creación de la misma, se pondrá a prueba la capacidad que tiene el lector de hilar, con delicadeza y mucha paciencia, un tejido que debería haber sido elaborado por el propio investigador.

LEONARDO ESPITIA ORTIZ