Reseña historia: Todo tiempo pasado ... parece
ficción
Todo tiempo pasado ... parece ficción
Biblioteca de Bogotá, edición conmemorativa de los 450 años de
Bogotá.
Bogotá, Villegas Editores, 1988, 8 vols.
Narraciones
Eduardo Posada.
Estampas Santafereñas:
Guiffermo Hernández de Alba.
Escritos sobre Bogotá y la sabana:
Tomás Rueda Vargas.
Haciendas de la sabana:
Camilo Pardo Umaña.
El Carnero:
Juan Rodríguez Freile.
Diana Cazadora:
Clímaco Soto Borda.
José Asunción Silva, bogotano universal:
Juan Gustavo Cabo Borda.
El alma de Bogotá:
Nicolás Bayona Posada.
Antes de abordar la reseña detallada del contenido de cada uno
de los volúmenes de la "Colección conmemorativa de los 450 años de
Bogotá", bien valen unas frases sobre las efemérides, los negocios
editoriales, los reciclajes del pasado y las ciudades de
ficción.
Los múltiplos de cincuenta suelen ser las cifras preferidas de
las grandes celebraciones públicas. Los cien años del bolero, la
coca-cola, la constitución, Armenia y la máquina de escribir. Los
ciento cincuenta de la muerte de Santander y los doscientos de su
nacimiento. Los doscientos años de la revolución francesa, los
trescientos años de Medellín, los cuatrocientos cincuenta de
Bogotá. ¡Ah!, especialmente esta última efemérides que,
gracias a la centralización de la radio, la T. V. y de grandes
periódicos y revistas, gracias al boom que ocasionan dos
alcaldes-protagonistas y gracias al espíritu comercial (¿se
llama espíritu?) de algunos negociantes de libros, gracias,
gracias, gracias tuvo una resonancia casi aturdidora.
Entrando a lo que aquí corresponde -que no son ni alcaldes ni
mas medias- baste recordar cómo aprovechan algunos editores las
efemérides como oportunidad de lucro. Aquí un libro de fotos
-varios hubo y de varios editores-: es un libro standard,
homogéneo; son varios libros de características tan comunes entre
sí, que son un solo libro. Mucho color y una Bogotá maquillada,
donde sus habitantes -mujeres hermosas de ojos azules, hombres
elegantes a lo GQ Magazine- juegan polo o golf, o se pasean por
parques inverosímiles, verde todo bajo el azul de la sabana. Niños,
niños saludables y limpios y -sobre todo- también a la moda, y
edificios de ladrillos -of course- a la moda todo tan postmodern,
tan arcos románicos, tan ventanas triangulares, que la ciudad
comienza a parecerse a una urbanización de templos protestantes. Lo
que asombra de estos libros de droguería de hotel, libros
fotográficos, es la carencia de sensibilidad hacia el centro y el
sur de Bogotá, la ceguera con la ciudad secreta. En estos libros,
la ciudad de don Gonzalo se quiere parecer a una ciudad europea y
su símbolo es ya el logotipo de un centro comercial.
En la colección que nos ocupa la ambición es más alta. No es
repetir el mismo libro con las mismas fotos. No. Aquí, se trata de
reunir los textos, la "literatura de la ciudad", que casi siempre
se manifiesta a través del género de la crónica, esa especie de
narración no argumental, de retrato hablado, de historia menuda. En
total, hay cinco de los ocho volúmenes dedicados a la crónica, seis
si se incluye El Carnero.
Ahora bien, reducido el conjunto al predominio de la crónica, no
se ve muy claro por qué no está Cordovez Moure, el gran cronista de
50 años de vida bogotana. Pero lo impresionante no es que se omita
este o aquel cronista. Esto es accidental. Lo aterrador es que los
ocho librós bien pudieron ser publicados para los 400 años y no
para los 450. Algunos lo fueron, como Estampas santafereñas de
Hernández de Alba y El alma de Bogotá de Bayona Posada: en ambos
casos la edición original es de 1938
.
El vacío fundamental de esta colección (la caja que los
contiene, la uniformidad y monotonía. del diseño permiten suponerla
como colección) es que presenta una Bogotá que no guarda ninguna
relación con la Bogotá de hoy. Ante la disyuntiva de saber si a la
ciudad le faltaron cronistas en los últimos cincuenta años
(olvidándonos de Klim, Elisa Mújica, Felipe González Toledo, Daniel
Samper Pizano) o falta imaginación editorial, habría qué decidirse
por esto último, a no ser que se argumentara la necesidad de poner
a disposición de los lectores algunos libros y autores que no
estaban en los estantes de las librerías. Pero, aún en este caso,
cabe preguntarse cuáles son esos lectores que esperaban estas
reediciones. Yesos, que son los investigadores, no pertenecen
propiamente al estrato que pueda comprar estas ediciones empastadas
(regalo preciso para ejecutivos de biblioteca por metros). Ahora
bien, parece muy difícil imaginar a un turísta que, por placer,
cargue con este estuche con rumbo a sus vacaciones; ni para ver las
ilustraciones, interminablemente repetidas en la sangría superior
de la página, en un tamaño tan diminuto que sus medidas exactas
sólo pueden darse en milímetros y fracción.
La colección puede valer como relaciones públicas de Carulla,
Asocueros, Mobil, Fenalco, Favi, Fedemetal, Coca-cola y Cementos
Diamante, patrocinadores de cada uno de los libros. Ignoramos en
que medida ésto pueda ser un aporte a las relaciones públicas, pero
ciertamente no es un avance o novedad editorial.
Por lo que respecta a la parte editoríal, y contando en el
conjunto la aparatosa historia de Bogotá en 3 tomos, el balance
editorial del trisesquicentenario (palabra que no faltó) ha sido
muy pobre. Repeticiones y nada nuevo. Es cuando uno se pregunta si
no serían más útiles, menos costosos, más comunitarios, financiar
concursos como la 'historia de mi barrio', que se desarrollaron con
éxito en ciudades como Medellín y Cali . . .
"Narraciones" de Eduardo Posada "Triste es hojear estos viejos
pergaminos", escribió don Eduardo Posada en este volúmen, sin
sospechar que con igual apolillada tristeza se leería su libro
cincuenta años después, como si fuera un viejo pergamino, de tan
obsoleto, de tan arqueológico.
El señor Posada es uno de nuestros grandes historiadores. Fundó
la Academia. Fue su presidente. Inició el "Boletín de historia y
antigüedades". Dice el prologuista que es autor de 17
volúmenes entre los cuales está éste, que corresponde a una
compilación de artículos que el presidente Concha le invitó a
reunir en forma de libro. Se trata de una obra de juventud en la
que no obstante, ya es notorio el cuidado en las transcripciones y
las citas y el profesionalismo de historiador.
El libro es casi una guía turística de Bogotá. ¿De cuál
Bogotá? Aquí se vuelve al cuento: se trata de una Bogotá que puede
tener doscientos o trescientos años, no la actual, y que se ve
brumosa, inexistente entre el ruido de los tiempos que corren. La
Bogotá de Posada, aldeana, pudorosa, reducida, no es esta Bogotá
sucia, grande, promiscua. Pasamos de ser un solo vecindario a
perder la noción de vecino en beneficio de un personaje que viaja
en buseta, tropieza con nosotros, se dice bogotano, pero podría
perfectamente venir de Marte.
Sólo en una cosa se asemejan esa Bogotá provinciana de Posada y
esta Bogotá provinciana y desmadrada de hoy; lo dice el prologuista
de la presente edición, Alvaro Gómez Hurtado: "a Bogotá le ha hecho
falta siempre la majestuosa dimensión de los imperios ... El
imperio español llegó menguado a Santa Fe". Sí, la superpoblada
Bogotá de hoy sigue siendo tan densa y tan mezquina, de belleza tan
difícil, como lo fue ese poblado al que se refiere Posada.
Las Narraciones bien pueden leerse como un compendio geográfico:
planos, nomenclaturas de las calles, sitios ilustres -iglesias
teatros, iglesias, plazas, iglesias, sedes del gobierno y más
iglesias-. Acaso este énfasis en los lugares sacros refleje bien
las épocas en que la vida ciudadana -¿aldeana?- se
polarizaba en el culto. Así leído, como summa territorial de un
poblado que ya no existe, bien hubiera podido el editor,o el
prologuista, o el patrocinador o el mismo alcalde, haber ayudado a
los lectores con una edición anotada que permitiera identificar los
nombres antiguos de las calles con los nombres que llevan hoy. Así
sería más probable creer que las Narraciones se refieren a una
ciudad que hoy conocemos como Bogotá.
"Estampas santafereñas",
de Guillermo Hernández de Alba
Si el libro de Posada es geográfico, el de Hernández de Alba es
anecdótico. El primero sería una escenografía, el segundo los
personajes y sus pequeñas historias.
Libros como éste -publicado en 1938- develan la íntima verdad de
la conocida frase de Julio Cortázar -" ... formas superiores del
chisme, como la historia"-. Aquí se trataría de una forma
intermedia, la crónica. Y, como corresponde a. esta colección,
crónica de tiempos remotos. Mujeres de la colonia, las fiestas, la
universidad colonial, temas varios referidos a la ciudad.
(Aquí un paréntesis, una forzosa disgresión para relatar las
penurias de un reseñista: desde las primeras páginas del primer
libro la sobrecubierta estorba y el extraño doblez que tiene -y que
recuerda el invento del agua tibia- se atranca donde no debe. A
estas alturas, lo primero que el reseñista hace, como un reflejo,
antes de abrirlo, es quitarle la cáscara al libro. Como si fuera un
banano).
El estilo de estas crónicas, como su tema, es también
anacrónico. Verbos con el sufijo al final-mézclase, consagróse,
calmáronse-, mucho vosotros, cargas de adjetivos con pretensiones
descriptivas que, por abundancia, se eliminan unos a otros. Todos
los anteriores, elementos formales más distancian que acercan al
texto.
En esta colección hay una constante: la nostalgia por una
grandeza que nunca existió, la conciencia de la pequeñez aldeana de
la Santa Fe colonial, comparada con Lima, con México, aún con Quito
... Mientras Alvaro Gómez se queja en su prólogo al libro de Posada
de la precariedad de nuestra arquitectura colonial, Germán
Arciniegas en el prólogo al de Hernández de Alba dice lo propio
acerca de los acontecimientos: al contrario del boato limeño o
mexicano, lo que aquí hubo fue una "croniquilla lugareña, más
picaresca que escandalosa".
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Tal vez en el prólogo de Arciniegas se encuentre toda la clave
de esta colección conmemorativa. Dice el autor de la Biografía del
Caribe: "Y digo que Bogotá no tiene historia. Ni siquiera un
cronicón. Apenas croniquilla, croniquilla subterránea, para el uso
exclusivo de los poetas, y aún de los cínicos". Obvio: si se parte
de este supuesto, como en la frase de Santayana, se está condenado
a repetir lo anterior, sin buscar nada nuevo, insistiendo, como
escribe Arciniegas, en la misma croniquilla.
"Escritos sobre Bogotá y la sabana" de Tomás Rueda Vargas
Tomás Rueda Vargas está en el paraíso, pues es bien sabido que
toda persona que ame los caballos se va para el cielo. Para el
cielo de los caballos, que es el único cielo que existe. Y lo mejor
de estos Escritos sobre Bogotá y la sabana es esa visión de jinete,
ese juicio de los hombres por el trato que le dan a su cabalgadura,
por la forma de montar. Por supuesto -como corresponde a toda la
colección conmemorativa de los 450 años- esa Bogotá de chalanes
desapareció, a tal punto que en esa ciudad donde el primer nombre
de su calle principal, la séptima, conocida como la "calle de la
carrera", precisamente por los torneos de caballos, esa ciudad ni
siquiera tiene un hipódromo; el niño bogotano de hoy que quiera
conocer un caballo tiene que hacerlo en la enciclopedia.
Descendiente del médico del general Santander, cronista y
miembro de la aristocracia terrateniente de la sabana, el señor
Rueda Vargas fue un escritor ameno, bien informado y ha devenido en
convertirse en la referencia obligada de esa aristocracia y en el
descriptor por excelencia del temperamento bogotano.
Gonzalo Rueda Caro, hijo del autor, realizó la selección de
materiales ya editados para reunir este volumen. El criterio es
pertinente a la colección: celebrarle a Bogotá los 450 como si
cumpliera cincuenta menos, negar la edad como hace cualquier "dama
joven" que se niega a ser "actriz de carácter". Y esto es fácil
tratándose de un cronista de hace años, cuando todos conocían a
todos Y. se devoraban unos a otros: "así como en las comidas no
concebiríamos la carne sin sal, en las conversaciones no concebimos
la sal sin carne, sin carne humana", como dice en una conferencia
titulada "Bogotá", donde llega a la conclusión -sin comentarios,
pero envidiando la imaginación del autor- de que los bogotanos no
son envidiosos ...
El libro está dividido -con acierto- en tres partes, la primera
autobiográfica, que incluye un capítulo titulado Futuro. en donde
afloran sus cualidades de profeta; escrito en 1920, imaginándose
una tertulia que acogerá en la cigarrería que poseerá, afirma que,
entonces, "Eduardo (Santos) estará de presidente", 18 años antes de
que esto último fuera cierto.
La segunda parte aborda los temas rurales de la sabana y la
tercera parte la ciudad misma, algunos de sus personajes, el
periodismo y -de nuevoantes de desensillar después de esta
cabalgata, crónicas deliciosas sobre las carreras de caballos en
Bogotá.
"Haciendas de la sabana",
de Camilo Pardo Umaña
Para un lector que se salte el prólogo, empieza el libro con
textos cortos en los que el autor define la sabana en una relación
histórica. Pasa del gran lago anterior a nuestra era a sus épocas
habituales. Cabe decir que hace falta, para quien por curiosidad o
por oficio retrocede al prólogo, una explicación menos alusiva al
texto, más cercana a la realidad del altiplano de hoy: un examen de
su economía, a lo que son las haciendas, al medio ambiente que las
habita, etc.
Para todos aquellos que, o bien no manejan un sentido de
orientación preciso, o no tenga memoria exacta de lugares que
desaparecieron antes de su nacimiento o, sencillamente, para el
recién llegado o para el lector de fuera, es de vital importancia
unos mapas de los que carece la edición, un plano que sitúe la
sabana dentro de Colombia, un mapa de la sabana que describe Pardo
Umaña, y un mapa de la sabana de hoy.
El libro está dividido en tres par tes: la sabana
norte-oriental, la sabana occidental y la sabana sur. Las tres
partes son, más que las haciendas mismas, el árbol genealógico de
cada una de ellas, en un lugar en donde la posesión de la tierra
siempre ha sido signo de '.'aristocracia".
"El carnero"
de Juan Rodríguez Freyle
Esta edición tiene varios méritos. El primero es que se trata de
una nueva transcripción de otro de los viejos manuscritos, con
variantes sobre las versiones anteriores. Aquí vale la pena
destacar la excelente trascripción realizada por la paleógrafa e
historiadora Angelina Araújo, que proviene del manuscrito datado en
1784, propiedad de la Biblioteca Nacional y conocido como el
manuscrito de José Antonio Ricaurte y Rigueyro. La misma
historiadora había trascrito el manuscrito de Yerbabuena, ya
editado por el Instituto Caro y Cuervo en 1984, de tal manera que a
su habilidad, a su sensibilidad por el lenguaje, esta vez Angelina
Araújo añade su experiencia anterior.
El segundo valor que presenta es la excelente introducción de
Fernando Garavito. Tras situar la época, el clima espiritual en que
se escribió, define tajantemente la importancia de El Carnero:
"donde se unen el temperamento barroco español e indígena y
encuentran un primer punto de contacto que al mismo tiempo sustenta
el comienzo de una auténtica literatura mestiza". Y precisa: "donde
realmente se expresa en toda su estatura la dimensión barroca de El
Carnero es en el contraste entre lo macabro y lo festivo".
Garavito, sin embargo, no se detiene ahí sino que, más bien,
parte de estas aproximaciones al contexto de la obra, para
sumergirse a fondo en ella. Y no obstante que en la bibliografía
sobre El Carnero figuran ensayos tan ilustres y variados como los
de Achury Valenzuela, Mario Germán Romero y Rafael Humberto Moreno
Durán, Garavito denota la virtud de la claridad, conocimiento del
tema y una paciencia budista en las cotejaciones. En efecto, buena
parte de la introducción se dedica a una extensa, a una exhaustiva
doble columna entre algunas de las transcripciones ya editadas.
Finalmente, Garavito repasa la visión que tiene Rodríguez Freyle
del género humano ("hombres y mujeres son las dos más malas
sabandijas que Dios crió") y de la ciudad de Bogotá, en ese
entonces la remota Santa Fe, una aldea chismosa, "de lloviznas y
monasterios ".
"Diana Cazadora"
de Clímaco Soto Borda
El nombre de Clímaco Soto Borda aparece indisolublemente ligado
a la Gruta Simbólica, esa institución sin reglamentos que apareció
en Bogotá a caballo entre dos siglos, fruto de la guerra civil, en
una Bogotá que no contaba con teatros ni diversión cultural alguna,
todo cerrado por el clima de tensión que se vivía por la división
partidista. Una noche, ebrios de alcohol, jugaban a evadir los
retenes militares Carlos Tamayo, Julio Flórez, Luis María Mora y
otros amigos. Cuando fueron atrapados, Tamayo inventó la excusa de
que llevaban un enfermo de urgencia y, acompañados por la tropa,
caminaron hasta la casa del médico Rafael Espinosa Guzmán. Este,
viendo a los militares, hizo seguir a los borrachitos dizque para
atender el caso; allí estaban de visita otros amigos y continuaron
con la reunión hasta el amanecer. Esa noche quedó fundada la Gruta
Simbólica, de donde salieron algunos escritores de la época.
La novela de Soto Borda recrea las costumbres y la agonía de una
Bogotá, la Bogotá de la época, que recorrida hoy padece,
entorpecida -y con menos humor que el que está en el texto- los
mismos males que caracterizan a cualquier espacio caótico que
impredeciblemente se vuelve ciudad.
Clímaco Soto Borda nació en Bogotá en 1870; la novela está
escrita en el año novecientos y sólo se publica por primera vez en
1915. En los créditos del presente volumen se dice que la primera
edición de Diana Cazadora data de 1917 y que la presente es la
tercera edición. Pues no: aquí hay por lo menos una omisión y un
error. El error consiste en que la primera edición (Imprenta
Artística Comercial) es de 1915 y no de 1917 y la omisión, que los
lleva a un segundo error, radica en olvidar la edición de Bedout,
1971, que convierte la presente, por lo menos, sin contar otras que
puedan existir, en la cuarta edición y no en la tercera.
Mencionada como" ... una buena obra, con un éxito que, de todos
modos, disminuye día a día ... ", escrita por un "hijo único e hijo
póstumo ... "del que -como recuerdo final de su vida- queda este
testimonio del prologuista de las ediciones anteriores -1942,
Biblioteca Popular de Cultura Colombiana y 1971, Bedout-: " ... en
el propio lecho mortuorio, no podremos disociar nunca esa imagen de
la de Cristo descendido sobre las de la suya, santísima y doliente
como la del poeta " (se refiere a la madre). En vida, Soto Borda
"prefirió a los encantos de su novia, su viejo ron y su taberna
oscura", y esa Gruta Simbólica de la que sólo quedan los chistes
vueltos a inventar por las generaciones posteriores y una placa al
lado de una licorera en el centro de Bogotá.
"José Asunción Silva,
bogotano universal"
de Juan G. Cobo Borda
Si entre los escritores nacidos en Bogotá se establece un orden
de prioridades, una jerarquía, seguramente Silva queda en primer
lugar; entonces sería preferible dejarlo hablar a él y hacer una
reedición de su obra completa, ya preparada por Eduardo Camacho
Guizado y Gustavo Mejía para la Biblioteca Ayacucho (Caracas,
1977). Pero aún en el extremo de que se le amordace, ya la suma de
escritos sobre el poeta del Nocturno se había realizado con mucha
más fortuna que Cobo por Fernando Charry Lara en José Asunción
Silva:
Vida y Creación (Procultura, 1985). Quedaba por hacer lo que
Cobo no hizo, la recopilación de opiniones críticas contemporáneas,
Silva en el Bogotá de hoy, leído por nuestros contemporáneos que
recreen sin pensar en lustros o decenios atrás la vitalidad del
poeta, su importancia hoy dentro de las letras, no por un mito sin
explicación lógica para quien no lo conoce.
Sin desenterrar ningún documento, ningún testimonio nuevo (y
dejando ver que lo publicado anteriormente es más difícil de
encontrar en este volumen, aún consultando el índice, por lo
escondido en la numeración de las páginas), Cobo aprovechó su
estancia en el cono sur para recoger materiales producidos por
argentinos, preponderantemente, sobre Silva. Tal vez por eso lo de
"bogotano universal". Y a la hora del té, ¿cuál es la
supuesta universalidad de Silva, fuera de ser un símbolo patrio?
¿Conoce un escolar nicaragüense a Silva como conoce un
escolar colombiano a Rubén Darío? Evidentemente no, aunque entre la
lista de principales modernistas figure José Asunción.
A la manera clásica, Cobo divide el libro entre la parte
biográfica y la parte referida a la obra del poeta. Reproduce en la
primera artículos ya todos publicados y en la segunda parte, como
novedad, revive la polémica entre Arturo Torres Rioseco y Laureano
Gómez.
El libro está prologado por Fernando Charry Lara y cuenta con un
estudio preliminar de Cobo en el que, conversadito, en español
legible del más erudito conocimiento, se jacta de un personaje para
dejarnos seguir notando que somos unos ignorantes.
"El alma de Bogotá",
de Nicolás Bayona Posada
En el prólogo de Alberto Zalamea, sugiere San Agustín que el
alma es la sede de la memoria. Tal vez la memoria que de Bogotá
compiló Bayona Posada para los 400 años de una ciudad de 300.000
habitantes que, entre otros, "nacieron, crecieron, prosperaron,
crearon y murieron centenares de hombres para quienes la vida no
fue sólo un oscuro intermedio entre dos infinitas soledades" (las
que aquejan desde ya esta colección), "alma hoy acaso condenada a
un infierno helado por pecados de cólera y orgullo". Bogotá hoy, en
sus 450 años es una ciudad de cinco millones de habitantes que
reunidos, no lograrían ponerse de acuerdo para decidir si el alma
existe.
Es el único libro del paquete que compila varios testimonios de
diferentes autores sobre las historias y las costumbres de la
Bogotá capital, desde la época de Jiménez de Quesada -Juan
Crisóstomo García, Raimundo Rivas- hasta nuestro siglo -Nicolás
Bayona Posada, Armando Solano-; (curioso: hoy, 1988, resultan tan
anacrónicos los de un siglo como los del otro). Dividido en el
fundador, la fundación, la ciudad colonial, la ciudad heroica, la
ciudad ingenua, los "cachacos", el alma de la ciudad, tipos y
paisajes y nostalgia.
En cada tema trata tópico de diferentes estilos. Se refiere por
ejemplo, en la ciudad ingenua, al primer ministro inglés -Eduardo
Restrepo Sáenz- o a un viaje familiar -Ricardo Silva- y se pasea
así, de tema en tema, con crónicas escritas en su mayoría entre
1850 y 1938, año del bicentenario, con visibles excepciones como
Josefa Acevedo de Gó ez y Francisco José de Caldas. Trabajo
que, después de 50 años de crónicas y más crónicas, anécdotas,
tratados, retórica, escritos sobre la ciudad, no se toman, y
simplemente reeditan una obra que propone, además de su extenso
contenido, bue ideas para libros que podrían hacerse hoy.
C.A. Gosselmann (quien repetidamente figura como Osselmann) y
Miguel Cané contribuyen con sendos artículos a esta antología y
ambos tienen en común una cosa: son los únicos viajeros en todo el
libro, en toda la colección. Como si nunca nadie hubiera venido a
esta tierra. Nadie. Extranjeros -como Humboldt, sí, Humboldt - o
colombianos como Tomás Carrasquilla quien, para decirlo de paso, no
se amañó mucho. Hubiera sido un auténtico aporte un volumen de
viajeros de antaño y, para ser consecuentes con lo dicho en esta
reseña, con viajeros más recientes como André Maurois, K. Romoli,
Giovanni Papini, Cristopher Isherwood o William Burroughs.
Lástima.
Hay ciertas anécdotas que, además de hilarantes-se prestan para
derivar comentarios o para convertirse en símbolos de alguna cosa.
Al respecto, en este caso, vale mejor no ser explícito y
transcribir, para terminar, un fragmento del cuento delicioso que
relata don José Manuel Groot en su "Historia eclesiástica y civil",
incluido en este volumen bajo el título "un paseo al salto del
Tequendama":
"Era Pachito Cuervo un hombre plebeyo,
pero dotado de talento particular para dar chascos,
referir cuentos y divertir a la gente.
Su humor siempre alegre, sus ocurrencias chistosas,
su habilidad en remedar diversas voces,
lo hacían necesario en todos los paseos,
fiestas y diversiones [ ... ]
La ocurrencia más graciosa que tuvo fue esta:
informado Ezpeleta del genio de este hombre,
a quien los grandes acariciaban por gozar de sus
chistes,
mandó a llamarlo, diciéndole que deseaba conocerlo.
Pachito Cuervo vino a la hora que le inspiraba confianza.
Mandó luego un paje que le llevase a la recámara
de la virreina para que le conociera.
La señora, con su genial bondad, conversó con él
sobre varias cosas relativas al país, de que deseaba
informarse.
Al despedirse, la señora le dijo que le llevara a su mujer,
porque deseaba conocerla. Cuervo se excusó diciendo
que era una tapia de sorda, y que no quería proporcionar
a su excelencia la molestia de hablarle a gritos.
La virreina insistió en que se la llevara, y Pachito
Cuervo convino en ello con cierto aire de repugnancia,
y se despidió con mil retóricas cortesías
hasta el día siguiente en que ofreció volver con su
mujer.
Luego que llegó a su casa, dijo a ésta
que la virreina estaba empeñada en conocerla:
y que tenía que ir al otro día a palacio,
pero que la virreina era sorda y que había que hablar a
gritos.
Al día siguiente se fueron a la visita.
El lacayo avisó a la señora virreina, quien mandó
que los introdujesen en su recámara.
Al entrar la mujer de Cuervo saludó a la virreina
con gritos y cortesías, y la virreina le
contestaba lo mismo, figurándose que la
misma sordera le hacía hablar recio.
La otra a su vez creyó lo mismo de la virreina,
y sentadas ambas, se gritaban a cual más,
cuando oyendo Ezpeleta las voces,
salió apresurado, y entrando en la recámara
preguntó qué era aquello,
a lo que le respondió doña María de la Paz
- Pues la señora es sorda y hay que hablarle recio.
- Vuesencia es la sorda. que yo no soy -dijo la otra.
Y entonces todos largan la risa, y el virrey,
más que nadie, conociendo el chasco
y admirando la ocurrencia de Cuervo,
que a todas estas se mantenía serio como un palo.
Ahora sí, pique el lector, y siga alegre la comitiva [ ... ] "
JORGE PATIO