Reseña crítica literaria: Dios como invención del hombre y
la lectura anagógica de lo ficticio
Dios como invención del hombre y la lectura anagógica de lo
ficticio
¿Agoniza Dios? La problemática de Dios en la novela
latinoamericana
Autores varios
Documentos Celam, núm. 98, Bogotá, 1988, 375 págs.
Encontramos con frecuencia, sobre todo en las obras de Jean
Paul, Hegel, Nietzsche y otros escritores, expresiones como "Dios
ha muerto", que son síntomas de lo que la sociología ha
caracterizado como "la secularización de la cultura". Afirma Rafael
Gutiérrez Girardot en un ensayo reciente, (Modernismo, supuestos
históricos y culturales, Bogotá, Fondo de Cultura Económica/
Universidad Externado de Colombia, 1987), que la secularización, o
desmiraculización, es un fenómeno típico en la cultura
occidental, incluyendo a América Latina, que se inicia con la
Ilustración en el siglo XVIII, continúa con la ideología de Destutt
de Tracy y el utilitarismo de Jeremías Bentham, y se extiende con
el krausismo en España y el positivismo en Latinoamérica durante la
segunda mitad del siglo XIX.
Dentro de este contexto, no son extrañas, aunque sí
inquietantes, las conclusiones a que se llegó en el simposio
celebrado en Bogotá entre el14 yel 18 de octubre de 1986,
bajo los auspicios del Celam y la Universidad Javeriana, para
estudiar la problemática de Dios en la novela de América Latina. El
libro que comentamos recoge los trabajos presentados.
Las conclusiones del simposio (y del libro ) son las siguientes:
Lo divino, para el hombre, es búsqueda, y como tal, está
relacionado con la escritura, que también es búsqueda. La pregunta
nace en el momento en que el hombre se acerca a su límite; la
novela explora tal límite, pero no ofrece respuestas, tan sólo
preguntas. La novela latinoamericana se ha ocupado más en negar que
en afirmar la divinidad; esto a pesar de que el lenguaje literario,
por ser ambiguo, es el que permite abarcar mayor número de
inquietudes.
Marino Troncoso, en el artículo introductorio, equipara la
indagación divina con los temas frecuentes de la búsqueda del padre
y de los mitos de la identidad y el origen, y parafrasea a Lukács
para afirmar que la novela crea su propia realidad y es examen de
valores auténticos en un mundo degradado. Por eso, la verdadera
literatura no rechaza a nadie, y sólo exige de su lector
profundidad para comprender desde adentro lo que de alguna manera
ya había vivido y pensaba que era incomunicable.
Para un acercamiento a estos temas, podríamos preguntar, quizás:
¿cómo escrutar un texto para encontrar el mensaje divino? La
clave nos la dio, hacia 1308, Dante Alighieri. Basado en ciertas
tradiciones medievales, y en especial en las enseñanzas de Tomás de
Aquino, propuso su famosa teoría de la interpretación en cuatro
niveles: literal, alegórico, moral y anagógico.
El literal está ceñido al primero y más evidente significado de
las palabras. El alegórico aprovecha la metáfora que hay en todo
lenguaje, le da vuelo y viveza al texto y permite sentir la emoción
de la poesía. El moral busca enseñanzas edificantes para
el lector; y finalmente, el anagógico entrega el contenido
místico encaminado a dar idea de la bienaventuranza eterna. Este
último se aplica principalmente a las Escrituras Sagradas.
Es evidente que, hablando en sentido literal, Dios brilla por su
ausencia no sólo en la novela latinoamericana, sino en la
literatura de nuestra época. Sin embargo, toda gran obra de ficción
toca inquietudes ontológicas básicas del hombre -amor, vida y
muerte, identidad y origen- y por lo tanto lleva, implícita o
explícita, la problemática de la divinidad. En tales
circunstancias, el nivel anagógico de que hablara Dante puede ser
una alternativa válida.
Uno de los ejemplos más claros de lectura anagógica es el que
hace Cristo Rafael Figueroa de Cien años de soledad. En su
artículo, Figueroa enfatiza aquellos elementos de la novela de
García Márquez que en alguna forma parodian o utilizan motivos de
la Biblia: el mismo nombre del protagonista, Arcadio, recuerda el
mito de la fundación del género humano. Macondo nace como un lugar
primordial; hubo pecado original; huida, soledad y pestes. El libro
está lleno de signos proféticos y apocalípticos y es una especie de
testamento sagrado. En otras palabras, Cien años de soledad sería
un palimpsesto que dejaría ver, entre líneas y silencios, esta otra
escritura sagrada. y juntas, permitirían un acercamiento a la
divinidad.
Algunos utilizan la novela para comprobar sentimientos
religiosos del pueblo: Fabio Jurado Valencia ve la obra de Juan
Rulfo como apuntalada en la impotencia del hombre, en su orfandad.
Talpa, por ejemplo, resume el sincretismo del mito babilónico y
prehispánico; es el peregrinar de la pareja edénica después de la
caída. En Pedro Páramo, nada puede el padre Rentería contra la
visión de la muerte que tienen algunos habitantes de Comala, visión
anclada en la tradición de los nahuas. La conclusión de Jurado es
contundente: en la obra de Rulfo, el Dios cristiano es el gran
derrotado. Dentro de esta misma tendencia, José Francisco García
Bauer encuentra en la obra de Miguel Angel Asturias huellas de
viejas tradiciones monoteístas que, según él, vienen de las
comunidades precolombinas (Popol Vuh).
La indagación del ser y de lo otro en la obra de Julio Cortázar
es asumida por Carmen Balzer a través de Rayuela. quien se basa en
una cita de Mircea Eliade: "Lo sagrado se expresa a través de otra
cosa distinta de él mismo". Rayuela, a pesar de ser la obra abierta
por antonomasia de la literatura latinoamericana, tiene un centro,
el cual, según Balzer, es de naturaleza religiosa. Pero lo divino
en Rayuela es oriental, no cristiano:Zen, Tao, Sefer Yezirá.
Olivera, el protagonista, se debate en la incertidumbre:
"¿Qué epifanía podemos esperar si nos estamos ahogando
en la más falsa de las libertades, la dialécticajudeo-cristiana?".
La obra apunta al ideal utópico que hace surgir de la literatura un
mundo nuevo ... En Cortázar, como en todo artista, hay inquietud
por un orden trascendente. Los artistas no ven a Dios, lo entrevén.
Se sienten movidos hacia lo otro. Así, la literatura sería ruptura
con lo establecido, creación de un nuevo cosmos fluyente y vital,
de imágenes inéditas. Ese fabular es sagrado e iniciático: allí
desemboca la religiosidad de Rayuela.
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Germán Espinosa explora las connotaciones religiosas en la obra
de Ernesto Sábato, desde un ángulo similar al anterior: parte de la
idea de que ciertos novelistas, entre ellos el escritor argentino,
se ven impulsados a la escritura desde el momento en que sienten
con agudeza la orfandad metafísica del ser humano: "En una
civilización que nos ha despojado de todas las antiguas, sabias y
sagradas manifestaciones del inconsciente, en una cultura sin mitos
ni misterios, sólo queda para el hombre de la calle la modesta
descarga de los sueños nocturnos y la catarsis a través de las
ficciones ... "(Sábato).
Enrique Camilo Corti analiza la obra del argentino Leopoldo
Marechal desde la idea de que "novela es la historia de un destino
completo". En Adán Buenosayres (1948), El banquete de Severo
Arcángelo (1965), Megafón o la guerra (1970), Corti encuentra que
la novela se ha convertido en sustituto moderno de la epopeya, y
que la catarsis se logra, no por la tragedia sino por la risa.
Subraya ciertos temas de Marechal como el viaje, el errar, la mujer
cifra de sabiduría, y el de la misma cruz, cuya prefiguración ya
estaba en el mástil al que Odiseo se amarra para resistir a las
sirenas, y que entiende en su sentido vertical como exaltación y en
su horizontal como amplitud. Los destinos de los héroes son, para
esta forma de comentario, demanda de sabiduría y de salvación.
Manuel Corrales Pascual estudia la novela Papá murió hoy del
escritor ecuatoriano Telmo Herrera. Es una obra que Corrales
describe como "collage de soliloquios", sin secuencia temporal, sin
personajes ninarrador, sin acciones. Son recuerdos de niñez y
adolescencia en los que la religión queda excluida.
Otros artículos de este volumen son los de Luz Mery Giraldo,
quien ve en la obra de José Donoso un deambular por un universo que
ha perdido su centro gravitacional; Rocío Vélez de Piedrahíta sobre
Tomas Carrasquilla, Rosario Castellanos y Manuel Puig; Beatriz
Espinosa Rarnírez y Luis Carlos Henao de Brigard sobre Fernando
Soto Aparicio; Diógenes Fajardo sobre el vacío existencial en la
novela nadaísta y Armindo Trevisán sobre la presencia divina en la
obra de 'los brasileños Graciliano Ramos, Guimaraes Rosa y Gustavo
Corcao. También aparecen artículos de Ligia Hernández Moreno y
Alvaro Chávez Mendoza.
Dios no ha muerto. Está presente en los silencios, en las
pesquisas infinitas del hombre contemporáneo, en las preguntas
cuyos ecos mueren sin respuesta. En algún lado se esconde y todavía
lo buscamos esperanzados. Y para soportar su silencio, hemos tenido
que inventar un significante, como afirmó Alberto Ramírez en el
articulo que sirvió de marco teológico al simposio: "No es posible
siquiera imaginar que la palabra Dios. germen de todo el lenguaje
religioso, pertenezca, antes de ser pronunciada por el hombre, a un
mundo exterior ... La palabra Dios es palabra de hombre, expresión
de la mejor experiencia humana".
ALVARO PINEDA BOTERO