Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 36. Volumen XXXI - 1994 - editado en 1995

 

La Novela Semanal de Luis Enrique Osorio

JIMENA MONTAÑA CUÉLLAR
Trabajo fotográfico: Alberto Sierra Restrepo

Según afirman los historiadores y críticos literarios, el siglo XIX se extendió en Colombia hasta 1930. Ya lo decía Neruda, en su ensayo sobre José Asunción Silva: "Nuestro siglo XIX americano fue más largo que todos los siglos, y aislado y acerbo y lluvioso". Colombia entra al siglo XX desangrándose por una cruel guerra civil —guerra que parece aún hoy no tener fin—, la pérdida del canal de Panamá, y el esperado cambio de gobierno que rompe la hegemonía conservadora. Factores todos que van a generar una serie de procesos, los cuales, necesariamente, transformarán la vida diaria y el ámbito social, político y cultural.

Este eterno siglo XIX colombiano es evidente en algunos casos de la producción literaria. De la brumosa historia de la dramaturgia nacional, emergen dos figuras fundamentales, que impusieron, durante los primeros treinta años de nuestro inmaduro siglo XX, los parales principales del espectáculo teatral con obras de su autoría. Antonio Álvarez Lleras (1892-1956), apodado por el famoso escritor Jorge Zalamea "el maestro del alarido", fundó una escuela de actores, al mismo tiempo que escribía y montaba sus obras en el teatro Municipal de Bogotá y en el teatro Colón. Obras románticas y desesperadas, tenían casi siempre un éxito rotundo. Muy lejos de la estructura dramatúrgica francesa o italiana, sus obras fueron aclamadas por el español Jacinto Benavente, cuyo estilo, un tanto pasado de moda, fascinaba y marcaba la producción de otros autores latinoamericanos. Tras las presentaciones en los teatros europeos, Álvarez Lleras hacía los contactos necesarios para traer compañías extranjeras que encantaban al aldeano público de la capital de la república. Luis Enrique Osorio (1896-1966) fue otra de las figuras representativas y dedicó su vida entera al teatro; durante los años veinte sus obras fueron consideradas excelentes. Siempre preocupado por la cultura, creó una compañía de actores, publicó revistas semanales, al mismo tiempo que reunía fondos para ayudar a la Compañía de Artistas Nacionales (fundada en 1911, para fomentar el talento nacional), apoyaba compañías extranjeras y convocaba a concursos de dramaturgia. Por los años cincuenta, los esfuerzos de Osorio continuaban a pesar de todos los avatares, y a él le debemos el teatro La Comedia, actual sede del Teatro Libre de Chapinero. Este dramaturgo diseñó, edificó y finalizó el teatro. La primera función fue dedicada al general Rojas Pinilla, y la obra escrita, montada y dirigida por el mismo Osorio, fue rechazada por los intelectuales y gran parte del público que estaba en desacuerdo con la incipiente y luego férrea y aterradora dictadura del general.

Así, pues, este escrito pretende, a vuelo de pájaro, mostrar un pequeño trozo del trabajo de este dramaturgo, enmarcado necesariamente dentro de las costumbres y ámbitos que rodeaban a la sociedad de entonces.

En 1917, Osorio abandona la carrera de ingeniería civil, que seguía por consejo de sus padres, para dedicarse a escribir, tentado por la pluma y los laureles de su contemporáneo Álvarez Lleras. Así empieza Osorio —quien desde pequeño hace lo imposible por asistir a los pocos espectáculos de la pequeña aldea que era Santafé de Bogotá— a incursionar en los procesos de la literatura: pequeñas obras teatrales, novelas adaptables, poemas y zarzuelas. Tras la generación del Centenario, Osorio y Álvarez Lleras, innovaron, proponiendo las obras ya no en verso sino recurriendo a la prosa lisa. La dramaturgia entonces se mueve de manera más libre en un típico esquema costumbrista, romántico, basado en las situaciones del campo, las tentaciones de la carne, la moral. Temas que algunas veces se entrelazaban con severas críticas a la sociedad. Esta clase de teatro encajaba con el gusto del público de los teatros Municipal y Colón, y enfurecía al grupo de intelectuales que en 1925 se agruparán para bautizarse Los Nuevos (en contra de la generación del Centenario): León de Greiff, Jorge Zalamea, Alberto Lleras, Luis Vidales y José Mar entre otros, brillantes e inolvidables pilares de la literatura colombiana.

En 1923 Osorio fundó una revista semanal que pretendía divulgar el talento nacional. La Novela Semanal publicará semana a semana, por dos años, las novelas cortas de varios colaboradores y las obras de teatro de su fundador, además de notas, duros editoriales de su director y resúmenes de las noticias mundiales. La publicación muere cuando su autor, cansado de la lucha infértil, no puede ya sostener los gastos y, ante la negativa del Estado de prestarle apoyo, decide viajar a Europa, donde sus primeras obras de teatro serán acogidas con gran ímpetu y fervor.

El reconocido Daniel Samper Ortega era uno de los asiduos colaboradores de La Novela Semanal, presentado desde el primer número como "el joven novelista, prometedor y dedicado", "romántico y preocupado por la pérdida de los valores éticos y morales". Sus escritos giran alrededor de las tentaciones de la carne y la manera honrosa de vencerlas. Samper Ortega, años más tarde, escribe en defensa del trabajo de Osorio:

Convencido, a la postre, de que un país analfabeto no es propicio para la inquietud espiritual, orientó sus energías a la lucha por la educación del pueblo.

Así, entonces, Osorio abandona a mediados de los años treinta, sus labores dramatúrgicas y editoriales, y viaja a Europa, donde obtiene éxitos sin precedentes. A su regreso al país, los asuntos empeoran y la acogida ya no es la misma. Sin embargo, logra su sueño acariciado desde 1920 y funda una compañía de actores estable que le permite trabajar con su propio grupo, construir el teatro La Comedia y montar sus propias obras hasta mediados de los años cincuenta.

SANTAFÉ DE BOGOTÁ EN LOS AÑOS VEINTE

El estilo de las novelas cortas de La Novela Semanal sería actualmente incomprensible sin una previa situación. Bogotá empezaba su crecimiento acelerado, los barrios obreros se construían en la periferia, los campesinos inmigrantes rebuscaban el pan de cada día, el alcantarillado y los servicios públicos no cubrían aún la tercera parte de la ciudad. Era, sin embargo, una hermosa y pequeña ciudad, construida sobre las bases arquitectónicas españolas y francesas. En 1910, con las celebraciones del centenario de la independencia nacional, se cubrió de esplendor la fría y gris capital. Se inauguró la exposición industrial del Bosque de la Independencia, donde se construyó un pasaje para las artes y el pabellón egipcio, se arborizó la ciudad y se iluminaron las avenidas. Bogotá era, pues, en 1920, una pequeña ciudad europea con sus parques adornados por jardines franceses y fuentes cantarinas, y tranvías silenciosos que atravesaban por las vías principales. La avenida de la República, hoy carrera séptima, estaba rodeada a lado y lado por árboles centenarios; las verjas de ornamentación cerraban las zonas verdes; los faroles se prendían a las cinco de la tarde; las calles eran transitables y la ciudad habitable, más o menos limpia y definitivamente silenciosa. Las costumbres permanecían exactamente iguales desde la segunda mitad del siglo XIX. Las mujeres, puras y castas, bordaban, tocaban el piano, daban órdenes a las cocineras y atendían a su trabajador marido. Los bailes y fiestas que se ofrecían en Santafé abrían la posibilidad de iniciar el coqueteo y presentar familias, y una vez al año Santafé se cubría de color y jolgorio, durante el carnaval. Ricos y pobres vestían carrozas, se disfrazaban y desfilaban por las calles acompañados de comparsas y grupos musicales. La alta sociedad desfilaba hasta la puerta del club privado, y allí la fiesta se prolongaba hasta el amanecer. Los teatros Municipal y Colón, presentaban operetas, cortas y recatadas comedias de compañías extranjeras, zarzuelas y uno que otro concierto de música clásica. El teatro Olympia, fundado en 1912 y con capacidad para cinco mil espectadores, ofrecía las películas de moda, y noticieros realizados por los mismos hermanos Di Doménico. El espacio amplio permitía, además, espectáculos de patinaje, boxeo y teatro.

Éstos eran, pues, los espacios de recreación de los siempre ateridos de frío santafereños. Vestidos de negro, con sombrero, abrigo, chaleco y paraguas, los hombres transitaban por las calles a ritmo lento antes de tomar el tranvía. Las mujeres, en las casas, imitaban la moda europea en sus trajes. Ya se veían entonces las rodillas; los trajes de talle largo abolieron los corsetes y las balleneras y los sombreros se redujeron notablemente, al igual que los adornos y las largas cabelleras.

A pesar de las reuniones de escritores, de las fiestas y las funciones de teatro, y del carnaval, prohibido por la junta de la decencia, Bogotá era una ciudad siempre húmeda y aburrida. Dicen los cronistas que Bogotá se alegraba únicamente durante las fiestas religiosas. Así, entonces, encontramos que en 1922, por decreto, renacieron los aguinaldos y las celebraciones navideñas. La junta organizadora rezaba:

Declárase de regocijo público y de travesuras elegantes las horas comprendidas entre las seis de la tarde y la una de la mañana de los días...

[...] Se podrán usar triquitraques, totes, bombas, buscaniguas, luces de bengala, serpentinas, conffettis, huevos de harina o de perfumes finos [...] Está terminantemente prohibido usar explosivos de la clase B
[...] es igualmente prohibido pegarle a los policías 1.

En este remanso, las letras y el arte nacional pugnaban por salir, y el día jueves 25 de enero de 1923, Luis Enrique Osorio, tras férreos esfuerzos, logró distribuir por Bogotá, Barranquilla y Medellín el primer fruto de su recién fundada obra editorial, titulada La Novela Semanal. Para tal efecto, miembros de la alta sociedad barranquillera, parientes de su reciente esposa, le habían hecho aportes en dinero y publicidad, y en Bogotá el teatro Olympia pagaba los anuncios de sus funciones de las películas Robinson Crusoe y Las dos niñas, y un grupo de urbanizadores llenaba la contraportada con sus ofertas para invertir en la construcción de la lejana avenida de Chile y el desolado Chapinero.

El primer número de La Novela Semanal, presenta una novela corta de Emilio Cuervo Márquez, autor bogotano, conocido, según se anota, por sus estudios sobre la personalidad "femenil". Lilí, se titula su corta novela, y es el prólogo a la serie de estudios sobre el alma de la mujer bogotana, titulados Corazón de mujer y En la selva oscura. La historia es sencilla: Lilí, una joven mujer, descubre el día de sus nupcias que su verdadero amor fue el amigo de su padre, que en la infancia jugaba con ella y le leía poemas al lado de la lumbre. Su verdadero amor, sintiendo que los años que los separaban eran una barrera infranqueable e ignorando el afecto correspondido, se suicida en Nueva York el día que recibe el anuncio del compromiso.

El suicidio, la muerte por pasiones encontradas, la tisis galopante, la lepra y la provincia serán, en las novelas publicadas durante dos años, los temas centrales, con muy contadas excepciones. Las obras de teatro y las novelas de Osorio, sentimentales, lloronas, terribles y trágicas y sobre todo dulzarronamente cursis, ocasionaban desmanes entre el público colombiano, venezolano y argentino.

La primera de las obras publicadas en La Novela Semanal se titula El cementerio de los vivos. El texto de su anuncio, tres números antes, rezaba:

"El cementerio de los vivos", una colosal obra de Luis Enrique Osorio, basada en un hecho real; acosados por el hambre y el frío, los leprosos se fugaron de su cárcel de Agua de Dios, para implorar compasión por los caminos y ciudades 2.

Simultáneamente se anuncia que la Compañía Internacional Díaz Perdiguero actúa con éxito rotundo en el teatro Colón. Su temporada da inicio a una serie de obras nacionales, comenzando por el drama en tres actos El crimen de unos ojos, del reconocido y aclamado Luis Enrique Osorio. Infortunadamente, no encontramos esta obra en tres actos, pero sí se publicó El cementerio de los vivos, he aquí unos fragmentos de muestra para el lector:

Sobre las aguas turbias, casi negras de un río que rueda remolinante por las vegas del trópico Andino, tiende sus hilos rojos el Puente de los Suspiros [...]

Él ya es tan sólo un cadáver que ambula. Va a su cementerio, donde estará condenado a ver y palpar, la descomposición de su propia materia, mientras alguien que llora muy lejos le envía la carta [...]

[...] por último, los leprosos, dos mil leprosos aislados en la población de Agua de Dios y más puestos en olvido que jueces y sargentos, comenzaban también a tomar uno a uno las de Villadiego para ver de colmos el hambre con una limosna en las villas circunvecinas [...] 3.

Finalmente, aquello que parece ser el tema central se diluye: lo importante ya no es la huelga de los leprosos sino el amor por correspondencia entre un periodista-poeta, el que hace la nota, y una pequeña que se halla recluida en el leprocomio, al lado de su padre enfermo y de la tumba de su madre, que abandonó este mundo, pocos días después del nacimiento de la niña. Ésta, sana, joven y bella, recibe sin saber los poemas de consuelo del joven periodista, y éste, picado por la curiosidad, arriesga su vida viajando al leprocomio. Tras muchas lágrimas, frases al oído, y grandes sufrimientos, la niña se contagia de lepra y su anciano padre, por fin curado, obtiene el permiso de salida.

La moraleja de esta novela se diluye entre el deber del padre, el amor del poeta y el horror de la lepra. Otra obra, Una mujer de honor, publicada al año siguiente, tiene, en cambio, un exacto epílogo: Eugenio, pobre pero honrado, luchando siempre por las buenas costumbres, contrae matrimonio con una mujercita, honrada y limpia, trabajadora y abnegada. Sin embargo, cuando todo parecía miel sobre hojuelas, y la dicha inmensa hacía reverdecer los tiestos de la humilde vivienda, Eugenio "se dejó llevar por el mal camino de la mano infame de una mujer de vida fácil". Alicia, su dulce esposa, da tumbos horrorosos por la ciudad repleta de peligros, pero logra triunfar y mantener su honra sin que ningún hombre aprovechado se la mancille. Eugenio, años más tarde, regresa a buscarla para pedirle perdón, y cuando ve en los ojos de su antiguo y venerado amor un intento de negativa, sale despavorido y lo mata un tranvía.

Es frecuente, en estas novelas, el final trágico y el desarrollo a través de un suspenso que nada bueno avecina. Detengámonos algunos momentos en La culpable, novela teatral de nuestro autor en cuestión. Decía así su prólogo:

Tras este lienzo vais a ver la realidad exprimida lo mismo que una fruta madura. El autor no ha hecho más que recibir su jugo agridulce en la copa de la fantasía. Quienes todo queréis verlo con la máscara del convencionalismo y el prejuicio hallaréis esta obra demasiado desnuda, como la modelo desnuda de un pintor 4.

La comedia dramática en tres actos y en prosa, trata con verdadera pasión el amor desenfrenado de un muchacho de no muy sanas costumbres, unido por los avatares del destino con estafadores y ladrones, quien tiene que luchar por el amor de una mujer, La culpable.

La bendición, novela teatral de Osorio, fue otro de sus éxitos. Ésta, sin embargo, es una crítica a los intelectuales esnobistas, que viven fuera inventando teorías para cubrir su mediocridad. Aunque se recurre al humor y su final no es necesariamente trágico, sigue latente la teoría de que el amor no se goza sino se sufre y un amor bendito generalmente es la llave para entrar al infierno. Las mujeres para Osorio, son o ángeles o demonios, puras, castas y vírgenes, o destrozadoras de corazones, impuras y de flojas costumbres. La bendición, "novela yanquilandesa en que dicen algunas aventuras de nuestros hermanos, los poetas de habla española, en la patria de Edgar Allan Poe", se inicia con esta frase estremecedora:

El matrimonio —exclama Abú-Abdallah ante el auditorio de colegas— es la Guillotina del Arte!!

[...] Abú-Abdallah se lleva tranquilamente la pipa a la boca sin responder. Por desgracia hay hechos consumados que no admiten enmienda; mas no por tal dejaría de proclamar a voz en cuello su desacierto. Para él, un poeta de treinta años y otros tantos volúmenes inéditos, un fisiólogo del amor en todas sus manifestaciones, el matrimonio era un verso mal rimado y peor medido que no admitía pulimento alguno y le echaba a perder el poema de su vida artística 5.

El poeta Fuenteclara, el más joven del auditorio, está en total desacuerdo con su colega, pues aún espera caer en las redes de una buena mujer, madre de sus ilusiones y respaldo de sus versos cantarinos. Por estas razones, huye del círculo intelectual, para refugiarse como profesor en una pequeña universidad de provincia, y a través de la cátedra y de la soledad, intenta reforzar su espíritu para ser merecedor de un amor limpio y claro. Fuenteclara es por fin seducido por una de sus compañeras de estudio, con quien contrae nupcias. Los primeros días, radiante, le fluyen los versos perfectos y se los canta al oído, pero ella prefiere dar paseos, darle besos y remolonear en las mañanas. Pasan los días, y la capacidad creativa de nuestro personaje empieza a decaer; la mujer, con su devoción y su pasión desenfrenada, ya no lo deja trabajar. Antes de continuar, veamos la descripción del encantador personaje, seducido y ciego por amor:

Para Fuenteclara no había en el mundo más que un texto de retórica: él. No reconocía más explicación de la belleza que su fecha de nacimiento. Rubén Darío era un versificador que había estado en París; Rodó un uruguayo que muriera en Génova [...] Montalvo un lector de Cervantes, Cervantes el autor de un libro de caballerías [...] Encabezaba sus epístolas amistosas con frases de este jaez: "Yo, hoy anónimo, pero mañana el poeta más grande del lenguaje" 6.

Y si bien Fuenteclara no brilla por su simpatía, encontramos que el famoso poeta opositor de la unión entre hombre y mujer no se queda atrás, pues su nombre no es Abú-Abdallah, sino Juan Rodríguez, pues:

[...] hallando en esas cuatro sílabas un mote poco digno de figurar en la retaguardia de sus versos, y entusiasta como es por el Corán y todo lo que de moros trate, determina de asumir [...] 7.

La novela no sólo hace una crítica a los falsos intelectuales y a la sociedad norteamericana; es una amonestación para todos aquellos que reniegan de su patria. La bendición es divertida e irónica y rompe con el estilo característico de Osorio, quien se aprovecha de la caracterización de sus personajes para apalear verbalmente a todos aquellos que cubren su sangre de indio con un nombre europeo o norteamericano. La posición de la mujer no queda del todo clara. Por vocación puede llegar a ser una intelectual, o por lo menos un ente pensante, pero por definición debe y tiene que ser esposa y madre abnegada. Esta contradicción la encontramos no sólo en su dramaturgia, sino también en las notas tituladas "Ideario", las cuales vienen a complementar en el segundo año la publicación, junto con algunos cuentos y poemas.

El feminismo no pide sino que la mujer, de acuerdo con su carácter y su visión terrena, esté protegida ante la sociedad por medio de la ley [...] Desgraciadamente entre nosotros, donde la parálisis mental se halla en boga, casi todos aceptan las grandes corrientes modernas en la forma que los catedráticos quieren explicárselas, y con todas las calumnias superficiales que se inventan a las nobles iniciativas humanas 8.

El escritor del "Ideario", y el creador de las novelas parecen dos entes diferentes. En el primer caso, Osorio da tumbos entre el romanticismo costumbrista, cursi y exagerado, pero en sus notas y editoriales está a la vuelta de su tiempo. Insiste en la cultura no como un medio sino como un vehículo, en la necesidad de un Estado responsable y capaz de educar y formar un pueblo fácilmente maleable, para así poder llegar a valorar la cultura. Hace ya setenta años de sus quejas, y las deficiencias siguen alimentando las mismas carencias.

Desde que llegó a Colombia la misión pedagógica, no se ha vuelto a hablar de ella ni una sola palabra. Casi se puede decir que se recibió con indiferencia [...]

Cualesquiera que sean los planes pedagógicos que van a llevarse a la práctica, damos por hecho que en ellos se incluirá ante todo el apoyo oficial para todas las manifestaciones artísticas. Ya es hora de que quienes se dedican al cultivo de la belleza dejen de ser elementos tenidos en nuestra penumbra intelectual, candidatos al destierro por obra y gracia de la incomprensión [...]

Y fuera del arte, hay algo sustancial también en las perspectivas de enseñanza si queremos combatir el mal de raíz: la Geografía e historia patria [...]

[...] conocer a fondo los ideales de los hombres que nos precedieron [...] conocer el país en el que vivimos, sus posibilidades y riquezas [...]

[...] señores misioneros; enséñenle ustedes a este pueblo abandonado de sus gobernantes, corrompido por el egoísmo y la inacción, lo que es el arte y lo que es la patria.

Le harán un grandísimo favor [...] 9.

En el número de julio de 1924, ve sus esfuerzos en vano y, hastiado decide acabar con la publicación, dice entonces:

La Novela Semanal no muere ni fracasa. Se niega a pasar a manos extrañas de las de su Director, que se dirige al extranjero a reforzar un poco su optimismo [...]

Lo que sí garantizamos es que La Novela Semanal se irá de Colombia con su director y sus ideales, que nadie, nadie, y óiganlo bien ustedes, es capaz de sostenerse en este medio raquítico y lleno de prejuicios coloniales [...] Y volverá con él también cuando le venga en gana repatriarse y seguir despertando la dignidad artística nacional. Hoy por hoy ni se muere, NI SE VENDE 10.

A pesar de todo, tres meses más tarde La Novela Semanal continúa, y en la continuación no se hace mención del regreso, ni del viaje "al extranjero". En esos días La Novela Semanal se refuerza incluyendo cuentos, poemas y entrevistas. El final de su segundo año es, pues, el más interesante, gracias a la variación, sin embargo La Novela Semanal quiebra a finales de 1924.

Sería injusto continuar sin citar algunos apartes de las novelas de los asiduos colaboradores de esta publicación. A través de ellos, el lector podrá darse una idea del estilo preferido de nuestro dramaturgo. Rafael María Rodríguez, aparece con frecuencia, junto con Uva Jaramillo de Gaitán, Daniel Samper Ortega (quien por la misma fecha es nombrado director de la Sociedad de Autores Nacionales), José María Rivas Groot, Luz Stella y Cruz Alba. En la segunda etapa de La Novela Semanal encontramos poemas de José Asunción Silva, José Eustasio Rivera y León de Greiff. Revisemos un trozo del texto titulado Vuelo de palomas, de Rafael María Rodríguez. Es la historia de un hombre de la ciudad quien, con su pasión desenfrenada, mata a su enamorada, una sencilla mujer del campo. Gracias a su amor transparente, el joven olvida por un tiempo la presión de la ciudad, pero su mejoría afecta la salud de la muchacha:

Lo que pasó fue algo siniestro [...] Olvidando mi control espiritual, completamente dominado por mi ímpetu salvaje, la retuve entre mis brazos como el gavilán a una infeliz paloma [...] Poniendo mis labios sobre los suyos inertes, la besé con pasión y desenfreno [...]

Estábamos solos, en la penumbra del rancho. La anciana había salido. Y Elena languidecía entre mis brazos, sin fuerzas, fría [...]

De pronto me estremecí. Sentí que se me helaban los huesos... Elena, Elena... ¿qué tienes? Ella no respondía. Vivía, sí... Pero su frialdad se acentuaba... Elena era una muerta que vivía, una muerta con los ojos abiertos, que me miraba para hacerme comprender el delito de la profanación... Cuando la solté, la vi caer pesadamente al suelo, como una masa inerme. Pasó por mis venas un atroz escalofrío y sin decir nada huí. Huí como si viera levantarse una sombra en el cementerio pidiéndome cuenta de mis actos... Desde entonces me persiguen, por todas partes, esos ojos abiertos, tristes, empañados, y cuando veo un muerto me parece que ha de abrir los ojos para clavarlos en mí 11.

Uva Jaramillo será asidua colaboradora. Sus novelas, trágicas y desesperadas, encantan al director de La Novela Semanal, quien la presenta de la siguiente manera:

Esta joven escritora caldense, cuya genialidad han comparado varios críticos con la de la chilena Gabriela Mistral. ¿Por qué no es tan conocida como Gabriela Mistral? No es porque deje de merecerlo; sino porque ha nacido en Colombia, en este país donde no hay gobierno que se preocupe por los estímulos a las letras patrias, ni casa editora, fuera de la nuestra, que haya tomado a pecho la nacionalización del arte 12.

Algunas de las novelas de esta antioqueña rondan el costumbrismo, como Infierno en el alma, la cual transcurre en una hacienda cafetera, lugar de trabajo de dos hombres que se enfrentan por una mujer. Uno de los dos es culpable y se lo llevan a la cárcel, es el merecedor del amor de la mujer, quien lo espera con paciencia. Los términos utilizados por los protagonistas rescatan las tradiciones, toman "mazamorrita" a la "hora del algo" mientras reciben el sol de la tarde "en la manga" y hacen tiempo para "tomarsen el anís". La señora Jaramillo esboza un retrato de la vida campesina a través de la tragedia del romance. En uno de sus cuentos, abandona el costumbrismo por el horror. La mendiga es una mujer que se ve abocada a pedir limosna, pues el Dios omnipresente le hace pagar sus culpas en la tierra. Desdentada, vieja y físicamente destrozada, se arrastra por las calles, en castigo por haber seducido almas puras, hombres castos subyugados por su mente sucia y su voluptuoso cuerpo. La mendiga, ciega ahora, pide limosna para mantener a su único hijo, fruto de una gran pasión y de un gran amor. Pero este hijo del pecado muere en la calle, de pulmonía, y la ciega, tras enterrarlo, se saca los ojos para llorar toda su sangre sobre la tumba.

Pero, si de joyas se trata, vale la pena transcribir un trozo de una de las novelas de Bernardo Arias Trujillo, Muchacha sentimental:

Ese trío de mujeres, el vino y la música, amén de un poquito de libros obscenos, eran su trayectoria; porque hay que saber que Manuel Enrique estaba intoxicado de las lecturas amorales de los señores Vargas Vila, Zamacois y Trigo [...]

[...] temor de madres, espanto de doncellas, amenaza de maridos, donde quiera que llegaba, gozaba viudas jóvenes, violaba vírgenes, asesinaba esposos, estafaba pobres y robaba ricos, burlando a la justicia que nunca logró aprehenderle [...]

Fue ladrón, comunista, conspirador, guerrillero, robó mulas y desfloró doncellas, como todo caudillo de veredas 13.

Manuel Enrique, así descrito, enamora a una pobre niña de provincia mediante engaños y triquiñuelas. Gloria, hija del organista de la iglesia y telegrafista en su pueblo, se entrega a él ciegamente sin saber que:

No era un ilustrado, era un pobre diablo nacido en un suburbio vulgar, que salió de Medellín a buscar la vida y a conseguir con quién casarse 14.

Partieron dos y llegaron tres, pues Gloria llevaba en su vientre un hijo del timador. El padre organista, ante este hecho espantoso, se muere de un infarto fulminante frente a su órgano en la iglesia vacía. Así, entonces, el instrumento adquiere el alma herida del padre burlado y se convierte en fantasma gritón.

Si bien casi todas las mujeres están destinadas a quedar embarazadas por medio de embauques, ésta, en uno de los cuentos de Luz Stella, titulado El bebe de porcelana, parece tener sus propios medios para convencer a su prometido de un rápido matrimonio.

Se amaban [...]

[...] Era él fuerte y nervioso, franco y alegre; en su alma —nidada de ruiseñores— cantaban los amores dichosos. Ambos miraban la vida con el sereno optimismo de Antioquia, la madre vigorosa y tierna, sabe infundir en el alma de sus hijos [...]

Un día llevóla él un regalo 15.

El regalo, un muñeco de porcelana del mismo tamaño de un bebé, parece desatar las pasiones de Melí, la agasajada, quien, encantada, le hace trajes, una cuna, le canta, le habla y no lo deja un momento, pues teme que se resfríe. Su novio se lo había regalado porque:

Era aún tan pueril la dulce novia morena, que su cofre predilecto albergaba, en encantadora confusión, muñecas rubias y cartas de amor, menudos bibelots de celuloide y claveles marchitos. Estimulaba Jorge esta afición llevándole con frecuencia juguetes bellos y artísticos que ella recibía embelesada 16.

Y ella, la pueril muchacha se olvida de todo por el pequeño juguete, lo arrulla, le habla y decide bautizarlo. El día de la fiesta cuando se lo lleva al prometido para que lo bese, el muñeco cae al suelo y se rompe en añicos:

—Verdad que es muy lindo y muy querido —dijo ella levantándose vivamente con el bebe en los brazos... Un grito, un estrépito de porcelana que se rompe... y en el suelo el flamante bebé...

Recogiólo Melí llorando, y lo estrechó tiernamente contra su pecho...

—Qué desgracia!!, —sollozó— ¡Qué desgracia!!

Su novio aterrado sale directo para la tienda, y ella llora inconsolable, sin embargo, una de las lágrimas la trae a la realidad:

La lágrima iba agrandándose, agrandándose. Y tras ella, como un prisma, vio Melí, en intuición reveladora, un delicioso nido de gasas y de encajes, símbolo de ignoradas dichas inefables y de santas ternuras: la cuna.

Y la nube blanquísima que en el cielo de su dicha fingían los castos ensueños, tornóse, ruborizándose, en rosado arrebol.

Este cuento de Luz Stella deja dos interrogantes. ¿Era Melí retrasada mental? ¿O era Jorge un corruptor de menores y pretendía llevar al injusto tálamo nupcial a una pequeña menor de diez años? Interrogantes difíciles de responder, pues infortunadamente la aclamada Luz Stella descansa en paz.

Actualmente, hacer una lectura de las novelas publicadas por Osorio, es tarea de titanes. Aun así, es innegable su labor cultural, pues a través de La Novela Semanal, se presentaba parte de la producción literaria nacional y se convocaba a concursos, financiados por los mismos intelectuales. Osorio organizó uno de los primeros concursos de dramaturgia infantil, y logró que los periódicos más importantes, como El Tiempo y El Espectador, además de los ilustrísimos Samper Ortega, Benjamín Herrera y Luis Tejada, donaran la suma maravillosa de 25 pesos oro. El premio en efectivo se reforzaba con la promesa de montar la obra en el teatro Municipal tras haberla publicado en La Novela Semanal. Se convocó también a un premio de dramaturgia para adultos, a concursos de cuentos para niños, de novela y poesía, y en los editoriales constantemente se ponía énfasis en la imperiosa necesidad de un Estado responsable que tomara en sus manos la labor de educación, a través del fomento de las actividades culturales.

Además de promover las letras por medio de los concursos, Luis Enrique Osorio, desde los primeros años veinte, estuvo intentando crear una escuela de formación de actores, donde además de las nociones básicas de actuación, se les enseñara cultura general, música y dramaturgia. Sus primeros intentos fracasaron, no sólo porque no era de buen gusto ser "cómico", sino porque el dinero de apoyo a la cultura se iba en pagar las compañías extranjeras. Estas compañías exigían precios altísimos, pues su viaje en barco duraba meses, desembarcaban en Puerto Colombia para tomar el buque por el río Magdalena y luego, al llegar a Honda, la travesía continuaba a lomo de mula hasta la capital de la república. Las compañías extranjeras venían al país por cuatro o seis meses y sólo en contadas excepciones montaban espectáculos de autores colombianos. En uno de sus editoriales, Osorio explica:

Gracias a la galantería del muy culto intelectual Víctor M. Londoño y a pesar del pesimismo ambiente, hemos dado principio, como lo anunciamos, en el teatro Municipal a las labores para la implantación del arte dramático colombiano. No se trata tan sólo de fundar una compañía de comedias, como algunas personas han creído, sino de intensificar por todos los medios posibles la nacionalización de la escena 17.

Osorio intenta crear un estilo nacional característico a través de la dramaturgia, en el cual los valores y temas sean típicamente colombianos. Como buen nacionalista, insiste en las riquezas explotables del país y en la necesidad de una mirada al interior, ajena a todo afán extranjerizante.

Sin títulos que nos acrediten como profesores de declamación, ni como actores de fama, ni como genios de la dramaturgia, estamos llevando a la práctica la idea de que el teatro propio no puede nacer mientras se le inmiscuya con el extranjero [...]

Queremos sacar de las tablas, no obras y personajes copiados de la trama y psicología ultramarinas, sino figuras y situaciones arrancadas a nuestro ambiente tan rico de hechos y de emociones [...] Los que afirman que entre nosotros el teatro es prematuro porque nuestra vida carece de complicaciones se hallan en el error más craso. Nosotros tenemos una vida, no tan complicada como la europea, pero más pintoresca, más nueva 18.

En este medio gazmoño, aquel que dedicara su vida a las tablas estaba condenado de por vida. A las mujeres de la capital se les permitía hacer escenas de "mimoplástica" durante el carnaval. La mimoplástica fue un género que importó un polaco que llegó a Bogotá a mediados del siglo XIX; ésta consistía en la formación de un cuadro con actores que permanecían estáticos, iluminados por luces de magnesio. Actualmente, dentro del arte conceptual tan en boga dentro de los esquemas del llamado "posmodernismo", llamaríamos a este género "performance".

Detengámonos de nuevo, antes de finalizar, en la convocatoria escrita por el director de La Novela Semanal:

A la vez que estamos educando en el teatro Municipal a las señoritas y caballeros que desean entregarse al arte interpretativo, haremos cátedra para dirigir la producción dramática a fin de que el repertorio surja al mismo tiempo con los intérpretes y nuestro esfuerzo perdure gracias a la unión de unos y de otros.

Y, hasta aquí, el famoso pesimismo de Osorio no se ha vislumbrado, pero es por poco tiempo, pues no resiste las ganas de hablar mal del Estado:

Basta decir que si el gobierno no ha presentado jamás apoyo al teatro nacional, como en otros países mas civilizados que el nuestro, no es por falta de recursos. Los padres de la patria, han lanzado una subvención de diez mil pesos para compañías extranjeras y se cuida de escoger aquellas que traigan un buen cuerpo de bailarinas y partiquinas.

El panorama no ha variado sustancialmente. Estamos condenados, por mala educación, a mirar siempre los horizontes europeos y norteamericanos como ejemplo que debe seguirse, subvalorando el talento nacional. Así, pues, continúa el dolido dramaturgo:

Es natural que procuren amenizar su estadía en la capital. Pero sería justo al mismo tiempo que hubieran tenido en cuenta alguna vez que dicha subvención bien podía, reducida a la cuarta parte, o a la décima parte, impulsar el arte propio y contribuir a la destrucción de ese parasitismo que ante el extranjero nos hace pasar por imbéciles.

Con esta rápida ojeada a La Novela Semanal, nos damos cuenta de que la situación frente a la cultura, en setenta años no ha variado sustancialmente. El teatro Municipal fue derruido tras el nueve de abril y su apogeo decayó tras los últimos discursos de los miembros del partido revolucionario nacional. Fue también tras el nueve de abril cuando Bogotá empezó a destruirse, y su patrimonio arquitectónico demolido empezó a reemplazarse por nefastas urbanizaciones de arquitectos inescrupulosos. La falta de nacionalismo de nuestro país, el exiguo apoyo a las labores culturales y la imperiosa necesidad de olvidar todo pasado hacen de esta tierra el paraíso del marasmo intelectual. En 1994 aún no existe un teatro nacional, éste reposa en manos privadas, los intelectuales y artistas continúan exigiendo el merecido respeto y el país continúa ignorándolos. Los índices de analfabetismo aumentan, y con ellos, la violencia y la sobrepoblación permiten la destrucción de uno de los países más ricos del mundo.

Así, pues, Osorio luchó por abrir un camino para el arte nacional, y este camino a los albores del siglo XXI continúa igualmente enmarañado, y sus obstáculos insalvables parecen aumentar antes que disminuir. A pesar de todo, quedarán atajos y se harán, con trabajo, nuevas sendas que permitan, ojalá, un país nacionalista que pueda mirarse a sí mismo sin sentir vergüenza.

Notas:

1 El Tiempo, Bogotá, diciembre de 1922.
2 La Novela Semanal, núm. 3, Bogotá, jueves 8 de febrero de 1923, serie I.
3 La Novela Semanal, núm. 6, Bogotá, jueves 1o. de marzo de 1923.
4 La Novela Semanal, Bogotá, 30 de mayo de 1924.
5 La Novela Semanal, núm. 87, Bogotá, 7 de noviembre de 1924.
6 Ibíd., pág. 276.
7 Ibíd., pág. 277.
8 La Novela Semanal, núm. 81, Bogotá, 25 de septiembre de 1924.
9 La Novela Semanal, núm. 87, Bogotá, págs. 285, 286, 7 de noviembre de 1924.
10 La Novela Semanal, núm. 78, Bogotá, 18 de julio de 1924.
11 La Novela Semanal, núm. 60, Bogotá, 13 de marzo de 1924.
12 La Novela Semanal, núm. 55, Bogotá, 7 de febrero de 1924.
13 La Novela Semanal, núm. 68, Bogotá, 15 de mayo de 1924.
14 Ibíd.
15 La Novela Semanal, núm. 88, Bogotá, 13 de noviembre de 1924.
16 Ibíd.
17 La Novela Semanal, núm. 55, Bogotá, 7 de febrero de 1924.
18 Ibíd.

Fotos:

Página anterior:

  • Emilio Cuervo Márquez, autor de Lili, la primera novela publicada en el núm. 1 de La Novela Semanal, 25 de enero de 1923.
  • Retrato en carboncillo de Luis Enrique Osorio, pintado por Roberto Páramo. Colección de diapositivas de la biblioteca Luis Ángel Arango (No. 38885).
  • Novela de Berta Rosal publicada en el núm. 7 del 1o [sic] de marzo de 1923.
  • Luis Enrique Osorio, director de la revista, autor de la novela Malos ojos publicada en el núm. 8, 15 de marzo de 1923.
  • Retrato de Simón Latino ilustrando la cubierta de La Novela Semanal donde se publicó su novela corta Sacrificio (núm. 16, 10 de mayo de 1923).
  • Nuevo diseño de la portada de la revista realizado por Luis Bernal Vargas. En este número se publicaron tres novelas cortas de Elvia Zea H. (núm. 36, 27 de septiembre de 1923).
  • Retrato de Gregorio Castañeda Aragón autor de Zamora (núm. 44 [sic], 29 de noviembre de 1923).
  • Portada del núm. 53 del 24 de enero de 1924.
  • Retrato de Gregorio Sánchez Gómez (núm. 57, 21 de febrero de 1924).
  • El retrato de Jaime Buitrago C. ilustra la cubierta del núm. 69 del 22 de mayo de 1924.
  • Fotografía de una escena de la comedia Conquistadores de almas de Ramón Rosales estrenada el 21 de junio de 1924 por la Compañía Adams-Nieva y que después fue retirada de cartelera, por la "Junta de censura" (núm. 76 y 77, 7 de julio de 1924).
  • Ilustración de Manuel Niño, cubierta del núm. 79 del 11 de septiembre de 1924.
  • Portada del núm. 81 de La Novela Semanal publicada el 25 de septiembre de 1924.
  • El Servicio especial de tijera fue una sección informativa del mundo que se incluyó en el año 1924 (núm. 82, 1o de octubre de 1924).
  • El cuento semanal, otra sección que se creó para la revista, en esta ocasión el autor fue Hernando Vega Escobar (núm. 84, 16 de octubre de 1924).
  • Despedida (último número de La Novela Semanal, núm. 90, 27 de noviembre de 1924).